Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
RSS

martes, 22 de febrero de 2011

El mercader y el genio

De Las Mil y Una Noches

Hace tiempo existía un mercader que poseía muchos bienes en tierras, mercancías y dinero. Un día, necesitando hacer un largo viaje por un negocio de importancia, ensilló su caballo y cargó unas alforjas con bizcocho y dátiles, pues debía atravesar un gran desierto, donde no podría adquirir provisiones. Llegó sin ningún inconveniente al final de su viaje y después de despachar sus asuntos, cabalgó de nuevo, para volver a casa.

Al cuarto día de marcha, molesto por el calor del sol, abandonó el camino y fue a refrescarse bajo unos árboles donde encontró un manantial de agua clara. Descabalgó, ató su caballo a una rama y, sentándose junto al manantial, extrajo algunos bizcochos y dátiles de sus alforjas. Mientras comía sus dátiles, arrojaba los cuescos descuidadamente en diferentes direcciones.
Cuando terminó su comida, como buen musulmán, lavó sus manos, rostro y pies, y dijo sus oraciones.

Antes de que terminara y mientras aún estaba de rodillas, vio que un Genio de enorme corpulencia avanzaba hacia él con gran furia, blandiendo una cimitarra en su mano. El Genio le habló con una voz terrible:

—Alzate, pues te mataré con esta cimitarra, así como tú has matado a mi hijo —y acompañó estas palabras con un espantoso rugido.

El mercader, muy alarmado por la espantosa figura del monstruo y por sus amenazas, le respondió temblando:

—¡Ay! ¿Cómo podría yo matar a tu hijo? No lo conozco ni nunca lo he
visto.
—Cuando llegaste hasta aquí —preguntó el Genio—, ¿no sacaste dátiles de tus alforjas? Y, a medida que los ibas comiendo, ¿no arrojaste sus cuescos en diferentes direcciones?
—Hice lo que tú afirmas —contestó el mercader—. No puedo negarlo.
—Cuando estabas esparciendo los cuescos a tu alrededor —continuó el Genio—, mi hijo pasaba por ahí y tú le arrojaste uno a los ojos, lo que lo mató. Por tanto, yo debo matarte.
—¡Ay, señor mío!, perdóname —exclamó el mercader.
—No hay perdón ni clemencia —gritó el Genio—. ¿No es justo matar a uno que ha muerto a otro?
—Estoy de acuerdo en que es así —replicó el mercader—, pero ciertamente yo no he matado a tu hijo. Si lo hubiera hecho, sería sin saberlo y, entonces, yo sería inocente. Te ruego, pues, que me perdones y me dejes vivir.
—No, no —repitió el Genio, persistiendo en su resolución—. Yo debo matarte, pues has muerto a mi hijo.

Entonces, tomando al mercader del brazo, lo arrojó de cara al suelo y alzó la cimitarra para cortarle la cabeza. Cuando el mercader vio que el Genio iba a cortarle la cabeza, le gritó:

—¡Por los cielos, haz el favor de detener tu mano! Permíteme una palabra. Ten la bondad de darme un plazo de un año, para despedirme de mi mujer y de mis hijos y repartir mis bienes entre ellos. Pues te juro que de hoy a doce meses regresaré junto a estos árboles y pondré mi cabeza en tus manos.
—¿Tomas a los cielos por testigo de tu juramento? —dijo el Genio.
—Lo hago —contestó el mercader—, y puedes confiar en mí.

Entonces, el Genio lo dejó cerca del manantial y desapareció.

Cuando el mercader relató, al llegar a casa, lo ocurrido entre él y el Genio, su mujer profirió los gritos más lastimosos, golpeó su rostro y tironeó su pelo. Los hijos, sumidos en lágrimas, hacían retumbar la casa con sus gemidos. Y el padre, incapaz de resistir un impulso natural, mezcló sus lágrimas con las de ellos.

