Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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lunes, 30 de diciembre de 2013

Los dos hermanos y el nabo

Había dos hermanos, uno riquísimo y poderoso, y el otro más pobre que las ratas. Este, para conseguir algo de comida, limpió y sembró con gran esfuerzo un trozo de tierra.

Crecieron nabos y uno se hizo tan grande que el hombre no sabía qué hacer con él. No podía comerlo porque para terminarlo hubieran hecho falta cien invitados que no se hubieran contentado sólo con nabo; tampoco podía venderlo en el mercado porque la ganancia no le compensaría del trabajo de llevarlo hasta la ciudad.

Después de mucho pensar, decidió regalar el nabo al rey, que agradeció muchísimo el insólito regalo, convencido de que al ser tan raro, debía de valer muchísimo. El rey quiso devolver el gesto con generosidad, y le dio al campesino muchísimo oro.

Cuando su hermano lo supo, pensó que si un nabo había sido recompensado tan espléndidamente, ¡cómo lo sería un regalo realmente importante! Así que metió en un cofre las joyas más preciosas que tenía y se las llevó al rey. Este, por su parte, le dio lo más precioso tenía: ¡el enorme nabo que le había regalado el campesino!

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

El fiel caballo y la zorra

Un árabe tenía un caballo que le había servido fielmente durante muchos años; pero como ya era viejo, el amo no lo quería. Le dijo:

- Vete. Cuando vuelvas fuerte como un león, te volveré a abrir la puerta del establo.

El pobre caballo se fue. Por el camino se encontró con una zorra y le contó su desgracia. La zorra lo consoló:

- Valor, amigo caballo. Túmbate aquí y hazte el muerto. Del resto me ocupo yo.

La zorra corrió a la guarida de un león.

- ¡Hay un caballo muero en el camino! ¡Corre a buscarlo!

- ¿Y cómo lo traigo hasta aquí? Pesa mucho.

- No te preocupes, amigo -respondió la zorra. Yo te ataré el caballo a la cola.

Al león le pareció bien el plan. La zorra ató fuertemente la cola del caballo y la del león, pero cuando terminó de anudarlas, gritó al caballo:

- ¡Hop, hop!

El caballo se puso de pie y corrió a casa de su amo, llevando a rastras al león furioso y rugiente. Cuando el amo lo vio, le dijo:

- ¡Eres más fuerte que un león!

Y volvió a tomarlo.

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viernes, 13 de diciembre de 2013

La historia del rey Prudencio

Había una vez un rey muy precavido y desconfiado al que llamaban Prudencio. Como no se fiaba ni de los caballos, siempre iba a pie; hasta que su séquito, cansado de tanto andar, pidió a un mago que inventara una especie de silla que se moviera sola.

A los dos días, el invento estaba listo. El mago les dijo:

- Se llama bicicleta.

Un ministro se encargó de enseñar al rey el funcionamiento de la bicicleta, pero se cayó y se rompió un brazo. Cuando se curó, volvió donde el mago:

- Necesitamos algo más seguro que una silla: una carroza completa que se mueva sola.

Para el nuevo invento, que se llamaba automóvil, necesitó una semana; pero al ir a probarlo, el ministro chocó contra un árbol y se rompió la cabeza.

El rey Prudencia siguió andando a pie, hasta que tropezó, cayó y se rompió una pierna. Entonces comprendió que se había equivocado al culpar a la bicicleta y al automóvil de lo que había pasado.

Fue él mismo a ver al mago y le encargó carrozas sin caballos para él y para toda la corte.

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

El velo encantado

Un joven campesino llevaba una mísera existencia en su cabaña, pero no se quejaba porque para su sensible alma la contemplación de la naturaleza era más preciosa que cualquier tesoro.

Un día atrajo su atención un delicado perfume que venía del bosque. Siguió la estela aromática y llegó a un pino, entre cuyas ramas estaba atrapado un magnífico velo tejido con rayos de sol y de luna e incrustado con estrellas.

El campesino lo tomó, pero se le apareció una muchacha y le pidió que le devolviera el velo. Al principio el joven se negó y la muchacha rompió a llorar.

- Soy una ninfa. Sin el velo nunca podré regresar con mis hermanas.

- Demuéstrame que es verdad lo que dices bailando para mí como sólo las ninfas saben bailar.

La muchacha tomó el velo y comenzó a bailar en el aire, haciendo revolotear su velo alrededor del joven, sobre el que iba cayendo una lluvia de flores.

El campesino nunca supo si había soñado o si había sucedido de verdad, pero desde aquel día fue más feliz todavía por lo que la naturaleza le daba.

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Jacobito el bobo

Jacobito era un poco bobo, pero tenía muy buena voluntad y era muy servicial.

Un día había ido a comer a casa de un amigo y tuvo mucha suerte, porque su padre, su madre y sus dos hermanos comieron setas y se encontraban tan mal que tenían miedo de que las setas estuvieran envenenadas.

- ¡Corre a la farmacia! -le ordenó su padre, que casi no se podía mover del dolor de tripas. - ¡Que te den algo fuerte para un cólico, una dosis para cuatro personas! ¿Has comprendido bien?

- Sí, papá: me tienen que dar algo contra el envenenamiento de setas, una dosis para cuatro.

- ¡Muy bien! ¡Corre y vuelve pronto!

Pero espera y espera y Jacobito no volvía. El padre empezó a preocuparse; aquel chico era capaz de cualquier cosa. Por suerte, el hombre se encontraba mejor y salió a buscarlo.

Lo encontró sentado en el cordón de la vereda, retorciéndose de dolor y agarrándose la barriga.

- Pero, ¿qué has hecho?

- ¡Lo que tú me dijiste, papá! He pedido las cuatro dosis y me las he tomado!

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

El camello enfermo

Un camello que vivía solo a orillas de un oasis enfermó, y parientes y amigos fueron a visitarlo.

Todos se quedaron un tiempo y para recuperarse del largo viaje se comieron sin miramientos la hierba que crecía por allí.

El camello se puso contento con la visita, pero cuando se sintió mejor y se levantó, y fue a buscar algo para comer, descubrió que parientes y amigos se lo habían comido ya todo.

¿Qué hacer? No le quedó más remedio que marcharse y buscar otro oasis.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Urashima y el dragón

Urashima era un joven pescador japonés, valiente y generoso, que vivía con su anciana madre. Un día, estando en la orilla del mar, observó que unos niños habían capturado una pequeña tortuga y estaban haciéndole daño.

- ¿Cómo se ateven a lastimar así a un animal? - gritó Urashima, persiguiendo a los niños. Luego, devolvió la tortuga al mar.

Al día siguiente, Urashima volvió a la playa y vio la cabecita de la tortuga asomándose entre las olas.

- ¡Te debo mi vida! - dijo el agradecido animal, mientras otra tortuga enorme salía del mar para reunirse con Urashima.

La gran tortuga contó a Urashima que la que que él había salvado era la hija del Emperador del Mar, el poderoso Dragón, que quería verlo para agradecerle.

Urashima aceptó la invitación y de inmediato se subió a la tortuga, que mágicamente le dio branquias para poder respirar mientras ella nadaba hacia el fondo del mar, al palacio del Dragón.

Allí conoció al emperador y a la pequeña tortuga, que era una hermosa princesa. Hubo un banquete en su honor, con música y bailarines, y el Dragón le invitó a ser su huésped. Urashima aceptó y permaneció allí varios días pero después quiso volver a su aldea y ver a su madre, por lo que pidió permiso para partir.

La princesa estaba muy apenada de verlo partir pero le deseó buen viaje, regalándole una caja misteriosa que lo protegería de todo daño pero que no debía abrir jamás. Urashima tomó el regalo, se subió a la misma tortuga que lo había traído y pronto estuvo de vuelta en la orilla del mar.

