Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
RSS

miércoles, 18 de abril de 2012

A la deriva

El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!

—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.

—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

—Bueno; ésto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

—Un jueves...

Y cesó de respirar.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

domingo, 6 de marzo de 2011

El monstruo

Existe en el nordeste de la república un animal curiosísimo con larguísimas púas, y de fama más sombría aún.

Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y ésto desde ocho o diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no pueden ser más arrancadas de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.

Es animal bastante raro, que apenas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.

Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él. El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene.

Con gran dificultad sacamos al monstruo de su embalaje, pues erizado como estaba a más no poder, resistíase con sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.

Logramos al fin arrancarlo por su cola prensil y colocarlo en una jaula, donde pude por fin observarlo a mi sabor.

Lo más admirable de aquel monstruo era la dulzura de sus grandes ojos saltones; dulzura de pobre ser inofensivo y tímido, como lo es en efecto el cuendú.

Cuando no se le asusta, mantiene adheridas al cuerpo sus larguísimas púas, y parece entonces que llevara a la rastra una gran capa verdosa de hilos longitudinales. Pero a la menor alarma levanta sobre el cuello sus cerdas convulsas, dejando al descubierto sobre el lomo una fina pelusa blanca. Pasada la inquietud, la capa cae lentamente, y el cuendú reanuda su pasito un tanto cojo.

Yo no estaba seguro de mantener vivo a mi cuendú, pues estos seres huraños resístense a veces a alimentarse en domesticidad. No pasó así, por suerte; y al día siguiente de cazado le vi comer cáscaras de naranja y roer maíz sentado sobre las patas traseras, sosteniendo delicadamente con sus dos manos el grano de maíz como a un objeto precioso.

Llegó a conocerme en poco tiempo, y se apoderaba de mi mano, dedo tras dedo, con temerosa lentitud; para concluir siempre por llevarse un dedo a la boca, por ver a qué sabía.

Como es un animal nocturno y la luz le ofende mucho, mi cuendú pasaba las horas de gran luz de espaldas contra la pared del fondo de la jaula, con la cara entre las manos.

Permanecía en esta actitud de penitencia horas enteras sin moverse. Si nos acercábamos al tejido de alambre, él se aproximaba a su vez, a ver qué le llevábamos; pero por poco que no tuviera apetito, tornaba silenciosamente a su rincón, a hacer penitencia.

Muchas veces lo vi asimismo de madrugada dormir sentado sobre las patas traseras en igual actitud, con las manos sobre los ojos. Para hacerle más llevadera su cautividad, lo instalé en una gran glorieta cubierta, con dos halcones y una urraca por compañía. Pero no pudo acostumbrarse ni a los saltos de la urraca ni a los gritos del casal de halcones, que anunciaban de este modo la primavera.

Cuando tuve que venirme, pensé que mi cuendú no deajaría de ser interesante en el Jardín Zoológico, por su doble carácter de animal indígena y de monstruo legendario. Trájelo conmigo, y lo puse en manos de Onelli.

Hace de ésto dos meses. Respecto de sus púas -que en efecto parecen desprenderse con facilidad de la piel cuando el cuendú se asusta-, puedo decir que una vez vi una de ellas clavada perpendicularmente en un tablón de lapacho bruñido. Lo cual, como bien se comprende, no es promesa de bienestar para el puma o tigre que reciba una púa de cuendú en el cerebro, a través de un ojo.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

domingo, 30 de enero de 2011

El tigre

Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigrecita recién nacida.

La olfateó largos minutos por todas partes hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún, la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronguido de la fierecilla, que, comparado con la queja maullante de los otros gatitos, semejaba un trueno.

Desde ese instante y durante los nueve días en que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo.

Todo el campo mamario pertenecía de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos aullaban de hambre.

La tigre abrió, por fin, los ojos y, desde ese momento, entró a nuestro cuidado. Pero, ¡qué cuidado! Mamaderas entibiadas, dosificadas y vigiladas con atención extrema; imposibilidad para incorporarnos libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres y sacudía las patas con una violencia que parecía iba a romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes, y aquellos minutos de mirada atónita y velada por el aplastamiento, durante los cuales no nos reconocía.

No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la predilección que un animal siente por lo único que desde nacer se vio a su lado.

Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle.

Caminaba con la cabeza baja, sin parecer ver a nadie, y menos todavía a los peones, estupefactos ante su presencia bien insólita en una carretera pública.

Y mientras los perros y el coatí se revolvían por las profundas cunetas del camino, ella, la real fiera de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello y sus ojos del mismo color.

Con los animalitos de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación con carne viva.

Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose la vida de nuestra predilecta con él.

La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más; desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez. Nunca le notamos interés alguno por las ratas de campo que de noche cruzaban el patio y, menos aún, por las gallinas, rodeadas entonces de pollos.

Una gallina nuestra, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacó en esos días pollitos. Como madre, era aquella gallina única; no perdía jamás un pollo. La casa, pues, estaba de parabienes.

Un mediodía de ésos, oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina, exactamente como si la estrangularan. Salté afuera y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida con garras y dientes del cuello de la gallina.

Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fierecilla por el cuello y la arrojé rodando por el piso de arena del patio y sin intención de hacerle daño.

Pero no tuve suerte. En un costado del mismo patio, entre dos palmeras, había ese día una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un rígido dogma el que no hubiera nunca piedras en el patio. Girando sobre sí misma, nuestra tigre alcanzó hasta la piedra y golpeó contra ella la cabeza. La fatalidad procede a veces así.

Dos horas después nuestra pupila moría. No fue esa tarde un día feliz para nosotros.

Cuatro años más tarde, hallé entre los bambúes de casa, pero no en el suelo, sino a varios metros de altura, mi cuchillo de monte con que mis chicos habían cavado la fosa para la tigresita y que ellos habían olvidado de recoger después del entierro.

Había quedado, sin duda, sujeto entre los gajos nacientes de algún pequeño bambú. Y, con su crecimiento de cuatro años, la caña había arrastrado mi cuchillo hasta allá.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

viernes, 14 de enero de 2011

Ratas de campo

Las ratas de campo son al principio la alegría de la casa. Cazan mariposas al aire con una estrategia admirable y entretienen los insomnios del enfermo con su tenaz empeño en llevarse a su nido largas medias de mujer, allá a lo alto del techo.

La rata de campo es un lindísimo animal, que apenas recuerda a la infecta, oscura y pelada rata de ciudad. Vista desde arriba, es de un color plomizo brillante, gracias a la suavidad y pulcritud de su pelo. Vista desde abajo, parece de plata, por tener blancos la garganta, el pecho, el vientre y la parte interna de las patas. Pero en lo que no tiene parangón con su innoble hermana de ciudad, es en la centelleante vivacidad de sus movimientos, y en la gracia con que juega a las escondidas con quien la acecha, acechándolo a su vez por arriba, abajo y los costados de una tabla, con sólo la mitad de un ojo y la punta de las orejas a la vista.

Estas ratas de campo, habituadas a una alimentación frugal, pasan inadvertidas al lado de un manjar de cocina, para divertirse toda la noche rallando municiones. Hemos asistido en la casa a la destrucción de doce balas explosivas, cuyo plomo las ratas royeron hasta el ánima, al parecer excitadísimas de gula.

Las hemos visto gastarse los dientes y los dedos, royendo durísimos granos de maíz, al lado de panes de chocolate intactos. Más tarde, la civilización llega también a embotar su frugalidad virgen, y no hay entoncees palto faisandé suficiente para su corrupción.

Pero antes de esta decadencia, las ratas de campo han alegrado las cenas en el interior, cazando mariposas en los tirantes.

Los grandes pavones nocturnos, con sus ojos de rubí y su trompa eréctil, chocan zumbando contra las paredes, que remontan en busca de una salida en lo alto.

Pero allá, todo a lo largo de la cumbrera, que es un rollizo cubierto de polvo, y sobre el cual la mano puede resbalar como sobre talco, están las ratas en acecho, todas de través y semicaídas sobre el revuelo de la mariposa, cuyo vaivén siguen todas juntas con ojos y orejas.

El pavón las ve también, y zumba desde un extremo a otro de la pieza, seguido a la carrera por las cazadoras, que tienden al paso una mano ratera hacia el pavón, manteniéndose sin caer por un prodigio de equilibrio.

Los minutos transcurren sobre esta cacería accidentada, hasta que la mariposa desaparece de la vista. Al zumbido extinto sucede un precipitado frufrú de disputa, que hacina a las ratas en una sola pirámide sobre el pavón. Pero nunca hemos visto caer a una rata.

Esta inocente diversión del hombre de campo puede trocarse en martirio cuando en la alta noche las ratas se obstinan en llenar el bungalow con su chillido de alarma ante la presencia de una culebra. Las culebras -y aún las víboras- buscan la compañía nocturna del hombre, por las ratas que viven con él.

El grito especial de alarma, y que es un castañeteo de dientes muy rítmico y sostenido, puede prolongarse por toda una noche, y proseguir a la noche siguiente, mientras la víbora se empeñe en no abandonar la casa.

