Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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sábado, 27 de noviembre de 2010

De caza

Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un momento de fumar.

Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos destrozamos las piernas en el caraguatá tras de un coatí. A las once llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas. Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y, enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito, interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.

La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe, tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras de un árbol, precaución más que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.

Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.

He cazado algunas veces; sin embargo, el Winchester me temblaba en las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más alla de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte cerrado de malezas, con más fijeza, y angustia que en esa ocasión.

La corrida estaba ya encima nuestro, cuando, de pronto, el ladrido cesó bruscamente, como cortado de golpe por la mitad. Los veinte segundos subsiguientes fueron fuertes; pero el animal no apareció y el perro no ladró más. Nos miramos asombrados. Tal vez hubiera perdido el rastro; mas, por lo menos, debía estar ya al lado nuestro, con las llamadas agudas de Juancito.

Al rato sonó otro ladrido, esta vez a nuestra izquierda.

-No es Black -murmuré mirándolo sorprendido. Y el ladrido se cortó de golpe, exactamente como el anterior.

La cosa era un poco fuerte ya y, de golpe, nos estremecimos todos a la misma idea. Esa madrugada, de viaje, Juancito nos había enterado de los tigres siniestros del Palometa (era la primera vez que yo cazaba con él). Apenas uno de ellos siente los perros, se agazapa sigilosamente tras un tronco, en su propio rastro o él de un anta, gama o aguará, si le es posible. Al pasar el perro corriendo, de una manotada le quita de golpe vida y ladrido. Enseguida va al otro y así con todos. De modo que, al anochecer, el cazador se encuentra sin perros en un monte de tigres sicólogos. Lo demás es cuestión de tiempo.

Lo que había pasado con nuestros, perros era demasiado parecido a aquello para que no se nos apretara un poco la garganta. Juancito los llamó, con uno de esos aullidos largos de los cazadores de monte. Escuchamos atentos. Al sur esta vez, pero lejos, un perro respondió. Ladró de nuevo al rato, aproximándose visiblemente. Nuestra conciencia angustiada estaba ahora toda entera en ese ladrido para que no se cortara. Y otra vez el grito tronchado de golpe. ¡Tres perros muertos! Nos quedaba aún otro, pero a ése no lo vimos nunca más.

Ya eran las cuatro; el monte comenzaba a oscurecerse. Emprendimos el mudo regreso a nuestro campamento, una toldería abandonada, sobre el estero del Palometa. Anselmo, que fue a dar agua a los caballos, nos dijo que en la orilla, a veinte metros de nosotros, había una cierva muerta.

Nos acostamos alrededor de la fogata, precaución que afirmaban la noche fresca y los cuatro perros muertos. Juancito quedó de guardia.

A las dos, me desperté. La noche estaba oscura y nublada. El monte altísimo, al lado nuestro, reforzaba la oscuridad con su masa negra. Me incorporé en un codo y miré a todos lados. Anselmo dormía. Juancito continuaba sentado al lado del fuego, alimentándolo despacio. Miré otra vez el monte rumoroso y me dormí.

A la media hora, me desperté de golpe; había sentido un rugido lejano, sordo y prolongado. Me senté en la cama y miré a Anselmo; estaba despierto, mirándome a su vez. Me volví a Juancito.

-¿Toro? -le pregunté, en una duda tan legítima como atormentadora.
-Tigre.

Nos levantamos y nos sentamos al lado del fuego. Los mugidos se reanudaron. ¿Qué íbamos a hacer? Desde ese instante, no dejamos un momento de fumar, apretando el cigarro entre los dedos con sobrada fuerza. Durante media hora, tal vez, los mugidos cesaron. Y empezaron de nuevo, mucho más cerca, a intervalos rítmicos. En la espera angustiosa de cada grito del animal, el monte nos parecía desierto en un vasto silencio; no oíamos nada, con el corazón en suspenso, hasta que nos llegaba la pesadilla sonora de ese mugido obstinado rastreando a ras del suelo.

Tras una nueva suspensión, tan terrible como lo contrario, recomenzaron en dirección distinta, precipitados esta vez.

