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miércoles, 11 de enero de 2012

Piel de Asno

Un rey rico y poderoso, pero anciano y malo, estaba empeñado en casarse con una damisela de la corte, bellísima y muy joven. Ella no quería y pidió ayuda a su madrina.

- Al rey nunca se le puede decir que no -pensó la mujer. - Pero se pueden poner condiciones absurdas. Pídele la piel de su asno.

Se trataba de un asno mágico al que el rey debía todo su poder; por tanto, se suponía que no querría sacrificarlo. Pero el rey no tardó en enviar a la joven lo que había pedido.

Sólo le quedaba una solución: huir. La joven se puso la piel del asno para que no la reconocieran y se refugió en un país vecino. Para vivir trabajó de criada en una posada; lo hacía todo bien, especialmente las tartas.

Nunca se quitaba su disfraz, que le daba un aspecto horrible, pero seguro. Sólo en la soledad de su habitación se lavaba y peinaba con cuidado y se ponía su rico vestido cortesano, que había llevado con ella.

Un día llegó a la posada el hijo del rey. Halló una puerta cerrada y, curioso, miró por el ojo de la cerradura: vio una muchacha tan hermosa que se enamoró inmediatamente de ella. Preguntó y le dijeron que allí sólo estaba Piel de Asno, una criada sucia y harapienta que no merecía ni un solo minuto de atención de su alteza.

El príncipe tuvo que rendirse a la evidencia; pero enfermó de amor y dejó de comer. Dijo que sólo comería una tarta que hiciera para él Piel de Asno. Sus padres, desesperados, mandaron la orden a la posada. Al hacer la masa la criada perdió, sin darse cuenta, su anillo. El príncipe lo encontró en la tarta y lo reconoció inmediatamente: él lo había visto por el ojo de la cerradura e ideó una estratagema.

El príncipe dijo que quería casarse con la joven a quien ajustara perfectamente el anillo. Con tal de verlo contento, el rey y la reina también le concedieron ésto, sobre todo porque un dedo tan fino como para que entrara aquel diminuto anillo sólo podía pertenecer a una gran dama.

Comenzaron las pesquisas y, al final, el anillo se lo probó también Piel de Asno.La criada no tuvo dificultad en demostrar que el anillo era suyo y que ella era la hermosa joven que el príncipe había visto en la posada. Todo se aclaró y la fastuosa boda se celebró aquel mismo día con gran alegría de todos los súbditos del reino.

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jueves, 30 de junio de 2011

Pulgarcito

En algún lugar del mundo, hace ya mucho tiempo, hubo una vez un pobre leñador y su mujer, que tenían siete hijos.

El más pequeño de todos era el más inteligente, y como su altura no era más que la de un dedo pulgar, le llamaban Pulgarcito.

Por aquellos tiempos hubo un hambre terrible en la región. Como el leñador y la leñadora no tenían comida para darles a sus siete hijos, decidieron dejarlos abandonados en el bosque cercano.

Pulgarcito, que se temía algo, escuchó la conversación de sus padres, se levantó de la caja de cerillas donde dormía y buscó por la cabaña las migajas de pan que habían quedado de la cena; después las guardó en uno de sus bolsillos.

A la mañana siguiente, los padres decidieron ir al bosque a buscar leña y así se lo comunicaron a sus hijos, los cuales se pusieron muy contentos, pues podrían jugar durante todo el día.

Pulgarcito, que sabía lo que iba a pasar, dejaba caer las miguitas de pan a lo largo del camino, para que luego pudieran volver a la cabaña donde vivían.

Después de unas horas, el leñador y la leñadora, con lágrimas en los ojos, los engañaron y se volvieron a casa, dejándolos perdidos. Pulgarcito, cuando llegó la noche, vio que no encontraban a sus padres, dijo a sus hermanos que él sabía cómo podían volver a casa; pero se enfureció mucho al comprobar que las migajas de pan que había dejado caer para conocer el camino, se las habían comido los pájaros.

Perdidos en el bosque, no sabían dónde dirigirse. Pulgarcito les dijo que buscarían un sitio donde poder dormir. Y, después de mucho andar, vieron a lo lejos una pequeña luz que salía de la ventana de una casa.