Durante tres noches consecutivas fuimos torturados por laagitación de las ratas, que denunciaba a la legua a una víbora en acecho. Buscamos en vano, hasta que al cuarto día, a las cinco de la tarde, mi chico descalzo saltaba sobre una gran yarará, a la puerta misma del bungalow. Había aquella salido un instante a desentumecerse, sin duda.

Cansados así del bullicio excesivo de las ratas, que sus payasadas no alcanzaban a compensar, embalsamamos cuidadosamente dicha yarará y la instalamos en lo alto de la cumbrera, en una gran postura trágica y cruel. Al cabo de unos días, no debía quedar en casa rata alguna.

En efecto, tras una nueva noche de insomnio, las ratas callaron. Dormímonos arrullados por dulces esperanzas, cuando al alzar a la mañana siguiente nuestros ojos de gratitud hacia la víbora, vimos que ésta había desaparecido.

Buscámosla por todas partes, hasta que por fin la hallamos en un nido de ratas, en compañía de varios pañuelos míos.

Dícese que en las regiones tropicales, y con el fin de ahuyentar a las ratas, usan de culebras que viven y duermen entre los tirantes. Después de lo acaecido a nuestra yarará -medía metro y medio bien contados-, no poseo ya fe segura en ningún medio para ahuyentar a aquéllas.

Nuestra víbora no daba allá en lo alto señales de vida, es cierto; pero ser arrastrada por todo el techo para mullir un nido de ratas, es demasiado fuerte.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El coatí

El coatí es un animalito tan alargado de cabeza com ode cola, y con ambas arqueadas hacia arriba, que posee un grito de pájaro, agudo y precipitadísimo, y a quien la curiosidad devora vivo.

No hay cosa, en efecto, a que no lleguen el hocico y los dedos del coatí. Por ver lo que hay adentro, es capaz de atarearse en abrir un horno a mil grados. De diez libros a su alcance, y uno de ellos prolijamente embalado para el correo, sólo le interesará éste último, y escarbará su cubierta y bajocubierta, hasta dejarlo al desnudo y con todas las hojas arañadas, pues algo podía haber entre ellas.

El que nosotros tuvimos poseía, fuera de su diabólica curiosidad, un extraño afecto a los hombres -no a las mujeres- a causa de haber sido criado en brazos por un hombre de monte.

El coaticito no había llegado a conocer a su madre. Calor, mimos, alimentación, todo debíalo a aquel hombre solitario, que había sido padre, madre y compañero de infancia del coatí. De modo que ya crecido y en nuestro poder, sus afectos nativos y de sangre, por decirlo así, eran para los hombres. Aceptaba de buen grado las caricias de las mujeres; pero apenas se le aproximaba un hombre, tendíale enseguida los brazos.

Tutankamón (tal nombre le habían dado los chicos), era el candor mismo respecto de los peligros de la vida. Coatí y perro, nadie lo ignora, son polos antagónicos en la existencia. Tutankamón ahuyentaba a los perros que roncaban a su alrededor, lanzándose... a jugar con ellos.

Su sangre era la del hombre, y no otra. Reservaba su antipatía más viva para una piel de coatí que rodaba por casa y que olfateaba sin tregua, hundiendo duramente su hocico por todos lados, hasta arrancarle los pelos, tal como si aquella piel hubiera pertenecido al más grande enemigo de su especie.

Comía cuanto es posible comer. Fuera lo que fuera, esperábalo en dos patas. Su gran amor eran las naranjas, que raspaba y raspaba velozmente con sus uñas hasta abrirlas. Pero si se las dábamos cortadas, las raspaba lo mismo.

A cualquier hora del día que pasáramos por su casilla, estaba dispuesto a dormir un rato en brazos. Si no lo alzábamos, trepaba igual hasta el pecho, e instantáneamente se moría allí de sueño.

Sueño de mimo, por lo demás, pues nunca sus manos quedaban más de un momento quietas: los bolsillos constituían una tentación demasiado viva para él.

Así, los cigarrillos que cargaba en el bolsillo de la camisa sufrían del contacto con el coatí. Al rato de quedarse dormido, abrazado a mi cuello, yo sentía la silenciosa mano de Tutankamón en el bolsillo, bien que sus ojos continuaban beatamente dormidos. Reprochábale yo entonces su mala acción, su abuso de confianza, con discursos que él entendía perfectamente, estoy seguro, a juzgar por su inmovilidad de vergüenza y pesadumbre. Pero en tanto que yo le hablaba aún, veía sus ojillos adormilados echarme una mirada de reojo, mientras su mano ascendía otra vez despacio hacia los cigarrillos.

Nuestro coatí no fue víctima de su curiosidad, pues vive aún, aunque alejado de nosotros. Sé, no obstante, de otro coatí que sufriendo de un tumor en el vientre, abrió él mismo el abseco con las uñas, mostrándose al parecer contento del resultado, pues no se preocupó más de aquél.

Pero como, sin duda, le escociera la cicatrización, recurrió de nuevo a las uñas, escarbando y escarbando por dentro, hasta retirar algo por la herida.

Enardecida entonces su curiosidad, escarbó y escarbó sin cesar, hasta vaciar completamente su vientre sobre el piso; con lo cual quedó por fin satisfecho, y muerto.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

sábado, 27 de noviembre de 2010

De caza

Una vez tuve en mi vida mucho más miedo que las otras. Hasta Juancito lo sintió, transparente a pesar de su inexpresión de indio. Ninguno dijo nada esa noche, pero tampoco ninguno dejó un momento de fumar.

Cazábamos desde esa mañana en el Palometa, Juancito, un peón y yo. El monte, sin duda, había sido batido con poca anterioridad, pues la caza faltaba y los machetazos abundaban; apenas si de ocho a diez nos destrozamos las piernas en el caraguatá tras de un coatí. A las once llegaron los perros. Descansaron un rato y se internaron de nuevo. Como no podíamos hacer nada, nos quedamos sentados. Pasaron tres horas. Entonces, a las dos, más o menos, nos llegó el grito de alerta de un perro. Dejamos de hablar, prestando oído. Siguió otro grito y, enseguida, los ladridos de rastro caliente. Me volví a Juancito, interrogándolo con los ojos. Sacudió la cabeza sin mirarme.

La corrida parecía acercarse, pero oblicuando al oeste. Cesaron un rato; y ya habíamos perdido toda esperanza cuando, de pronto, los sentimos cerca, creciendo en dirección nuestra. Nos levantamos de golpe, tendiéndonos en guerrilla, parapetados tras de un árbol, precaución más que necesaria, tratándose de una posible y terrible piara, todo en uno.

Los ladridos eran, momento a momento, más claros. Fuera lo que fuera, el animal venía derecho a estrellarse contra nosotros.

He cazado algunas veces; sin embargo, el Winchester me temblaba en las manos con ese ataque precipitado en línea recta, sin poder ver más alla de diez metros. Por otra parte, jamás he observado un horizonte cerrado de malezas, con más fijeza, y angustia que en esa ocasión.

La corrida estaba ya encima nuestro, cuando, de pronto, el ladrido cesó bruscamente, como cortado de golpe por la mitad. Los veinte segundos subsiguientes fueron fuertes; pero el animal no apareció y el perro no ladró más. Nos miramos asombrados. Tal vez hubiera perdido el rastro; mas, por lo menos, debía estar ya al lado nuestro, con las llamadas agudas de Juancito.

Al rato sonó otro ladrido, esta vez a nuestra izquierda.

-No es Black -murmuré mirándolo sorprendido. Y el ladrido se cortó de golpe, exactamente como el anterior.

La cosa era un poco fuerte ya y, de golpe, nos estremecimos todos a la misma idea. Esa madrugada, de viaje, Juancito nos había enterado de los tigres siniestros del Palometa (era la primera vez que yo cazaba con él). Apenas uno de ellos siente los perros, se agazapa sigilosamente tras un tronco, en su propio rastro o él de un anta, gama o aguará, si le es posible. Al pasar el perro corriendo, de una manotada le quita de golpe vida y ladrido. Enseguida va al otro y así con todos. De modo que, al anochecer, el cazador se encuentra sin perros en un monte de tigres sicólogos. Lo demás es cuestión de tiempo.

Lo que había pasado con nuestros, perros era demasiado parecido a aquello para que no se nos apretara un poco la garganta. Juancito los llamó, con uno de esos aullidos largos de los cazadores de monte. Escuchamos atentos. Al sur esta vez, pero lejos, un perro respondió. Ladró de nuevo al rato, aproximándose visiblemente. Nuestra conciencia angustiada estaba ahora toda entera en ese ladrido para que no se cortara. Y otra vez el grito tronchado de golpe. ¡Tres perros muertos! Nos quedaba aún otro, pero a ése no lo vimos nunca más.

Ya eran las cuatro; el monte comenzaba a oscurecerse. Emprendimos el mudo regreso a nuestro campamento, una toldería abandonada, sobre el estero del Palometa. Anselmo, que fue a dar agua a los caballos, nos dijo que en la orilla, a veinte metros de nosotros, había una cierva muerta.

