Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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domingo, 30 de enero de 2011

El tigre

Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigrecita recién nacida.

La olfateó largos minutos por todas partes hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún, la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronguido de la fierecilla, que, comparado con la queja maullante de los otros gatitos, semejaba un trueno.

Desde ese instante y durante los nueve días en que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo.

Todo el campo mamario pertenecía de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos aullaban de hambre.

La tigre abrió, por fin, los ojos y, desde ese momento, entró a nuestro cuidado. Pero, ¡qué cuidado! Mamaderas entibiadas, dosificadas y vigiladas con atención extrema; imposibilidad para incorporarnos libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres y sacudía las patas con una violencia que parecía iba a romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes, y aquellos minutos de mirada atónita y velada por el aplastamiento, durante los cuales no nos reconocía.

No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la predilección que un animal siente por lo único que desde nacer se vio a su lado.

Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle.

Caminaba con la cabeza baja, sin parecer ver a nadie, y menos todavía a los peones, estupefactos ante su presencia bien insólita en una carretera pública.

Y mientras los perros y el coatí se revolvían por las profundas cunetas del camino, ella, la real fiera de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello y sus ojos del mismo color.

Con los animalitos de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación con carne viva.

Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose la vida de nuestra predilecta con él.

La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más; desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez. Nunca le notamos interés alguno por las ratas de campo que de noche cruzaban el patio y, menos aún, por las gallinas, rodeadas entonces de pollos.

Una gallina nuestra, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacó en esos días pollitos. Como madre, era aquella gallina única; no perdía jamás un pollo. La casa, pues, estaba de parabienes.

Un mediodía de ésos, oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina, exactamente como si la estrangularan. Salté afuera y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida con garras y dientes del cuello de la gallina.

Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fierecilla por el cuello y la arrojé rodando por el piso de arena del patio y sin intención de hacerle daño.

Pero no tuve suerte. En un costado del mismo patio, entre dos palmeras, había ese día una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un rígido dogma el que no hubiera nunca piedras en el patio. Girando sobre sí misma, nuestra tigre alcanzó hasta la piedra y golpeó contra ella la cabeza. La fatalidad procede a veces así.

Dos horas después nuestra pupila moría. No fue esa tarde un día feliz para nosotros.

Cuatro años más tarde, hallé entre los bambúes de casa, pero no en el suelo, sino a varios metros de altura, mi cuchillo de monte con que mis chicos habían cavado la fosa para la tigresita y que ellos habían olvidado de recoger después del entierro.

Había quedado, sin duda, sujeto entre los gajos nacientes de algún pequeño bambú. Y, con su crecimiento de cuatro años, la caña había arrastrado mi cuchillo hasta allá.

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miércoles, 26 de enero de 2011

Los indios de Valle Encantado

En el valle se produjo un incendio tan grande que los indios de la tribu no consiguieron apagarlo y llamaron en su ayuda al Hombre del Hielo, un famoso brujo del norte.

Este no se hizo esperar: se puso su penacho de plumas, se soltó las trenzas y sacudió sus largos cabellos.

Los mensajeros, sorprendidos, notaron en la cara una inesperada ráfaga de viento. El brujo volvió a sacudir su cabellera y empezó a llover; después, la lluvia se transformó en granizo y poco más tarde en nieve.

Los mensajeros regresaron al valle, que todavía ardía. Los pieles rojas asistían impotentes al pavoroso espectáculo desde las colinas. Conocieron el éxito de la embajada, pero temieron que no se hubiera conseguido nada.

Unos días después comenzó a soplar un fuerte viento, pero fue peor: el incendio se propagó aún más. La lluvia que cayó después no hizo más que levantar nubes de vapor; pero el granizo, que hizo huir a los pieles rojas, atenuó las llamas y la nieve cubrió las últimas brasas.

La nieve se derritió... y cuando los indios volvieron en primavera, encontraron un maravilloso lago.

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sábado, 22 de enero de 2011

El cochero pintor

Reinaldo era un humilde cochero que estaba al servicio del Rey. Pero le gustaba pintar y tenía un talento especial para la pintura. Parecía que sus cuadros estuvieran vivos y hablaran; el que más le gustaba era el retrato de su hermana, a la que quería muchísimo.

Lo tenía en su habitación, en las caballerizas del palacio, y cuando estaba triste hablaba con el cuadro y se imaginaba que su hermanita le respondía.

Aquellas charlas provocaron la curiosidad de los otros dos criados, que espiaron por el agujero de la cerradura y vieron el cuadro, pero sólo el rostro, sin ver el marco.

