Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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miércoles, 25 de enero de 2012

El rey de la selva va a la guerra

El rey León se disponía a ir a la guerra y había llamado a las armas a todos los animales.

Sus ministros e íntimos colaboradores habrían querido no reclutar al menos al asno y al conejo, porque pensaban que uno era demasiado tonto y el otro tenía demasiado miedo.

- Nada de eso! -dijo el rey. - El asno, cuya voz todavía es más fuerte que la mía nos servirá de trompetero; el conejo, como es muy veloz, nos será muy útil como mensajero.

Para vencer, hay que tomar de cada uno lo mejor que tenga.

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miércoles, 18 de enero de 2012

El búho

Un par de siglos atrás, la gente no era tan lista y avisada como es ahora, ni mucho menos. Pues por aquellos días sucedió en una pequeña ciudad el extraño acontecimiento que voy a contaros.

Un anochecer llegó de un bosque próximo una de esas grandes lechuzas que solemos llamar búhos o granduques, y fue a meterse en el granero de un labrador, donde pasó la noche. A la mañana siguiente no se atrevió a abandonar su refugio, por miedo a las demás aves, que, en cuanto la descubren, prorrumpen en un espantoso griterío.

Cuando el mozo de la granja subió al granero por paja, asustóse de tal modo al ver al búho posado en un rincón, que escapó corriendo y dijo a su amo que en el pajar había un monstruo como no viera otro semejante en toda su vida; movía los ojos en torno a la cabeza, y era capaz de tragarse a cualquiera sin cumplidos.

- Ya te conozco -respondió el amo. Eres lo bastante valiente para correr tras un mirlo en el campo; pero en cuanto ves un pollo muerto, te armas de un palo antes de acercarte a él. Tendré que subir yo mismo, a averiguar qué monstruo es ése que dices.

Y dirigiéndose, animoso, al granero, echó una mirada al lugar indicado, y al descubrir al extraño y horrible animal, entróle un espanto parecido al de su criado. Bajó en dos saltos y corrió a alarmar a los vecinos, pidiéndoles asistencia contra un animal peligroso y desconocido, que podía poner en peligro a toda la ciudad si le daba por salir de su granero.

Movióse gran alboroto y griterío en las calles. Los burgueses acudieron armados de chuzos, horquillas, hoces y hachas, como si se tratase de presentar batalla a algún formidable enemigo. Luego se presentaron también los miembros del Consejo, con el burgomaestre a la cabeza, y, una vez formados todos en la plaza del mercado, iniciaron la marcha hacia el granero y lo rodearon por todas partes. Adelantóse entonces uno de los más bravos y entró pica en ristre; pero inmediatamente volvió a salir, pálido como un muerto e incapaz de proferir palabra tras el grito de espanto que le había arrancado la vista del monstruo. Otros dos se aventuraron a probar suerte, pero retrocedieron tan aterrorizados como el primero.

Finalmente, avanzó un individuo alto y forzudo, famoso por sus hazañas guerreras, y dijo:
- Con sólo mirarla no ahuyentaréis esa bestia monstruosa. Hay que actuar en serio; mas veo que todos sois unas mujerzuelas y que nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato.

Pidió que le prestasen una armadura, espada y pica, y se aprestó al combate. Todos ensalzaron su valor, y eran muchos los que temían por su vida. Abrieron la doble puerta del granero y apareció el búho, que, entretanto, se había posado en uno de los grandes travesaños. Mandó él que trajesen una escalera de mano, y cuando la colocó y se dispuso a encaramarse en ella, todos lo animaron a gritos y lo encomendaron a San Jorge, el matador del dragón. Llegado arriba, cuando el búho comprendió sus propósitos agresivos, turbado, además, por el griterío de la multitud y no viendo el medio de escapar, empezó a girar los ojos, erizó las plumas, desplegó las alas y, castañeando con el pico, con voz ronca lanzó su grito: «¡Chuhú, chuhú!».

- ¡Embístele, embístele! - gritaba la gente desde abajo al esforzado héroe.

- Si estuvierais aquí conmigo - respondió él -, a buen seguro que no gritaríais así. Subió otro peldaño; pero entróle un fuerte temblor y emprendió la retirada, casi desmayado.

Ya no quedaba nadie dispuesto a arrostrar el peligro.

