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martes, 22 de marzo de 2011

El cerdito-hucha

Un cerdito-hucha estaba tan lleno de monedas que, al moverlo, ya no sonaba. Estaba en lo alto de un estante en la habitación de de los niños y, con su panza de barro pintada de florecillas azules, hacía muy bonito.

Como era tan rico, los otros juguetes lo respetaban muchísimo. De noche, las marionetas del guiñol recitaban sólo para él y la muñeca no paraba de cantar y suspirar, con la esperanza de que él se fijara en ella y pidiera su mano.

Los soldaditos de plomo desfilaban arriba y abajo al pie del estante, para que ningún ladrón pudiera llevarse el tesoro de la hucha.

El cerdito vivía feliz con su tesoro, halagado y admirado por todos, sin pensar que su suerte podría cambiar. Afortunadamente no se había vuelto orgulloso.

Hasta que un día, un niño quiso meter otra moneda en la hucha y tuvo que hacer fuerza para conseguirlo: al forzar la ranura el cerdito reventó.

Alguien recogió las monedas y tiró los trozos rotos, y en lugar del viejo cerdito puso otro. El nuevo estaba vacío y por eso no tintineaban las monedas; pero no era muy diferente del otro.

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