Los siete niños llegaron a la casa. Llamaron, y salió a abrirles una mujer gigantesca. Les dijo que se marcharan pues su marido, que era un Ogro furioso, los mataría. Pero al verlos tan asustados y con tanta hambre, les hizo pasar, les dio de cenar y los acostó en la misma cama de sus siete hijos, que dormían ya.

Cuando llegó el Ogro, notó que olía de una manera distinta a la de siempre; se acercó a la cama de sus hijos y, al ver que había otros siete, puso a los suyos una corona de oro y le dijo a su mujer:

- A los otros me los llevaré mañana y los mataré.

Pulgarcito esperó a que el Ogro y su mujer estuvieran dormidos y después colocó las coronas de oro a la cabeza de sus hermanos y él mismo se puso la última.

Por la mañana, cuando salió el sol, el Ogro se levantó y, sin advertir el cambio, tomó a sus hijos, los metió en un saco grande y se los llevó para matarlos.

Pulgarcito esperó a que el Ogro se marchara, despertó a sus seis hermanos y se dieron a la fuga. El Ogro, al darse cuenta de que había sido engañado por Pulgarcito, montó en cólera, regresó a su cabaña, se puso sus botas de siete leguas y empezó a buscar a los niños.

Después de mucho rato, se cansó y se tumbó a dormir al lado de un río. Pulgarcito se acercó con sigilo, le quitó las botas, se las puso sin pérdida de tiempo y se fue llevando a sus hermanos hasta un sitio seguro, muy lejos del Ogro.

Con las mágicas botas de siete leguas fue a ver al rey y le dijo que podía ayudarles a ganar la guerra contra un rey malo de otro país. El rey accedió, y Pulgarcito, con sus botas, ganó la guerra. El rey lo nombró su consejero especial y lo invitó a vivir en su palacio.

Pulgarcito pudo ayudar a sus padres y hermanos y vivieron felices durante toda su vida.

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martes, 19 de abril de 2011

La Cenicienta

En un país remoto y fabuloso vivió una vez una linda muchachita llamada Violeta. Su casa era un palacio grande y hermoso con flores y pájaros; sus padres, unos padres maravillosos. Todo el mundo quería a los señores del castillo y a todos querían ellos.

Cada mañana, Violeta y sus padres sentían una dicha grande y desconocida, una felicidad que sobrepasaba la del día anterior.

Hasta que un nefasto día se acabaron las risas y las canciones: la mamá de Violeta murió y su padre, al poco, se desposaba con una mujer de falsa sonrisa, orgullosa y soberbia, que nunca sería una madre para la huérfana, sino la más cruel de las madrastras.

Además tenía dos hijas, Bertina y Bertolda, que habían heredado su carácter y que se le parecían en todas las cosas. Sobre no ser mucho mejor que su madre, eran completamente necias.

Violeta era de una dulzura y de una bondad ejemplares, pues ella se parecía en todo a su madre, que había sido la mejor mujer del mundo.

Apenas se hubo casado, la madrastra reveló su brusco temperamente. Nunca perdía ocasión de zaherir a su joven hijastra, mucho más hermosa que sus propias hijas, y no podía soportar las buenas cualidades de Violeta, que convertían a sus propias hijas en más odiosas todavía.

Bertina y Bertolda adquirían un tono verdoso, cuyo origen estaba basado en la envidia, cada vez que alguien alababa las cualidades de la desdeñada Violeta. Y para rebajarla y ajar su belleza, la madrastra le encargaba los más duros trabajos.

- Eh, tú, muchacha! Haz leña! Friega los suelos! Da de comer a los cerdos! Y olvídate de tu nombre, en adelante te llamarás Cenicienta.

- Cenicienta! -exclamaron sus necias hijas, riendo y palmoteando de placer.

Y así pasaban el día, burlándose de la muchacha, cuando no se hallaban frente al espejo, tratando de embellecerse, cosa bien difícil porque las pobrecillas ya no podían ser menos agraciadas.

Para colmo de males, el padre de Violeta tuvo que emprender un largo viaje y entonces la cruel mujer envió a su hijastra a dormir en la torre del granero, sobre la paja, mientras que sus hermanastras lo hacían en unas alcobas con ricas alfombras, donde sus camas tenían dosel y había grandes espejos de cuerpo entero en donde verse reflejadas.

Cencicienta sufría en silencio y en cuanto acababa sus obligaciones, por muy fatigada que estuviera, salía al camino y miraba lejos, muy lejos y con mucha ansia, esperando el regreso de su padre.