-Está sobre nuestro rastro -dijo Juancito. Bajamos la cabeza y no nos miramos hasta que fue de día. Durante una hora, los mugidos continuaron, a intervalos fijos, dolorosos, ahogados, sin que una vez se interrumpiera esa monotonía terrible de angustia errante. Parecía desorientado, no sé cómo, y aseguro que fue cruel esa noche que pasamos al lado del fuego sin hablar una palabra, envenenándonos con el cigarro, sin dejar de oír el mugido del tigre que nos había muerto todos los perros y estaba sobre nuestro rastro.

Una hora antes de amanecer, cesaron y no los oímos más. Cuando fue de día, nos levantamos; Juancito y Anselmo tenían la cara terrosa, cruzada de pequeñas arrugas. Yo debía estar lo mismo. Llevamos al riacho a los pobres caballos, en un continuo desasosiego toda la noche. Vimos la cierva muerta, pero ahora despedazada y comida.

Durante la hora en que no lo oímos, el tigre se había acercado en silencio, por el rastro caliente; nos había observado sin cesar, contándonos uno a uno, a quince metros de nosotros. Esa indecisión -característica de todos modos en el tigre- nos salvó, pero comió la cierva. Cuando pensamos que una hora seguida nos había acechado en silencio, nos sonreíamos, mirándonos; ya era de día, por lo menos.

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martes, 23 de noviembre de 2010

Los músicos de Bremen

Erase una vez un asno que, por desgracia, se quedó sin trabajo. Era muy viejo y por lo tanto ya no podía transportar sacos de cereales al molino. Pero aunque era viejo, el asno no era tonto. Decidió irse a la ciudad de Bremen, donde pensó que podrían contratarlo como músico municipal. ¡Y dicho y hecho!
El asno abandonó la granja donde había trabajado durante años y emprendió un viaje hacia Bremen.

El asno había caminado ya un buen rato cuando se encontró a un perro cansado por el camino. Y le dijo:

- Debes estar muy cansado, amigo.

Y le contestó el perro:

- ¡Ni que lo digas! Como ya soy viejo, mi amo quiso matarme, pues dice que ya no sirvo para la casa. Así que decidí alejarme rápidamente. Lo que no sé es qué podré hacer ahora para no morirme de hambre.
- Mira -le dijo el asno. A mí me pasó lo mismo. Decidí irme a Bremen a ver si me contratan como músico de la ciudad. Si vienes conmigo podrías intentar que te contratasen a ti también. Yo tocaré el laúd. Tú puedes tocar los timbales.

La idea le gustó al perro y decidió acompañar al asno. Caminaron un buen trecho cuando se encontraron a un gato con cara de hambriento, y le dijo el asno:

- No tienes buena cara, amigo.

A lo que le contestó el gato:

- Pues ¿cómo voy a tener buena cara si mi ama intentó ahogarme porque dice que ya soy demasiado viejo y no cazo ratones como antes? Conseguí escapar, pero ¿qué voy a hacer ahora?
- A nosotros -le dijo el asno- nos ha pasado lo mismo, y nos decidimos ir a Bremen. Si nos acompañas, podrías entrar en la banda que vamos a formar, pues podrías colaborar con sus maullidos.

El gato, como no tenía otra alternativa, aceptó la invitación y se fue con el asno y el perro.

Después de mucho caminar, y al pasar cerca de una granja, los tres animales vieron a un gallo que cantaba con mucha tristeza en lo alto de un portal. Y le dijo el asno:

- Debes estar muy triste, amigo.

A lo que le contestó el gallo:

- Pues en realidad estoy más que triste. ¡Estoy desesperado! Va a haber una fiesta mañana y mi ama ha ordenado a la cocinera que me corte el cuello para hacer conmigo un buen guiso. Y le dijo el asno:

- No te desesperes. Vente con nosotros a Bremen, donde formaremos una banda musical. Tú, con la buena voz que tienes, nos serás muy útil allí.

El gallo levantó su cabeza y aceptó la invitación, siguiendo a los otros tres animales por el camino.

Llegó la noche y los tres decidieron descansar un poco en el bosque. Se habían acomodado bajo un árbol cuando el gallo, que se había subido a la rama más alta, avisó a sus compañeros de que veía una luz a los lejos.

El asno le dijo que podría ser una casa y deberían irse a la casa para que pudiesen estar más cómodos. Y así lo hicieron.

Al acercarse a la casa averiguaron que la casa se trataba de una guarida de ladrones. El asno, como era el más alto, miró por la ventana para ver lo que pasaba en su interior.