Nos acostamos alrededor de la fogata, precaución que afirmaban la noche fresca y los cuatro perros muertos. Juancito quedó de guardia.

A las dos, me desperté. La noche estaba oscura y nublada. El monte altísimo, al lado nuestro, reforzaba la oscuridad con su masa negra. Me incorporé en un codo y miré a todos lados. Anselmo dormía. Juancito continuaba sentado al lado del fuego, alimentándolo despacio. Miré otra vez el monte rumoroso y me dormí.

A la media hora, me desperté de golpe; había sentido un rugido lejano, sordo y prolongado. Me senté en la cama y miré a Anselmo; estaba despierto, mirándome a su vez. Me volví a Juancito.

-¿Toro? -le pregunté, en una duda tan legítima como atormentadora.
-Tigre.

Nos levantamos y nos sentamos al lado del fuego. Los mugidos se reanudaron. ¿Qué íbamos a hacer? Desde ese instante, no dejamos un momento de fumar, apretando el cigarro entre los dedos con sobrada fuerza. Durante media hora, tal vez, los mugidos cesaron. Y empezaron de nuevo, mucho más cerca, a intervalos rítmicos. En la espera angustiosa de cada grito del animal, el monte nos parecía desierto en un vasto silencio; no oíamos nada, con el corazón en suspenso, hasta que nos llegaba la pesadilla sonora de ese mugido obstinado rastreando a ras del suelo.

Tras una nueva suspensión, tan terrible como lo contrario, recomenzaron en dirección distinta, precipitados esta vez.

-Está sobre nuestro rastro -dijo Juancito. Bajamos la cabeza y no nos miramos hasta que fue de día. Durante una hora, los mugidos continuaron, a intervalos fijos, dolorosos, ahogados, sin que una vez se interrumpiera esa monotonía terrible de angustia errante. Parecía desorientado, no sé cómo, y aseguro que fue cruel esa noche que pasamos al lado del fuego sin hablar una palabra, envenenándonos con el cigarro, sin dejar de oír el mugido del tigre que nos había muerto todos los perros y estaba sobre nuestro rastro.

Una hora antes de amanecer, cesaron y no los oímos más. Cuando fue de día, nos levantamos; Juancito y Anselmo tenían la cara terrosa, cruzada de pequeñas arrugas. Yo debía estar lo mismo. Llevamos al riacho a los pobres caballos, en un continuo desasosiego toda la noche. Vimos la cierva muerta, pero ahora despedazada y comida.

Durante la hora en que no lo oímos, el tigre se había acercado en silencio, por el rastro caliente; nos había observado sin cesar, contándonos uno a uno, a quince metros de nosotros. Esa indecisión -característica de todos modos en el tigre- nos salvó, pero comió la cierva. Cuando pensamos que una hora seguida nos había acechado en silencio, nos sonreíamos, mirándonos; ya era de día, por lo menos.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

domingo, 7 de noviembre de 2010

El Diablo con un sólo cuerno

En el país de Africa, cerca de un gran río, había un lugar donde nadie quería ir, porque todos tenían miedo. Alrededor de ese lugar vivían muchos negros que plantaban mandioca y bananos.

Pero en aquel lugar no había nadie: ni bananos, ni mandiocas, ni negros, ni nada. Todos los negros tenían miedo de aquel lugar, porque allí vivía un animal enorme que rompía las plantas, atropellaba los ranchos, deshaciéndolos en cien mil pedazos, y mataba además a todos los negros que encontraba.

Los negros, a su vez, habían querido matar al terrible animal, pero no tenían sino flechas y las flechas no entraban en el lomo ni en los costados, porque allí el cuero es sumamente grueso y duro. En la barriga sí entran las flechas, pero es muy difícil apuntar bien.

Una vez, un negro muy inteligente fue hasta cerca del mar y compró una escopeta que le costó cinco colmillos de elefante. Con esa escopeta quiso matar al animal, pero las balas de plomo se achataban contra la piel y entonces aquél mató al negro con escopeta y todo, rompiédole la cabeza de una patada, como si fuera un coco.

¿Pero qué animal era ése, tan malo y con tanta fuerza? Era un rinoceronte, que es el animal más rabioso del mundo y tiene casi tanta fuerza como un elefante. Este es el motivo por el cual ningún negro quería ni acercarse al lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero he aquí que una vez llegaron al país tres viajeros, tres hombres blancos, y quisieron vivir allí, para estudiar los animales, las plantas y las piedras del país, porque eran naturalistas. Estos tres hombres eran jóvenes y muy amigos, y se fueron a hacer una casa en el lugar donde vivía el rinoceronte.

Pero los negros les rogaban que no fueran allá; se arrodillaban delante de ellos y lloraban, asegurando a los amigos que el "diablo-con-un-cuerno" los iba a matar. Los hombres se echaron a reír, mostrándoles los fusiles que llevaban y las balas, que tenían como una camisa de acero durísimo y que tienen tanta fuerza que atraviesan el mismo fierro como si fuera queso. Pero los negros lloriqueaban y decían:

- No hace nada... Bala ...no entra... No entra ninguna bala en su cuero... "Diablo-con-un-sólo-cuerno" no puede morir...

Los hombres blancos se rieron de nuevo, porque no hay animal alguno que resista a una bala en punta con camisa de acero, por más diablo con uno, dos o tres cuernos que sea (porque hay rinocerontes que tienen más de un cuerno).

Y, como ningún negro quería ir a ayudarlos, ellos mismos se fueron con su carreta y construyeron un rancho muy fuerte, con una puerta de tres pulgadas de grueso.

Como iban a pasar mucho tiempo allí, plantaron árboles en todo el rededor, muchos arbolitos que regaban al principio todos los días y después cada semana.

De día caminaban, juntaban bichitos y yuyos con flores y partían piedras con un martillo y un cortafierro que llevaban colgado del cinturón, como si fuera un machete. De noche estudiaban lo que habían reunido en el día y leían.

Pasó mucho tiempo sin que nada los inquietara y estaban a punto de creer que el famoso "Diablo-con-un-sólo-cuerno" era un cuento de los negros para asustarlos a ellos, cuando una noche de gran tormenta, mientras afuera llovía a torrentes y los tres amigos estaban leyendo dentro del rancho, muy contentos porque tenían una gran lámpara y tenían café y cigarros, uno de ellos levantó de pronto la cabeza y quedó inmóvil.

- ¿Qué hay? -le preguntaron los otros. ¿Qué has sentido?
- Me parece haber oído ruido -dijo el primero. ¡Oigan, a ver!

Los otros quedaron también quietos y oyeron así un ruido sordo y hondo: ton-ton-ton, como si una cosa muy pesada caminara e hiciera retemblar la tierra. Los hombres, muy sorprendidos, se miraron unos a otros y exclamaron:

- ¿Qué será? -Había que ver qué era éso. Encendieron, en consecuencia, el farol de viento y salieron afuera.

Llovía tanto, que en un momento estuvieron hechos sopa y el agua les corría por abajo de la camiseta; pero a ellos no les importaba. Recorrieron la quinta sin hallar nada; hasta que uno de los hombres, que se había agachado, exclamó:

- ¡Fíjense! ¡Todos los arbolitos están descascarados! ¡Y hay rastros! ¡Son de un animal grandísimo!

Todos se agacharon entonces con el farol y pudieron ver una huella profunda, el rastro de una pata de tres dedos, y tan grande como un plato. Estaban casi todas llenas de agua porque continuaba lloviendo a torrentes.

Y no era éso sólo: a dos cuadras del rancho había un árbol inmenso, cuyo tronco no lo podrían rodear diez hombres abrazados a él y dándose las manos; tan grueso era.

Pues bien, toda la cáscara de ese árbol, a la altura del cinturón de un hombre estaba arrancada, deshecha como tiras de trapo. Cuando los tres amigos vieron ésto, dijeron al mismo tiempo:

- Es un rinoceronte,; no cabe duda. No hay en el mundo otro animal capaz de hacer ésto. Es el "Diablo-con-un-sólo-cuerno".

En consecuencia, al día siguiente aprontaron sus armas. Las limpiaron primero con querosene y después con vaselina. Y al final las frotaron con un trapo bien seco.

Esa noche no estudiaron. Tomaron café, en silencio, para oír mejor el menor ruido que se sintiera de afuera. Y efectivamente, poco antes de las nueve, oyeron el mismo ruido profundo de la noche anterior: ton-ton-ton...

- ¡El"Diablo-con-un-sólo-cuerno"! -dijeron en voz muy baja. ¡Ahí está!

Y, tomando cada cual su fusil, salieron caminando muy despacio y agachados.

Ellos eran naturalistas y no cazadores; porque si hubieran sido cazadores, habrían comprendido que no se cazan rinocerontes con la misma facilidad con que se mata un gato. Y ésto casi les cuesta la vida.