- Este monstruo - decían -, con sólo su grito y su aliento ha envenenado y malherido al más fuerte y valiente de nuestros hombres. ¿Vamos también a exponer la vida de los demás?

Deliberaron acerca de lo que convenía hacer para evitar la ruina de la ciudad. Durante buen rato nadie encontró remedio; hasta que, por fin, el alcalde dijo:

- Mi opinión es la de que todos contribuyamos a indemnizar al propietario el valor de este granero con todo lo que contiene, grano, paja y heno, y le peguemos fuego para que se incendie todo con la terrible bestia; de esta manera, nadie habrá de exponer su vida. Es un caso en que no hay que andarse con reparos; la tacañería sería contraproducente.

Todo el mundo se declaró conforme con la proposición e incendiaron el pajar por los cuatro costados, y junto con él quedó el pobre búho reducido a cenizas. Y el que no quiera creerlo, que vaya a preguntarlo.

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miércoles, 11 de enero de 2012

Piel de Asno

Un rey rico y poderoso, pero anciano y malo, estaba empeñado en casarse con una damisela de la corte, bellísima y muy joven. Ella no quería y pidió ayuda a su madrina.

- Al rey nunca se le puede decir que no -pensó la mujer. - Pero se pueden poner condiciones absurdas. Pídele la piel de su asno.

Se trataba de un asno mágico al que el rey debía todo su poder; por tanto, se suponía que no querría sacrificarlo. Pero el rey no tardó en enviar a la joven lo que había pedido.

Sólo le quedaba una solución: huir. La joven se puso la piel del asno para que no la reconocieran y se refugió en un país vecino. Para vivir trabajó de criada en una posada; lo hacía todo bien, especialmente las tartas.

Nunca se quitaba su disfraz, que le daba un aspecto horrible, pero seguro. Sólo en la soledad de su habitación se lavaba y peinaba con cuidado y se ponía su rico vestido cortesano, que había llevado con ella.

Un día llegó a la posada el hijo del rey. Halló una puerta cerrada y, curioso, miró por el ojo de la cerradura: vio una muchacha tan hermosa que se enamoró inmediatamente de ella. Preguntó y le dijeron que allí sólo estaba Piel de Asno, una criada sucia y harapienta que no merecía ni un solo minuto de atención de su alteza.

El príncipe tuvo que rendirse a la evidencia; pero enfermó de amor y dejó de comer. Dijo que sólo comería una tarta que hiciera para él Piel de Asno. Sus padres, desesperados, mandaron la orden a la posada. Al hacer la masa la criada perdió, sin darse cuenta, su anillo. El príncipe lo encontró en la tarta y lo reconoció inmediatamente: él lo había visto por el ojo de la cerradura e ideó una estratagema.

El príncipe dijo que quería casarse con la joven a quien ajustara perfectamente el anillo. Con tal de verlo contento, el rey y la reina también le concedieron ésto, sobre todo porque un dedo tan fino como para que entrara aquel diminuto anillo sólo podía pertenecer a una gran dama.

Comenzaron las pesquisas y, al final, el anillo se lo probó también Piel de Asno.La criada no tuvo dificultad en demostrar que el anillo era suyo y que ella era la hermosa joven que el príncipe había visto en la posada. Todo se aclaró y la fastuosa boda se celebró aquel mismo día con gran alegría de todos los súbditos del reino.

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miércoles, 4 de enero de 2012

El avaro mercader

Erase un mercader tan avaro que, para ahorrarse la comida de su asno, al que hacía trabajar duramente en el transporte de mercancías, le cubría la cabeza con una piel de león y como la gente huía asustada, el asno podía pastar en los campos de alfalfa.

Un día los campesinos decidieron armarse de palos y hacer frente al león. El pobre asno, que estaba dándose el gran atracón, rebuznó espantado al ver el número de sus enemigos.

-Es un borrico! -dijeron los campesinos-. Pero la culpa del engaño debe ser cosa de su amo. Sigámosle y descubriremos al tunante.

El pobre asno emprendió la gran carrera hasta la cuadra del mercader; y tras él llegaron los campesinos armados con sus palos propinando tal paliza al avaro, que en varios días no pudo moverse.

Al menos la lección sirvió para que aquel avaricioso alimentase a su asno con pienso comprado con el dinero que el fiel animal le daba a ganar.

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