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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Jacobito el bobo

Jacobito era un poco bobo, pero tenía muy buena voluntad y era muy servicial.

Un día había ido a comer a casa de un amigo y tuvo mucha suerte, porque su padre, su madre y sus dos hermanos comieron setas y se encontraban tan mal que tenían miedo de que las setas estuvieran envenenadas.

- ¡Corre a la farmacia! -le ordenó su padre, que casi no se podía mover del dolor de tripas. - ¡Que te den algo fuerte para un cólico, una dosis para cuatro personas! ¿Has comprendido bien?

- Sí, papá: me tienen que dar algo contra el envenenamiento de setas, una dosis para cuatro.

- ¡Muy bien! ¡Corre y vuelve pronto!

Pero espera y espera y Jacobito no volvía. El padre empezó a preocuparse; aquel chico era capaz de cualquier cosa. Por suerte, el hombre se encontraba mejor y salió a buscarlo.

Lo encontró sentado en el cordón de la vereda, retorciéndose de dolor y agarrándose la barriga.

- Pero, ¿qué has hecho?

- ¡Lo que tú me dijiste, papá! He pedido las cuatro dosis y me las he tomado!

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

El camello enfermo

Un camello que vivía solo a orillas de un oasis enfermó, y parientes y amigos fueron a visitarlo.

Todos se quedaron un tiempo y para recuperarse del largo viaje se comieron sin miramientos la hierba que crecía por allí.

El camello se puso contento con la visita, pero cuando se sintió mejor y se levantó, y fue a buscar algo para comer, descubrió que parientes y amigos se lo habían comido ya todo.

¿Qué hacer? No le quedó más remedio que marcharse y buscar otro oasis.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Urashima y el dragón

Urashima era un joven pescador japonés, valiente y generoso, que vivía con su anciana madre. Un día, estando en la orilla del mar, observó que unos niños habían capturado una pequeña tortuga y estaban haciéndole daño.

- ¿Cómo se ateven a lastimar así a un animal? - gritó Urashima, persiguiendo a los niños. Luego, devolvió la tortuga al mar.

Al día siguiente, Urashima volvió a la playa y vio la cabecita de la tortuga asomándose entre las olas.

- ¡Te debo mi vida! - dijo el agradecido animal, mientras otra tortuga enorme salía del mar para reunirse con Urashima.

La gran tortuga contó a Urashima que la que que él había salvado era la hija del Emperador del Mar, el poderoso Dragón, que quería verlo para agradecerle.

Urashima aceptó la invitación y de inmediato se subió a la tortuga, que mágicamente le dio branquias para poder respirar mientras ella nadaba hacia el fondo del mar, al palacio del Dragón.

Allí conoció al emperador y a la pequeña tortuga, que era una hermosa princesa. Hubo un banquete en su honor, con música y bailarines, y el Dragón le invitó a ser su huésped. Urashima aceptó y permaneció allí varios días pero después quiso volver a su aldea y ver a su madre, por lo que pidió permiso para partir.

La princesa estaba muy apenada de verlo partir pero le deseó buen viaje, regalándole una caja misteriosa que lo protegería de todo daño pero que no debía abrir jamás. Urashima tomó el regalo, se subió a la misma tortuga que lo había traído y pronto estuvo de vuelta en la orilla del mar.

Camino a su casa, todo había cambiado. Su hogar no estaba, su madre había desaparecido y la gente que él conocía no estaba por ningún lado. Preguntó si alguien conocía a un hombre llamado Urashima y le respondieron que habían escuchado que alguien con ese nombre se había desvanecido en el mar hacía mucho tiempo.

Urashima se sintió solo y perdido. Descubrió que 300 años habían pasado desde el día en que partió hacia el fondo del mar. Su madre había muerto y todo lo que quedaba de su casa era un jardín lleno de malezas. Pero él seguía siendo joven.

Golpeado por la pena, sin darse cuenta abrió la caja que le había dado la princesa, de la que brotó una nube de humo blanco. Repentinamente, Urashima había envejecido, con la barba larga y blanca, y su espalda encorvada. Desde el mar le llegó la dulce y triste voz de la princesa:

- Te dije que no abrieras la caja... En su interior estaba tu vejez.

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jueves, 7 de noviembre de 2013

Los doce cazadores

Había una vez un príncipe que estaba prometido con la princesa del Reino del Sur, a la cual quería mucho. El príncipe fue llamado a la cabecera de su padre, que se hallaba mortalmente enfermo, y escuchó su última voluntad:

-Querido hijo mío, he querido verte por última vez antes de morir; prométeme casarte con la princesa del Reino del Norte.