Avanzaban agachados, pues, al encuentro del rinoceronte, llenos de confianza en las balas que tenían. De repente, de la oscuridad de la noche surgió una sombra monstruosa y los tres hombres, que estaban apenas a veinte metros del animal, creyeron que había llegado el momento, se arrodillaron los tres, apuntaron los tres a la cabeza de la bestia y los tres dispararon al mismo tiempo.

Las tres balas cónicas dieron en el blanco, pero ninguna en el lugar deseado. Una pegó en un costado del cuerpo y le hizo saltar una astilla; otra atravesó las enormes arrugas que tiene el rinoceronte en el pescuezo; y la tercera bala le entró por un costado del pecho, fue corriendo por debajo del cuero y salió por la cola.

Ahora bien: cuando el rinoceronte se siente atacado y herido es el animal más temible que hay. Se precipita furioso contra su enemigo y, si se le ha tirado de cerca, no hay tiempo de tirar de nuevo. No queda más remedio que disparar, disparar a todo escape, disparar como si lo corriera a uno un "Diablo-con-trescientos-millones-de cuernos".

Y es lo que hicieron los tres amigos: corrieron hacia el rancho con toda la velocidad que les daban las piernas, y el rinoceronte detrás. La tierra temblaba con aquella carrera. Los hombres volaban, pareciéndoles a cada momento que sentían el cuerno del rinoceronte, levantándolos de atrás por el pantalón.

Cada vez estaba más cerca de ellos, pero también cada vez estaba más cerca el rancho. Hasta que, por fin, llegaron y apenas tuvieron tiempo de cerrar la puerta, cuando tror-r-rróm!, sintieron un horrible golpe que sacudió el rancho de arriba a abajo: era el rinoceronte, que con la cabeza baja se había estrellado contra la puerta.

La puerta resistió, porque era de tres pulgadas de grueso; pero, en cambio, el cuerno la había atravesado como si fuera de manteca, y allí estaba; profundamente clavado, saliendo todo por la parte de adentro, mientras el animal, desde afuera, bramaba y pateaba, haciendo tremendo esfuerzos para sacar su cuerno.

Ahora bien: la primera idea de los tres amigos había sido abrir la ventana y matarlo a tiros antes de que se escapara. Pero, cuando vieron que por más fuerza que hacía el rinoceronte no lograba sacar su cuerno, dejaron de ser cazadores para ser otra vez naturalistas y sintieron deseos locos de agarrar al rinoceronte vivo.

¡Cómo podrían estudiarlo bien, teniéndolo allí cerca de ellos! ¿Pero cómo hacer, antes de que concluyera por sacar su cuerno, de tanto forcejear?

- ¡Ya está! -gritó de pronto uno de ellos. ¡Ya sé cómo vamos a hacer! Vamos a agujerear el cuerno por la parte de adentro y pasar un fierro de pulgada por el agujero. ¡Que haga fuerza después para sacarlo!
- ¡Bravo! ¡Bravo! -gritaron a coro los otros, porque la idea era excelente. Corrieron enseguida a buscar el taladro y, con una mecha de una pulgada, se pusieron a agujerear el cuerno.

Les daba algún trabajo, pues el cuerno se movía sin cesar de arriba a abajo y de costado a costado,; pero lo agujerearon por fin y metieron inmediatamente en el agujero un fierro de una pulgada.

¡Ya estaba! Por más grande que fuera la fuerza del rinoceronte, nunca, nunca podría salir de allí. A la mañana siguiente le enlazarían las patas y lo tendrían preso hasta que se amansara, porque los rinocerontes son así.

Pero, entretanto, y mientras no llegaba el día, el animal forcejeaba y forcejeaba por sacar su cuerno; pero un fierro de una pulgada, cuando es corto, tiene más fuerza que diez rinocerontes y los tres hombres estaban tranquilos, seguros de que no se escaparía.

Como estaban muy fatigados y sudando, se dieron un baño y volvieron al cuarto, descansados y frescos, y pasaron la noche tomando café. Estaban sentados alrededor del cuerno y, para divertirse, le hacían cosquillas con una pluma.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

viernes, 22 de octubre de 2010

Perros de monte

Una propiedad rural en el monte de Misiones está constituída por un rancho de sólo tres paredes, perdido en la inmensidad del bosque, del cual logra apenas aislarse por medio de un mínimo desmonte.

En ese desmonte, el propietario planta maíz, mandioca, porotos y tabaco, todo ello en la cantidad justa e indispensable para no morirse de hambre y fumar. Pueden dar aspecto de vida al rancho algunas gallinas de cuello y rabo desplumados, un chancho alto de patas como un galgo, y dos o tres cabras.

Pero nada de ésto es indispensable. En cambio, sentados a la vista del fuego, en verano, o arrollados en invierno ante la llama misma, con la cola y el hocico ardidos, se ve siempre tres o cuatro perros flacos como esqueletos, y que al levantarse oscilan con las caderas flojas, prontos a caer.

Nada denuncia en estos perros su calidad particular. Reumáticos, siempre huraños y tristes, no habría optimista capaz de concederles vida para una estación más, fuerzas para alcanzar hasta el monte, y decisión para hacer frente a un tímido apereá.

El destino de estos perros, sin embargo, es morir en el aire, lanzados allá por las zarpas del tigre. Cuando vuelven a caer, generalmente su vientre está ya vacío. Son, pues, perros de caza, verdaderas fieras de persecución y asalto, capaces de lanzarse sobre su dueño mismo, si llega a interponerse entre ellos y la caza abatida.

Al menor apronte de montería en el rancho, los perros están ya de pie, tembleques siempre, pero con los ojos ya encendidos, puestos en los movimientos del cazador. Y cuando, tras un cuarto de hora de monte, esos mismos perros han hallado un rastro, con el primer vibrante ladrido de caza, extenuación, reumatismo y miseria han desaparecido.

Van a la carrera, en cuanto el monte se lo permite; y su latido, sonoro tras el rastro tibio, y aullante cuando la proximidad de la presa los enloquece, se oye clarinear sin tregua alguna en el monte, desde el alba a la caída de la noche.

Cuesta creer que esa jauría de imponderable aliento sea la misma que agonizaba de debiliad y artritis diez horas antes. Ella es. Si el animal perseguido trepa a un árbol lejano, y el cazador no acude, tal vez la jauría no vuelva a casa hasta haber agotado al pie del árbol su desesperante gañido de impotencia. Y lo que regresará en la alta noche helada, unos primero, luego otros, serán los esqueletos ambulantes, más cojos y sombríos, que la noche anterior temblaban alrededor del fuego.

Su régimen es vegetariano. No comen sino mandioca y maís cocido, o seco, que roban grano tras grano a las gallinas. Una cacería, pues, supone para ellos la delirante felicidad de la carne viva, ya pregustada a mandíbula batiente en su latido.

Pero no siempre la persecucíón se desarrolla a fondo de carrera. A veces, en plena corrida, los perros se detienen bruscamente. Su lomo se eriza, hunden el rabo entre las piernas, y cuanto era ansia y velocidad por llegar, se transforma en un avance alerta y receloso tras el tufo del tigre.

En cierta ocasión, esperando en el monte el fin de la corrida que nuestos perros llevaban desde el amanecer sin mayor entusiasmo, oímos de pronto un aullido, agudo y breve como un relámpago, al que sucedió el más completo silencio.

Era, evidentemente, uno de nuestros perros. Pasó un rato; y en la misma dirección, y con igual carácter, sonó otro aullido. Uno tras otro, nuestros perros nos fueron revelando su existencia en el bosque por este brusco aullido. Y entre uno y otro, y por largo tiempo después, del monte no nos llegó un sólo rumor.

Cuando un tigre ha sido corrido una vez sin éxito, adquiere un conocimiento exacto del valer de una jauría de caza. Ocúltase entonces tras un árbol caído, sobre su propio rastro, y cuando el perro erizado pasa, éste lanza un grito, y se acabó. El tigre cambia de rumbo, ocúltase de nuevo; y de esta simple manera, sin fatiga alguna, arranca al cazador, uno tras otro, sus peligrosos aliados. Luego toca el turno al cazador.

Esto es, por lo menos, lo que se cree allá. En la circunstancia referida, y desde el último aullido, pasamos dos horas esperando en el monte mudo; dos horas con todos sus interminables minutos, tan largo cada uno de ellos, como una vida entera.

Al caer la noche emprendimos el regreso hacia el río. Y arrancábamos ya la canoa del barro, cuando nuestros perros fueron surgiendo del monte, cansados y taciturnos, sin explicarnos qué habían visto para haber aullado de aquel modo.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

domingo, 10 de octubre de 2010

Los cachorros del Aguará-Guazú

Voy a contarles ahora, chiquitos, la historia muy corta de tres cachorritos salvajes que asesiné –bien puede decirse–, llevado por las circunstancias.

Hace ya algún tiempo, poco después del asunto con la serpiente de cascabel, que les conté con detalles, tres indios de Salta enfermos del chu­cho y castañeteando los dientes, los tres, llegaron a venderme tres cachorritos de aguará–guazú casi recién nacidos.

