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miércoles, 22 de enero de 2014

La fuente de la eterna jueventud

En una isla de Japón vivía un viejo leñador con su mujer, tan vieja como él. Se llamaban Yoscida y Fumi, y estaban satisfechos de lo que habían hecho en su larga vida, pero sabían que también para ellos llegaría el día en que la muerte los separaría y ésta era su única e inconsolable pena.

Un día, Yoscida fue al bosque pero con los años todo había cambiado mucho y el leñador se perdió. Halló una fuente y bebió un sorbo de agua. Inmediatamente notó que se volvía como cuando tenía veinte años. Había encontrado la legendaria fuente de la juventud.

Corrió a su casa y su mujer casi no lo reconoció: pero cuando supo lo que había sucedido, pidió que le explicara dónde estaba la fuente milagrosa y, más que contenta, se puso en camino.

Pasaron las horas y como Fumi no volvía, Yoscida se alarmó. Volvió a la fuente y se encontró ¡con una niña que ni siquiera sabía andar! Era la viejita, que había bebido mucha agua.

Yoscida no se amilanó; la tomó en brazos y, por el gran amor que le tenía, desde aquel día hizo de padre para ella y los dos continuaron siendo felices.

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lunes, 6 de enero de 2014

El gran Kotei y el águila de oro

Kotei fue el emperador más importante del antiguo Japón. Venció a todos sus enemigos y conquistó inmensos territorios. Según cuentan las leyendas, entre otras cosas él fue quien inventó la brújula y los barcos, de los que se sirvió para sus empresas.

Sin embargo, Kotei reinó con prudencia y justicia, hasta el punto que los japoneses nunca fueron tan ricos y felices como entonces.

Un día, el emperador ya muy anciano, paseaba despacito por el parque apoyándose en un bastón. De pronto vio venir hacia él un águila que brillaba como si fuese de oro. El ave, dando vueltas en el aire, fue bajando hasta posarse a los pies de Kotei.

El emperador comprendió y dijo:

- Mensajero del cielo, ¿has venido a decirme que mi vida toca a su fin?

El águila bajó la cabeza. Kotei se despidió de su familia: todos se postraron ante él, llorando y abrazándole las rodillas. Después, Kotei montó en el águila, que estiró las alas y se dirigió al cielo donde pronto desapareció, convirtiéndose en un puntito insignificante entre los brillantes rayos del sol.

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miércoles, 4 de diciembre de 2013

El velo encantado

Un joven campesino llevaba una mísera existencia en su cabaña, pero no se quejaba porque para su sensible alma la contemplación de la naturaleza era más preciosa que cualquier tesoro.

Un día atrajo su atención un delicado perfume que venía del bosque. Siguió la estela aromática y llegó a un pino, entre cuyas ramas estaba atrapado un magnífico velo tejido con rayos de sol y de luna e incrustado con estrellas.

El campesino lo tomó, pero se le apareció una muchacha y le pidió que le devolviera el velo. Al principio el joven se negó y la muchacha rompió a llorar.

- Soy una ninfa. Sin el velo nunca podré regresar con mis hermanas.

- Demuéstrame que es verdad lo que dices bailando para mí como sólo las ninfas saben bailar.

La muchacha tomó el velo y comenzó a bailar en el aire, haciendo revolotear su velo alrededor del joven, sobre el que iba cayendo una lluvia de flores.

El campesino nunca supo si había soñado o si había sucedido de verdad, pero desde aquel día fue más feliz todavía por lo que la naturaleza le daba.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Urashima y el dragón

Urashima era un joven pescador japonés, valiente y generoso, que vivía con su anciana madre. Un día, estando en la orilla del mar, observó que unos niños habían capturado una pequeña tortuga y estaban haciéndole daño.

- ¿Cómo se ateven a lastimar así a un animal? - gritó Urashima, persiguiendo a los niños. Luego, devolvió la tortuga al mar.

Al día siguiente, Urashima volvió a la playa y vio la cabecita de la tortuga asomándose entre las olas.

- ¡Te debo mi vida! - dijo el agradecido animal, mientras otra tortuga enorme salía del mar para reunirse con Urashima.

La gran tortuga contó a Urashima que la que que él había salvado era la hija del Emperador del Mar, el poderoso Dragón, que quería verlo para agradecerle.

Urashima aceptó la invitación y de inmediato se subió a la tortuga, que mágicamente le dio branquias para poder respirar mientras ella nadaba hacia el fondo del mar, al palacio del Dragón.

Allí conoció al emperador y a la pequeña tortuga, que era una hermosa princesa. Hubo un banquete en su honor, con música y bailarines, y el Dragón le invitó a ser su huésped. Urashima aceptó y permaneció allí varios días pero después quiso volver a su aldea y ver a su madre, por lo que pidió permiso para partir.

La princesa estaba muy apenada de verlo partir pero le deseó buen viaje, regalándole una caja misteriosa que lo protegería de todo daño pero que no debía abrir jamás. Urashima tomó el regalo, se subió a la misma tortuga que lo había traído y pronto estuvo de vuelta en la orilla del mar.

Camino a su casa, todo había cambiado. Su hogar no estaba, su madre había desaparecido y la gente que él conocía no estaba por ningún lado. Preguntó si alguien conocía a un hombre llamado Urashima y le respondieron que habían escuchado que alguien con ese nombre se había desvanecido en el mar hacía mucho tiempo.

Urashima se sintió solo y perdido. Descubrió que 300 años habían pasado desde el día en que partió hacia el fondo del mar. Su madre había muerto y todo lo que quedaba de su casa era un jardín lleno de malezas. Pero él seguía siendo joven.

Golpeado por la pena, sin darse cuenta abrió la caja que le había dado la princesa, de la que brotó una nube de humo blanco. Repentinamente, Urashima había envejecido, con la barba larga y blanca, y su espalda encorvada. Desde el mar le llegó la dulce y triste voz de la princesa:

- Te dije que no abrieras la caja... En su interior estaba tu vejez.

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