Camino a su casa, todo había cambiado. Su hogar no estaba, su madre había desaparecido y la gente que él conocía no estaba por ningún lado. Preguntó si alguien conocía a un hombre llamado Urashima y le respondieron que habían escuchado que alguien con ese nombre se había desvanecido en el mar hacía mucho tiempo.

Urashima se sintió solo y perdido. Descubrió que 300 años habían pasado desde el día en que partió hacia el fondo del mar. Su madre había muerto y todo lo que quedaba de su casa era un jardín lleno de malezas. Pero él seguía siendo joven.

Golpeado por la pena, sin darse cuenta abrió la caja que le había dado la princesa, de la que brotó una nube de humo blanco. Repentinamente, Urashima había envejecido, con la barba larga y blanca, y su espalda encorvada. Desde el mar le llegó la dulce y triste voz de la princesa:

- Te dije que no abrieras la caja... En su interior estaba tu vejez.

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jueves, 7 de noviembre de 2013

Los doce cazadores

Había una vez un príncipe que estaba prometido con la princesa del Reino del Sur, a la cual quería mucho. El príncipe fue llamado a la cabecera de su padre, que se hallaba mortalmente enfermo, y escuchó su última voluntad:

-Querido hijo mío, he querido verte por última vez antes de morir; prométeme casarte con la princesa del Reino del Norte.

El joven estaba tan afligido que no se atrevió a contradecir a su padre en aquellos momentos, por lo que le contestó:

-Sí, querido padre, cumpliré tu voluntad.

El rey cerró los ojos y murió.

Comenzó entonces a reinar el hijo, y trascurrido el tiempo del luto debía cumplir su promesa, por lo que envió a buscar a la hija del rey del Reino del Sur, con la cual había dado palabra de casarse. Lo supo su primera novia y no pudo resistir el dolor, llegando casi a perder la salud. Entonces le preguntó su padre:

-Dime, querida hija, ¿qué te falta?, ¿qué tienes?

Reflexionó ella un momento y después contestó:

-Querido padre, quisiera encontrar once jóvenes iguales a mi rostro y estatura.

El rey le respondió:

-Se cumplirá tu deseo si es posible.

Y mandó buscar por todo su reino once doncellas que fueran iguales a su hija en rostro y estatura.

Cuando las hubo encontrado, se vistieron todas de cazadores con trajes enteramente iguales; la princesa se despidió después de su padre y se marchó con sus compañeras a la corte de su antiguo novio. Allí preguntó si necesitaba cazadores y si podían entrar todos en su servicio. El rey la miró y no la reconoció; pero como todos eran tan buenos mozos, dijo que sí, que los recibiría con gusto. Y quedaron los doce cazadores al servicio del rey.

Pero el rey tenía un león, que era un animal mágico, pues sabía todo lo oculto y secreto, y una noche le dijo:

-¿Crees que tienes doce cazadores?

-Sí -contestó el rey- los cazadores son doce.

Pero el león añadió:

-Te engañas, son doce doncellas.

El rey replicó:

-No puede ser verdad; ¿cómo me lo probarás?

-Manda echar guisantes en tu cuarto -replicó el león- y lo verás con facilidad. Los hombres tienen el paso firme; cuando andan sobre guisantes, ninguno se mueve; pero las mujeres caminan con inseguridad y vacilan y los guisantes ruedan.

El rey siguió su consejo y mandó extender los guisantes. Mas un criado del rey, que quería mucho a los cazadores, cuando supo que debían ser sometidos a una prueba, se lo contó diciéndoles:

-El león quiere probar al rey que ustedes son mujeres.

Se lo agradeció la princesa y dijo a sus doncellas:

-Vayan con cuidado y anden con paso fuerte por los guisantes.

Cuando el rey llamó al día siguiente a los cazadores y fue a su cuarto, donde estaban los guisantes, comenzaron a andar con fuerza y con un paso tan firme y seguro, que ni uno solo rodó ni se movió. Cuando se marcharon, dijo el rey al león:

-Me has engañado, andan como hombres.

El león le contestó:

-Lo han sabido, y han procurado salir bien de la prueba, haciendo un esfuerzo. Pero manda traer doce husos a tu cuarto, y cuando entren verás cómo se sonríen, lo cual no hacen los hombres.

Agradó al rey el consejo y mandó llevar las ruecas a su cuarto.

Pero el criado, que tenía cada vez más afición a los cazadores, fue a verlos y les descubrió el secreto. Entonces dijo la princesa a sus once doncellas, así que estuvieron solas:

-Estén con cuidado y no miren las ruecas.

Cuando el rey llamó al día siguiente a los doce cazadores, entraron en su cuarto sin mirar a las ruecas. El rey dijo entonces al león:

-Me has engañado, son hombres, pues no han mirado las ruecas.

El león le contestó:

-Han sabido que debían ser sometidos a esta prueba y han procurado vencerse.

Pero el rey no quiso creer ya al león.

Los doce cazadores seguían al rey constantemente a la caza, el cual había llegado a tenerles verdadero cariño; pero un día, mientras cazaba, llegó la noticia de que había llegado la esposa del rey; su antigua novia, al oírlo, lo sintió tanto, que la faltaron las fuerzas y cayó desmayada en el suelo. El rey creyó que le había dado mal de corazón a su querido cazador, se acercó a él para auxiliarle, le quitó el guante, y vio en su mano la sortija que había regalado a su primera novia; la miró entonces a la cara y la reconoció, conmoviéndose de tal modo su alma, que le dio un beso, y cuando volvió en sí le dijo:

-Tú eres mía y yo soy tuyo, y ningún hombre del mundo puede separarnos.

Envió a su otra novia un caballero diciéndole que regresase a su reino, pues estaba ya casado, y no tardaron en celebrar su boda, perdonando al león, porque había dicho la verdad.

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jueves, 31 de octubre de 2013

El valiente Iván y el agua de la vida

Un zar muy viejo se enteró de la existencia de una princesa de cuyos dedos brotaba un agua prodigiosa que rejuvenecía y mandó al mayor de sus hijos a buscarla.

El joven llegó hasta el fin del mundo, pero supo que tendría que atravesar todavía tres puentes: en el primero, como peaje, tendría que dejarse cortar un brazo; en el segundo, una pierna; y en el tercero, la cabeza.

El príncipe, desanimado, abandonó la empresa y regresó.

Volvió a intentarlo Iván, el hijo menor, que llegó más allá de los confines del mundo. En el primer puente, en vez de dejarse cortar el brazo, lo utilizó para inmovilizar a los guardias; en el segundo, usó las piernas para correr; en el tercero, empleó la cabeza para pensar, y consiguió pasar sin ser visto.

Al fin llegó a un castillo de oro. Dentro había una bellísima joven dormida. Iván se disponía a recoger el agua que le manaba de los dedos cuando ella se despertó e hizo que él cayera dormido.

Pero pronto se arrepintió al ver lo valiente y guapo que era y lo despertó con el agua de la vida. Entonces, los dos volvieron junto al zar, que dio permiso para que se casaran.

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miércoles, 23 de octubre de 2013

El monedero de Papahígos

Lo llamaban Papahígos porque le gustaba mucho esta fruta, pero nadie sabía su verdadero nombre ni de dónde había venido al pueblo.

El joven era un bufón nato y sus gracias hacían reír a todos; por éso todos lo querían y el muchacho se sentía feliz.

Un día, Papahígos se encontró un viejo monedero en el que estaba escrita la frase: "Pide y tendrás". Era mágico y, en efecto, bastaba pedir para conseguir todo lo que se deseara.

