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domingo, 7 de noviembre de 2010

El Diablo con un sólo cuerno

En el país de Africa, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería ir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros que plantaban mandioca y bananos.

Pero en aquel lugar no había nadie: ni bananos, ni mandiocas, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontraba.

Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga sí entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal, pero las balas de plomo se achataban contra la piel y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiédole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Este es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero he aquí que una vez llegaron al país tres viajeros, tres hombres blancos, y quisieron vivir allí, para estudiar los animales, las plantas y las piedras del país, porque eran naturalistas. Estos tres hombres eran jóvenes y muy amigos, y se fueron a hacer una casa en el lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero los negros les rogaban que no fueran allá; se arrodillaban delante de ellos y lloraban, asegurando a los amigos que el "diablo-con-un-cuerno" los iba a matar. Los hombres se echaron a reír, mostrándoles los fusiles que llevaban y las balas, que tenían como una camisa de acero durísimo y que tienen tanta fuerza que atraviesan el mismo fierro como si fuera queso. Pero los negros lloriqueaban y decían:

- No hace nada... Bala ...no entra... No entra ninguna bala en su cuero... "Diablo-con-un-sólo-cuerno" no puede morir...

Los hombres blancos se rieron de nuevo, porque no hay animal alguno que resista a una bala en punta con camisa de acero, por más diablo con uno, dos o tres cuernos que sea (porque hay rinocerontes que tienen más de un cuerno).

Y, como ningún negro quería ir a ayudarlos, ellos mismos se fueron con su carreta y construyeron un rancho muy fuerte, con una puerta de tres pulgadas de grueso.

Como iban a pasar mucho tiempo allí, plantaron árboles en todo el rededor, muchos arbolitos que regaban al principio todos los días y después cada semana.

De día caminaban, juntaban bichitos y yuyos con flores y partían piedras con un martillo y un cortafierro que llevaban colgado del cinturón, como si fuera un machete. De noche estudiaban lo que habían reunido en el día y leían.

Pasó mucho tiempo sin que nada los inquietara y estaban a punto de creer que el famoso "Diablo-con-un-sólo-cuerno" era un cuento de los negros para asustarlos a ellos, cuando una noche de gran tormenta, mientras afuera llovía a torrentes y los tres amigos estaban leyendo dentro del rancho, muy contentos porque tenían una gran lámpara y tenían café y cigarros, uno de ellos levantó de pronto la cabeza y quedó inmóvil.

- ¿Qué hay? -le preguntaron los otros. ¿Qué has sentido?
- Me parece haber oído ruido -dijo el primero. ¡Oigan, a ver!

Los otros quedaron también quietos y oyeron así un ruido sordo y hondo: ton-ton-ton, como si una cosa muy pesada caminara e hiciera retemblar la tierra. Los hombres, muy sorprendidos, se miraron unos a otros y exclamaron:

- ¿Qué será? -Había que ver qué era éso. Encendieron, en consecuencia, el farol de viento y salieron afuera.

Llovía tanto, que en un momento estuvieron hechos sopa y el agua les corría por abajo de la camiseta; pero a ellos no les importaba. Recorrieron la quinta sin hallar nada; hasta que uno de los hombres, que se había agachado, exclamó:

- ¡Fíjense! ¡Todos los arbolitos están descascarados! ¡Y hay rastros! ¡Son de un animal grandísimo!

Todos se agacharon entonces con el farol y pudieron ver una huella profunda, el rastro de una pata de tres dedos, y tan grande como un plato. Estaban casi todas llenas de agua porque continuaba lloviendo a torrentes.

Y no era éso sólo: a dos cuadras del rancho había un árbol inmenso, cuyo tronco no lo podrían rodear diez hombres abrazados a él y dándose las manos; tan grueso era.

Pues bien, toda la cáscara de ese árbol, a la altura del cinturón de un hombre estaba arrancada, deshecha como tiras de trapo. Cuando los tres amigos vieron ésto, dijeron al mismo tiempo:

- Es un rinoceronte,; no cabe duda. No hay en el mundo otro animal capaz de hacer ésto. Es el "Diablo-con-un-sólo-cuerno".

En consecuencia, al día siguiente aprontaron sus armas. Las limpiaron primero con querosene y después con vaselina. Y al final las frotaron con un trapo bien seco.

Esa noche no estudiaron. Tomaron café, en silencio, para oír mejor el menor ruido que se sintiera de afuera. Y efectivamente, poco antes de las nueve, oyeron el mismo ruido profundo de la noche anterior: ton-ton-ton...