Una tarde, sentada tristemente en un ribazo, vio llegar al heraldo real, montado a caballo, con su trompeta y sus soldados de guardia y acudió ilusionada y presurosa.

Con cuánto deslumbramiento abrió los ojos al saber la novedad! Los reyes iban a dar un baile en honor del apuesto príncipe heredero! Un baile al que estaban invitadas todas las muchachas casaderas del reino!

- ¿Cómo será el príncipe? -murmuró Cenicienta para sí, imaginándolo hermoso, valiente y noble. Si ella pudiera bailar con él...

Al entrar en la casa encontró a sus hermanastras ante el espejo, junto a encajes, cintas y plumas, muy ocupadas en escoger los vestidos y los peinados que pudieran irles mejor.

-Yo –decía Bertina-, me pondré mi traje de terciopelo rojo y mi aderezo de Inglaterra.

-Yo –decía Bertolda-, me pondré mi falda de Francia, acompañada por mi mantón de flores de oro y mi diadema de diamantes, que no deja a nadie indiferente.

Cenicienta, que estaba pensando en el príncipe, olvidó la malevolencia de ellas y dijo alborozada, con su voz musical:

- ¿No sabéis? Todas las muchachas estamos invitadas al baile real...
- ¿Todas? -rió Bertina.
- ¿También tú? -se burló Bertolda.
- Sí, también yo -dijo tímidamente Cenicienta. Pero entonces vio centellear airados aquellos ojos negros de la orgullosa mujer y se estremeció.

- Vanidosa, desharrapada! ¿Tú, acudiendo al baile real? Jamás! Irán Bertina y Bertolda, que son importantes y tienen hermosos trajes. Y una de las dos se casará con el hijo del rey.
- Ooohhh...! -exclamaron a una sus tontas hijas, del todo extasiadas.

Como siempre, por orden de su madrastra, la pobre Cenicienta acabó junto al fogón, derramando lágrimas que ocultaba ante los demás.

Las hermanastras estuvieron cerca de dos días sin comer ya que deseaban lucir una buena figura. Mas a pesar de eso, se rompieron más de doce lazadas a fuerza de tirar para convertirles el talle en más breve, y ellas estaban siempre delante del espejo contemplándose.

Y llegó la gran noche del baile y aquellas tres crueles mujeres, con su cargamento de sedas, cintas, afeites y encajes, marcharon al palacio real. Cenicienta las siguió con los ojos durante mucho tiempo, hasta que ya dejó de verlas y entonces, se puso a sollozar.

No oyó piar a los pájaros, más ruidosamente que de costumbre, ni sintió un suave roce en el aire y tampoco se oyó llamar. Pero una luz vivísima hirió sus ojos llenos de lágrimas y pensó que estaba soñanado y que la misteriosa aparición se esfumaría al despertar.

Sí, sí! Sus ojos estaban viendo una figura como hecha de luz; flotaba en el aire y las hermosas avercillas del cielo no parecían experimentar temor para posarse sobre la figura hecha luz.

Una voz suave y dulce murmuró:
- Violeta, Violeta, deja ya de llorar. Tus penas pasarán y todos tus sueños se harán realidad.
- ¿Quién eres y cómo sabes mi verdadero nombre? -exclamó la muchacha, tendiéndole los brazos, como temerosa de que se le pudiera escapar.

Nunca los pájaros habían piado más alegremente ni evolucionado con tanto primor. ¿Sabían acaso que asistían a un hecho extraordinario? Sin duda sí.

- ¿No te has dado cuenta, Violeta? Soy tu hada madrina, la que llegó hasta tu cuna para derramar sobre tí sus dones.
- ¿Dones? -se asombró la muchacha. Tengo tantas penas que casi no puedo con ellas.
- ¿Y para qué estoy yo aquí? -preguntó el hada, porque era un hada graciosa y pícara.

Cómo brincó el corazón de Cenicienta a causa de la esperanza! Pero luego suspiró con desaliento y movió la cabeza.

- No puedes hacer nada por mí. Anhelo ir al baile real y conocer al príncipe heredero, pero ya ves que no puede ser.
- ¿Por qué no pueder ser? -dijo misteriosamente el hada.
- No tengo vestido y ...

