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viernes, 22 de octubre de 2010

Perros de monte

Una propiedad rural en el monte de Misiones está constituída por un rancho de sólo tres paredes, perdido en la inmensidad del bosque, del cual logra apenas aislarse por medio de un mínimo desmonte.

En ese desmonte, el propietario planta maíz, mandioca, porotos y tabaco, todo ello en la cantidad justa e indispensable para no morirse de hambre y fumar. Pueden dar aspecto de vida al rancho algunas gallinas de cuello y rabo desplumados, un chancho alto de patas como un galgo, y dos o tres cabras.

Pero nada de ésto es indispensable. En cambio, sentados a la vista del fuego, en verano, o arrollados en invierno ante la llama misma, con la cola y el hocico ardidos, se ve siempre tres o cuatro perros flacos como esqueletos, y que al levantarse oscilan con las caderas flojas, prontos a caer.

Nada denuncia en estos perros su calidad particular. Reumáticos, siempre huraños y tristes, no habría optimista capaz de concederles vida para una estación más, fuerzas para alcanzar hasta el monte, y decisión para hacer frente a un tímido apereá.

El destino de estos perros, sin embargo, es morir en el aire, lanzados allá por las zarpas del tigre. Cuando vuelven a caer, generalmente su vientre está ya vacío. Son, pues, perros de caza, verdaderas fieras de persecución y asalto, capaces de lanzarse sobre su dueño mismo, si llega a interponerse entre ellos y la caza abatida.

Al menor apronte de montería en el rancho, los perros están ya de pie, tembleques siempre, pero con los ojos ya encendidos, puestos en los movimientos del cazador. Y cuando, tras un cuarto de hora de monte, esos mismos perros han hallado un rastro, con el primer vibrante ladrido de caza, extenuación, reumatismo y miseria han desaparecido.

Van a la carrera, en cuanto el monte se lo permite; y su latido, sonoro tras el rastro tibio, y aullante cuando la proximidad de la presa los enloquece, se oye clarinear sin tregua alguna en el monte, desde el alba a la caída de la noche.

Cuesta creer que esa jauría de imponderable aliento sea la misma que agonizaba de debiliad y artritis diez horas antes. Ella es. Si el animal perseguido trepa a un árbol lejano, y el cazador no acude, tal vez la jauría no vuelva a casa hasta haber agotado al pie del árbol su desesperante gañido de impotencia. Y lo que regresará en la alta noche helada, unos primero, luego otros, serán los esqueletos ambulantes, más cojos y sombríos, que la noche anterior temblaban alrededor del fuego.

Su régimen es vegetariano. No comen sino mandioca y maís cocido, o seco, que roban grano tras grano a las gallinas. Una cacería, pues, supone para ellos la delirante felicidad de la carne viva, ya pregustada a mandíbula batiente en su latido.

Pero no siempre la persecucíón se desarrolla a fondo de carrera. A veces, en plena corrida, los perros se detienen bruscamente. Su lomo se eriza, hunden el rabo entre las piernas, y cuanto era ansia y velocidad por llegar, se transforma en un avance alerta y receloso tras el tufo del tigre.

En cierta ocasión, esperando en el monte el fin de la corrida que nuestos perros llevaban desde el amanecer sin mayor entusiasmo, oímos de pronto un aullido, agudo y breve como un relámpago, al que sucedió el más completo silencio.

Era, evidentemente, uno de nuestros perros. Pasó un rato; y en la misma dirección, y con igual carácter, sonó otro aullido. Uno tras otro, nuestros perros nos fueron revelando su existencia en el bosque por este brusco aullido. Y entre uno y otro, y por largo tiempo después, del monte no nos llegó un sólo rumor.

Cuando un tigre ha sido corrido una vez sin éxito, adquiere un conocimiento exacto del valer de una jauría de caza. Ocúltase entonces tras un árbol caído, sobre su propio rastro, y cuando el perro erizado pasa, éste lanza un grito, y se acabó. El tigre cambia de rumbo, ocúltase de nuevo; y de esta simple manera, sin fatiga alguna, arranca al cazador, uno tras otro, sus peligrosos aliados. Luego toca el turno al cazador.

Esto es, por lo menos, lo que se cree allá. En la circunstancia referida, y desde el último aullido, pasamos dos horas esperando en el monte mudo; dos horas con todos sus interminables minutos, tan largo cada uno de ellos, como una vida entera.

Al caer la noche emprendimos el regreso hacia el río. Y arrancábamos ya la canoa del barro, cuando nuestros perros fueron surgiendo del monte, cansados y taciturnos, sin explicarnos qué habían visto para haber aullado de aquel modo.

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1 comentarios en "Perros de monte"

Elena Luchetti dijo...

Sería interesante que, cuando se publica un cuento, también se incluya a qué libro pertenece, editorial, fecha de publicación, por si alguien quiere comprarlo.

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