- ¿Qué ves?, le preguntaron todos.
- Veo una mesa con mucha comida y bebida, y junto a ella hay unos ladrones que están cenando, les contestó el asno.
- ¡Ojalá pudiéramos hacer lo mismo nosotros! -exclamó el gallo.
- Pues sí -concordó el asno.

Los cuatro animales se pusieron a montar un plan para ahuyentar a los bandidos para que les dejaran la comida. El asno se puso de manos al lado de la ventana; el perro se encaramó a las espaldas del asno; el gato se montó encima del perro, y el gallo voló y se posó en la cabeza del perro.

Enseguida empezaron a gritar, y de un golpe, rompieron los cristales de la ventana. Armaron tal confusión que los bandidos, aterrorizados, salieron rápidamente de la casa. Los cuatro amigos, después de lograr su propósito, se dieron un verdadero banquete. Acabada la comida, los cuatros apagaron la luz y cada uno se buscó un rincón para descansar.

Pero en el medio de la noche, los ladrones, viendo que todo parecía tranquilo en la casa, mandaron a uno de ellos que inspeccionara la casa. El enviado entró en la casa a oscuras y, cuando se dirigía a encender la luz, vio que algo brillaba en el fogón. Eran los ojos del gato que se había despertado. Y sin pensar dos veces, saltó a la cara del ladrón y empezó a arañarle.

El bandido, con miedo, echó a correr. Pero no sin antes llevarse una coz del asno, ser atacado por el perro, y llevarse un buen susto con los gritos del gallo.

Al reunirse con sus compañeros, el bandido les dijo que en la casa había una bruja que le atacó por todos lados. Le arañó, le acuchilló, le golpeó y le gritó ferozmente. Y que todos deberían huir rápidamente. Y así lo hicieron.

Y fue así, gracias al buen plan que habían montado los animales, que los cuatros músicos de Bremen pudieron vivir su vejez, tranquila y cómodamente en aquella casa.

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viernes, 19 de noviembre de 2010

El balón de la amistad

Alicia había recibido una preciosa pelota como regalo de su cumpleaños, y había salido al campo para estrenarla.

Estaba jugando muy contenta cuando la pelota cayó sobre una piedra y se le perdió.

Rodando, rodando, la pelota fue a meterse pr un agujero donde yendo a parar a la gazapera donde vivían dos conejitos, que se asombraron al ver aquel enorme balón de colores.

Primero pensaron que podían comerlo, pero luego, al darse cuenta de que no podían hincarle el diente, buscaron a alguien que les dijera para qué podría servir.

Don Erizo era el personaje más célebre en los alrededores. Su talento era conocido por todos los animales y a él acudían siempre que estaban en apuros.

Por eso los dos conejitos fueron a verle y le explicaron lo que les sucedía con el balón de colores.

Don Erizo hizo que los conejitos llevasen el balón hasta el prado y allí lo movió de un lado a otro, comprobando que era completamente redondo.

Entonces, muy serio y campanudo proclamó: - Es una pelota y sirve para jugar al fútbol.

Después de aquel descubrimiento, Don Erizo siguió asombrando a los conejitos con sus muchos conocimientos, puesto que les explicó cómo se podía jugar al fútbol.

Y enseguida mandó aviso a sus amigos para organizar dos equipos de fútbol.

Fueron muchos los amigos de Don Erizo y de los conejitos que acudieron a jugar al fútbol. Pero además del ciervo, del grajo y del perrito "Ladrador", asomó el hocico el malintencionado zorro, al que "Ladrador" asustó haciéndole huir.

Cuando el zorro se hubo marchado, los animalitos se pusieron a jugar al balón. Y entonces apareció Alicia, que estaba muy disgustada por haber perdido su pelota y que se alegró al ver que sus amiguitos la habían encontrado.

Los conejitos fueron los primeros en ofrecer a Alicia la pelota de colores, puesto que era suya, pero la nena, que les apreciaba mucho, prefirió que todos juntos jugasen con ella.

Así, la pelota perdida se convirtió en el balón que confirmó la amistad que a todos les unía.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Mary Poppins

- Dáos prisa que vamos al parque -dijo Mary Poppins a los chicos un domingo.

Mary Poppins era la nueva institutriz de Jane y Michael, cuyo padre ya había despedido a muchas.

Jane y Michael se vistieron y salieron con ella. Junto a la puerta del parque encontraron a su amigo Bert, que pintaba cuadros de colores sobre la vereda.

