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miércoles, 12 de septiembre de 2012

La casita de la liebrecita - Parte 1

Eranse que se eran una raposa y una liebre. La raposa tenía una casita de hielo; la liebre, una de troncos buenos. Pero la raposa hacía rabiar a la liebre:

- En mi casita hay mucha claridad, mientras que en la tuya reina la oscuridad. La mía es luminosa; la tuya, tenebrosa.

Llegó la primavera y la casita de la raposa se derritió. Entonces, la raposa le pidió a la liebre:

- Déjame, liebrecita, alojarme junto a tu casita, aunque sea en el patio.
- No, raposita, no te dejaré. ¿Por qué me hacías rabiar?

La raposa suplicó con mayor insistencia, y la liebre le permitió alojarse en el patio.

Al día siguiente, la raposa volvió a pedir:

- Anda, liebrecita, sé buenecita. Déjame vivir en el zaguán...
- No, no te dejaré. ¿Por qué me hacías rabiar?

La raposa rogó, imploró, y la liebre accedió a que se instalase en el zaguán.

Al tercer día, la raposa volvió a suplicar:

- Déjame, liebrecita, vivir en tu casita.
- No, no te dejaré. ¿Por qué me hacías rabiar?

La raposa tanto suplicó, que la liebre le permitió vivir en la casita. La raposa se acostó en el banco, y la liebre en lo alto del horno.

Al cuarto día, la raposa volvió a rogar:

- Liebrecita, sé buenecita, ¡déjame que me acueste contigo en lo alto del horno!
- No, no te dejaré. ¿Por qué me hacías rabiar?

Rogó una y otra vez la raposa con tan tiernas palabras, que la liebre la dejó subir a lo alto del horno.
Al cabo de un par de días, la raposa empezó a decirle a la liebre:

- Lárgate de aquí, bisoja. ¡No quiero vivir contigo!
Hasta que la echó de su casa.

La liebre, ya en la calle, lloraba a lágrima viva y se limpiaba las lágrimas con las patitas delanteras. Pasaron corriendo unos perros y le preguntaron:

- ¡Guau, guau, guau! ¿Por qué lloras, liebre?
- ¡Cómo no voy a llorar! Tenía yo una casita de troncos buenos, mientras que la de la raposa era de hielo. Y al llegar la primavera, se derritió. La raposa me pidió que la dejara dormir en mi casa, y ahora me ha echado a la calle.
- No llores, liebrecita -dijeron los perros. Nosotros la echaremos de allí.
- ¡No, no la echaréis!
- ¡Sí, la echaremos!

Y se acercaron a la casita:
- ¡Guau, guau, guau! ¡Fuera de ahí, raposa!

Pero ella les contestó desde lo alto del horno:
- Como baje,
de un zarpazo,
¡os destrozo
en mil pedazos!

Los perros se asustaron y huyeron.
Ya estaba de nuevo llorando la liebrecita. Pasó junto a ella un lobo:

- ¿Por qué lloras, liebre?
- ¡Cómo no voy a llorar! Tenía yo una casita de troncos buenos, mientras que la de la raposa era de hielo. Y al llegar la primavera, se derritió. La raposa me pidió que la dejara dormir en mi casa, y ahora me ha echado a la calle.
- No llores, liebrecita -dijo el lobo. Yo la echaré de allí.
- ¡No, no la echarás! Unos perros echarla quisieron, pero no lo consiguieron. Tú tampoco podrás.
- Sí, podré.

Llegó el lobo feroz a la casita y aulló con pavorosa voz:
- ¡Au-u... au-u-u! ¡Largo de ahí, raposa!

Pero la raposa respondió:
- Como baje,
de un zarpazo,
¡te destrozo
en mil pedazos!

El lobo se asustó y salió corriendo.

(Continuará)

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