El joven comenzó a pedir algunas monedas, luego algunas más... Como no tenía grandes necesidades, daba a los demás todo lo que recibía, pero su repentina riqueza hizo sospechar a sus convecinos que lo acusaron de ladrón y lo expulsaron del pueblo.

Vagando por el mundo, Papahígos encontró a un anciano que parecía un vagabundo, pero que era el rey. Este andaba buscando por todas partes a su hijo, raptado muchos años antes por una maga. En cuanto se vieron, padre e hijo se reconocieron y se abrazaron.

Papahígos llegó a ser rey y, gracias al monedero mágico, hizo felices y ricos a todos los súbditos de su reino.

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miércoles, 16 de octubre de 2013

El pintor y su rival

El señor de una rica ciudad encargó a un famoso pintor realizar los frescos de su palacio. Se construyeron los andamios que permitían llegar hasta el techo y el artista comenzó a trabajar.

Sin embargo, a la mañana siguiente el pintor descubrió que su dibujo había sido estropeado con borrones y manchas de todos colores.

Se enfadó mucho pensando en algún rival despechado. El príncipe ordenó que los guardias se escondieran en las salas para sorprender a aquel salvaje, en caso de que volviera, y darle su merecido castigo.

Y atraparon al culpable; era el mono amaestrado del príncipe que, al haber visto al pintor trabajando, había querido imitarlo.

Condenaron al mono a estar encarcelado hasta que estuviera terminada la obra. Cuando al final vio los dibujos, después de mirarlos detenidamente, hizo una mueca como diciendo "¡Yo lo habría hecho mucho mejor!"

- Ahora sí que has demostrado ser un auténtico pintor -le dijo el príncipe riendo. Porque ya se sabe que los pintores no tienen la virtud de la modestia, y para ellos su obra es siempre la mejor.

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miércoles, 9 de octubre de 2013

El barril mágico y la espada encantada

Iván el cosaco había salvado a una maga que, a cambio, le había regalado un barril mágico: si se giraba hacia un lado aparecía un castillo; y si se giraba hacia el otro, el castillo desaparecía.

Pero Iván no sabía qué hacer con él y hacía tiempo que esperaba una ocasión buena para cambiarlo por un objeto más útil.

Una noche, encontró a un viejo que le pidió de comer. Iván hizo aparecer el castillo, invitó generosamente al anciano a entrar y le dio de comer hasta saciarse en la mesa que encontraron ya preparada. Al viejo le gustó mucho el castillo y quiso comprarlo; a cambio le daría su espada.

- ¿Para qué la quiero? - la rechazó Iván. Yo ya tengo mi sable.

- Pero ésta es mágica. Basta con levantar un brazo y ella lo hace todo. Para demostrarlo, el viejo levantó el brazo y la espada voló a talar un bosque cercano. El negocio se cerró inmediatamente.

Cuando Iván volvió a su casa, encontró que la ciudad estaba sitiada. Levantó el brazo y la espada venció a todo el ejército enemigo. El zar lo ascendió a general y además le dio a su hija por esposa. ¡Y todo por un gesto de generosidad!

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miércoles, 2 de octubre de 2013

Los novios

El trompo se enamoró perdidamente de una pelota que vivía junto a él en el cajón de los juguetes y la pidió en matrimonio.

- Estamos hechos el uno para el otro. Tu rebotas y yo bailo; juntos haremos una magnífica pareja.

Pero la pelota era vanidosa y un trompo le parecía un marido muy modesto, así que lo rechazó.

- Yo vuelo hasta el cielo -explicó- y estoy prometida con un vencejo. Y con él me voy a casar.

Un día la pelota desapareció y el trompo pensó que se habría casado; pero no la olvidó y continuó suspirando por ella.

Mucho tiempo después, un golpe muy fuerte hizo rebotar al trompo muy lejos. La suerte quiso que fuera a parar en la cuneta de un caminito donde también había acabado su vieja amiga.

La pelota estaba muy estropeada, ya que durante todos aquellos años había estado expuesta a la lluvia y a la intemperie, pero el trompo la reconoció y volvió a pedirla en matrimonio.

La pelota, que ya hacía tiempo se había quitado de la cabeza la idea del vencejo, aceptó ahora gustosa, aunque el trompo ya estaba muy magullado y desconchado.

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

La encina y la fuente

Poseidón, que según los antiguos griegos era el dios del mar, no estaba satisfecho con su inmenso reino y quería extender sus dominios también a la tierra.

Eligió para su ataque precisamente Atenas, que por entonces era la ciudad más importante del mundo. Para conquistarla atravesó con su tridente el montecillo sobre el que se alzaba la ciudad.

Su fuerza era tal que perforó la roca de parte a parte y, a través de aquella especie de galería, brotó una fuente de agua salada.

Pero la ciudad estaba bajo la protección de Atenea, la diosa de la sabiduría, que pensó mucho la forma de reconquistarla, aunque sólo fuera simbólicamente como lo había hecho el dios del mar, pero con un símbolo que no sólo representase la fuerza y la sabiduría sino también la inmortalidad.

Pensó y repensó, e inventó un nuevo árbol, cuya simiente plantó junto a la fuente.

Así nació la enorme encima centenaria que todavía se alza en el punto más alto de Atenas, al contrario de la ambiciosa fuente de Poseidón que se secó hace ya mucho, muchísimo tiempo.

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miércoles, 18 de septiembre de 2013

El perro cazador y el perro guardián

Un hombre había amaestrado a sus perros, uno para la caza y otro guardián; pero cuando el perro cazador cogía una presa, los mejores bocados se los daban al perro guardián.

Un día, el perro cazador se quejó a su amigo:

- ¡No es justo! Yo trabajo todo el día y tú comes siempre sin hacer nada.

- Así lo quiere el amo -respondió el perro guardián. Está claro que para él es más importante premiar a quien protege sus riquezas que recompensar al que va de caza.

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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Aldebarán y los camellos celestes

Aldebarán, el astro más luminoso de la constelación del Toro, se enamoró de Electra, la estrella más hermosa de las Pléyades, y fue a pedir su mano llevándole de regalo un rebaño de camellos, pero por el camino fue atacado por otro pretendiente, Alción.

La dura lucha aún no ha terminado: todavía en las noches despejadas es posible ver a la azul Electra seguida por el rojo Alción y por Aldebarán con su gran rebaño de camellos celestes, que forman la constelación de las Híades.

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jueves, 5 de septiembre de 2013

La hormiga sedienta

Una hormiga andaba dando vueltas desesperadamente buscando algo de beber, pero no había encontrado nada y ya se había resignado a morir de sed cuando cayó una gota de agua, que la salvó.

En realidad era una lágrima, dotada de todas las virtudes mágicas que nacen del dolor, y la hormiga se dio cuenta de que, de pronto, podía comprender a los hombres e incluso hablar su propia lengua.

Estaba en un granero y allí había una niña acurrucada en el suelo, llorando. Conmovida, la hormiga le preguntó:

- ¿Por qué lloras?

- Un ogro me ha raptado y sólo me soltará si separo en tres montones el trigo, la cebada y el centeno, mezclados en este único montón.

- ¡Tardarás más de un mes! - exclamó la hormiga, mirando la enorme pila en un rincón.

- Si mañana no he terminado, el ogro me meterá en la caldera.

- No llores, nosotras te ayudaremos.

La hormiga fue a llamar a sus compañeras, que se pusieron a la obra. A la mañana siguiente, el ogro encontró todo listo. De esta forma, una lágrima salvó a la niña.

