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miércoles, 30 de noviembre de 2011

La zorra sin cola

Una zorra había perdido la cola en un cepo y se avergonzaba muchísimo de su mutilación. Pensaba que era injusto que sólo a ella le faltara la cola y el mundo le parecería más agradable si también les faltara a todas las demás zorras, así que intentó convencer a sus congéneres para que se la cortaran.

- La cola es un peso inútil y además, no es muy elegante.

Contestaron entonces las demás zorras:

- Y, si es así, ¿por qué no te alegras de que te falte?

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viernes, 25 de noviembre de 2011

Pequeñas historias # 3

- Hoy iremos de paseo -dice papá Oso a sus pequeñuelos- y os enseñaré el bosque y algunos de sus peligros.
- ¿Peligros? -exclamó el hermanito mayor. - No creo en ellos.
- Pues hay muchos -dijo papá Oso. - Existen cazadores muy peligrosos...
- Bah; con escondernos...!
- También debéis tener cuidado al andar. Podríais tropezar con alguna piedra como ésta -insistió papá.
El osito pequeño dijo entonces:
- No les tengo ningún miedo, aunque sean tan grandes como ésta que he encontrado. ¿Qué te parece, papi?
- Oh, suéltala enseguida! Eso no es una piedra... Es un panal!
- ¿Un panal de miel? Con lo que a mí me gustan...
- Pero está lleno de abejas! Corramos, amtes de que nos piquen!
- Qué vergüenza! -exclamó el otro osito. - Tres osos grandes, y tener miedo de abejas tan pequeñas!

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En algunas montañas de Asia hay cabras de Angora, sobre alturas que ningún ser humano puede alcanzar.

- Ayer vi a ese hombre del sombrero azul y guantes amarillos.
- Sí. Viene con su hijo a traer comida a nuestros pequeños.
- Oí cómo decían que tú y yo éramos seres raros. ¿Por qué raros?
- Porque nuestra especie no abunda y vivimos lejos de la civilización.
- Me quisieron hacer una foto pero, pero di un salto y me alejé rápidamente.
- Ahora han dado a nuestro hijo una zanahoria. Mira cómo se la come!
- Tendré que cambiar. La próxima vez me dejaré hacer la foto. Pero me molestó que el padre se riera de nosotros, diciendo que parecíamos dos colchones. Llamarme colchón a mí!
- Es por nuestra lana, que nos cubre y nos protege de nieves y fríos. No debes enojarte. Ellos nos quieren, ya que nos traen comida.

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miércoles, 16 de noviembre de 2011

El molino de viento

En la cima del cerro había un molino de viento, de altivo aspecto; y la verdad es quese sentía muy orgulloso.

-No es que sea orgulloso -decía-, lo que sí soy muy ilustrado, por fuera y por dentro. Tengo el sol y la luna para mi uso externo y también interno, y además dispongo de velas de estearina, lámparas de aceite y bujías de sebo. Bien puedo decir que soy un molino de luces; un ser inteligente y tan perfecto, que da gusto. Tengo en el pecho una rueda, y cuatro alas dispuestas sobre la cabeza, inmediatamente debajo del sombrero. Las aves, en cambio, poseen sólo dos, y las llevan en la espalda. De nacimiento soy holandés, bien se nota por mi figura; un holandés volante que, como no ignoro, figura entre los seres sobrenaturales, y, con todo, soy perfectamente natural. Tengo una galería alrededor del estómago y una vivienda en la parte inferior; en ella habitan mis pensamientos. Al más fuerte de ellos, el que manda y domina, lo llaman los demás «el molinero». Ése sabe lo que se trae entre manos, y está muy por encima de la harina y la sémola; sin embargo, tiene a su compañera, la «molinera». Ella es el corazón; no corre sin ton ni son de un lado para otro, pues también ella sabe lo que quiere y lo que puede; es suave como una leve brisa, y fuerte como un vendaval; es prudente y logra imponer su voluntad. Es mi sentido de la suavidad, el padre es el de la dureza. Aunque son dos, forman una sola persona, y entre ellos se llaman «mi mitad». Tienen hijos: pequeños pensamientos que crecerán. ¡Cuántas diabluras cometen los rapaces! No hace mucho me sentía deprimido e hice que el padre y sus oficiales examinasen mi mecanismo y la rueda que tengo en el pecho; quería saber lo que me ocurría, pues algo en mí no marchaba como debiera, y conviene vigilarse; los pequeñuelos metieron un ruido infernal, cosa muy enfadosa cuando se vive en la cumbre de una colina. Hay que contar con que todos te ven, y no se debe despreciar la opinión pública. Pero, como iba diciendo, los chiquillos cometieron una de travesuras... El más chiquitín se me subió sobre el sombrero, y armó tal alboroto que me daba cosquillas.

