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viernes, 14 de enero de 2011

Ratas de campo

Las ratas de campo son al principio la alegría de la casa. Cazan mariposas al aire con una estrategia admirable y entretienen los insomnios del enfermo con su tenaz empeño en llevarse a su nido largas medias de mujer, allá a lo alto del techo.

La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, oscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho, el vientre y la parte interna de las patas. Pero en lo que no tiene parangón con su innoble hermana de ciudad, es en la centelleante vivacidad de sus movimientos, y en la gracia con que juega a las escondidas con quien la acecha, acechándolo a su vez por arriba, abajo y los costados de una tabla, con sólo la mitad de un ojo y la punta de las orejas a la vista.

Estas ratas de campo, habituadas a una alimentación frugal, pasan inadvertidas al lado de un manjar de cocina, para divertirse toda la noche rallando municiones. Hemos asistido en la casa a la destrucción de doce balas explosivas, cuyo plomo las ratas royeron hasta el ánima, al parecer excitadísimas de gula.

Las hemos visto gastarse los dientes y los dedos, royendo durísimos granos de maíz, al lado de panes de chocolate intactos. Más tarde, la civilización llega también a embotar su frugalidad virgen, y no hay entoncees palto faisandé suficiente para su corrupción.

Pero antes de esta decadencia, las ratas de campo han alegrado las cenas en el interior, cazando mariposas en los tirantes.

Los grandes pavones nocturnos, con sus ojos de rubí y su trompa eréctil, chocan zumbando contra las paredes, que remontan en busca de una salida en lo alto.

Pero allá, todo a lo largo de la cumbrera, que es un rollizo cubierto de polvo, y sobre el cual la mano puede resbalar como sobre talco, están las ratas en acecho, todas de través y semicaídas sobre el revuelo de la mariposa, cuyo vaivén siguen todas juntas con ojos y orejas.

El pavón las ve también, y zumba desde un extremo a otro de la pieza, seguido a la carrera por las cazadoras, que tienden al paso una mano ratera hacia el pavón, manteniéndose sin caer por un prodigio de equilibrio.

Los minutos transcurren sobre esta cacería accidentada, hasta que la mariposa desaparece de la vista. Al zumbido extinto sucede un precipitado frufrú de disputa, que hacina a las ratas en una sola pirámide sobre el pavón. Pero nunca hemos visto caer a una rata.

Esta inocente diversión del hombre de campo puede trocarse en martirio cuando en la alta noche las ratas se obstinan en llenar el bungalow con su chillido de alarma ante la presencia de una culebra. Las culebras -y aún las víboras- buscan la compañía nocturna del hombre, por las ratas que viven con él.

El grito especial de alarma, y que es un castañeteo de dientes muy rítmico y sostenido, puede prolongarse por toda una noche, y proseguir a la noche siguiente, mientras la víbora se empeñe en no abandonar la casa.

Durante tres noches consecutivas fuimos torturados por laagitación de las ratas, que denunciaba a la legua a una víbora en acecho. Buscamos en vano, hasta que al cuarto día, a las cinco de la tarde, mi chico descalzo saltaba sobre una gran yarará, a la puerta misma del bungalow. Había aquella salido un instante a desentumecerse, sin duda.

Cansados así del bullicio excesivo de las ratas, que sus payasadas no alcanzaban a compensar, embalsamamos cuidadosamente dicha yarará y la instalamos en lo alto de la cumbrera, en una gran postura trágica y cruel. Al cabo de unos días, no debía quedar en casa rata alguna.

En efecto, tras una nueva noche de insomnio, las ratas callaron. Dormímonos arrullados por dulces esperanzas, cuando al alzar a la mañana siguiente nuestros ojos de gratitud hacia la víbora, vimos que ésta había desaparecido.

Buscámosla por todas partes, hasta que por fin la hallamos en un nido de ratas, en compañía de varios pañuelos míos.

Dícese que en las regiones tropicales, y con el fin de ahuyentar a las ratas, usan de culebras que viven y duermen entre los tirantes. Después de lo acaecido a nuestra yarará -medía metro y medio bien contados-, no poseo ya fe segura en ningún medio para ahuyentar a aquéllas.

Nuestra víbora no daba allá en lo alto señales de vida, es cierto; pero ser arrastrada por todo el techo para mullir un nido de ratas, es demasiado fuerte.

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