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miércoles, 28 de agosto de 2013

Por qué están en el cielo el sol y la luna

Hace mucho tiempo, el sol y la luna estaban casados y vivían en la tierra; también eran muy amigos del mar. Un día invitaron a su amigo a su casa: el mar dudó, temiendo que no hubiera suficiente espacio, pero los esposos lo tranquilizaron.

El mar acudió con los peces y toda su parentela, y pronto el agua comenzó a subir, a subir, y el sol y la luna, para no ahogarse, tuvieron que subir al tejado y después al cielo, donde se quedaron para siempre.

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miércoles, 21 de agosto de 2013

Simplicio y las tres plumas

Un anciano rey tenía que decidira cuál de sus tres hijos nombraba heredero y pensó ponerles una prueba:

- La corona será de quien me traiga el tapiz más hermoso.

Lanzó al aire tres plumas y mandó a sus hijos a que salieran a buscar el tapiz en la dirección en que fueran las plumas. El mayor fue hacia el este y el segundo hacia el oeste; el pequeño, al que sus hermanos llamaban Simplicio porque era muy ingenuo, vio caer su pluma muy cerca, donde seguramente no encontraría ningún tapiz, ni hermoso ni feo.

Comenzó a lamentarse y a desesperarse pero, de pronto, a sus pies se abrió una puerta trampa. Cayó en una sala, que era en el palacio de las ranas. La reina escuchó la historia del joven y le regaló un magnífico tapiz, gracias al cual ganó la prueba; pero sus hermanos, envidiosos, pidieron una segunda prueba y el rey accedió.

- Subiré al trono al que me traiga el anillo más hermoso.

El hijo mayor se contentó con el primer anillo que encontró y lo mismo hizo el segundo; pero el hermano menor los derrotó: otra vez le había ayudado la reina de las ranas.

Se concertó una tercera prueba:

- El reino lo heredará el que se case con la mujer más hermosa.

La reina de las ranas dijo al joven príncipe que tomara una zanahoria grande y la ahuecara, la atara a seis ratoncitos y pusiera dentro una de sus ranitas.

Simplicio, en su confiada ingenuidad, obedeció y ganó: la zanahoria se transformó en una lujosa carroza, los ratoncitos en espléndidos caballos y la rana en una maravillosa princesa que reinó felizmente al lado del rey Simplicio durante muchos, muchísimos años.

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miércoles, 14 de agosto de 2013

La historia de nunca acabar

Una plantita de lino era muy feliz con sus delicadas florecillas azules y las caricias de la lluvia, pero un mal día la arrancaron y la metieron en unas máquinas que la torturaron de mil maneras.

El lino, sin embargo, no se lamentó de la misma forma, y estaba contento de las mil cosas bellas que había tenido en su vida.

Cuando al fin salió del telar, se había convertido en un magnífico tejido y las alabanzas de quienes lo admiraban fueron motivo de nueva satisfacción.

Aún su historia no había terminado: después la tela fue atacada por las tijeras y la aguja, que le hicieron sufrir muchísimo, pero que la transformaron en una elegantísima blusa. El lino continuaba repitiéndose lo afortunado que había sido en su vida, a pesar de todo lo que había tenido que pasar.

Pero todavía no habían terminado sus sufrimientos ni sus alegrías. Cuando se convirtió en un harapo lo mandaron a una tolva y lo convirtieron en papel; lo pasaron por los cilindros de la máquina de imprimir y se convirtió en un libro. Y, cuando al final lo quemaron, se hizo humo y subió al cielo.

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miércoles, 7 de agosto de 2013

El águila y el cuervo

Un cuervo vio que un águila se lanzaba desde el aire sobre un cordero, lo atrapaba con sus garras y volvía a su nido, y quiso hacer lo mismo.

Pero el cordero pesaba demasiado para él y además sus pequeñas garras quedaron pilladas entre la rizada lana del animal, por lo que fue el pájaro el que quedó atrapado.

El pastor lo vio, lo sujetó y lo metió en una jaula.

Quien había querido imitar al águila tuvo que padecer las burlas de todos.

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miércoles, 31 de julio de 2013

La princesa serpiente

Un intrépido cosaco vio un bosque en llamas y acudió rápidamente, pero no pudo hacer nada para apagar el incendio. En medio del fuego vio a una joven que, desesperada, le pedía ayuda pero él no sabía cómo sacarla de entre las llamas.

- ¡Tiéndeme tu lanza! -le gritó ella.

La joven se transformó en una serpiente y se enroscó en la lanza, y así pudo salvarse. La extraordinaria serpiente le pidió que la llevara a un castillo y, nada más llegar, volvió a convertirse en una muchacha.

- Espérame aquí siete años - dijo al cosaco, y desapareció como por arte de magia.

En el castillo no había nadie pero estaba encantado y bastaba con desear algo para que apareciera la comida o lo que se deseaba. Los siete años pasaron pronto para el fiel cosaco: al fin, volvió a aparecer la princesa serpiente.

Le explicó que había sido víctima de un hechizo, que él había roto con su valor y fidelidad. Entonces lo llevó junto a su padre, el rey, que concedió al valeroso cosaco la mano de su hija.

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miércoles, 24 de julio de 2013

Los tres jeques y la reina de Arabia

Mawia tenía fama de ser la más bella y poderosa reina de Arabia y por ello tenía muchos y distinguidos pretendientes.

Los fue descartando a todos, hasta que sólo quedaron tres jeques, que eran igual de ricos, jóvenes, guapos y fuertes: era muy difícil elegir cuál era el mejor.

Una noche, Mawia se disfrazó y fue al campamento de los tres jeques, que estaban empezando a cenar y les pidió algo de comer.

El primero le dio las sobras; el segundo, el rabo de un camello, y el tercero, que se llamaba Hatim, mandó que le cocinaran las carnes más tiernas y sabrosas.

La reina no dijo nada; cenó, les dio las gracias y se marchó. Al día siguiente, la reina invitó a comer a los tres; pero mandó que a cada uno le sirvieran exactamente lo mismo que le habían dado a ella la noche anterior.

Pero Hatim, que recibió un suculento plato, no quiso comer si los otros no compartían con él su comida. Este gesto convenció del todo a la reina Mawia.

- Sin dudas, Hatim es el más generoso de los tres y por tanto con él me casaré.

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sábado, 20 de julio de 2013

La pluma y el tintero

En el escritorio de un famoso poeta había un tintero que, por la noche, cuando las cosas cobraban vida, se daba mucha importancia. Decía:

- Es increíble la de cosas hermosas que salen de mí. Con una sola gota de mi tinta se llena toda una página. ¡Y cuántas cosas magníficas y conmovedoras se pueden leer en ellas!

Pero sus jactancias provocaron el resentimiento de la pluma:

- ¿No comprendes, tonto barrigudo, que tú sólo eres el que pone la materia prima? Soy yo la que con tu tinta escribo lo que hay en mí. ¡La que realmente escribe es la pluma!

Volvió el poeta, que había ido a un concierto, y con la música se había inspirado. Y escribió en una hoja:

- ¡Qué necios serían el arco y el violín si pensaran que son ellos los que tocan! Igual de necios somos los hombres cuando presumimos de lo que hacemos, olvidando que todos somos simples instrumentos de Dios.

Pero el tintero y la pluma, utilizados para escribir aquellas palabras, no aprendieron la lección.

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martes, 9 de julio de 2013

La soberbia de Icaro

Dédalo, uno de los mayores inventores de la antigüedad, recibió el encargo del rey de Creta de construir un laberinto para encerrar al Minotauro, un monstruo mitad hombre mitad toro, de manera que no pudiera salir nunca de allí.