Los días transcurrieron rápidamente y, muy pronto, se cumplió el año. El mercader se vio obligado a partir. Puso sus ropas sepulcrales en las alforjas. Pero cuando fue a dar el adiós a su mujer e hijos, su tristeza superó todo lo imaginable. Abrumado por la separación de sus seres queridos, el mercader viajó hasta el lugar donde había prometido encontrarse con el Genio. Sentado junto al manantial, esperó su llegada invadido por una inmensa pesadumbre.

Mientras languidecía en esta penosa espera, apareció un viejo que guiaba a una cierva y que se dirigió hacia donde estaba él. Después de que se saludaron el viejo le preguntó por qué estaba en ese lugar solitario.
El mercader le contó su aventura. Con gran asombro, el anciano exclamó:

—¡Esta es la cosa más sorprendente del mundo! Y tú estás atado por el más solemne de los juramentos. No obstante, seré testigo de tu entrevista con el Genio.

Después se sentó junto al mercader y empezaron a conversar. En eso estaban cuando de pronto vieron a otro viejo, que venía caminando hacia ellos, seguido por dos perros negros. Cuando el recién llegado se informó de la aventura del mercader, declaró que iba a permanecer ahí para ver en qué terminaba este asunto.

Al poco rato, percibieron un vapor espeso, como una nube de polvo levantada por un torbellino que avanzaba hacia ellos. En cuanto hubo llegado ante los tres, se desvaneció repentinamente y apareció el Genio. Sin saludarlos, se dirigió al mercader con una cimitarra desnuda y tomándolo por el brazo, dijo:

—Levántate, porque debo matarte, así como tú mataste a mí hijo.

El mercader y los dos viejos empezaron a lamentarse y a llenar el aire con sus gritos. Cuando el viejo que conducía a la cierva vio al Genio que levantaba al mercader y estaba a punto de matarlo, se arrojó a los pies del monstruo, se los besó y le dijo:

—Príncipe de los Genios, muy humildemente te ruego detener tu enojo y hacerme el favor de oír la historia de mi vida y de la cierva que aquí ves. Y si la encuentras más maravillosa y sorprendente que la aventura del mercader, te ruego que al desdichado le perdones la mitad de su ofensa.

El Genio se tomó un tiempo para deliberar sobre esta proposición y, por último, respondió:

—Bien, estoy de acuerdo.

Enseguida, el viejo de la cierva contó su historia:

“Esta cierva que ves es mi esposa, con quien me casé cuando ella tenía doce años de edad. Vivimos juntos veinte años, sin tener hijos. Mi deseo de tenerlos me indujo a adoptar el hijo de una esclava. Mi mujer, celosa, alimentó odio contra el niño y su madre. Pero ocultó su aversión tan bien, que yo no la conocí hasta que fue demasiado tarde. Mientras yo estuve lejos, por un largo viaje, se dedicó a la magia y mediante sus encantamientos, transformó al niño en ternero y a la madre en vaca, incorporándolos a mi hacienda.

“A mi regreso, pregunté por la madre y el niño. Ella me informó que la esclava había muerto y que a mí hijo adoptivo no se lo había visto desde hacía meses. Lamenté la muerte de la esclava; pero como mi hijo sólo había desaparecido, tenía la esperanza de que pronto regresaría. Sin embargo, pasaron ocho meses y nada supe de él. Cuando iba a celebrarse la fiesta del Gran Bairam, envié a mi granjero por una de las vacas más gordas para sacrificaría. Me trajo una y yo la até para darle muerte. Al ir a sacrificaría, dio mugidos muy lastimosos y hasta lágrimas brotaron de sus ojos. Esto me pareció extraordinario y me llenó de compasión. Como no tuve ánimo de darle el golpe de gracia, mandé a mi pastor que me trajera otra.

“Mi esposa, que estaba presente, se enfureció por mí blandura y mí repugnancia para dar una orden, con la que ocultaría su maldad. Me insultó por no querer sacrificar la vaca para la fiesta. Para complacer a mi mujer, ordené al pastor, menos compasivo que yo, que la sacrificara. Cuando despellejó a esa pobre vaca, que nos parecía tan gorda, no encontró sino huesos. Ordené entonces al pastor que la botara o la diera de limosna, o que hiciera lo que gustara con ella, y que, si tenía un ternero bien gordo, me lo trajera en su lugar.