- ¿Adónde vais con este tiempo? -preguntó.
- Vamos al parque -contestaron los niños.
- ¿Al parque? -repitió Bert. ¡Oh, no! Con Mary Poppins iréis sin duda a algún lugar maravilloso...

- Este paisaje me gusta -dijo Jane, mirando uno de los cuadros. ¡Llévanos a él!
- Es un paisaje inglés, y muy cerca hay una feria -explicó Bert.

Los niños pidieron a Mary Poppins que los condujera al mundo del cuadro, pero la institutriz no quería.

Bert hizo un guiño a los niños.
- Si Mary no quiere, el arte de birlibirloque lo haré yo... Tomaos de mis manos, cerrad los ojos, dad un brinco y...

Mary Poppins abrió su paraguas y los cuatro penetraron en el cuadro. Qué bonito era aquel mundo lleno de sol y prados verdes! También ellos estaban más guapos; todos llevaban ropas nuevas y elegantes.

- ¿Dónde está la feria? -preguntó Michael.
- Al otro lado de la colina -indicó Bert. ¿No oís la música?

Los niños corrieron hacia la feria. Bert y Mary, por su parte, empezaron a danzar en medio del camino.

- "Contigo, Mary, cada día es fiesta...", cantó Bert.

De pronto, la pareja se detuvo. Varios animales les miraban. Sí, todos los animales de la comarca habían acudido a saludar a Mary Poppins: corderos, vacas, un caballo gris, gansos, cerditos y hasta las tortugas del estanque. Y todos cantaron a coro: "Contigo, Mary, cada día es fiesta..."

- A todo paseo corresponde un buen refrigerio -dijo Bert. Y se sentaron a merendar.
- ¿Qué te apetece, Mary? -preguntó Bert.

Dio unas palmadas y enseguida aparecieron los camareros.

Mary Poppins eligió helado de frambuesa, pastel y té.

- Pida lo que quiera, Mary Poppins -dijo el pingüino camarero. Para usted todo es gratis.

Después del té, Mary y Bert fueron danzando hasta la feria.

El tiovivo en el que iban los niños redujo su marcha. Mary Poppins y Bert subieron a los caballitos.

- Lástima que no podamos ir adonde queramos! -comentó Bert.
- ¿Quién dice eso? -exclamó Mary Poppins, y enseguida le susurró algo al hombre del tiovivo.

Momentos más tarde, los caballitos se alejaban de allí a galope tendido.

A lo lejos resonó un cuerno de caza. Hacia allí se dirigieron, y Bert agarró una zorra por el pescuezo, sin causarle ningún daño.

De pronto vieron que Mary Poppins ya no estaba.

Mary se había visto mezclada en una carrera de caballos, que desde luego ganó.

Todo eran felicitaciones. Mientras tanto, sentados en una valla, Bert y los niños comían manzanas con caramelo. Entonces empezó a llover.

Zigzagueó un relámpago y sonó el trueno. Mary Poppins llamó enseguida a los niños. Luego abrió el paraguas, y a su alrededor todo empezó a disolverse...

De nuevo se vieron junto al parque, cerca de casa. Los cuadros de Bert se deshacían bajo la lluvia.

- No importa -dijo Bert. Ya pintaré otros.

Mary Poppins le dio las gracias por la bonita excursión y regresó con los niños a casa. Era la hora del té.

Después de la cena, Mary Poppins acostó pronto a los niños. En la chimenea ardía un agradable fuego.

- Hoy no podré dormir -dijo Jane. Qué paseo tan precioso!
- Estuviste formidable al ganar la carrera de caballos -agregó Michael.
- ¿Cómo? No sé de qué me habláis -exclamó Mary Poppins, como si no recordara nada.

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jueves, 11 de noviembre de 2010

La Gallina de los Huevos de Oro

Érase un labrador tan pobre, tan pobre, que ni siquiera poseía una vaca. Era el más pobre de la aldea. Y resulta que un día, trabajando en el campo y lamentándose de su suerte, apareció un enanito que le dijo:

-Buen hombre, he oído tus lamentaciones y voy a hacer que tu fortuna cambie. Toma esta gallina; es tan maravillosa que todos los días pone un huevo de oro.

El enanito desapareció sin más ni más y el labrador llevó la gallina a su corral. Al día siguiente, ¡oh sorpresa!, encontró un huevo de oro. Lo puso en una cestita y se fue con ella a la ciudad, donde vendió el huevo por un alto precio.