El ingenioso arquitecto realizó el encargo, pero tiempo después, ayudó a Teseo, un héroe famoso, a matar al Minotauro. El rey, como castigo, encerró en el laberinto a Dédalo junto con su hijo Ícaro. Después de mucho pensar dijo:

- No te preocupes -animó el padre al joven. Ya sé cómo salir de esta prisión.

Construyó un enorme par de alas y las pegó con cera a la espalda del joven de forma que pudieran moverse con el movimiento de los brazos. Después construyó otro par para él.

Las alas funcionaron de maravilla. Con unos cuantos movimientos de los brazos, los dos subieron lo suficiente para sobrevolar las paredes del laberinto, pero el joven, orgulloso, quiso volar todavía más alto, hasta que el calor del sol derritió la cera y sus alas se soltaron.

Ícaro cayó y murió. Dédalo continuó su vuelo hasta llegar a las costas de Italia.

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viernes, 5 de julio de 2013

El manzano y el vilano

Era primavera y el manzano dio sus blancas florecillas, tan bellas que hasta la condesa quedó encantada con ellas. Cortó algunas ramitas y las puso en un gran jarrón en el salón del palacio.

La rama del manzano se sintió orgullosa por el privilegio conseguido gracias a su belleza. Por la ventana veía las flores del jardín y del campo y las compadecía por su insignificancia, sobre todo a los vilanos, a los que los niños quitaban soplando su pelusa, dejándolos desnudos e indefensos. Los compadecía porque el destino los había hecho tan diferentes de ella y a la vez estaba orgullosa de su diferencia, de su belleza, de su bonito jarrón en el salón. No le decía nada el hecho de que el sol la besase de igual manera a ella y a los pobres vilanos.

Pero un día, la condesa llevó al salón un vilano y lo puso en el mismo jarrón, para pintar también la delicada fragilidad y belleza de la flor de campo junto a la florida rama del manzano. Las blancas flores del manzano enrojecieron, avergonzadas.

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miércoles, 26 de junio de 2013

El marido que se quedó en casa

Una aldeana, cansada de oír a su marido criticar la forma en que realizaba las faenas de la casa, un día lo desafió:

- Mañana yo iré al campo y tú te ocuparás de las labores de la casa.

Al día siguiente, él se propuso quedar bien. Empezó haciendo mantequilla pero pronto la fatiga le dio sed y bajó a la bodega a beber un poco de vino. Destapó la cuba, pero oyó al cerdo que había entrado en casa y había tirado el recipiente de la mantequilla. Subió rápido, para impedir que el animal hiciera más destrozos y olvidó poner el tapón a la cuba.

Toda la mañana anduvo chapuceando. A la hora de la comida, al poner la olla en el fuego, se acordó de que no había llevado la vaca a pastar, pero ya no le daba el tiempo. Decidió llevarla al tejado para que comiera las hierbas crecidas entre las tejas. ¡Allí fue buena, llevar una vaca al tejado! Al final lo consiguió y, para asegurarse de que la vaca no se cayera, la ató con una cuerda.

Se acordó entonces de haber dejado la comida en el fuego. Para llegar pronto a la cocina, antes de que se quemara, se metió por la chimenea y por seguridad se ató un pie al otro cabo de la cuerda. Pero la vaca se resbaló y cayó del tejado y el hombre atado al otro extremo quedó atrapado en la campana.

Al volver, la mujer vio la vaca atada y colgada y cortó la cuerda. En el otro lado, el hombre se cayó. La mujer encontró el suelo lleno de mantequilla, la bodega inundada de vino y el marido patas arriba con la cabeza dentro del perol de la comida, y le dijo:

- ¿Acaso es así como se deben hacer las cosas de la casa?

Volvió a ocuparse ella de las labores de la casa. No hace falta decir que desde ese día el marido no volvió a rechistar.

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jueves, 20 de junio de 2013

Los dos mulos y los ladrones

Dos mulos iban por el mismo camino. El primero, que estaba al servicio de un molinero, iba cargado de avena; el otro, que pertenecía a un banquero, llevaba un cesto lleno de monedas de oro y por eso trotaba muy ufano, dándose mucha importancia.

Pero el tintineo de las monedas descubrió a los ladrones la carga preciosa que llevaba y, para apoderarse de ella, le dieron de bastonazos.

- ¿Ves? -le dijo el primer mulo. Ser rico e importante tiene muchos inconvenientes.

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jueves, 13 de junio de 2013

El ánfora de Pandora

Hace mucho, muchísimo tiempo, casi al comienzo del mundo, los antiguos dioses decidieron crear su obra maesstra: una mujer perfecta. Cada uno fue dando a Pandora (que así habían llamado a aquel extraordinario ser humano) lo más precioso que podía darle: belleza, inteligencia, prudencia, habilidad... Finalmente la llevaron ante Júpiter, el rey de los dioses, para que él también le diera un don antes de enviarla a la Tierra.

Júpiter, que no aprobaba lo que habían hecho, entregó a Pandora una sencilla ánfora cerrada y le ordenó:

- ¡No la abras nunca!

Pandora no pudo resistir por mucho tiempo la curiosidad de saber lo que había dentro y un día la abrió. De ella salieron, ante su espanto, todos los males que desde entoncs afligen a los hombres: vejez, enfermedades, envidia, egoísmo, avaricia... y antes de que Pandora consiguiera volver a cerrarla, se habían esparcido por todo el mundo y allí se quedaron.

Pero, por suerte, dentro del ánfora había quedado la esperanza, con la que los hombre consiguen sobrevivir a sus muchos afanes.

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miércoles, 5 de junio de 2013

El extraño violinista

Un violinista iba por el bosque y para acompañarse se puso a tocar, pero la música atrajo a un enorme y feroz oso.

- ¡Qué bien tocas! - le dijo el oso para vencer su desconfianza. - ¿Podrías enseñarme a tocar?

El violinista no se dejó engañar:

- Desde luego, con tal de que hagas lo que yo te diga. Mete las patas en las grietas de este árbol...

El animal obedeció y el músico se apresuró a bloquearle las patas con una piedra, y el incauto oso quedó atrapado.

El violinista continuó su camino. La segunda vez, el sonido del violín atrajo a un león y se repitió la misma escena.

La fiera cayó en una trampa y acabó colgada por el rabo  de la rama de un árbol. Después le tocó a un tigre, que también quedó inmovilizado por una nueva argucia.

Cuando las tres fieras consiguieron soltarse, persiguieron al violinista para vengarse, pero lo encontraron con el nuevo compañero que había encontrado mientras tanto: un gigantesco leñador, armado de una enorme hacha, que hizo huir a los agresores.

De esta forma, el extraño músico pudo atravesar el bosque sin sufrir ningún daño.

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miércoles, 29 de mayo de 2013

El Gigante Egoísta

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel: Prohibida la entrada. Los transgresores serán procesados judicialmente. Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ahora donde jugar. Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó. Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno. Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir. Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año.

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó. Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender cómo la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío.

-¡Espero que este tiempo cambiará! Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles. Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños. Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped.

Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho. Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín. Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó. Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto. Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó. El gigante era a éste al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante. Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto.

El gigante se quedó muy triste. Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir. Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas. Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores. De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso. El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante.

-Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues éstas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño. Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso. Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

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miércoles, 22 de mayo de 2013

El libro de la selva

Un lobo encontró llorando en la selva a un cachorro de hombre que había sido abandonado. Lo llevó a su guardia y la loba lo crió junto con sus lobatos. Lo llamaron Mowgli.

Un día Shere Khan, el temido tigre, se asomó a la guarida y prometió comerse a Mowgli al menor descuido, pues odiaba a los hombres.

Akela, el lobo gris, Bagheera, la pantera negra, y Baloo, el sabio oso, enseñaron al niño los secretos de la selva. Y Mowgli aprendió el idioma de los animales, a nadar, correr y trepar.