Confundieron el retrato con una joven de carne y hueso, y pronto empezó a circular la fama de la indescriptible belleza de la misteriosa huésped que el cochero tenía escondida.

Llegó a oídos del mismísimo Rey y también él fue a ver por el agujero de la cerradura. Al ver aquel hermoso rostro se enamoró de él. Pero como la joven existía realmente, todo pudo remediarse; Reinaldo trajo a su hermana a la corte y el Rey se casó con ella.

De esta manera la joven fue reina y el cochero pudo dedicarse a pintar cuadros únicamente.

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martes, 18 de enero de 2011

El hombre que llegó del cielo

Un día, un hombre que vivía de engañar paró en un camino a una buena mujer.

- ¿Quién eres? -le preguntó la mujer.
- He caído del cielo -contestó el tramposo.
- ¿De verdad? -el rostro de la mujer se iluminó. -Entonces, quizás conozcas a mi marido, que murió el año pasado. Es alto, moreno y lleva una medalla de plata con mi nombre grabado.
- Claro que lo conozco. No lo pasa muy bien. No ha encontrado trabajo y no tiene para comer ni vestir.
- Pobrecillo! -se conmovió la mujer. - Si te doy un traje, ¿se lo llevarás?
- No, al paraíso está prohibido llevar ropas. El dinero es distinto. Un monedero escondido en los bolsillos no lo descubre nadie.
- Eso es! Toma éste: son todos mis ahorros.

La mujer entregó al desconocido una buena suma y le quedó muy agradecida por haberle hecho tan gran favor.

- Pero, ¿quién hubiera pensado que a mi marido le faltara en el paraíso hasta lo más imprescindible?

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viernes, 14 de enero de 2011

Ratas de campo

Las ratas de campo son al principio la alegría de la casa. Cazan mariposas al aire con una estrategia admirable y entretienen los insomnios del enfermo con su tenaz empeño en llevarse a su nido largas medias de mujer, allá a lo alto del techo.

La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, oscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho, el vientre y la parte interna de las patas. Pero en lo que no tiene parangón con su innoble hermana de ciudad, es en la centelleante vivacidad de sus movimientos, y en la gracia con que juega a las escondidas con quien la acecha, acechándolo a su vez por arriba, abajo y los costados de una tabla, con sólo la mitad de un ojo y la punta de las orejas a la vista.

Estas ratas de campo, habituadas a una alimentación frugal, pasan inadvertidas al lado de un manjar de cocina, para divertirse toda la noche rallando municiones. Hemos asistido en la casa a la destrucción de doce balas explosivas, cuyo plomo las ratas royeron hasta el ánima, al parecer excitadísimas de gula.

Las hemos visto gastarse los dientes y los dedos, royendo durísimos granos de maíz, al lado de panes de chocolate intactos. Más tarde, la civilización llega también a embotar su frugalidad virgen, y no hay entoncees palto faisandé suficiente para su corrupción.

Pero antes de esta decadencia, las ratas de campo han alegrado las cenas en el interior, cazando mariposas en los tirantes.

Los grandes pavones nocturnos, con sus ojos de rubí y su trompa eréctil, chocan zumbando contra las paredes, que remontan en busca de una salida en lo alto.

Pero allá, todo a lo largo de la cumbrera, que es un rollizo cubierto de polvo, y sobre el cual la mano puede resbalar como sobre talco, están las ratas en acecho, todas de través y semicaídas sobre el revuelo de la mariposa, cuyo vaivén siguen todas juntas con ojos y orejas.

El pavón las ve también, y zumba desde un extremo a otro de la pieza, seguido a la carrera por las cazadoras, que tienden al paso una mano ratera hacia el pavón, manteniéndose sin caer por un prodigio de equilibrio.

Los minutos transcurren sobre esta cacería accidentada, hasta que la mariposa desaparece de la vista. Al zumbido extinto sucede un precipitado frufrú de disputa, que hacina a las ratas en una sola pirámide sobre el pavón. Pero nunca hemos visto caer a una rata.

Esta inocente diversión del hombre de campo puede trocarse en martirio cuando en la alta noche las ratas se obstinan en llenar el bungalow con su chillido de alarma ante la presencia de una culebra. Las culebras -y aún las víboras- buscan la compañía nocturna del hombre, por las ratas que viven con él.

El grito especial de alarma, y que es un castañeteo de dientes muy rítmico y sostenido, puede prolongarse por toda una noche, y proseguir a la noche siguiente, mientras la víbora se empeñe en no abandonar la casa.

