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miércoles, 2 de noviembre de 2011

La piedra de pedernal

Un valiente soldado que volvía de la guerra se encontró con una bruja.

- ¿Te gustaría ser rico? -le preguntó.

Esas cosas ni se preguntan! El soldado siguió las indicaciones de la vieja y se metió en una cueva, donde halló un arca con monedas de oro. La custodiaba un perro más feroz que un tigre, pero la bruja le había enseñado un hechizo para amansarlo.

El soldado se llenó los bolsillos y el zurrón de monedas y salió; pero antes buscó y cogió una piedra de pedernal que la abuela de la bruja había perdido en aquella cueva hacía siglos.

La bruja le había dicho que solo quería el pedernal, pero pensaba quitarle todo el oro también. Como él se lo imaginaba, la mató antes de que ella recurriera a algún hechizo. Y se quedó también con el pedernal, con el que no sabía qué hacer. Lo metió en el bolsillo y no volvió a acordarse de él.

Ahora era rico y se trasladó a la ciudad, donde vivió como un señor.

Una noche, las calles estaban tan oscuras que no se veía nada. El soldado se acordó del pedernal y lo frotó para hacer fuego: al punto se presentó el perrazo embrujado de la cueva, que se puso a sus órdenes para satisfacer todos sus deseos. Cuando el soldado quería algo llamaba al perro, que inmediatamente corría a complacerle.

Un día el soldado pidió el mayor deseo: ver a la hija del rey, que estaba encerrada en el palacio y a la que nadie había visto. El perro desapareció: pronto volvió con la princesa montada en su lomo. Poco después los jóvenes se enamoraron y se casaron.

El banquete nupcial duró ocho días y el perro embrujado tuvo un lugar en la mesa junto a los dignatarios del reino, en señal de agradecimiento de sus augustos amos.

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