Yo no tenía vacas, ustedes bien saben; ni una mala cabra para ali­mentar con su leche a los recién nacidos. Iba, pues, a desistir de adqui­rirlos, por mucho que me interesaran los zorritos, cuando uno de los in­dios, el más flaco y más tiritante de chucho, me ofreció en venta también, dos tarros de leche condensada, que extrajo con gran pena del bolsillo del pantalón.

¿Habrán visto indio más pillo? ¿De dónde podía haber sacado sus ta­rros de leche? De un ingenio, seguramente. Estos indios de Salta van todos los otoños a trabajar en los ingenios de azúcar de Tucumán. Allí aprenden muchas cosas. Y entre las cosas que aprenden, aprenden a apreciar la bon­dad de la leche cuando sus chicos están enfermos del vientre.

El indio poseedor de los tarros de leche condensada era seguramente padre de familia. Y pensó con mucha razón que yo le compraría sus tarros para criar a los aguaracitos. Y el demonio de indio acertó, pues yo, entu­siasmado con los cachorritos, que compré por un peso los tres, pagué diez por los dos tarros de leche. Y a más pagué un paquete de tabaco, y un re­trato de mi tío, que vio colgado en la carpa. Hasta hoy no sé qué utilidad puede haberle reportado ese retrato de mi tío.

Crié, pues, a los cachorros de aguará–guazú, o gran zorro del Chaco, como también se le llama.

El aguará–guazú es, en efecto, un zorro altísimo y flaco que tiene to­da la apariencia del lobo. No hay en toda la selva sudamericana un animal más arisco, huraño y ligero para correr. Tiene la particularidad de caminar moviendo al mismo tiempo las patas del mismo lado, como lo hace tam­bién la jirafa. Es decir, todo lo contrario del perro, el caballo y la gran ma­yoría de los animales, que caminan avanzando al mismo tiempo las patas alternadas y cruzadas.

En el campo, sin embargo, se suele enseñar a los caballos un paso muy distinto del que tienen, y que se llama "paso andador". Este paso, que no fatiga al jinete y es muy veloz, se efectúa precisamente, avanzando al mis­mo tiempo las patas del mismo lado, como la jirafa y el aguará–guazú.

En nuestro zoo, detrás del pabellón de las grandes fieras, había hace tiempo un aguará–guazú que iba constantemente de un lado a otro, con su gran paso fantástico. Creo que murió al poco tiempo de estar encerrado, co­mo mueren todos los aguarás a quienes se priva de su libertad.

Yo también perdí a mis aguaracitos: pero no de tristeza –¡pobreci­tos!– sino por la mala alimentación. Yo les di leche tibia cada tres horas, los abrigaba de noche, les frotaba el cuerpecito con un cepillo para reem­plazar a la lengua de las madres que lamen horas enteras a sus cachorros. Hice cuanto puede hacer un hombre solo y desprovisto de recursos para criar tres fieras recién nacidas.

Durante dos semanas, y mientras duró la leche condensada, no hubo novedad alguna. A los siete días los cachorritos caminaban ya gravemente, aunque todavía un poco de costado. Tenían los ojos de un azul ceniciento y desvanecido. Miraban con gran atención las cosas, aunque apenas veían. Y cuando una mosca se plantaba delante de ellos, bufaban de susto, echán­dose atrás.

Como yo venía a ser su madre para ellos, me seguían por todas partes, pegados a mis botas, debiendo yo tener gran cuidado para no pisarlos. To­maban de mi mano la mamadera que construí con un recipiente de tomar mate y un trapito arrollado.

Nunca se hallaban más a gusto conmigo que a la hora de mamar. Pe­ro el día que, previendo la falta de leche, les di un pedacito de pava del monte para irlos acostumbrando al cambio de alimentación, ese día no re­conocí a mis hijos.

Apenas olfatearon la carne en mi mano, se agitaron como locos, bus­cándola desesperadamente entre mis dedos, y cuando les hube dado a cada uno su presa de ave, se alejaron cada cual por su lado y con el pescuezo ba­jo, a esconderse entre el pasto para devorar su presa.

Yo los seguí uno por uno para ver cómo procedían. Pero apenas me sintieron, se erizaron en una bolita colérica, enseñándome los dientes. Ya comenzaban a ser fieras.

A nadie en el mundo sino a mí conocían y querían. Tomaban de mi mano su mamadera, gruñendo imperceptiblemente de satisfacción. Y ha­bía bastado un trozo de carne para despertar en ellos bruscamente su con­dición de fieras salvajes y cazadoras, que defienden ferozmente su presa. Y ante mí mismo, que los había criado y era su madre para ellos.

Al concluirse el segundo tarro de leche, yo supuse que mis tres aguaracitos debían hallarse ya acostumbrados a la alimentación carnívora, úni­co alimento que yo podía proporcionarles en adelante. Pero no fue así. Al suprimirles la leche, decayeron de golpe. Los tres comenzaron a sufrir des­composturas de vientre que no los dejaban ni descansar. Tenían el cuerpo muy caliente, y salían del cajón con el pelo erizado y tambaleándose.

Cuando yo les silbaba, volvían lentamente la cabeza a todos lados, sin lograr verme. Tenían ya en los ojos un velo lechoso, como los animales y las mismas personas en agonía. Las descomposturas de vientres se hicieron cada vez más continuas hasta que una mañana los tres aguaracitos amane­cieron muertos, en su cajón, y ya cubiertos de hormigas.

Esta es, chiquitos, la corta historia de tres zorritos salvajes privados de su madre desde el nacer, y a quienes un hombre desprovisto de todos los recursos hizo lo posible para prolongar la vida. Muchas veces, allí, en Buenos Aires, al pasar delante de las lecherías tan baratas, me he acorda­do de aquellos pobres cachorritos de teta, envenenados por la alimentación carnívora.

Recuérdenlo también ustedes, hijitos míos. No críen animales si no pueden proporcionarles la misma alimentación que tendrían junto a su ma­dre. Muchísimo más que por debilidad, mueren los pichones y cachorros por exceso de comida. Los empachos de harina de maíz han matado más tórtolas que la más atroz hambre.

Robar un animalito a su nido para criarlo por diversión, por jugue­te, sabiendo que fatalmente va a morir, es un asesinato que los mismos pa­dres enseñan a veces a sus criaturas. Y no lo hagan ustedes, nunca chiqui­tos míos.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

martes, 28 de septiembre de 2010

El Paso del Yabebirí

En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque "Yabebirí" quiere decir precisamente, "Río de las rayas". Hay tantas, que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar rengueando media legua para llegar a su casa: el hombre iba llorando y cayéndose de dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se puede sentir.

Como en el Yabebirí hay también muchos otros peces, algunos hombres van a cazarlos con bombas de dinamita. Tiran una bomba al río, matando millones de pescados. Todos los pescados que están cerca mueren, aunque sean grandes como una casa. Y mueren también todos los chiquitos, que no sirven para nada.

Ahora bien; una vez un hombre fue a vivir allá, y no quiso que tiraran bombas de dinamita, porque tenía lástima de los pescaditos. El no se oponía a que pescaran en el río para comer; pero no quería que mataran inútilmente a millones de pescaditos.

Los hombres que tiraban bombas se enojaron al principio, pero como el hombre tenía un carácter serio, aunque era muy bueno, los otros se fueron a cazar a otra parte, y todos los pescados quedaron muy contentos. Tan contentos y agradecidos estaban a su amigo que había salvado a los pescaditos, que lo conocían apenas se acercaba a la orilla. Y cuando él andaba por la costa fumando, las rayas lo seguían arrastrándose por el barro, muy contentas de acompañar a su amigo. El no sabía nada, y vivía feliz en aquel lugar.

Y sucedió que una vez, una tarde, un zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí, y metió las patas en el agua, gritando:
-¡Eh, rayas! ¡Ligero! Ahí viene el amigo de ustedes, herido.

Las rayas, que lo oyeron, corrieron ansiosas a la orilla. Y le preguntaron al zorro:
-¿Qué pasa? ¿Dónde está el hombre?
-¡Ahí viene!-gritó el zorro de nuevo. ¡Ha peleado con un tigre! ¡El tigre viene corriendo! ¡Seguramente va a cruzar a la isla! ¡Denle paso, porque es un hombre bueno!
-¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo que le vamos a dar paso! -contestaron las rayas. ¡Pero lo que es el tigre, ése no va a pasar! -¡Cuidado en él!-gritó aún el zorro. ¡No se olviden de que es el tigre!

Y pegando un brinco, el zorro entró de nuevo en el monte.
Apenas acababa de hacer esto, cuando el hombre apartó las ramas y pareció todo ensangrentado y con la camisa rota.