Durante tres noches consecutivas fuimos torturados por laagitación de las ratas, que denunciaba a la legua a una víbora en acecho. Buscamos en vano, hasta que al cuarto día, a las cinco de la tarde, mi chico descalzo saltaba sobre una gran yarará, a la puerta misma del bungalow. Había aquella salido un instante a desentumecerse, sin duda.

Cansados así del bullicio excesivo de las ratas, que sus payasadas no alcanzaban a compensar, embalsamamos cuidadosamente dicha yarará y la instalamos en lo alto de la cumbrera, en una gran postura trágica y cruel. Al cabo de unos días, no debía quedar en casa rata alguna.

En efecto, tras una nueva noche de insomnio, las ratas callaron. Dormímonos arrullados por dulces esperanzas, cuando al alzar a la mañana siguiente nuestros ojos de gratitud hacia la víbora, vimos que ésta había desaparecido.

Buscámosla por todas partes, hasta que por fin la hallamos en un nido de ratas, en compañía de varios pañuelos míos.

Dícese que en las regiones tropicales, y con el fin de ahuyentar a las ratas, usan de culebras que viven y duermen entre los tirantes. Después de lo acaecido a nuestra yarará -medía metro y medio bien contados-, no poseo ya fe segura en ningún medio para ahuyentar a aquéllas.

Nuestra víbora no daba allá en lo alto señales de vida, es cierto; pero ser arrastrada por todo el techo para mullir un nido de ratas, es demasiado fuerte.

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lunes, 10 de enero de 2011

El perro codicioso

Un perro había conseguido un gran trozo de carne y y corría sujetándolo con los dientes, orgulloso de su hazaña.

Llegó a la orilla de un arroyo y en él vio a otro perro con un pedazo de carne tan grande como el suyo en la boca, pero no comprendió que era su propio reflejo en el agua.

Animado por la facilidad con que había conseguido su primer botín, se lanzó sobre el rival para quitarle su presa.

Acabó en el agua y, para no ahogarse, perdió incluso la carne que tenía en la boca.

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jueves, 6 de enero de 2011

Los regalos de los Reyes Magos

Una noche apareció en el cielo un cometa y todos quedaron sorprendidos y asustados. El Rey Gaspar consultó con los otros magos, que eran -como él- los hombres más sabios del mundo, y les preguntó si sabían lo que significaba aquella estrella tan extraña.

El Rey Baltasar, consultando sus libros, encontró una antigua profecía: el cometa anunciaba la venida del Mesías y señalaba el lugar donde había nacido. Invitó a los otros a ir con él a adorarlo.

Juntos empezaron a pensar cuáles serían los obsequios más apropiados para tan importante personaje.

Melchor pensó que el Mesías debía ser un hombre y decidió ofrecerle un jarrón de mirra, para que con ella perfumara su cuerpo.

Gaspar pensó que el Mesías era el Señor del cielo y de la tierra. Tardó en hallar un don suficientemente valioso para un rey tan poderoso y al final eligió un cofre lleno de oro.

Baltasar pensó que el Mesías debía ser honrado como Hijo de Dios y decidió llevarle incienso, que desde siempre quemaban todos los pueblos para honrar a los dioses.

Y, en la choza de Belén, sus dones acabaron junto a los de los pastores, valiosos sólo por su amor.

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domingo, 2 de enero de 2011

Una familia feliz

Una vieja pareja de caracoles vivía feliz en un bosque del que se consideraba dueña, al no haber otros caracoles que les disputaran su dominio.

Pero, a la vez, ésto les causaba un grave problema: no sabían dónde buscar esposa para su único hijo.

- Llamadnos si veis alguna caracolilla bella y buena para nuestro hijo -encargaron a los mosquitos, que volaban por todas partes como locos, como si tuvieran mucho que hacer.

- Hay una a diez minutos de vuelo de aquí -les dijo un día una mariposa. - Es una pobre huérfana, pero muy virtuosa.

- Dile que venga enseguida a vernos.

Y la caracolilla se puso en camino. Empleó ocho días en llegar, lo cual demostraba que era de buena raza.

La boda se celebró enseguida. Las abejas pusieron la miel, y las luciérnagas la luz. Las hormigas fueron las damas de honor y la marcha nupcial fue tocada por la lluvia, que caía sobre las hojas.

El nuevo matrimonio tuvo muchos hijos y vivió feliz y contento, tanto como lo habían sido sus padres, los reyes del bosque.

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