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sábado, 18 de junio de 2011

Orlando y la flor encantada

Orlando estaba prometido con una huérfana. Esta descubrió un día que la mujer con la que se había casado su padre por segunda vez era una bruja que planeaba matarla. Para salvarse huyó con su amado Orlando, el cual robó a la bruja su varita mágica, para quitarle su poder.

La madrastra, al enterarse de su fuga, se enfureció muchísimo. Se calzó las botas de siete leguas y en un segundo alcanzó a los dos jóvenes; pero ellos la oyeron llegar y, gracias a la varita mágica, se transformaron, ella en una flor y él en un violín.

La bruja se dio cuenta de que la flor era su hijastra y quiso cortarla, pero el violín comenzó a sonar y, como estaba encantado, la bruja se puso a bailar frenéticamente, hasta que, agotada, murió. Pero antes se vengó: hizo que Orlando perdiera la memoria. Cuando cesó el efecto del encantamiento y el joven recuperó su figura, no se acordaba de que la flor era su prometida, así que se fue y la dejó allí.

Un pastor recogió la flor roja, la llevó a su casa y la plantó en un jarrón. Desde aquel día, cuando el pastor volvía a casa encontraba la cena lista y la casa arreglada. Comprendió que aquello debía ser un hechizo y un día se escondió en un armario; de esta manera descubrió que las labores las hacía la flor. Pronunció una fórmula maravillosa que le había enseñado una maga y la flor volvió a convertirse en una bella joven.

Poco tiempo después, todas las jóvenes del pueblo fueron invitadas a cantar en la fiesta del nuevo príncipe, que era precisamente Orlando. La voz de su amada le hizo recuperar la memoria: la reconoció y se casó con ella aquel mismo día. El pastor fue el padrino y todos fueron felices.

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