Una tarde, los monos charlatanes lo raptaron y lo llevaron a la ciudad antigua. Después de una larga pelea, Baloo, Bagheera y Kaa, la pitón, que hipnotizaba con su danza, lo rescataron.

Pasó el tiempo. Un día, el tigre Shere Khan reapareció más fiero que nunca, dispuesto a cumplir su promesa de despedazar al cachorro de hombre. Pero Mowgli ya no era un ser indefenso: mandó a dos manadas de búfalos contra él, y el tigre murió aplastado. Así fue como el cachorro de hombre, junto a su amigo el elefante Hathi, se convirtió en el nuevo rey de la selva.

Todos le respetaban y temían. Una vez invadió la selva una jauría de perros salvajes hambrientos, que mataban a todos los animales que encontraban a su paso. Mowgli los desvió a los dominios del pueblo diminuto, habitado por innumerables abejas que los acribillaron a picotazos.

Y un año más llegó la estación del lenguaje nuevo, la primavera, y Mowgli se encontró por primera vez en su vida solo y triste, y lloró.

Descubrió a lo lejos la aldea de los hombres. Vio el humo de las hogueras, oyó los cantos y las risas y sintió un gran deseo de acercarse.

Bagheera, Baloo, Kaa, Akela y Hathi le explicaron que cada uno debe vivir con los de su especie para ser feliz y que, como él era un hombre, debía vivir en la aldea.

Le cantaron la canción de la despedida y le dijeron que quizá allí encontraría a su verdadera madre, y quizá también encontraría una compañera.

Al acercarse al poblado, Mowgli empezó a ver chicos y chicas como él, y no se sintió tan solo. Para él empezaba una nueva vida, pero nunca olvidaría a sus amigos.

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lunes, 20 de mayo de 2013

El dragón del lago

Hidesato era un valiente samurai. Un día iba en busca de aventuras y se encontró el puente que cruzaba el lago tapado por una serpiente dormida, tan grande como el tronco de un árbol. Sin ningún miedo pasó por encima y siguió su camino, pero el monstruo se transformó en un hombre majestuoso: era el Rey del Lago.

Dijo que se había convertido en serpiente para encontrar un hombre tan valiente que fuera capaz de enfrentarse con el terrible dragón que amenazaba su reino y a su pueblo. Hidesato aceptó y el rey lo acompañó a su palacio submarino.

Por la noche, el gigantesco dragón bajó de las montañas que rodeaban el lago, con un ojos que parecían bolas de fuego. El valeroso Hidesato estaba esperándolo en la orilla con el arco preparado. Las flechas del samurai apagaron los dos fuegos y la espada se clavó en su lengua llameante; el dragón huyó aullando de dolor y de humillación y no volvió a aparecer por aquellos parajes.

En recompensa por su hazaña, el Rey del Lago dio a Hidesato tantos tesoros que no se acabarían ni en cien siglos.

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miércoles, 8 de mayo de 2013

El duende Cierraelojo

Ya se sabe que todos los duendes son muy extraños; pero hay uno, llamado Cierraelojo, todavía más raro que los otros. Basta decir que él viste (él, que no mide más que una pulgada) una chaqueta de seda que cambia de color a cada instante; unas veces roja, otras verde, otras azul, otras amarilla, y que en la cabeza lleva un enorme sommbrero de alta copa, con incrustaciones de estrellas.

Siempre va descalzo y camina sobre las puntas de los pies, para que nadie le oiga llegar; realmente pocos lo han visto antes de dormir.

Cierraelojo tiene una misión muy importante: es él quien hace que se duerman los niños por la noche. Se acerca despacito, rocía los ojos con una gota de miel para que se cierren, después sopla en la cabeza del niño, que inmediatamente siente su cabecita muy pesada hasta que poco a poco se duerme.

Entonces Cierraelojo abre uno de sus dos grandes paraguas, que siempre lleva consigo, y lo mantiene un rato abierto sobre el niño dormido. Uno es negro y en ese caso el niño no sueña nada; el otro tiene dibujos fantásticos y en ese caso el niño tiene los sueños más bonitos que podáis imaginar.

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miércoles, 1 de mayo de 2013

El lobo y la garza

El lobo se había tragado una espina y fue a buscar a la garza para que se la quitase.

- Te recompensaré espléndidamente por este favor -le prometió.

La garza aceptó. Metió su largo pico en la boca del lobo y en un instante le quitó la espina.

Entonces, el lobo le dio las gracias e hizo ademán de marcharse.

- ¿Y la recompensa? -lo detuvo la garza.

- ¿Cómo? Has metido la cabeza en mi boca y no te he comido. ¿Te parece poco?

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miércoles, 24 de abril de 2013

La pompa de jabón

El rey padecía una gravedad y desde entonces no volvió a ser el mismo. Antes era alegre y amable, pero ahora estaba triste y silencioso todo el día.

Nada le divertía, todo le aburría y sus bostezos hacían bostezar a toda la corte. Deseaba algo, pero no sabía qué y ¿cómo se consigue algo que no se sabe lo que es?

Sus ministros hicieron venir a médicos y sabios de todo el mundo y le compraron juegos y pasatiempos extraños. Pero todo fue inútil.

Un día llegó a palacio una viejecita:

- Yo tengo lo que necesita el rey. A cambio me daréis mi peso en oro.

Le dijeron que sí, pero ¡increíble! Todo el oro que se ponía en la balanza no conseguía nunca equilibrar su peso. Los ministros estaban desesperados. Entonces la viejecita soltó una carcajada y dijo:

- El rey quiere una pompa de jabón y yo se la doy.

Y empezó a soplar por un canuto que había mojado en un cuenco de agua con jabón. El rey, de repente, volvió a sentirse feliz y lleno de energía, y con él se alegró toda la corte y todo el reino.

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miércoles, 17 de abril de 2013

El califa y el bufón

El califa de Bagdad había tomado como bufón a un hombre inteligente e ingenioso, que le divertía con sus ocurrencias originales e imprevisibles. Lo quería mucho y en la corte todos respetaban mucho al bufón.

Por eso el califa se sorprendió mucho un día en que le llegaron los gritos de dolor de su protegido desde la sala del trono: los guardias estaban apaleándolo. Fue corriendo y les ordenó:

- ¡Dejadlo! ¿Por qué pegáis a este hombre?
- ¡Lo hemos encontrado sentado en su trono, majestad! - acusó el jefe de la guardia.
- ¡Soltadlo inmediatamente! No lo ha hecho con intención de ofenderme.

Pero el bufón continuó llorando y lamentándose exageradamente. Hasta que el califa se enfadó:

- ¡Cállate ya! Estás vivo todavía, ¿no?
- No lloro por mí, sino por tí, señor.
- ¿Por mí?
- ¡Por supuesto!Si me han dado tantos palos por haber estado sentado en el trono unos minutos, ¿cuántos te darán a tí que estás en él desde hace tantos años?

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miércoles, 10 de abril de 2013

Iván el arquero y la princesa

Iván era un arquero tan valiente que el Zar le confiaba siempre las empresas más difíciles, recompensándole siempre con un ascenso; y el arquero, aunque todavía era muy joven, ya había sido nombrado general.

Un día, el Zar le encargó que fuera hasta el fin del mundo, a raptar a la bellísima princesa Basilisa, con la que quería casarse. Iván tuvo que enfrentarse a mil peligros, pero también salió triunfante de aquella nueva empresa y al final regresó con la futura Zarina.

Pero ésta quería vengarse de su rapto y dijo que no se casaría mientras no se metiera a su raptor a cocer en una gran olla. El zar no pudo negarse y mandó cumplir la orden de la princesa.