Al día siguiente, loco de alegría, encontró otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna había entrado a su casa! Todos los días tenía un nuevo huevo.

Fue así que poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el hombre más rico de la comarca. Sin embargo, una insensata avaricia hizo presa su corazón y pensó:

"¿Por qué esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Mejor la mato y descubriré la mina de oro que lleva dentro".

Y así lo hizo, pero en el interior de la gallina no encontró ninguna mina. A causa de la avaricia tan desmedida que tuvo, el tonto aldeano malogró la fortuna que tenía.

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domingo, 7 de noviembre de 2010

El Diablo con un sólo cuerno

En el país de Africa, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería ir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros que plantaban mandioca y bananos.

Pero en aquel lugar no había nadie: ni bananos, ni mandiocas, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontraba.

Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga sí entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal, pero las balas de plomo se achataban contra la piel y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiédole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Este es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero he aquí que una vez llegaron al país tres viajeros, tres hombres blancos, y quisieron vivir allí, para estudiar los animales, las plantas y las piedras del país, porque eran naturalistas. Estos tres hombres eran jóvenes y muy amigos, y se fueron a hacer una casa en el lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero los negros les rogaban que no fueran allá; se arrodillaban delante de ellos y lloraban, asegurando a los amigos que el "diablo-con-un-cuerno" los iba a matar. Los hombres se echaron a reír, mostrándoles los fusiles que llevaban y las balas, que tenían como una camisa de acero durísimo y que tienen tanta fuerza que atraviesan el mismo fierro como si fuera queso. Pero los negros lloriqueaban y decían:

- No hace nada... Bala ...no entra... No entra ninguna bala en su cuero... "Diablo-con-un-sólo-cuerno" no puede morir...

Los hombres blancos se rieron de nuevo, porque no hay animal alguno que resista a una bala en punta con camisa de acero, por más diablo con uno, dos o tres cuernos que sea (porque hay rinocerontes que tienen más de un cuerno).

Y, como ningún negro quería ir a ayudarlos, ellos mismos se fueron con su carreta y construyeron un rancho muy fuerte, con una puerta de tres pulgadas de grueso.

Como iban a pasar mucho tiempo allí, plantaron árboles en todo el rededor, muchos arbolitos que regaban al principio todos los días y después cada semana.

De día caminaban, juntaban bichitos y yuyos con flores y partían piedras con un martillo y un cortafierro que llevaban colgado del cinturón, como si fuera un machete. De noche estudiaban lo que habían reunido en el día y leían.

Pasó mucho tiempo sin que nada los inquietara y estaban a punto de creer que el famoso "Diablo-con-un-sólo-cuerno" era un cuento de los negros para asustarlos a ellos, cuando una noche de gran tormenta, mientras afuera llovía a torrentes y los tres amigos estaban leyendo dentro del rancho, muy contentos porque tenían una gran lámpara y tenían café y cigarros, uno de ellos levantó de pronto la cabeza y quedó inmóvil.

- ¿Qué hay? -le preguntaron los otros. ¿Qué has sentido?
- Me parece haber oído ruido -dijo el primero. ¡Oigan, a ver!

Los otros quedaron también quietos y oyeron así un ruido sordo y hondo: ton-ton-ton, como si una cosa muy pesada caminara e hiciera retemblar la tierra. Los hombres, muy sorprendidos, se miraron unos a otros y exclamaron:

- ¿Qué será? -Había que ver qué era éso. Encendieron, en consecuencia, el farol de viento y salieron afuera.

Llovía tanto, que en un momento estuvieron hechos sopa y el agua les corría por abajo de la camiseta; pero a ellos no les importaba. Recorrieron la quinta sin hallar nada; hasta que uno de los hombres, que se había agachado, exclamó:

- ¡Fíjense! ¡Todos los arbolitos están descascarados! ¡Y hay rastros! ¡Son de un animal grandísimo!

Todos se agacharon entonces con el farol y pudieron ver una huella profunda, el rastro de una pata de tres dedos, y tan grande como un plato. Estaban casi todas llenas de agua porque continuaba lloviendo a torrentes.

Y no era éso sólo: a dos cuadras del rancho había un árbol inmenso, cuyo tronco no lo podrían rodear diez hombres abrazados a él y dándose las manos; tan grueso era.