Entonces el hada movió graciosamente la varita, tocó una flor y al momento surgió un brillante y maravilloso vestido de tejido de oro y de plata todo recamado de pedrería, que no parecía real. Luego la varita se alzó y volvió a caer y otra flor se transformó en unos zapatitos deliciosos con ribetes de cristal.

La maravillada muchacha llevaba sus ojos de uno a otros y no lo podía ni creer.

- Qué vestido más bello y qué zapatitos tan deliciosos! -exclamó la arrobada muchacha. ¿Son, hada madrina, para mí?

- Son para tí. Irás al baile y quizás el príncipe te vea y te invite a bailar. Diviértete y sé feliz. Pero no olvides que cuando los relojes de la ciudad den la medianoche, deberás regresar.

Las avecillas piaron alegremente, a compás.

- Oh, hada madrina! No sé cómo te lo voy a pagar. Sin embargo, tan lejos se halla el palacio real que quizás cuando yo llegue el baile haya terminado ya.

Volvió a sonreír el hada, miró en torno y descubrió una inofensiva calabaza, amarillenta y grande.

- Carroza serás -dijo el hada, al tiempo de tocar con su varita aquel modesto fruto del campo. Y un magnífico carruaje, como seguramente no había en el palacio real, apareció al momento.

Tocó suavemente con su varita a unos ratoncitos que por allí pasaban, y un hermoso tronco de cuatro magníficos corceles quedó enganchado a la carroza. Un topo curioso, que asomó su cabecita por la chimenea de su casa, quedó convertido en lacayo. Y como uno solo no quedaba bien, el hada le buscó compañía transformando en servidor a un pájaro carpintero que en aquel momento salía a lanzar su grito.

Y Cenicienta se puso el vestido y los zapatitos con ribetes de cristal. Varias avecillas batieron sus alas y peinaron los cabellos de la muchacha que brillaron como el sol. Luego ella subió a la carroza y el hada le recordó que de permanecer en el baile un momento más luego de la medianoche, su carroza se convertiría en calabaza, sus caballos en ratones, su lacayo en topo y sus ropas andrajosas recobrarían el aspecto habitual. Y a una señal del hada los corceles salieron lanzados a toda velocidad.

Como una flecha atravesaron los caminos, los puentes y el parque de la ciudad y por último se detuvieron ante el palacio real. Los lacayos que aguardaban a la puerta no ocultaron su admiración. Aquella bellísima muchacha por fuerza tenía que ser de sangre real!

El palacio, con sus mil torres y ventanas de ojiva, era un centelleo de luz. Arrullada por la hermosa y dulce música, Cenicienta, aunque feliz, entró mesurada y tranquila al gran salón del trono donde el fastuoso baile tenía lugar.

Todos los ojos se volvieron hacia la bellísima recién llegada y las personas, bajito, no cesaba de preguntar:

- ¿Quién será? ¿Quién no será?

Mas nadie tan deslumbrado como el propio hijo del rey, instantáneamente ganado por la deliciosa criatura que creyó desconocida princesa.

Sin poder apartar los ojos de ella, el heredero del trono cruzó el salón, se inclinó galante y la invitó a bailar.

Aunque no sabía quién era él, cenicienta aceptó. Porque su corazón le decía que sólo el príncipe podía ser.

Viendo aquello, los asistentes enmudecieron y pensaron que la bella desconocida debía haber hecho mucha impresión en él para que dejando su aire glacial la hubiera invitado a bailar.

El rey y la reina, ilusionados, cambiaron un disimulado codazo de complicidad. ¿Elegiría el muchacho, por fin, a la que un día compartiría el trono con él?

La música había empezado a tocar el vals real y el príncipe y su pareja bailaban y bailaban, graciosos y ágiles, mirándose sin cesar.

Y acabó aquel baile y siguió otro y otro y otro más. Y en todo aquel tiempo el hijo del rey olvidó quién era porque sentíase radiante y feliz. Hasta que en un giro del baile Cenicienta vio el gran reloj y su sonrisa se le borró. Murmuró una excusa, se apartó del príncipe y echó a correr.

Corriendo sin cesar atravesó salones, descendió la escalinata y en el último escalón perdió uno de sus zapatitos con ribetes de cristal. Era que una campanita, la primera de la medianoche, le advertía de la necesidad de huir. Sin detenerse para nada, corriendo siguió.