La sangre le caía por la cara y el pecho hasta el pantalón, y desde las arrugas del pantalón, la sangre caía a la arena. Avanzó tambaleando hacia la orilla, porque estaba muy herido, y entró en el río. Pero apenas puso un pie en el agua, las rayas que estaban amontonadas se apartaron de su paso, y el hombre llegó con el agua al pecho hasta la isla, sin que una raya lo picara. Y conforme llegó, cayó desmayado en la misma arena, por la gran cantidad de sangre que había perdido.

Las rayas no habían aún tenido tiempo de compadecer del todo a su amigo moribundo, cuando un terrible rugido les hizo dar un brinco en el agua.

-¡El tigre! ¡El tigre! -gritaron todas, lanzándose como una flecha a la orilla.
En efecto, el tigre que había peleado con el hombre y que lo venía persiguiendo había llegado a la costa del Yabebirí. El animal estaba también muy herido, y la sangre le corría por todo el cuerpo. Vio al hombre caído como muerto en la isla, y lanzando un rugido de rabia, se echó al agua, para acabar de matarlo.

Pero apenas hubo metido una pata en el agua, sintió como si le hubieran clavado ocho o diez terribles clavos en las patas, y dio un salto atrás: eran las rayas, que defendían el paso del río, y le habían clavado con toda su fuerza el aguijón de la cola.

El tigre quedó roncando de dolor, con la pata en el aire; y al ver toda el agua de la orilla turbia como si removieran el barro del fondo, comprendió que eran las rayas que no lo querían dejar pasar. Y entonces gritó enfurecido:

-¡Ah, ya sé lo que es! ¡Son ustedes, malditas rayas! ¡Salgan del camino!
-¡No salimos!-respondieron las rayas.
-¡Salgan!
-¡No salimos! ¡El es un hombre bueno! ¡No hay derecho para matarlo!
-¡El me ha herido a mí!
-¡Los dos se han herido! ¡Esos son asuntos de ustedes en el monte! ¡Aquí está bajo nuestra protección!... ¡No se pasa!
-¡Paso! -rugió por última vez el tigre.
-¡NI NUNCA!-respondieron las rayas.
(Ellas dijeron "ni nunca" porque así dicen los que hablan guaraní, como en Misiones).
-¡Vamos a ver!-bramó aún el tigre. Y retrocedió para tomar impulso y dar un enorme salto.

El tigre sabía que las rayas están casi siempre en la orilla; y pensaba que si lograba dar un salto muy grande acaso no hallara más rayas en el medio del río, y podría así comer al hombre moribundo.

Pero las rayas lo habían adivinado y corrieron todas al medio del río, pasándose la voz:
-¡Fuera de la orilla! -gritaban bajo el agua. Adentro! ¡A la canal! ¡A la canal ¡A la canal!

Y al segundo el ejército de rayas se precipitó río adentro, a defender el paso, a tiempo que el tigre daba su enorme salto y caía en medio del agua. Cayó loco de alegría, porque en el primer momento no sintió ninguna picadura, y creyó que las rayas habían quedado todas en la orilla, engañadas...

Pero apenas dio un paso, una verdadera lluvia de aguijonazos, como puñaladas de dolor, lo detuvieron en seco: eran otra vez las rayas, que le acribillaban las patas a picaduras.

El tigre quiso continuar, sin embargo, pero el dolor eran tan atroz, que lanzó un alarido y retrocedió corriendo como loco a la orilla. Y se echó en la arena de costado, porque no podía más de sufrimiento; y la barriga subía y bajaba como si estuviera cansadísimo.

Lo que pasaba es que el tigre estaba envenenado con el veneno de las rayas.
Pero aunque habían vencido al tigre las rayas no estaban tranquilas porque tenían miedo de que viniera la tigra y otros tigres, y otros muchos más... Y ellas no podrían defender más el paso.

En efecto, el monte bramó de nuevo, y apareció la tigra, que se puso loca de furor al ver al tigre tirado de costado en la arena. Ella vio también el agua turbia por el movimiento de las rayas, y se acercó al río. Y tocando casi el agua con la boca, gritó:

-¡Rayas! ¡Quiero paso!
-¡No hay paso! -respondieron las rayas.
-¡No va a quedar una sola raya con cola, si no dan paso!-rugió la tigra.
-¡Aunque quedemos sin cola, no se pasa!-respondieron ellas.
-¡Por última vez, paso!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas.

La tigra, enfurecida, había metido sin querer una pata en el agua, y una raya, acercándose despacio, acababa de clavarle todo el aguijón entre los dedos. Al bramido de dolor del animal, las rayas respondieron, sonriéndose: -¡Parece que todavía tenemos cola!

Pero la tigra había tenido una idea, y con esa idea entre las cejas, se alejaba de allí, costeando el río aguas arriba, y sin decir una palabra.

Mas las rayas comprendieron también esta vez cuál era el plan de su enemigo. El plan de su enemigo era éste: pasar el río por otra parte, donde las rayas no sabían que había que defender el paso. Y una inmensa ansiedad se apoderó entonces de las rayas.

-¡Va a pasar el río aguas más arriba!-gritaron. ¡No queremos que mate al hombre! ¡Tenemos que defender a nuestro amigo!

Y se revolvían desesperadas entre el barro, hasta enturbiar el río.
-¡Pero qué hacemos!-decían. Nosotras no sabemos nadar ligero... ¡La tigra va a pasar antes que las rayas de allá sepan que hay que defender el paso a toda costa!

Y no sabían qué hacer. Hasta que una rayita muy inteligente, dijo de pronto:
-¡Ya está! ¡Que vayan los dorados! ¡Los dorados son amigos nuestros! ¡Ellos nadan más ligero que nadie!
-¡Eso es! -gritaron todas. ¡Que vayan los dorados!

Y en un instante la voz pasó y en otro instante se vieron ocho o diez filas de dorados, un verdadero ejército de dorados que nadaban a toda velocidad aguas arriba, y que iban dejando surcos en el agua, como los torpedos.

A pesar de todo, apenas tuvieron tiempo de dar la orden de cerrar el paso a los tigres; la tigra ya había nadado, y estaba ya por llegar a la isla.

Pero las rayas habían corrido ya a la otra orilla, y en cuanto la tigra hizo pie, las rayas se abalanzaron contra sus patas, deshaciéndolas a aguijonazos. El animal, enfurecido y loco de dolor, bramaba, saltaba en el agua, hacía volar nubes de agua a manotones.

Pero las rayas continuaban precipitándose contra sus patas, cerrándole el paso de tal modo, que la tigra dio vuelta, nadó de nuevo y fue a echarse a su vez a la orilla, con las cuatro patas monstruosamente hinchadas; por allí tampoco se podía ir a comer al hombre.

Mas las rayas estaban también muy cansadas. Y lo que es peor, el tigre y la tigra habían acabado por levantarse y entraban en el monte.

¿Qué iban a hacer? Esto tenía muy inquietas a las rayas, y tuvieron una larga conferencia. Al fin dijeron:
-¡Ya sabemos lo que es. Van a ir a buscar a los otros tigres y van a venir todos. Van a venir todos los tigres y van a pasar!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas más jóvenes y que no tenían tanta experiencia.
-¡Sí, pasarán, compañeritas!-respondieron tristemente las más viejas. Si son muchos acabarán por pasar... Vamos a consultar a nuestro amigo.

Y fueron todos a ver al hombre, pues no habían tenido tiempo aún de hacerlo, por defender el paso del río.

El hombre estaba siempre tendido, porque había perdido mucha sangre, pero podía hablar y moverse un poquito. En un instante las rayas le contaron lo que había pasado, y cómo habían defendido el paso a los tigres que lo querían comer. El hombre herido se enterneció mucho con la amistad de las rayas que le habían salvado la vida, y dio la mano con verdadero cariño a las rayas que estaban más cerca de él. Y dijo entonces:

-¡No hay remedio! Si los tigres son muchos, y quieren pasar, pasarán...
-¡No pasarán!-dijeron las rayas chicas. ¡Usted es nuestro amigo y no van a pasar!
-¡Sí, pasarán, compañeritas!-dijo el hombre. Y añadió hablando en voz baja:
-El único modo sería mandar a alguien a casa a buscar el Winchester con muchas balas... pero yo no tengo ningún amigo en el río, fuera de los pescados... y ninguno de ustedes sabe andar por la tierra.
-¿Qué hacemos entonces? -dijeron las rayas ansiosas.
-A ver, a ver...-dijo entonces el hombre, pasándose la mano por la frente, como si recordara algo. Yo tuve un amigo... un carpinchito que se crió en casa y que jugaba con mis hijos... Un día volvió otra vez al monte y creo que vivía aquí, en el Yabebirí... pero no sé dónde estará...

Las rayas dieron entonces un grito de alegría:
-¡Ya sabemos! ¡Nosotros lo conocemos! ¡Tiene su guarida en la punta de la isla! ¡El nos habló una vez de usted! ¡Lo vamos a mandar buscar enseguida!

Y dicho y hecho: un dorado muy grande voló río abajo a buscar al carpinchito; mientras el hombre disolvía una gota de sangre seca en la palma de la mano, para hacer tinta, y con una espina de pescado, que era la pluma, escribió en una hoja seca, que era el papel. Y escribió esta carta: Mándenme con el carpinchito el Winchester y una caja entera de veinticinco balas...