Volvió con un hermoso ternero; éste, en cuanto me vio, se esforzó tanto en acercárseme que cortó la cuerda y se arrojó a mis pies, con su cabeza contra el suelo. Parecía como si hubiera querido despertar mi compasión e implorarme que no tuviera la crueldad de quitarle la vida.

“Estaba más sorprendido e impresionado aún con esta actitud que con las lágrimas de la vaca y dije a mi esposa que no mataría a este ternero, a pesar de lo que ella dijera. La malvada mujer no tuvo consideración de mis deseos y me urgió hasta que cedí. Até a la pobre criatura y, tomando el cuchillo fatal, me preparé para enterrarlo en la garganta del ternero. Pero éste volvió hacia mí sus ojos llenos de lágrimas con tal languidez que su mirada me afectó hasta el punto de no tener fuerzas para matarlo. Dejé caer el cuchillo y dije enérgicamente a mi mujer que buscaría otro ternero. Para tranquilizarla un poco, le prometí que lo sacrificaría durante el Bairam del año siguiente.

“Al otro día, mi pastor fue a buscarme para hablar conmigo a solas. Me dijo que su hija, algo entendida en magia, deseaba yerme. Al recibirla, me informó que, mientras yo estaba de viaje, mi mujer había transformado a la esclava en vaca y al muchacho en ternero. No podría restituirme la esclava, porque era la vaca que había sido sacrificada. Pero sí podría devolverme a mi hijo adoptivo, con la condición de que el joven se casara con ella y si castigaba, como se lo merecía, a mi mujer.

“En cuanto di mi consentimiento a esta proposición, la doncella tomó una vasija llena de agua, pronunció sobre ella unas palabras que no entendí, y vació el líquido sobre el ternero. Este recobró, en un instante, su forma natural.

“De inmediato lo abracé y le conté cómo la doncella lo había liberado de su encantamiento y que yo le había prometido que él sería su esposo. Consintió alegremente; pero, antes de casarse, ella transformó a mí mujer en una cierva. Y es la que ves aquí.

“Hace un tiempo, mi hijo quedó viudo y se ha dedicado a viajar. Han pasado varios años, y como no he tenido noticias suyas, marcho al extranjero para saber de él. No quise pedir a nadie que se hiciera cargo de mi esposa hasta mi regreso a casa, pues pensé que era más conveniente llevarla a todas partes conmigo. Esta es mi historia y la de esta cierva. ¿No es algo maravilloso y sorprendente?”

—Yo diría —replicó el Genio—, que tu historia supera a la de la cierva.

A continuación, el segundo viejo empezó a hablar de esta manera:

“Gran príncipe de los Genios, tú debes saber que nosotros somos tres hermanos: estos dos perros negros y yo. Al morir, nuestro padre nos dejó mil sequíes a cada uno. Con esta suma, todos podíamos convertirnos en mercaderes, pero mis hermanos resolvieron viajar y recorrer tierras extrañas.

“Al cabo del año, regresaron en vergonzosa pobreza, pues lo habían perdido todo en empresas desafortunadas. Les di la bienvenida y los recibí en mi casa. Como mi situación era próspera, di a cada uno de ellos mil sequíes para que volvieran a empezar como mercaderes. Después de un tiempo, vinieron a proponerme que me uniera a ellos para hacer un viaje de negocios. Inmediatamente dije que no. Pero después de haberme negado durante cinco años, ellos insistieron tanto que vencieron mi resolución.

“Sin embargo, cuando llegó el momento de adquirir mercaderías para iniciar el negocio, descubrí que mis hermanos se habían gastado todo el dinero. No les quedaba nada de los mil sequíes que yo había obsequiado a cada uno. Pero no les reproche lo ocurrido. Por lo contrario, como tenía ahorrados seis mil sequíes, volví a darles mil a cada uno y dejé otros mil para mí; y enterré los tres mil sequíes restantes en un rincón de mi casa.