Pues bien, toda la cáscara de ese árbol, a la altura del cinturón de un hombre estaba arrancada, deshecha como tiras de trapo. Cuando los tres amigos vieron ésto, dijeron al mismo tiempo:

- Es un rinoceronte,; no cabe duda. No hay en el mundo otro animal capaz de hacer ésto. Es el "Diablo-con-un-sólo-cuerno".

En consecuencia, al día siguiente aprontaron sus armas. Las limpiaron primero con querosene y después con vaselina. Y al final las frotaron con un trapo bien seco.

Esa noche no estudiaron. Tomaron café, en silencio, para oír mejor el menor ruido que se sintiera de afuera. Y efectivamente, poco antes de las nueve, oyeron el mismo ruido profundo de la noche anterior: ton-ton-ton...

- ¡El"Diablo-con-un-sólo-cuerno"! -dijeron en voz muy baja. ¡Ahí está!

Y, tomando cada cual su fusil, salieron caminando muy despacio y agachados.

Ellos eran naturalistas y no cazadores; porque si hubieran sido cazadores, habrían comprendido que no se cazan rinocerontes con la misma facilidad con que se mata un gato. Y ésto casi les cuesta la vida.

Avanzaban agachados, pues, al encuentro del rinoceronte, llenos de confianza en las balas que tenían. De repente, de la oscuridad de la noche surgió una sombra monstruosa y los tres hombres, que estaban apenas a veinte metros del animal, creyeron que había llegado el momento, se arrodillaron los tres, apuntaron los tres a la cabeza de la bestia y los tres dispararon al mismo tiempo.

Las tres balas cónicas dieron en el blanco, pero ninguna en el lugar deseado. Una pegó en un costado del cuerpo y le hizo saltar una astilla; otra atravesó las enormes arrugas que tiene el rinoceronte en el pescuezo; y la tercera bala le entró por un costado del pecho, fue corriendo por debajo del cuero y salió por la cola.

Ahora bien: cuando el rinoceronte se siente atacado y herido es el animal más temible que hay. Se precipita furioso contra su enemigo y, si se le ha tirado de cerca, no hay tiempo de tirar de nuevo. No queda más remedio que disparar, disparar a todo escape, disparar como si lo corriera a uno un "Diablo-con-trescientos-millones-de cuernos".

Y es lo que hicieron los tres amigos: corrieron hacia el rancho con toda la velocidad que les daban las piernas, y el rinoceronte detrás. La tierra temblaba con aquella carrera. Los hombres volaban, pareciéndoles a cada momento que sentían el cuerno del rinoceronte, levantándolos de atrás por el pantalón.

Cada vez estaba más cerca de ellos, pero también cada vez estaba más cerca el rancho. Hasta que, por fin, llegaron y apenas tuvieron tiempo de cerrar la puerta, cuando tror-r-rróm!, sintieron un horrible golpe que sacudió el rancho de arriba a abajo: era el rinoceronte, que con la cabeza baja se había estrellado contra la puerta.

La puerta resistió, porque era de tres pulgadas de grueso; pero, en cambio, el cuerno la había atravesado como si fuera de manteca, y allí estaba; profundamente clavado, saliendo todo por la parte de adentro, mientras el animal, desde afuera, bramaba y pateaba, haciendo tremendo esfuerzos para sacar su cuerno.

Ahora bien: la primera idea de los tres amigos había sido abrir la ventana y matarlo a tiros antes de que se escapara. Pero, cuando vieron que por más fuerza que hacía el rinoceronte no lograba sacar su cuerno, dejaron de ser cazadores para ser otra vez naturalistas y sintieron deseos locos de agarrar al rinoceronte vivo.

¡Cómo podrían estudiarlo bien, teniéndolo allí cerca de ellos! ¿Pero cómo hacer, antes de que concluyera por sacar su cuerno, de tanto forcejear?

- ¡Ya está! -gritó de pronto uno de ellos. ¡Ya sé cómo vamos a hacer! Vamos a agujerear el cuerno por la parte de adentro y pasar un fierro de pulgada por el agujero. ¡Que haga fuerza después para sacarlo!
- ¡Bravo! ¡Bravo! -gritaron a coro los otros, porque la idea era excelente. Corrieron enseguida a buscar el taladro y, con una mecha de una pulgada, se pusieron a agujerear el cuerno.