Apenas acabó el hombre de escribir, el monte entero tembló con un sordo rugido: eran todos los tigres que se acercaban a entablar la lucha. Las rayas llevaban la carta con la cabeza afuera del agua para que no se mojara, y se la dieron al carpinchito, el cual salió corriendo por entre el pajonal a llevarla a la casa del hombre.

No quedó raya en todo el Yabebirí que no recibiera orden de concentrarse en las orillas del río, alrededor de la isla. De todas partes, de entre las piedras, de entre el barro, de la boca de los arroyitos, de todo el Yabebirí entero, las rayas acudían a defender el paso contra los tigres. Y por delante de la isla, los dorados cruzaban y recruzaban a toda velocidad.

Ya era tiempo, otra vez; un inmenso rugido hizo temblar el agua misma de la orilla, y los tigres desembocaron en la costa.
Eran muchos; parecía que todos los tigres de Misiones estuvieran allí. Pero el Yabebirí entero hervía también de rayas, que se lanzaron a la orilla, dispuestas a defender a todo trance el paso.

-¡Paso a los tigres!
-¡No hay paso!-respondieron las rayas.

Y ya era tiempo, porque los rugidos, aunque lejanos aún, se acercaban velozmente. Las rayas reunieron entonces a los dorados que estaban esperando órdenes, y les gritaron:

-¡Ligero, compañeros! ¡Recorran todo el río y den la voz de alarma! ¡Que todas las rayas estén prontas en todo el río! ¡Que se encuentren todas alrededor de la isla! ¡Veremos si van a pasar!

Y el ejército de dorados voló enseguida, río arriba y río abajo, haciendo rayas en el agua con la velocidad que llevaban.
-¡Paso, de nuevo!
-¡No se pasa!
-¡No va a quedar raya, ni hijo de raya, ni nieto de raya, si no dan paso!
-¡Es posible!-respondieron las rayas. ¡Pero ni los tigres, ni los hijos de tigres, ni los nietos de tigres, ni todos los tigres del mundo van a pasar por aquí!

Así respondieron las rayas. Entonces los tigres rugieron por última vez:
-¡Paso pedimos!
-¡NI NUNCA!

Y la batalla comenzó entonces. Con un enorme salto los tigres se lanzaron al agua. Y cayeron todos sobre un verdadero piso de rayas. Las rayas les acribillaron las patas a aguijonazos, y a cada herida los tigres lanzaban un rugido de dolor. Pero ellos se defendían a zarpazos, manoteando como locos en el agua. Y las rayas volaban por el aire con el vientre abierto por las uñas de los tigres.

El Yabebirí parecía un río de sangre. Las rayas morían a centenares... pero los tigres recibían también terribles heridas, y se retiraban a tenderse y bramar en la playa, horriblemente hinchados.

Las rayas, pisoteadas, deshechas por las patas de los tigres, no desistían; acudían sin cesar a defender el paso. Algunas volaban por el aire, volvían a caer al río, y se precipitaban de nuevo contra los tigres.

Media hora duró esta lucha terrible. Al cabo de esa media hora, todos los tigres estaban otra vez en la playa, sentados de fatiga y rugiendo de dolor; ni uno solo había pasado.

Pero las rayas estaban también deshechas de cansancio. Muchas, muchísimas habían muerto. Y las que quedaban vivas dijeron:
-No podremos resistir dos ataques como éste. ¡Que los dorados vayan a buscar refuerzos! ¡Que vengan enseguida todas las rayas que haya en el Yabebirí!

Y los dorados volaron otra vez río arriba y río abajo, e iban tan ligero que dejaban surcos en el agua, como los torpedos.
Las rayas fueron entonces a ver al hombre.

-¡No podremos resistir más! -le dijeron tristemente las rayas. Y aún algunas rayas lloraban, porque veían que no podrían salvar a su amigo.
-¡Váyanse, rayas!-respondió el hombre herido. ¡Déjenme solo! ¡Ustedes han hecho ya demasiado por mí! ¡Dejen que los tigres pasen!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas en un solo clamor. ¡Mientras haya una sola raya viva en el Yabebirí, que es nuestro río, defenderemos al hombre bueno que nos defendió antes a nosotras!

El hombre herido exclamó entonces, contento:
-¡Rayas! ¡Yo estoy casi por morir, y apenas puedo hablar; pero yo les aseguro que en cuanto llegue el Winchester, vamos a tener farra para largo rato; ésto yo se lo aseguro a ustedes!
-¡Sí, ya lo sabemos!-contestaron las rayas entusiasmadas.

Pero no pudieron concluir de hablar, porque la batalla recomenzaba. En efecto: los tigres, que ya habían descansado, se pusieron bruscamente en pie, y agachándose como quien va a saltar, rugieron:

-¡Por última vez, y de una vez por todas: paso!
-¡NI NUNCA! -respondieron las rayas lanzándose a la orilla.

Pero los tigres habían saltado a su vez al agua y recomenzó la terrible lucha. Todo el Yabebirí, ahora de orilla a orilla estaba rojo de sangre, y la sangre hacía espuma en la arena de la playa. Las rayas volaban deshechas por el aire y los tigres bramaban de dolor; pero nadie retrocedía un paso.

Y los tigres no sólo no retrocedían, sino que avanzaban. En balde el ejército de dorados pasaba a toda velocidad río arriba y río abajo, llamando a las rayas: las rayas se habían concluido; todas estaban luchando frente a la isla y la mitad había muerto ya y las que quedaban estaban todas heridas y sin fuerzas.

Comprendieron entonces que no podrían sostenerse un minuto más, y que los tigres pasarían; y las pobres rayas, que preferían morir antes que entregar a su amigo, se lanzaron por última vez contra los tigres. Pero ya todo era inútil. Cinco tigres nadaban ya hacia la costa de la isla. Las rayas, desesperadas, gritaron:

-¡A la isla! ¡Vamos todas a la otra orilla!

Pero también ésto era tarde: dos tigres más se habían echado a nado, y en un instante todos los tigres estuvieron en medio del río, y no se veía más que sus cabezas.

Pero también en ese momento un animalito, un pobre animalito colorado y peludo cruzaba nadando a toda fuerza el Yabebirí: era el carpinchito, que llegaba a la isla llevando el Winchester y las balas en la cabeza para que no se mojaran.

El hombre dio un gran grito de alegría, porque le quedaba tiempo para entrar en defensa de la rayas. Le pidió al carpinchito que lo empujara con la cabeza para colocarse de costado, porque él solo no podía; y ya en esta posición cargó el Winchester con la rapidez de un rayo.

Y en el preciso momento en que las rayas, desgarradas, aplastadas, ensangrentadas, veían con desesperación que habían perdido la batalla y que los tigres iban a devorar a su pobre amigo herido, en ese momento oyeron un estampido, y vieron que el tigre que iba delante y pisaba ya la arena, daba un gran salto y caía muerto, con la frente agujereada de un tiro.

-¡Bravo, bravo! -clamaron las rayas, locas de contentas. ¡El hombre tiene el Winchester! ¡Ya estamos salvadas!
Y enturbiaban toda el agua verdaderamente locas de alegría. Pero el hombre proseguía tranquilo tirando, y cada tiro era un nuevo tigre muerto. Y a cada tigre que caía muerto lanzando un rugido, las rayas respondían con grandes sacudidas de la cola.

Uno tras otro, como si el rayo cayera entre sus cabezas, los tigres fueron muriendo a tiros. Aquello duró solamente dos minutos. Uno tras otro se fueron al fondo del río, y allí las palometas los comieron. Algunos boyaron después, y entonces los dorados los acompañaron hasta el Paraná, comiéndolos, y haciendo saltar el agua de contentos.

En poco tiempo las rayas, que tienen muchos hijos, volvieron a ser tan numerosas como antes. El hombre se curó, y quedó tan agradecido a las rayas que le habían salvado la vida, que se fue a vivir a la isla.

Y allí, en las noches de verano le gustaba tenderse en la playa y fumar a la luz de la luna, mientras las rayas, hablando despacito, se lo mostraban a los pescados que no le conocían, contándoles la gran batalla que, aliadas a ese hombre, habían tenido una vez contra los tigres.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

domingo, 12 de septiembre de 2010

La Guerra de los Yacarés

En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna.

Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque creía haber sentido ruido. Prestó oídos y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.

-¡Despiértate! -le dijo. Hay peligro.
-¿Qué cosa? -respondió el otro, alarmado.
-No sé -contestó el yacaré que se había despertado primero. Siento un ruido desconocido.

El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado para otro con la cola levantada.
Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en el río como si golpearan el agua muy lejos.

Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?
Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente:

-¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz! El agua cae para atrás.

Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban:
-¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!

Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca.
-¡No tengan miedo! -les gritó. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!

Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero enseguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa, llena de humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río.

El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado, diciéndoles que eso era una ballena.