- ¡El"Diablo-con-un-sólo-cuerno"! -dijeron en voz muy baja. ¡Ahí está!

Y, tomando cada cual su fusil, salieron caminando muy despacio y agachados.

Ellos eran naturalistas y no cazadores; porque si hubieran sido cazadores, habrían comprendido que no se cazan rinocerontes con la misma facilidad con que se mata un gato. Y ésto casi les cuesta la vida.

Avanzaban agachados, pues, al encuentro del rinoceronte, llenos de confianza en las balas que tenían. De repente, de la oscuridad de la noche surgió una sombra monstruosa y los tres hombres, que estaban apenas a veinte metros del animal, creyeron que había llegado el momento, se arrodillaron los tres, apuntaron los tres a la cabeza de la bestia y los tres dispararon al mismo tiempo.

Las tres balas cónicas dieron en el blanco, pero ninguna en el lugar deseado. Una pegó en un costado del cuerpo y le hizo saltar una astilla; otra atravesó las enormes arrugas que tiene el rinoceronte en el pescuezo; y la tercera bala le entró por un costado del pecho, fue corriendo por debajo del cuero y salió por la cola.

Ahora bien: cuando el rinoceronte se siente atacado y herido es el animal más temible que hay. Se precipita furioso contra su enemigo y, si se le ha tirado de cerca, no hay tiempo de tirar de nuevo. No queda más remedio que disparar, disparar a todo escape, disparar como si lo corriera a uno un "Diablo-con-trescientos-millones-de cuernos".

Y es lo que hicieron los tres amigos: corrieron hacia el rancho con toda la velocidad que les daban las piernas, y el rinoceronte detrás. La tierra temblaba con aquella carrera. Los hombres volaban, pareciéndoles a cada momento que sentían el cuerno del rinoceronte, levantándolos de atrás por el pantalón.

Cada vez estaba más cerca de ellos, pero también cada vez estaba más cerca el rancho. Hasta que, por fin, llegaron y apenas tuvieron tiempo de cerrar la puerta, cuando tror-r-rróm!, sintieron un horrible golpe que sacudió el rancho de arriba a abajo: era el rinoceronte, que con la cabeza baja se había estrellado contra la puerta.

La puerta resistió, porque era de tres pulgadas de grueso; pero, en cambio, el cuerno la había atravesado como si fuera de manteca, y allí estaba; profundamente clavado, saliendo todo por la parte de adentro, mientras el animal, desde afuera, bramaba y pateaba, haciendo tremendo esfuerzos para sacar su cuerno.

Ahora bien: la primera idea de los tres amigos había sido abrir la ventana y matarlo a tiros antes de que se escapara. Pero, cuando vieron que por más fuerza que hacía el rinoceronte no lograba sacar su cuerno, dejaron de ser cazadores para ser otra vez naturalistas y sintieron deseos locos de agarrar al rinoceronte vivo.

¡Cómo podrían estudiarlo bien, teniéndolo allí cerca de ellos! ¿Pero cómo hacer, antes de que concluyera por sacar su cuerno, de tanto forcejear?

- ¡Ya está! -gritó de pronto uno de ellos. ¡Ya sé cómo vamos a hacer! Vamos a agujerear el cuerno por la parte de adentro y pasar un fierro de pulgada por el agujero. ¡Que haga fuerza después para sacarlo!
- ¡Bravo! ¡Bravo! -gritaron a coro los otros, porque la idea era excelente. Corrieron enseguida a buscar el taladro y, con una mecha de una pulgada, se pusieron a agujerear el cuerno.

Les daba algún trabajo, pues el cuerno se movía sin cesar de arriba a abajo y de costado a costado,; pero lo agujerearon por fin y metieron inmediatamente en el agujero un fierro de una pulgada.

¡Ya estaba! Por más grande que fuera la fuerza del rinoceronte, nunca, nunca podría salir de allí. A la mañana siguiente le enlazarían las patas y lo tendrían preso hasta que se amansara, porque los rinocerontes son así.

Pero, entretanto, y mientras no llegaba el día, el animal forcejeaba y forcejeaba por sacar su cuerno; pero un fierro de una pulgada, cuando es corto, tiene más fuerza que diez rinocerontes y los tres hombres estaban tranquilos, seguros de que no se escaparía.

Como estaban muy fatigados y sudando, se dieron un baño y volvieron al cuarto, descansados y frescos, y pasaron la noche tomando café. Estaban sentados alrededor del cuerno y, para divertirse, le hacían cosquillas con una pluma.

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