Ni entonces tuvo miedo Iván, al contrario; se metió él mismo en la humeante olla. Su extraordinario valor obró un encanto, haciéndole insensible también al fuego. Cuando lo sacaron de la olla, no sólo no le había pasado nada sino que se había convertido en un hermosísimo joven.

Entonces metieron en la olla al ingrato Zar e Iván ocupó su lugar en el trono. Basilisa no se negó a casarse con el nuevo y apuesto Zar.

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miércoles, 3 de abril de 2013

El ánfora del Rey Salomón

El Rey Salomón era tan sabio y tan justo que Dios le había dado poder sobre todos los espíritus, los demonios y también sobre todos los animales.

La Reina de Saba quiso comprobar si lo que se decía de sus poderes era cierto y le mandó un mensajero con un ánfora.

- ¿Puedes adivinar lo que contiene? -preguntó el mensajero.
- Una perla y una esmeralda.
- Has de agujerearlos y pasar un hilo a través de ellos -añadió el mensajero.

Un espíritu aconsejó al rey el nombre de un habilísimo orfebre, capaz de realizar cualquier trabajo; pero realmente parecía que nadie pudiera encontrar la forma de pasar el hilo por aquellos finísimos agujeros.

- ¿Puedo intentarlo yo, majestad? -dijo una vocecita.

Era un minúsculo gusano. Cogió el hilo con la boca, se metió en la perla y salió por el otro lado; después hizo lo mismo con la esmeralda.

La Reina de Saba comprendió así que no podía enfrentarse a un rey que tenía a sus órdenes a los demonios, los espíritus y hasta los gusanos! Y fue a rendirle homenaje.

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miércoles, 27 de marzo de 2013

El desafío de los cuervos

Dos cuervos se desafiaron a ver cuál conseguía volar más alto, llevando una bolsa llena, pero no especificaron de qué, sino que sólo señalaron el tamaño que tenía que ser.

El primero llenó la bolsa  de algodón, y se burló del otro que había llenado la bolsa de pesada sal. Estaba seguro de ganar.

Pero cuando comenzó a llover, como había previsto el segundo cuervo, la sal se disolvió y el algodón absorbió el agua, y se hizo tan pesado que el cuervo poco previsor no tuvo fuerza para seguir volando y tuvo que rendirse.

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miércoles, 20 de marzo de 2013

La alondra y el campesino

Una alondra había tenido sus polluelos muy tarde y estaba escondida con sus crías entre las espigas ya casi maduras, con el temor de que vinieran a segar el trigo antes de que sus hijos estuvieran preparados para alzar el vuelo.

Cuando tenía que ausentarse, recomendaba a sus polluelos que tuvieran las orejas bien abiertas y que le contaran todo lo que oyeran.

Una tarde, al regresar, encontró a sus hijos presa del terror.

- El dueño del campo -conto el más grande- ha dicho a sus hijos que llamen a sus amigos para que vengan mañana a ayudarlos a segar.

- ¿Sólo eso? - sonrió la alondra. - No te asustes; verás como no pasa nada.

Efectivamente, a la mañana siguiente los amigos no se presentaron. El campesino volvió a invitarlos para el día siguiente y la alondra tampoco se preocupó... hasta el día que oyó al campesino decira sus hijos:

- ¡Basta! Mañana haremos nosotros solos la siega. Cuando se trata de trabajar, no se puede contar con los amigos.

Entonces la alondra tomó a sus crías y salió volando rápidamente, sin un instante más de dilación.

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miércoles, 13 de marzo de 2013

El camello y el chacal

Un chacal, que quería atravesar el río pero al que no gustaba mucho el agua, pensó ponerse de acuerdo con el camello y le propuso:

- Si me llevas a la otra orilla, te enseñaré un campo de caña de azúcar. Mientras tanto yo cenaré los peces y cangrejos que encuentre en la orilla.

- De acuerdo -aceptó el camello. Monta.

La travesía fue muy bien, pero el chacal se sació mucho antes que el camello y, mientras el otro terminaba de comer, se puso a aullar.

Sus aullidos atrajeron a los campesinos, armados con palos. El pequeño chacal consiguió escabullirse, pero el grueso camello no escapó a los golpes.

- ¿Se puede saber por qué has hecho tanto ruido? - preguntó el camello mientras volvía a cruzar el río con su compañero en la grupa.

- Después de cenar acostumbro siempre a cantar un poco.

- Y yo, después de cenar, acostumbro a dar volteretas en el agua! -contestó el camello.

Así le devolvió la mala pasada y el chacal no escapó de un buen remojón.

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miércoles, 6 de marzo de 2013

El cantante y el delfín

Arión era uno de los cantantes más famosos de la antigüedad. Una vez ganó un importante festival en Sicilia y recibió como premio tantas joyas y ánforas de oro que tuvo que fletar una nave para llevar todo hasta su casa en Corinto.

Pero tantas riquezas provocaron la codicia de los marineros que, para apoderarse de ellas, agarraron por sorpresa al cantante e intentaron tirarlo al mar.

Arión no se rebeló; pidió solamente que le dejaran cantar una última canción. Se lo concedieron, y los marineros quedaron tan fascinados por su vos que ni siquiera se dieron cuenta de lo que pasaba: a las primeras notas apareció un delfín, atraído también por el canto. Arión  saltó, se montó en él y el delfín lo llevó a Corinto.

Cuando la nave llegó a puerto, los piratas contaron que les había sorprendido una tempestad y que el famoso cantante había caído al mar. Pero se interrumpieron asombrados al ver al pasajero y a los guardias que se dirigían hacia ellos para detenerlos.

En recuerdo de aquel episodio en el puerto de Corinto, se erigió una estatua con un joven montado en un delfín, que todavía está allí.

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miércoles, 27 de febrero de 2013

El cofre con algo bueno dentro

Un joven que estaba paseando por el bosque encontró un viejo cofre. Muy emocionado comenzó a fantasear con lo que podría contener. ¿Monedas de oro? ¿Joyas?

Había oído tantas historias sobre tesoros escondidos, botines de piratas y cosas por el estilo, que poco a poco se fue convenciendo de que aquel cofre le haría rico.

Pero el cofre estaba cerrado y el joven no tenía con qué abrirlo. Cada vez más intrigado, se acercó hasta una cabaña donde vivía un anciano, que tenía fama de ser adivino. El viejo estudió el cofre, lo olió y al fin contestó al joven:

- Contiene algo bueno.
- Pero ¿qué? ¿Oro? ¿Joyas?
- Algo bueno -repitió el viejo. No puedo decirte más.

El joven, convencido de tener entre sus manos quién sabe qué tesoro, se puso todavía más impaciente.

- ¡Algo bueno! -se repetía. Seguro que contiene algo de mucho valor.

Incapaz de esperar a llegar a su casa, tomó una piedra y comenzó a dar golpes en la tapa, hasta que el cofre se rompió. Dentro había un palo de regaliz, pero con los golpes se había roto también.

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miércoles, 20 de febrero de 2013

La tortuga y la zorra

Una zorra hambrienta cazó una tortuga, pero no consiguió romper el duro caparazón para comerla.

- Prueba a ponerme un poco en remojo en el agua -le sugirió la astuta tortuga.

A la zorra le pareció un buen consejo. Llevó a su presa al río y la metió en el agua. La tortuga, muy buena nadadora, se le escapó en dos brazadas y volvió a salir en mitad del río, haciéndole burla.

- ¿No sabes que los hay más listos que tú? Ahora, ¡aguántate el hambre!