Llegó a la carroza, subió a ella, lanzaron los lacayos sus látigos al aire y los nerviosos caballos partieron como una exhalación. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito, llegó a tiempo de berla marchar. ¿Por qué aquella que creía princesa así escapaba de su lado?

Sólo al llegar a casa de su padre Cenicienta volvió a la realidad. La magia cesó y de tanta maravilla ya no quedaba sino... un zapatito con ribetes de cristal. Pero de ahora en adelante siempre sería feliz, porque le había conocido a EL. Tanto y tanto pensó en el príncipe que la mañana la sorprendió dormida y los pajaritos, que sabían mucho de lo que ocurría allí, decidieron entrar por la ventana y para despertarla empezaron a cantar.

Cenicienta tomó asiento en el lecho y miró a todos con amor. ¿Serían ellos quienes la llevaron al baile real? Y les habló del príncipe y de lo muy feliz que era por haberle conocido y porque la hubiera elegido entre todas, sacándola a bailar.

La madrastra, por el contrario, amaneció de un humor espantoso. ¡Bertina y Bertolda se vieron tan desdeñadas en palacio! Y luego, aquella bellísima desconocida tan parecida a ... No, la cruel señora no lo quería ni pensar.

A vueltas con sus secretos pensamientos, extremó su malevolencia con Cenicienta y la mandó aquí y allá y en todo el día no le dio punto de reposo. Por otro lado, la muchacha tuvo que soportar las rabietas de Bertina y Bertolda, a las que su fracaso en el baile les había producido una especie de indigestión.

¿Qué había sido en tanto del príncipe? Ahora se verá:
- Padre y señor, madre y señora... -empezó, inclinándose ante los reyes, luciendo en sus manos el zapatito con ribetes de cristal. Vengo a comunicaros que me voy a casar.
- ¡Oh, sí, sí! -aceptó el rey, que llevaba años intentando aquello mismo, sin resultado.
- ¡Oh, sí, sí! -exclamó también la reina, que se veía en igual situación.
- ¿Quién es vuestra prometida? -preguntó el rey.
- Eso no lo sé, señor, pero es bella, dulce y buena y ha despertado mi amor -replicó el muchacho, que la estaba viendo con la imaginación.

Esperanzado a más no poder, el anciano monarca llamó a su primer ministro, a quien ordenó:
- Ve y trae a la amada del príncipe; es bella, dulce y buena. Sabiendo ésto la encontrarás.
- ¡Oh, sí, majestad! -dijo el primer ministro, con los bigotes torcidos por el terror. -Pero si pudierais darme alguna pista más...

Y recibió el delicioso zapatito con ribetes de cristal y el reino entero recorrió, pero no hubo muchacha casadera a quien le viniera bien. casi desconfiaba ya de triunfar cuando llegó a casa de la madrastra y también Bertina y Bertolda tuvieron el zapatito en su pie. Mas sólo en la punta, ¡ay!, porque el talón no les entró a ninguna de las dos.

- ¿Hay en la casa alguna muchacha más? -preguntó el palaciego.
Iba a negar la despiadada señora cuando Cenicienta, avisada por las avecillas y su amigo, el ratoncillo del fogón, graciosa y sonriente, se presentó.

- ¡No es de ella! ¡No y no! -gritaron a una Bertina y Bertolda.
- ¿Cómo le va a pertenecer, si únicamente es una moza de fogón que nunca ha estado en palacio? -protestó la madrastra.

Sus hermanastras se pusieron a reír y se burlaron de ella. El gentilhombre que efectuaba la prueba, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy hermosa, dijo que era lo justo, y que él tenía la orden de probársela a todas las muchachas del reino, e hizo sentar a Cenicienta y acercando el zapato a su pie se vio que entraba perfectamente y que le iba como un guante.

La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande fue todavía cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito, compañero de aquel que tanto había viajado sobre un almohadón.

- Dignaos seguirme, mi señora, tengo orden de conduciros junto a nuestro príncipe, que os ama de verdad -anunció el ministro.

Y, por segunda vez, Violeta, nunca más Cenicienta, hizo el trayecto en carroza hasta el palacio real. Trompeteros a caballo le precedían y así, el apuesto príncipe tendió su mano a la muchacha cuando la carroza se detuvo y ella puso pie en la escalinata real.