Los pensamientos chicos pueden crecer, lo sé por experiencia. Y de fuera vienen también pensamientos, y no precisamente de mi linaje, pues no veo a ningún pariente en todo lo que alcanza mi vista; estoy sólo. Pero las casas sin alas, donde no se oye el girar de la rueda, tienen también pensamientos que vienen a reunirse con los míos y se enamoran unos de otros, como suele decirse. Es bien asombroso. ¡La de cosas extrañas que hay en el mundo! No sé si me ha venido de dentro o de fuera, pero el hecho es que ha habido un cambio en mi mecanismo. Es algo así como si el padre hubiese cambiado su mitad, como si hubiera venido un sentido más dulce aún, una compañera más amorosa, joven y buena y, sin embargo, la misma, pero más dulce y más piadosa a medida que pasa el tiempo. Lo amargo se ha evaporado; el conjunto resulta muy agradable. Van y vienen los días, cada vez más claros y alegres, hasta que -sí, dicho y escrito está- llegará uno en que todo habrá terminado para mí, aunque no del todo. Me derribarán para reconstruirme, nuevo y mejor. Desapareceré, pero seguiré viviendo. Seré distinto y, no obstante, seré el mismo. Esto me resulta muy difícil de comprender, pese a toda mi ilustración y a que me iluminan el sol, la luna, la estearina, el aceite y el sebo. Mis viejas paredes y habitaciones volverán a alzarse de entre los escombros. Espero que conservaré mis antiguos pensamientos: el molinero, la madre, los mayores y los chicos, la familia, como los llamo en conjunto, uno y, sin embargo, tantos, todo el conjunto de pensamientos, que ya me es imprescindible. Y tengo que seguir también siendo yo mismo, con la rueda en el pecho, las alas sobre la cabeza, la galería en torno al estómago; de otro modo no me reconocería, y tampoco me reconocerían los demás, y no podrían decir: «Ahí tenemos el molino en la colina, tan apuesto pero nada orgulloso».

Todo ésto dijo el molino, y muchas cosas más; pero lo más importante es lo que hemos apuntado.

Y vinieron los días y se fueron, hasta que llegó el último. Estalló un incendio en el molino; se elevaron las llamas, proyectándose hacia fuera y hacia dentro, lamiendo las vigas y planchas y devorándolas. Se desplomó el edificio, y no quedó de él más que un montón de cenizas. De él se levantaba una columna de humo, que el viento dispersó.

Lo que de vivo había en el molino, vivo quedó, y, en vez de sufrir daños, más bien salió ganando. La familia del molinero, un alma con muchos pensamientos, se construyó un molino nuevo y hermoso para su servicio, de aspecto exactamente igual al anterior, por lo que la gente decía: «Ahí está el molino de la colina, altivo y apuesto». Pero estaba mejor construido, más a la moderna, pues los tiempos progresan. Los viejos maderos, carcomidos y esponjosos, yacían convertidos en polvo y ceniza; el cuerpo del molino no volvió a levantarse, como él había creído; había dado fe a las palabras, pero no hay que tomar las cosas tan al pie de la letra.

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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Pequeñas historias # 2

El nido del águila se halla en puntos escarpados, donde se ampara en la soledad de las cumbres para construir su nido lejos de otros animales.

El águila se alimenta casi exclusivamente de carne fresca y es aficionada a atacar a animales incluso mayores que ella, como el zorro.

Una mañana, desde el balcón de su nido, mamá águila real vio acercarse a dos águilas vecinas.

- Buenos días, señora águila real -dijo una de ellas. - ¿Está tomando usted el primer sol del día?
- Estoy con mis hijos esperando a que venga papá con nuestra comida. ¿Han visto ustedes a mi esposo?
- Le vimos ocupado en la cacería de una liebre. Hoy están de enhorabuena, porque tendrán comida magnífica.
- Ya viene papá! -anunció uno de los pequeños aguiluchos.
- Adiós, y que les aproveche!
- Adiós amigas!

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

La piedra de pedernal

Un valiente soldado que volvía de la guerra se encontró con una bruja.

- ¿Te gustaría ser rico? -le preguntó.

Esas cosas ni se preguntan! El soldado siguió las indicaciones de la vieja y se metió en una cueva, donde halló un arca con monedas de oro. La custodiaba un perro más feroz que un tigre, pero la bruja le había enseñado un hechizo para amansarlo.

El soldado se llenó los bolsillos y el zurrón de monedas y salió; pero antes buscó y cogió una piedra de pedernal que la abuela de la bruja había perdido en aquella cueva hacía siglos.

La bruja le había dicho que solo quería el pedernal, pero pensaba quitarle todo el oro también. Como él se lo imaginaba, la mató antes de que ella recurriera a algún hechizo. Y se quedó también con el pedernal, con el que no sabía qué hacer. Lo metió en el bolsillo y no volvió a acordarse de él.

Ahora era rico y se trasladó a la ciudad, donde vivió como un señor.

Una noche, las calles estaban tan oscuras que no se veía nada. El soldado se acordó del pedernal y lo frotó para hacer fuego: al punto se presentó el perrazo embrujado de la cueva, que se puso a sus órdenes para satisfacer todos sus deseos. Cuando el soldado quería algo llamaba al perro, que inmediatamente corría a complacerle.

Un día el soldado pidió el mayor deseo: ver a la hija del rey, que estaba encerrada en el palacio y a la que nadie había visto. El perro desapareció: pronto volvió con la princesa montada en su lomo. Poco después los jóvenes se enamoraron y se casaron.

El banquete nupcial duró ocho días y el perro embrujado tuvo un lugar en la mesa junto a los dignatarios del reino, en señal de agradecimiento de sus augustos amos.

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