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domingo, 6 de marzo de 2011

El monstruo

Existe en el nordeste de la república un animal curiosísimo con larguísimas púas, y de fama más sombría aún.

Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y ésto desde ocho o diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no pueden ser más arrancadas de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.

Es animal bastante raro, que apenas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.

Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él. El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene.

Con gran dificultad sacamos al monstruo de su embalaje, pues erizado como estaba a más no poder, resistíase con sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.

Logramos al fin arrancarlo por su cola prensil y colocarlo en una jaula, donde pude por fin observarlo a mi sabor.

Lo más admirable de aquel monstruo era la dulzura de sus grandes ojos saltones; dulzura de pobre ser inofensivo y tímido, como lo es en efecto el cuendú.

Cuando no se le asusta, mantiene adheridas al cuerpo sus larguísimas púas, y parece entonces que llevara a la rastra una gran capa verdosa de hilos longitudinales. Pero a la menor alarma levanta sobre el cuello sus cerdas convulsas, dejando al descubierto sobre el lomo una fina pelusa blanca. Pasada la inquietud, la capa cae lentamente, y el cuendú reanuda su pasito un tanto cojo.

Yo no estaba seguro de mantener vivo a mi cuendú, pues estos seres huraños resístense a veces a alimentarse en domesticidad. No pasó así, por suerte; y al día siguiente de cazado le vi comer cáscaras de naranja y roer maíz sentado sobre las patas traseras, sosteniendo delicadamente con sus dos manos el grano de maíz como a un objeto precioso.

Llegó a conocerme en poco tiempo, y se apoderaba de mi mano, dedo tras dedo, con temerosa lentitud; para concluir siempre por llevarse un dedo a la boca, por ver a qué sabía.

Como es un animal nocturno y la luz le ofende mucho, mi cuendú pasaba las horas de gran luz de espaldas contra la pared del fondo de la jaula, con la cara entre las manos.

Permanecía en esta actitud de penitencia horas enteras sin moverse. Si nos acercábamos al tejido de alambre, él se aproximaba a su vez, a ver qué le llevábamos; pero por poco que no tuviera apetito, tornaba silenciosamente a su rincón, a hacer penitencia.

Muchas veces lo vi asimismo de madrugada dormir sentado sobre las patas traseras en igual actitud, con las manos sobre los ojos. Para hacerle más llevadera su cautividad, lo instalé en una gran glorieta cubierta, con dos halcones y una urraca por compañía. Pero no pudo acostumbrarse ni a los saltos de la urraca ni a los gritos del casal de halcones, que anunciaban de este modo la primavera.

Cuando tuve que venirme, pensé que mi cuendú no deajaría de ser interesante en el Jardín Zoológico, por su doble carácter de animal indígena y de monstruo legendario. Trájelo conmigo, y lo puse en manos de Onelli.

Hace de ésto dos meses. Respecto de sus púas -que en efecto parecen desprenderse con facilidad de la piel cuando el cuendú se asusta-, puedo decir que una vez vi una de ellas clavada perpendicularmente en un tablón de lapacho bruñido. Lo cual, como bien se comprende, no es promesa de bienestar para el puma o tigre que reciba una púa de cuendú en el cerebro, a través de un ojo.

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1 comentarios en "El monstruo"

María Lopez dijo...

muy bueno el cuento para trabajar la descripción en la escuela

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