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domingo, 5 de diciembre de 2010

La diligencia de las doce plazas

Una extraña diligencia llegó justo cuando daba la medianoche. Era el primer día del año y el centinela contó los viajeros: eran doce.

El primero, bien vestido, debía ser una persona importante, porque todos se volvían a él con esperanza. Dijo llamarse Enero y salió corriendo, ya que tenía mil cosas que hacer en todo el año.

El segundo sabía que tendría una breve vida, sólo veintiocho días, y por eso quería aprovecharla. Su ruidosa alegría molestó a los guardias, pero él se volvió altaneramente:

- ¿No me reconocéis? Yo soy Febrero, príncipe todopoderoso del Carnaval!

Don Marzo, el tercer pasajero, era delgado y lunático. El cuarto, don Abril, señaló a Marzo un rayo de luna, pero era broma, porque no había luna. Para alegrarles, doña Mayolita entonó una de sus bellas canciones.

Junio y Julio llevaban ropas veraniegas y su equipaje se reducía al traje de baño. La tía Agostita tenía una frutería y debía de ser muy rica. Le gustaban las excursiones, pero estaba gorda y sudaba.

El noveno pasajero, el profesor Septiembre, era un pintor famoso por la forma en que pintaba hojas; el décimo, el conde Octubre, lo sabía todo sobre agricultura, pero sus palabras no se oían por los estornudos de su vecino, Noviembre, un tipo gris, resfriado constantemente.

El abuelito Diciembre, último de los pasajeros, llevaba el árbol que adornaría en Navidad con luces y regalos. Tenía una barba blanca y decía que era muy amigo de Papá Noel.

El centinela, después de identificar a los pasajeros, los saludó: "Feliz año para todos, señores Meses!" Y los pasajeros continuaron su viaje hasta llegar al sitio que les correspondía a cada uno en el calendario.

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