El príncipe susurró que la amaba y Violeta intentó decir algo igual. Pero no necesitaban hablar porque la felicidad estaba en el rostro de los dos. Y el rey, que veía aquello, estaba más orondo que de ordinario y la reina no cabía en sí de dicha y emoción.

Tan feliz era Violeta, tanto, que en su corazón no había lugar para el rencor. Y pidió a su príncipe que invitara a las fastuosas bodas a sus hermanastras, incluso a su madrastra, porque quería repartir el bien.

Por la nobleza de tu corazón -dijo él- te amo todavía más. Voy a dar al reino la mejor de las reinas, la que siempre pensará en los demás.

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jueves, 26 de agosto de 2010

Los deseos ridículos

Érase una vez un pobre leñador que estaba harto de la vida tan penosa que llevaba y solía decir que tenía ganas de ir a reposar a los bordes del Aqueronte; porque veía que, en su profundo dolor, jamás el Cielo cruel había querido concederle ni uno de sus deseos.

Un día que se quejaba en el bosque, Júpiter, con el rayo en la mano, se le apareció; difícilmente podría pintar el miedo que sobrecogió al buen hombre.

-No quiero nada -exclamó, arrojándose al suelo-; no deseo nada, ni truenos ni nada. Vamos a hablar, Señor, de igual a igual.

-Deja de temblar -le dijo Júpiter-; vengo compadecido de tus quejas, para demostrarte que eres injusto acerca de ellas. Escucha, yo te prometo, yo que soy el dueño soberano del mundo entero, atender plenamente tus tres primeros deseos, los primeros que quieras formular sobre cualquier cosa. Mira bien lo que pueda satisfacerte, y como tu felicidad depende de tus votos, piénsalo bien antes de formular tus deseos.

En diciendo estas palabras, Júpiter ascendió a los Cielos, y el leñador, muy contento, echándose el haz de leña a la espalda, emprendió el camino de regreso. Nunca le pareció la carga menos pesada.

-No hay que obrar a la ligera -decía trotando-. El caso es importante; tengo que pedir consejo a mi mujer.

Cuando entró bajo el techo de la cabaña la carga de helechos, le dijo:

-Fanchon, hagamos un buen fuego y una buena comida; somos muy ricos. Y sólo necesitamos formular nuestros deseos.

Y allí, punto por punto, le cuenta todo lo sucedido. Al oír su relato, la esposa, viva y presurosa, concibe mil proyectos en su mente; pero considerando la importancia de conducirse con prudencia, le dice a su esposo:

-Blas, esposo mío, para no cometer una tontería debido a nuestra impaciencia, examinemos juntos lo que nos conviene hacer en una situación así. Dejemos para mañana nuestro primer deseo y consultemos con la almohada.

-Estoy de acuerdo -dice el buen Blas. Anda, vete y trae vino añejo.

Cuando volvió con él, bebió y, saboreando cómodamente, cerca del fuego, aquel dulce reposo, dijo apoyándose en el respaldo de su silla:

-¡Con estas brasas tan buenas, qué bien vendría una vara de morcilla!

Apenas acabó de pronunciar estas palabras, que su mujer, muy asombrada, vio una larga morcilla que, saliendo de una esquina de la chimenea, se aproximaba a ella serpenteando. Al instante lanzó un grito; pero juzgando que esta aventura tenía por causa el deseo que, por pura torpeza, había formulado el imprudente de su marido, no hubo injuria, ni pulla, ni improperio que, hecha una furia, no dijera a su pobre marido.

-¡Cuando se podría obtener un imperio, oro, perlas, rubíes, diamantes, vestidos! ¿Y no se te ocurre desear más que una morcilla?

-Bueno, me he equivocado -dijo-. Mi elección ha sido desacertada. He cometido una gran falta; lo haré mejor la próxima vez.

-Bueno, bueno -repuso ella-. Espérame sentado. ¡Se necesita ser muy imbécil para formular ese deseo!

El esposo, más de una vez, llevado de la cólera, se sintió tentado de formular un deseo mudo. Y, dicho entre nosotros, habría sido lo mejor que hubiera podido hacer.

-Los hombres -se decía- hemos venido al mundo a padecer. ¡Maldita sea la morcilla, maldita pécora que se te quede colgada de la nariz!

Esta súplica, al instante, fue escuchada por el Cielo y, apenas el marido profirió sus palabras, la vara de morcilla se quedó pegada a su nariz. Este prodigio imprevisto irritó muchísimo a Fanchon.

