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lunes, 5 de julio de 2010

El Pato de Oro

Éranse tres guapos muchachos muy fuertes, muy trabajadores, muy alegres, hijos de un anciano leñador, y asimismo leñadores.

Todas las mañanas, al amanecer, los tres hermanos salían juntos de casa, pero después tomaban distintas direcciones.

Los dos mayores, al primer gole de vista, escogían los mejores árboles. Enseguida de unos cuantos hachazos... ¡zas!, quedaban dueños y señores de los productos del bosque. En cambio el menor, Carlos, no trabajaba con tanto provecho.

Estando un día Eduardo, el mayor, comiendo, se le apareció un enanito sonrosado y burlón:

- ¡Hola, hola, leñador! Veo que tienes buen apetito... ¡Ejem...! Yo no he comido todavía...

Eduardo, sin darse por aludido, siguió comiendo y por todo saludo masculló:
- ¡Hmmm...!
Y era que los enanitos no le inspiraban simpatía.

Al no ser invitado, el enanito se marchó, pero nada más empezar a caminar tropezó con un tocón y se lastimó el tobillo.

- ¡Ay, ay de mí! ¡Qué daño me he hecho! -gimió.

Eduardo se hizo el disimulado, diciendo para sí:
- Que se fastidie por entrometido.
- Leñador, leñador -llamó el enano. - Si curas mi mal te regalaré un pato de oro.
- Lárgate, no necesito para nada tu pato de oro.

Andando, andando, el enanito acabó tropezando con otro leñador. Era Ignacio, el segundo de los hermanos.

- ¡Hola, hola, leñador! Te cambio tu hacha por mi pato de oro.
- ¡Vete y déjame trabajar! ¡Enanitos, enanitos...!
- Pues soy nada menos que un enviado del Hada de los Bosques, que quiere salvar a los árboles, sus amigos, de la violenta muerte que les dan los leñadores.
- ¡Hadas! ¡Valiente cuento! ¡Vete y déjame trabajar!

Estaba Carlos, el menor de los leñadores, con su hacha al lado y meditando tristemente:
- Todos me desprecian porque el producto de mi trabajo es escaso; pero... ¿cómo cortar árboles tan hermosos, en los que los pajaritos hacen sus nidos?
- ¡Hola, leñador! -díjole el enanito repentinamente apareciendo a su lado. - Te veo preocupado. Por cierto... si me dieras algo de comer... siento apetito.
- ¡Claro que sí, amigo mío! -y le presentó el envoltorio de su comida.
- Por tu atención, leñador, toma este pato de oro.
- Pero... no puedo aceptarlo, es demasiado valioso.
- Nada, nada... tuyo es el pato. El te dará la felicidad que bien mereces.

Avergonzado de recibir algo de tanto valor, Carlos regaló su hacha al enanito.

Al entrar en la ciudad con el pato de oro en la mano, una muchacha se le acercó, tocó el pato e inmediatamente quedó pegada a él.

- ¡Ay, ay, que no me puedo despegar de tu pato! -le gritó al leñador.
- ¿Quién te mandó tocarlo? - replicó Carlos, que se moría de risa.

A los gritos acudieron otras muchachas de la ciudad. Tan curiosas como la primera, quisieron tocar el pato y, conforme llegaban, quedaban unas pegadas a otras, y por más que tiraban y tiraban, no se podían despegar.

- ¡Buena hilera de curiosas! -decía el joven, burlándose de ellas.
- ¡Socorro, auxilio!

Formaban una graciosa procesión, Carlos delante y ellas como si fueran las ensartadas cuentas de un rosario.

Sucedió que la princesa real, enferma de melancolía, llevaba muchos años sin reír. Su padre había prometido darla en matrimonio a aquel que le arrancara una breve sonrisa. Al oír gritos en la calle, la princesa se asomó al balcón.

Precisamente entonces, Carlos pregonaba:
- ¡Vean, señores! ¡Vean el muestrario de curiosas de la ciudad!

La princesa, al principio más seria que un iceberg, no pudo más, y empezó a reír. Y tanto y tanto se divertía, que luego casi no podía parar. Lo cierto fue que inmediatamente se curó.

El rey cumplió su palabra, y como a la princesa le gustó el guapo y buen leñador, se convirtió en príncipe.

Después de la boda, montando un caballo blanco, la real pareja fue de visita a la casa del leñador. Orgulloso de su posesión, Carlos llevaba bien a la vista el pato de oro.

La familia del joven, de tanto que se alegró, se pusieron a bailar.

- Hermanos míos -dijo Carlos, pasado el primer momento de regocijo- os ruego que pidáis perdón al enanito.

Eduardo e Ignacio buscaron al enano y le pidieron perdón, prometiéndole sólo cortar leña en caso de gran necesidad.

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