El joven estaba tan afligido que no se atrevió a contradecir a su padre en aquellos momentos, por lo que le contestó:

-Sí, querido padre, cumpliré tu voluntad.

El rey cerró los ojos y murió.

Comenzó entonces a reinar el hijo, y trascurrido el tiempo del luto debía cumplir su promesa, por lo que envió a buscar a la hija del rey del Reino del Sur, con la cual había dado palabra de casarse. Lo supo su primera novia y no pudo resistir el dolor, llegando casi a perder la salud. Entonces le preguntó su padre:

-Dime, querida hija, ¿qué te falta?, ¿qué tienes?

Reflexionó ella un momento y después contestó:

-Querido padre, quisiera encontrar once jóvenes iguales a mi rostro y estatura.

El rey le respondió:

-Se cumplirá tu deseo si es posible.

Y mandó buscar por todo su reino once doncellas que fueran iguales a su hija en rostro y estatura.

Cuando las hubo encontrado, se vistieron todas de cazadores con trajes enteramente iguales; la princesa se despidió después de su padre y se marchó con sus compañeras a la corte de su antiguo novio. Allí preguntó si necesitaba cazadores y si podían entrar todos en su servicio. El rey la miró y no la reconoció; pero como todos eran tan buenos mozos, dijo que sí, que los recibiría con gusto. Y quedaron los doce cazadores al servicio del rey.

Pero el rey tenía un león, que era un animal mágico, pues sabía todo lo oculto y secreto, y una noche le dijo:

-¿Crees que tienes doce cazadores?

-Sí -contestó el rey- los cazadores son doce.

Pero el león añadió:

-Te engañas, son doce doncellas.

El rey replicó:

-No puede ser verdad; ¿cómo me lo probarás?

-Manda echar guisantes en tu cuarto -replicó el león- y lo verás con facilidad. Los hombres tienen el paso firme; cuando andan sobre guisantes, ninguno se mueve; pero las mujeres caminan con inseguridad y vacilan y los guisantes ruedan.

El rey siguió su consejo y mandó extender los guisantes. Mas un criado del rey, que quería mucho a los cazadores, cuando supo que debían ser sometidos a una prueba, se lo contó diciéndoles:

-El león quiere probar al rey que ustedes son mujeres.

Se lo agradeció la princesa y dijo a sus doncellas:

-Vayan con cuidado y anden con paso fuerte por los guisantes.

Cuando el rey llamó al día siguiente a los cazadores y fue a su cuarto, donde estaban los guisantes, comenzaron a andar con fuerza y con un paso tan firme y seguro, que ni uno solo rodó ni se movió. Cuando se marcharon, dijo el rey al león:

-Me has engañado, andan como hombres.

El león le contestó:

-Lo han sabido, y han procurado salir bien de la prueba, haciendo un esfuerzo. Pero manda traer doce husos a tu cuarto, y cuando entren verás cómo se sonríen, lo cual no hacen los hombres.

Agradó al rey el consejo y mandó llevar las ruecas a su cuarto.

Pero el criado, que tenía cada vez más afición a los cazadores, fue a verlos y les descubrió el secreto. Entonces dijo la princesa a sus once doncellas, así que estuvieron solas:

-Estén con cuidado y no miren las ruecas.

Cuando el rey llamó al día siguiente a los doce cazadores, entraron en su cuarto sin mirar a las ruecas. El rey dijo entonces al león:

-Me has engañado, son hombres, pues no han mirado las ruecas.

El león le contestó:

-Han sabido que debían ser sometidos a esta prueba y han procurado vencerse.

Pero el rey no quiso creer ya al león.

Los doce cazadores seguían al rey constantemente a la caza, el cual había llegado a tenerles verdadero cariño; pero un día, mientras cazaba, llegó la noticia de que había llegado la esposa del rey; su antigua novia, al oírlo, lo sintió tanto, que la faltaron las fuerzas y cayó desmayada en el suelo. El rey creyó que le había dado mal de corazón a su querido cazador, se acercó a él para auxiliarle, le quitó el guante, y vio en su mano la sortija que había regalado a su primera novia; la miró entonces a la cara y la reconoció, conmoviéndose de tal modo su alma, que le dio un beso, y cuando volvió en sí le dijo:

-Tú eres mía y yo soy tuyo, y ningún hombre del mundo puede separarnos.

Envió a su otra novia un caballero diciéndole que regresase a su reino, pues estaba ya casado, y no tardaron en celebrar su boda, perdonando al león, porque había dicho la verdad.

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