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jueves, 14 de febrero de 2013

Cómo consiguieron el fuego los hombres

Al principio, los pieles rojas no tenían fuego, pero sabían que existía porque veían salir humo de la isla habitada por la tribu de los Comadrejas. Allí había caído un rayo y había incendiado un árbol.

Sin embargo, los indios no podían nadar hasta la isla; el conejo vino y se ofreció a robar el fuego a los Comadrejas.

- Puedo correr y nadar más rápido que ellos. Tomaré el fuego y no podrán alcanzarme.

Se untó la cabeza con resina y partió.

Los Comadrejas lo acogieron muy bien y lo invitaron a una danza sagrada en torno al fuego. ¡El conejo sólo esperaba ésto! Mientras bailaba, se fue acercando al fuego, hasta que las llamas prendieron la resina y huyó.

Los Comadrejas, al no poder atraparlo, invocaron a los espíritus de la lluvia para que apagaran el fuego del ladrón. Los espíritus los escucharon pero el conejo se refugió en un árbol hueco y no salió hasta que no cesó el temporal.

Siguió hasta el campamento de sus amigos los pieles rojas y les entregó el fuego, que desde entonces todavía arde.



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miércoles, 6 de febrero de 2013

La pastorcilla y el deshollinador

La pastorcilla con miriñaque de flores y su gran sombrero de paja estaba sobre la mesita debajo del espejo, y a su lado se encontraba el deshollinador. Las dos figuritas eran de cerámica, muy románticas y graciosas.

Desde el primer momento se habían enamorado y planeaban casarse, pero un viejo muñeco Pierrot que estaba sentado en la misma mesa decía que era el abuelo de la pastorcilla y y había prometido la mano de su nieta a la máscara de dragón chino que se hallaba colgada de la pared.

Cuando la pastorcilla se enteró, temió que su corazón de cerámica se le rompiera de dolor. El pobre deshollinador le propuso huir con él, para no tener que casarse con el dragón, y ella, desesperada, aceptó.

Treparon por el tubo de la estufa (el deshollinador no conocía otro camino) y salieron al tejado. Arriba brillaban las estrellas y abajo todas las luces de la ciudad. La pastorcilla nunca hubiera imaginado que el mundo fuera tan grande y misterioso. Se asustó y quiso volver.

El paciente deshollinador enamorado, y también bastante asustado, no supo decirle que no y las dos estatuillas regresaron. Al volver a ocupar su lugar en la mesita, notaron que algo había cambiado.

Durante su ausencia, el viejo Pierrot, intentando seguir a su nieta, se había caído de la mesa y se había roto la cabeza. Sus dueños lo habían pegado con cola y con una grapa de hierro, pero ahora su cuello estaba rígido y ya no podía decir que sí al dragón que quería la mano de su nieta.

Felizmente, aquel proyectado matrimonio no pudo celebrarse. La pastorcilla quedó en libertad de casarse con el deshollinador y vivieron felices y contentos toda la vida.

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jueves, 31 de enero de 2013

El zorro Renardo y las anguilas

Un pescador regresaba a su casa con el carro lleno de anguilas. El zorro Renardo lo vio y enseguida planeó la forma de procurarse una suculenta cena: se tumbó en medio del camino y se fingió muerto.

Al verlo, el pescador se  dejó engañar. Recogió al zorro, convencido de haber conseguido una buena piel y lo metió en un cajón. Cuando el pescador vovlió a su puesto al frente del carro, Renardo se apresuró a tirar todas las anguilas al camino, después saltó, las recogió y se fue.

Así el ingenuo y avaricioso pescador se quedó sin piel y sin pescado.

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miércoles, 23 de enero de 2013

El gigante Hans se hace leñador

El gigante Hans se ofreció como leñador. El primer día de trabajo no se preocupó ni siquiera de causar una buena impresión. Al amanecer, cuando sus compañeros lo despertaron para ir al bosque, ni siquiera se levantó.

Cuando por fin se decidió a levantarse, lo primero que hizo fue prepararse un cocido de garbanzos y se los comió todos. Los garbanzos eran el secreto de su fuerza prodigiosa. Después Hans se fue al bosque, arrancó los dos árboles mayores como si fueran hierbecillas y los cargó en el carro.

De vuelta, se encontró con una garganta profunda en el camino, cerrada por una barrera de troncos. Hans no perdió tiempo; levantó por encima de su cabeza el carro, con caballo y todo, y lo dejó al otro lado.

En casa, el patrón se puso contentísimo de verlo regresar antes que los otros con aquellos dos enormes árboles. Hans se fue a dormir, sin perder tiempo en parloteos.

Cuando regresaron sus compañeros, fueron a quejarse al patrón.
- Hans todavía está durmiendo.
- Sí, pero mientras duerme, pesca dos piezas como éstas - y les señaló los dos enormes árboles que había traído Hans.

Los hombres no pudieron decir más nada, y se fueron a descansar.

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miércoles, 16 de enero de 2013

La víbora, las ranas y la culebra

Una víbora iba a menudo a beber en una charca que una culebra consideraba suya, hasta que llegó un momento que los dos animales se declararon la guerra. Las ranas, eternas enemigas de las culebras, se aliaron con la víbora.

El día de la batalla decisiva, las ranas -como no sabían hacer nada más- empezaron a croar. Después, cuando la víbora venció, pretendieron su parte del botín.

La víbora se puso a silbar y les dijo:

- ¡Os pago con vuestra misma moneda!

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miércoles, 9 de enero de 2013

Las abejas y los abejorros ante el juez

Las abejas y los abejorros estaban discutiendo porque unas y otros sostenían ser los dueños de la miel de un panal. Como no se ponían de acuerdo, acabaron todos ante el juez. Este, que era una avispa, no conseguía descubrir la verdad, a pesar de poner mucho empeño.

Había testigos que decían haber visto salir insectos amarillos y negros del panal, pero ésto no resolvía nada porque tanto las abejas como los abejorros son insectos amarillos y negros. La avispa tuvo que realizar indagaciones e interrogatorios, pero el proceso no acababa nunca, y la reina de las abejas se cansó.

- Cuanto más avanzamos, más tiempo y dinero perdemos -dijo a su pueblo. - Nosotras no trabajamos y mientras tanto nuestra miel se estropea en el panal. Os propongo una solución: nosotras y los abejorros construiremos otro panal. El que lo haga mejor y en menos tiempo, será quien tenga razón.

Naturalmente, los abejorros, que no saben construir panales, no aceptaron... y por ello supo la avispa que la miel del panal sólo podía pertenecer a las abejas.

Una vez más había vencido la buena voluntad.

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miércoles, 2 de enero de 2013

El sombrero de Hanaco

Hanaco, la hija del samurai, estaba obligada a llevar un feo sombrero que le tapaba la cara. Se lo había puesto su padre antes de morir y desde entonces nadie había conseguido quitárselo.

En el pueblo todos se burlaban de ella a causa de aquel sombrero. Cansada de las burlas, la joven prefirió marcharse de allí. Después de mucho caminar llegó a una ciudad donde, para ganarse la vida, entró al servicio del príncipe.

Pero ahora eran los demás criados los que se burlaban y la maltrataban. Un día el hijo del príncipe encontró a Hanaco llorando. Escuchó su historia y quedó tan conmovido que pidió a su padre permiso para casarse con ella. ¿Pero cómo iba un noble a casarse con una sierva? Para poner fin a aquella historia, Hanako fue expulsada de palacio.

Ya iba a salir de la sala del trono cuando el gran sombrero cayó por sí sólo y mostró la extraordinaria belleza de la joven y también las joyas, que durante tanto tiempo habían estado escondidas en aquel excepcional cofre, rodaron por el suelo.

Un ministro reconoció a la hija del samurai, que pudo así casarse con el joven príncipe.

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