Les daba algún trabajo, pues el cuerno se movía sin cesar de arriba a abajo y de costado a costado,; pero lo agujerearon por fin y metieron inmediatamente en el agujero un fierro de una pulgada.

¡Ya estaba! Por más grande que fuera la fuerza del rinoceronte, nunca, nunca podría salir de allí. A la mañana siguiente le enlazarían las patas y lo tendrían preso hasta que se amansara, porque los rinocerontes son así.

Pero, entretanto, y mientras no llegaba el día, el animal forcejeaba y forcejeaba por sacar su cuerno; pero un fierro de una pulgada, cuando es corto, tiene más fuerza que diez rinocerontes y los tres hombres estaban tranquilos, seguros de que no se escaparía.

Como estaban muy fatigados y sudando, se dieron un baño y volvieron al cuarto, descansados y frescos, y pasaron la noche tomando café. Estaban sentados alrededor del cuerno y, para divertirse, le hacían cosquillas con una pluma.

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Liebre y la Tortuga

En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa, porque ante todos decía que era la más veloz. Por eso, constantemente se reía de la lenta tortuga.

-¡Miren la tortuga! ¡Eh, tortuga, no corras tanto que te vas a cansar de ir tan de prisa! -decía la liebre riéndose de la tortuga.

Un día, conversando entre ellas, a la tortuga se le ocurrió de pronto hacerle una rara apuesta a la liebre.

-Estoy segura de poder ganarte una carrera -le dijo.
-¿A mí? -preguntó, asombrada, la liebre.
-Pues sí, a ti. Pongamos nuestra apuesta en aquella piedra y veamos quién gana la carrera.

La liebre, muy divertida, aceptó.

Todos los animales se reunieron a lo largo del camino que orillaba el bosque para presenciar la carrera. Se señaló cuál iba a ser el camino y la llegada. Junto al puente que cruzaba el arroyo, la liebre y la tortuga se dieron la pata y partieron, tan pronto como el negro cuervo, que era el árbitro, lanzó un agudo graznido como señal, y comenzó la carrera entre grandes aplausos.

Confiada en su ligereza, la liebre dejó partir a la tortuga y se quedó remoloneando. La liebre saltaba con excitación a su alrededor, deteniéndose cada pocos metros para husmear y mordisquear los tiernos brotes que crecían junto al camino.

Finalmente, para mostrar su despreocupación y el desprecio que le inspiraba su adversario, la liebre se tendió a descansar sobre un lecho de tréboles. La tortuga, entre tanto, seguía avanzando trabajosamente, centímetro tras centímetro.

-¡La carrera ha empezado! -advirtió la cabra, desde un lado del camino.
Pero la liebre respondió con impaciencia:
-¡Ya lo sé, ya lo sé! Pero la tortuga no podrá llegar antes del mediodía al gran olmo que está en el otro extremo del bosque.

Luego, empezó a correr, corría veloz como el viento mientras la tortuga iba despacio, pero, eso sí, sin parar. Enseguida, la liebre se adelantó muchísimo. Se detuvo al lado del camino y se sentó a descansar.

Cuando la tortuga pasó por su lado, la liebre aprovechó para burlarse de ella una vez más. En esta confianza, se instaló a sus anchas bajo un árbol y se quedó profundamente dormida.

¡Vaya si le sobraba el tiempo para ganarle a tan lerda criatura!

Cada uno de sus diminutos pasos acercaba más a la tortuga al olmo, que era la meta señalada. Avanzaba lenta y pesadamente, exhausta por haber llegado tan lejos a su máxima velocidad, pero cobró fuerzas para una arremetida final, porque ya llegaba a la meta.

Cuando la liebre se despertó, y al ver que la tortuga estaba casi junto al punto de llegada, se levantó de un salto y echó a correr por el camino, a grandes brincos.
Los espectadores gritaban, bailoteaban y saltaban frenéticamente de aquí para allá. Nunca habían imaginado que la carrera pudiera llegar a tal estado.

La liebre corrió con todas sus fuerzas pero ya era demasiado tarde, la tortuga había ganado la carrera. Los espectadores aplaudieron con entusiasmo. Y palmearon a la tortuga en su ancha y lisa caparazón.

Aquel día fue muy triste para la liebre y aprendió una lección que no olvidaría jamás: No hay que burlarse de los demás. También que la pereza y el exceso de confianza pueden hacer que uno no alcance sus objetivos.

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