Fanchon era bonita, muy graciosa, y a decir verdad este adorno en su nariz no hacía buen efecto, salvo que al colgarla sobre la boca le impedía hablar tranquilamente, lo cual era una ventaja para su esposo, tan grande que en aquel feliz momento pensó no desear más.

-Ya podría, -pensaba para su adentros-, después de una desgracia tan terrible, con el deseo que me queda, convertirme de una vez en Rey. Desde luego, nada iguala la grandeza soberana, pero hay que pensar qué tristeza tendría la Reina cuando, al sentarse en su trono, se viera con la nariz más larga que una vara. Voy a ver qué dice y que decida ella si prefiere convertirse en una gran Princesa y conservar esa horrible nariz o quedarse de simple leñadora con la nariz corriente, como las demás personas, tal como la tenía antes de la desgracia.

Al fin, la cosa bien examinada, aún sabiendo que el poder que proporciona el cetro y la corona y que cuando se está coronada siempre se tiene la nariz bien hecha, como no existe nada que posea la fuerza de agradar, ella prefirió conservar su cofia antes que hacerse reina y ser fea.

Así, pues, el leñador no cambió de estado, no se convirtió en un potentado, no llenó su bolsa de escudos, y fue feliz de emplear el deseo que le quedaba para volver a su mujer a su primitivo estado, débil felicidad, pobre recurso.

Qué cierto es que los hombres miserables, ciegos, imprudentes y variables no deben formular deseo alguno, y qué pocos hay entre ellos que sean capaces de hacer buen uso de los dones que Dios les ha concedido.

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domingo, 27 de junio de 2010

Riquete, el del Copete

Había una vez una reina que dio a luz un hijo tan feo y tan contrahecho que mucho se dudó si tendría forma humana. Un hada, que asistió a su nacimiento, aseguró que el niño no dejaría de tener gracia pues sería muy inteligente y agregó que en virtud del don que acababa de concederle, él podría darle tanta inteligencia como la propia a la persona que más quisiera.

Todo esto consoló un poco a la pobre reina que estaba muy afligida por haber echado al mundo un bebé tan feo. Es cierto que este niño, no bien empezó a hablar, decía mil cosas lindas, y había en todos sus actos algo tan espiritual que irradiaba encanto. Olvidaba decir que vino al mundo con un copete de pelo en la cabeza, así es que lo llamaron Riquete-el-del-Copete, pues Riquete era el nombre de familia.

Al cabo de siete u ocho años, la reina de un reino vecino dio a luz dos hijas. La primera que llegó al mundo era más bella que el día; la reina se sintió tan contenta que llegaron a temer que esta inmensa alegría le hiciera mal. Se hallaba presente la misma hada que había asistido al nacimiento del pequeño Riquete-el-del-Copete, y para moderar la alegría de la reina le declaró que esta princesita no tendría inteligencia, que sería tan estúpida como hermosa. Esto mortificó mucho a la reina; pero algunos momentos después tuvo una pena mucho mayor pues la segunda hija que dio a luz resultó extremadamente fea.

—No debéis afligiros, señora, le dijo el hada; vuestra hija, tendrá una compensación: estará dotada de tanta inteligencia que casi no se notará su falta de belleza.
—Dios lo quiera, contestó la reina; pero, ¿no había forma de darle un poco de inteligencia a la mayor que es tan hermosa?
—No tengo ningún poder, señora, en cuanto a la inteligencia, pero puedo todo por el lado de la belleza; y como nada dejaría yo de hacer por vuestra satisfacción, le otorgaré el don de volver hermosa a la persona que le guste.

A medida que las princesas fueron creciendo, sus perfecciones crecieron con ellas y por doquier no se hablaba más que de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la menor. Es cierto que también sus defectos aumentaron mucho con la edad. La menor se ponía cada día más fea, y la mayor cada vez más estúpida. O no contestaba lo que le preguntaban, o decía una tontería. Era además tan torpe que no habría podido colocar cuatro porcelanas en el borde de una chimenea sin quebrar una, ni beber un vaso de agua sin derramar la mitad en sus vestidos.

