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miércoles, 27 de febrero de 2013

El cofre con algo bueno dentro

Un joven que estaba paseando por el bosque encontró un viejo cofre. Muy emocionado comenzó a fantasear con lo que podría contener. ¿Monedas de oro? ¿Joyas?

Había oído tantas historias sobre tesoros escondidos, botines de piratas y cosas por el estilo, que poco a poco se fue convenciendo de que aquel cofre le haría rico.

Pero el cofre estaba cerrado y el joven no tenía con qué abrirlo. Cada vez más intrigado, se acercó hasta una cabaña donde vivía un anciano, que tenía fama de ser adivino. El viejo estudió el cofre, lo olió y al fin contestó al joven:

- Contiene algo bueno.
- Pero ¿qué? ¿Oro? ¿Joyas?
- Algo bueno -repitió el viejo. No puedo decirte más.

El joven, convencido de tener entre sus manos quién sabe qué tesoro, se puso todavía más impaciente.

- ¡Algo bueno! -se repetía. Seguro que contiene algo de mucho valor.

Incapaz de esperar a llegar a su casa, tomó una piedra y comenzó a dar golpes en la tapa, hasta que el cofre se rompió. Dentro había un palo de regaliz, pero con los golpes se había roto también.

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miércoles, 20 de febrero de 2013

La tortuga y la zorra

Una zorra hambrienta cazó una tortuga, pero no consiguió romper el duro caparazón para comerla.

- Prueba a ponerme un poco en remojo en el agua -le sugirió la astuta tortuga.

A la zorra le pareció un buen consejo. Llevó a su presa al río y la metió en el agua. La tortuga, muy buena nadadora, se le escapó en dos brazadas y volvió a salir en mitad del río, haciéndole burla.

- ¿No sabes que los hay más listos que tú? Ahora, ¡aguántate el hambre!

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jueves, 14 de febrero de 2013

Cómo consiguieron el fuego los hombres

Al principio, los pieles rojas no tenían fuego, pero sabían que existía porque veían salir humo de la isla habitada por la tribu de los Comadrejas. Allí había caído un rayo y había incendiado un árbol.

Sin embargo, los indios no podían nadar hasta la isla; el conejo vino y se ofreció a robar el fuego a los Comadrejas.

- Puedo correr y nadar más rápido que ellos. Tomaré el fuego y no podrán alcanzarme.

Se untó la cabeza con resina y partió.

Los Comadrejas lo acogieron muy bien y lo invitaron a una danza sagrada en torno al fuego. ¡El conejo sólo esperaba ésto! Mientras bailaba, se fue acercando al fuego, hasta que las llamas prendieron la resina y huyó.

Los Comadrejas, al no poder atraparlo, invocaron a los espíritus de la lluvia para que apagaran el fuego del ladrón. Los espíritus los escucharon pero el conejo se refugió en un árbol hueco y no salió hasta que no cesó el temporal.

Siguió hasta el campamento de sus amigos los pieles rojas y les entregó el fuego, que desde entonces todavía arde.



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miércoles, 6 de febrero de 2013

La pastorcilla y el deshollinador

La pastorcilla con miriñaque de flores y su gran sombrero de paja estaba sobre la mesita debajo del espejo, y a su lado se encontraba el deshollinador. Las dos figuritas eran de cerámica, muy románticas y graciosas.

Desde el primer momento se habían enamorado y planeaban casarse, pero un viejo muñeco Pierrot que estaba sentado en la misma mesa decía que era el abuelo de la pastorcilla y y había prometido la mano de su nieta a la máscara de dragón chino que se hallaba colgada de la pared.

Cuando la pastorcilla se enteró, temió que su corazón de cerámica se le rompiera de dolor. El pobre deshollinador le propuso huir con él, para no tener que casarse con el dragón, y ella, desesperada, aceptó.

Treparon por el tubo de la estufa (el deshollinador no conocía otro camino) y salieron al tejado. Arriba brillaban las estrellas y abajo todas las luces de la ciudad. La pastorcilla nunca hubiera imaginado que el mundo fuera tan grande y misterioso. Se asustó y quiso volver.

El paciente deshollinador enamorado, y también bastante asustado, no supo decirle que no y las dos estatuillas regresaron. Al volver a ocupar su lugar en la mesita, notaron que algo había cambiado.

Durante su ausencia, el viejo Pierrot, intentando seguir a su nieta, se había caído de la mesa y se había roto la cabeza. Sus dueños lo habían pegado con cola y con una grapa de hierro, pero ahora su cuello estaba rígido y ya no podía decir que sí al dragón que quería la mano de su nieta.

Felizmente, aquel proyectado matrimonio no pudo celebrarse. La pastorcilla quedó en libertad de casarse con el deshollinador y vivieron felices y contentos toda la vida.

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