-¡Eso no es una ballena! -le gritaron en las orejas, porque era un poco sordo. ¿Qué es eso que pasó?

El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque seguía pasando.

Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si el vapor seguia pasando? Estaba bien loco, el pobre yacaré viejo!
Y como tenían hambre se pusieron a buscar pescados.

Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado. Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había más pescados.

-¿No les decía yo? -dijo entonces el viejo yacaré. Ya no tenemos nada que comer. Todos los pescados se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y los pescados volverán cuando no tengan más miedo.

Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el cielo.

-Bueno -dijeron entonces los yacarés-; el buque pasó ayer, pasó hoy, y pasará mañana. Ya no habrá más pescados ni bichos que vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.
-Sí, un dique! ¡Un dique! -gritaron todos, nadando a toda fuerza hacia la orilla. Hagamos un dique!

Enseguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.

Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar.

En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del chasco que se había llevado el vapor.

El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:

-¡Eh, yacarés!
-¡Qué hay! -respondieron los yacarés, sacando la cabeza por entre los troncos del dique.
-¡Nos esta estorbando eso! -continuaron los hombres.
-¡Ya lo sabemos!
-¡No podemos pasar!
-¡Es lo que queremos!
-¡Saquen el dique!
-¡No lo sacamos!

Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron después:
-¡Yacarés!
-¿Qué hay? -contestaron ellos.
-¿No lo sacan?
-¡No!
-¡Hasta mañana, entonces!
-¡Hasta cuando quieran!

Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contentos, daban tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí y siempre, siempre, habría pescados.

Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése? ¿Ese también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni ningún otro!

-¡No, no va a pasar! -gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual a su puesto entre los troncos.

El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó un bote que se acercó al dique.
Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:

-¡Eh, yacarés!
-¡Qué hay! -respondieron éstos.
-¿No sacan el dique?
-No.
-¿No?
-¡No!
-Está bien -dijo el oficial. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos.
-¡Echen! -contestaron los yacarés.

Y el bote regresó al buque.
Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra, un acorazado, con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:

-¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!

Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos únicamente fuera del agua. En ese mismo momento, del buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y enseguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía saltar por el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente afuera, vieron pasar el buque de guerra, silbando a toda fuerza.

Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:
-Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.

Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique, con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique.

-¡Eh, yacarés!-gritó el oficial.
-¡Qué hay! -respondieron los yacarés.
-¡Saquen ese otro dique!
-¡No lo sacamos!
-¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!
-¡Deshagan... si pueden!

Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo.

Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible estampido la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó, redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los hombres les hacían burlas tapándose la boca.

-Bueno -dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua. Vamos a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no volverán.

Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.

El viejo yacaré dijo entonces:
-Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí. Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. El vio un combate entre dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés, tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.

El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de su torpedo. Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo y el dueño del torpedo era uno de éstos.

-¡Eh, Surubí! -gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta, sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
-¿Quién me llama? -contestó el Surubí.
-¡Somos nosotros, los yacarés!
-¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes -respondió el Surubí, de mal humor.

Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
-¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
-¡Ah, no te había conocido! -le dijo cariñosamente a su viejo amigo. ¿Qué quieres?
-Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro y lo echó también a pique. Los pescados se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a pique a él.

El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
-Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?

Ninguno sabía, y todos callaron.
-Está bien -dijo el Surubí, con orgullo-, yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso.

Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de éste al cuello de aquél, formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó al torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés uno detrás de otro se habían concluido, el Surubí se prendió con los dientes de la cola del último yacaré, y así emprendieron la marcha.

El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían construido su último dique, y comenzaron enseguida otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos, uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.

Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado.

-¡Eh, yacarés! -gritó el oficial.
-¡Qué hay! -respondieron los yacarés.
-¿Otra vez el dique?
-¡Sí, otra vez!
-¡Saquen ese dique!
-¡Nunca!
-¿No lo sacan?
-¡No!
-¡Bueno; entonces, oigan -dijo el oficial-: Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo, ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca.

El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:
-Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes? -añadió, abriendo su inmensa boca.
-¿Qué van a comer, a ver? -respondieron los marineros.
-A ese oficialito -dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.

Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. Enseguida, los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.

De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.

Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:
-Suelten el torpedo, ligero, suelten!

Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.

¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.

Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombre que estaban en él lo vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.
Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó.

No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.

Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.

Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.

No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.

-¿Quién es ése? -preguntó un yacarecito ignorante.
-Es el oficial -le respondió el Surubí. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.

Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí.

El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una víbora, el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.

Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas.

Pero no quieren saber nada de buques de guerra.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

viernes, 11 de junio de 2010

El Loro Pelado

Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.

Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.

Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.

Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: "¡Buen día. lorito!..." "¡Rica la papa!..." "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.

Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.

Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
-"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!..."-y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.

Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
-¿Qué será?-se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..." ¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!..."

El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.

-¡Buen día, tigre!-le dijo-. "¡La pata, Pedrito!..."
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió:
-¡Bu-en-día!
-¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!..."

Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
-¡Rico té con leche!-le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?

Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
-¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!

El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.

-¡Rica papa, en casa! -repitió, gritando cuanto podía.
-¡Más cer-ca! ¡No oi-go! -respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
-¡Rico té con leche!
-¡Más cer-ca toda-vía! -repitió el tigre.

El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.
-¡Tomá! -rugió el tigre. Andá a tomar té con leche...

El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.

Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor; con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.

Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
- ¿Dónde estará Pedrito? -decían. Y llamaban: ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.

Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.

Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.

-¡Pedrito, lorito! -le decían. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!

Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.

Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había pasado: un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:
-¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.

El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.

Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.

Entonces el loro se puso a gritar:
-¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...

El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
-¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
-¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ÁRBOL !

Al oír estas últimas palabras, el tigre, lanzó un rugido y se levantó de un salto.
-¿Con quién estás hablando? -bramó. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
-¡A nadie, a nadie! -gritó el loro. "¡Buen día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ... "
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
-¡Rica papa! ... " ¡ATENCIÓN!
-¡Más cer-ca aun! -rugió el tigre, agachándose para saltar.
-¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR!

Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.

Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado, ¡y bien vengado! del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.

Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.

-¡Rica papa!... -le decía. ¿Querés té con leche? ¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

viernes, 14 de mayo de 2010

La Gama Ciega

Había una vez un venado -una gama-, que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó sólo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados.
Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de los venados. Y dice así:

I

Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

II

Hay que mirar bien el río y quedarse quieta antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.

III

Cada media hora hay que levantar bien alto la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.

IV

Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos para ver si hay víboras.

Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola.

Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenía un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.
Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apuradas por encima.

La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así.

En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente.

-Ten mucho cuidado, mi hija -le dijo-, con los nidos de abejas. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas.
La gamita gritó contenta:
-¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí pican, las abejas, no.
-Estás equivocada, mi hija -continuó la madre-. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija; porque me vas a dar un gran disgusto.
-Sí, mamá! ¡Sí mamá!-respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.

Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica.

Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas creyó que su mamá exageraba, como exageran siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido.

¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de avispas que la picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.

La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.
Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente.
-¡Mamá... ¡Mamá! ...

Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil, con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita.

La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno.

La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al Oso Hormiguero, que era gran amigo del hombre.

Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio.

Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil, porque viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola.

¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el Oso Hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos.
La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.

-¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! -llamó jadeante.
-¿Quién es?-respondió el Oso Hormiguero.
-¡Soy yo, la gama!
-¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?
-Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega.
-¿Ah, la gamita?-le respondió el Oso Hormiguero-. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y la atenderá.

Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos venenosos.
-Muéstrele esto- dijo aún el comedor de hormigas-. No se precisa más.
-¡Gracias, Oso Hormiguero!- respondió contenta la gama-. Usted también es una buena persona.

Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.
Al pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la puerta del cazador.

-¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!- golpearon.
-¿Qué hay?- respondió una voz de hombre, desde adentro.
-¡Somos las gamas!... ¡ Tenemos la cabeza de víbora!

La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran amigas del Oso Hormiguero.
-¡Ah, ah!- dijo el hombre, abriendo la puerta-. ¿Qué pasa?
Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.
Y contó al cazador toda la historia de las abejas.

-¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita- dijo el cazador. Y volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello.

-Esto no es gran cosa- dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita-. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches, y téngala veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se curará.
-¡Muchas gracias, cazador!- respondió la madre, muy contenta y agradecida-. ¿Cuánto le debo?
-No es nada- respondió sonriendo el cazador-. Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene perros para seguir el rastro de los venados.

Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento, Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba balando.

Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero solo la gama supo cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:
-¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!

Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al ver curada su gamita.
Y se curó del todo; Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella, y no sabía cómo.

Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados, buscando plumas de garza para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega que él había curado.

Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto muy contento porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.

El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contenta.

Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba las horas charlando con el hombre. El ponía siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa de leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían el alero de paja del rancho.

Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el jarrito con miel y la servilleta, mientras él tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien conocido.

Leer los comentarios
  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS
 
Adaptación de la Plantilla para Blogger por e-nomad