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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El zueco de oro

El grito del vendedor de zapatos y de zuecos, que pasaba por el camino cargado de mercancías, molestaba a los aldeanos. Para que los dejara en paz, decidieron comprarle todo.

Se estableció el precio, pero cuantos más zuecos compraban y amontonaban en medio del camino, más llenas volvían a estar las cestas. No cabía duda; era cosa de brujería. Y empezaron a reñir.

En aquel momento apareció la carroza del rey. Los aldeanos pidieron justicia pero el vendedor regaló al principito, que iba con su padre, un pequeño zueco de oro y el rey le dio la razón. Inmediatamente, el vendedor misterioso despareció.

Muy pronto se descubrió que el zueco de oro estaba embrujado; no sólo no conseguían quitárselo del pie sino que crecía a la vez que el pie del príncipe. Pero, como no hacía ningún daño, no parecía una cosa muy importante.

Años después, el rey pensó que ya era hora de buscar una esposa a su hijo. En cuanto se convenía un matrimonio, el zueco empezaba a hacerle daño y no paraba hasta que no se anulaba. El rey consultó con un mago y supo que su hijo sólo podría casarse con quien pudiera quitarle el zueco.

Primero lo intentaron las princesas, luego las marquesas y las condesas, hasta que le llegó el turno a una criada harapienta y sucia. La joven se arrodilló a los pies del príncipe, besó el zueco y se lo quitó sin hacer esfuerzo.

El rey estaba furioso: ¡no podía permitir que su hijo se casara con una criada! Justo entonces se oyó el grito del zapatero y al instante la muchacha, que había robado de la cuna real de un reino cercano, se transformó en la más encantadora y buena princesa que nunca se hubiera visto.

Las fiestas duraron muchos días y los dos jóvenes fueron muy felices.

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