“Adquirimos mercaderías, las embarcamos en un velero que nosotros tres habíamos contratado y nos hicimos a la mar con viento favorable. Tras una navegación de dos meses, arribamos felizmente a puerto y tuvimos muy buena clientela para nuestras mercaderías. Vendí tan bien las mías, que gané el mil por uno.

“Cuando ya estábamos preparados para iniciar el viaje de regreso, encontré en la playa a una dama muy hermosa, aunque pobremente vestida. Avanzó hacia mí de manera muy graciosa, besó mi mano y me suplicó que me casara con ella. Puse un poco de dificultad antes de aceptar esta proposición. La dama me dio tantos argumentos para convencerme de que no debía rechazarla por su pobreza y de que yo tendría todas las razones del mundo para estar satisfecho de su conducta, que, por último, yo cedí a sus instancias.

“Mandé a hacer algunos vestidos apropiados para ella. Y, después de haberla desposado de acuerdo a las formalidades, la llevé a bordo y nos hicimos a la vela. Descubrí que mi esposa tenía tan buenas cualidades que mi amor por ella aumentaba día tras día. Mientras tanto, mis dos hermanos, que no habían manejado sus negocios tan exitosamente como yo, envidiaban mi prosperidad. Sus malos sentimientos los dominaron hasta tal punto que una noche, cuando mi esposa y yo dormíamos, nos lanzaron a ambos al mar.

“Apenas caí al agua, ella me rescató y me condujo a una isla. Al amanecer, mi esposa me contó que, en realidad, ella era un hada que se me había presentado disfrazada para probar mi bondad. y como yo siempre había sido amable, ella decidió que se comportaría generosamente conmigo. Pero agregó que mis hermanos deberían pagar su traición con sus vidas.

“Escuché las palabras del hada con admiración y le agradecí, de la mejor manera que pude, la gran bondad que había tenido conmigo. En cuanto a mis hermanos, le rogué que los perdonara. Yo no era tan cruel como para desearles la muerte. Entonces, le conté todo lo que había hecho por ellos, pero esto sólo aumentó su indignación. Afirmó que inmediatamente debía castigar a esos ingratos traidores y tomar rápida venganza de ellos.

“La tranquilicé lo mejor que pude. Tan pronto como terminé de hablar, ella me transportó en un momento desde la isla hasta la azotea de mi propia casa. Descendí, abrí las puertas y desenterré los tres mil sequíes que anteriormente había ocultado. Después fui a mi tienda, y también la abrí. Mis vecinos, los mercaderes, llegaron a saludarme, alegrándose de mi feliz regreso. Al volver a mi casa, encontré en ella a estos dos perros negros, que vinieron a mi de manera muy sumisa. Yo no podía adivinar el significado de este hecho, que me asombró grandemente. Pero el hada, que apareció de inmediato, me dijo que no me sorprendiera pues ellos eran mis hermanos. Entonces, ella me contó que los había convertido en perros, al mismo tiempo que hundía su barco. Ellos deberán permanecer con esta forma durante cinco años. Después de decirme dónde la encontraría transcurrido ese lapso, ella desapareció. Habiéndose cumplido hace poco los cinco años, voy en su búsqueda.”

—Esta es mi historia, ¡oh príncipe de los Genios! —dijo el mercader, después de una pausa—. ¿No crees que es muy extraordinaria?
—Reconozco que lo es —respondió el Genio—; y, en este caso, perdono al mercader la otra mitad del crimen que ha cometido en mi contra.

Tras estas palabras el Genio ascendió en el aire y desapareció en una nube de humo, con gran contento del mercader y de los dos viejos.

El mercader lamentó no poder conversar más con sus libertadores. Ellos se regocijaron de verlo fuera de peligro y, diciéndole adiós, cada uno prosiguió su camino. El mercader regresó junto a su esposa y a sus hijos, y pasó el resto de sus días en paz con ellos.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

2 comentarios en "El mercader y el genio"

Estevan Gomez dijo...

Cual es el proposito del texto del mercader y el genio??

Angie Quiroga Rodriguez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

Publicar un comentario

 
Adaptación de la Plantilla para Blogger por Kalgash Themes