Aunque la belleza sea una gran ventaja para una joven, la menor, sin embargo, se destacaba casi siempre sobre su hermana en las reuniones. Al principio, todos se acercaban a la mayor para verla y admirarla, pero muy pronto iban al lado de la más inteligente, para escucharla decir mil cosas ingeniosas; y era motivo de asombro ver que en menos de un cuarto de hora la mayor no tenía ya a nadie a su lado y que todo el mundo estaba rodeando a la menor. La mayor, aunque era bastante tonta, se dio cuenta, y habría dado sin pena toda su belleza por tener la mitad del ingenio de su hermana.

La reina, aunque era muy prudente, no podía a veces dejar de reprocharle su tontera, con lo que esta pobre princesa casi se moría de pena. Un día que se había refugiado en un bosque para desahogar su desgracia, vio acercarse a un hombre bajito, muy feo y de aspecto desagradable, pero ricamente vestido. Era el joven príncipe Riquete-el-del-Copete que, habiéndose enamorado de ella por sus retratos que circulaban profusamente, había partido del reino de su padre para tener el placer de verla y de hablar con ella.

Encantado de encontrarla así, completamente sola, la abordó con todo el respeto y cortesía imaginables.

Habiendo observado, luego de decirle las amabilidades de rigor, que ella estaba bastante melancólica, él le dijo:

— No comprendo, señora, cómo una persona tan bella como vos, podéis estar tan triste como parecéis; pues, aunque pueda vanagloriarme de haber visto una infinidad de personas hermosas, debo decir que jamás he visto a alguien cuya belleza se acerque a la vuestra.

— Vos lo decís complacido, señor, contestó la princesa, y no siguió hablando.
— La belleza, replicó Riquete-el-del-Copete, es una ventaja tan grande que compensa todo lo demás; y cuando se tiene, no veo que haya nada capaz de afligirnos.
— Preferiría, dijo la princesa, ser tan fea como vos y tener inteligencia, que tener tanta belleza como yo y ser tan estúpida como soy.
— Nada hay, señora, que denote más inteligencia que creer que no se tiene, y es de la naturaleza misma de este bien que mientras más se tiene, menos se cree tener.
— No sé nada de eso, dijo la princesa, pero sí sé que soy muy tonta, y de ahí viene esta pena que me mata.
— Si es sólo eso lo que os aflige, puedo fácilmente poner fin a vuestro dolor.
—¿Y cómo lo haréis? dijo la princesa.
—Tengo el poder, señora, dijo Riquete-el-del-Copete, de otorgar cuanta inteligencia es posible a la persona que más llegue a amar, y como sois vos, señora, esa persona, de vos dependerá que tengáis tanto ingenio como se puede tener, si consentís en casaros conmigo.

La princesa quedó atónita y no contestó nada.

—Veo, dijo Riquete-el-del-Copete, que esta proposición os causa pena, y no me extraña; pero os doy un año entero para decidiros.

La princesa tenía tan poca inteligencia, y a la vez tantos deseos de tenerla, que se imaginó que el término del año no llegaría nunca; de modo que aceptó la proposición que se le hacía.

Tan pronto como prometiera a Riquete-el-del-Copete que se casaría con él dentro de un año exactamente, se sintió como otra persona; le resultó increíblemente fácil decir todo lo que quería y decirlo de una manera fina, suelta y natural. Desde ese mismo instante inició con Riquete-el-del-Copete una conversación graciosa y sostenida, en que se lució tanto que Riquete-el-del-Copete pensó que le había dado más inteligencia de la que había reservado para sí mismo.

Cuando ella regresó al palacio, en la corte no sabían qué pensar de este cambio tan repentino y extraordinario, ya que por todas las sandeces que se le habían oído anteriormente, se le escuchaban ahora otras tantas cosas sensatas y sumamente ingeniosas. Toda la corte se alegró a más no poder; sólo la menor no estaba muy contenta pues, no teniendo ya sobre su hermana la ventaja de la inteligencia, a su lado no parecía ahora más que un bicho desagradable. El rey tomaba en cuenta sus opiniones y aun a veces celebraba el consejo en sus aposentos.

Habiéndose difundido la noticia de este cambio, todos los jóvenes príncipes de los reinos vecinos se esforzaban por hacerse amar, y casi todos la pidieron en matrimonio; pero ella encontraba que ninguno tenía inteligencia suficiente y los escuchaba a todos sin comprometerse. Sin embargo, se presentó un pretendiente tan poderoso, tan rico, tan genial y tan apuesto que no pudo refrenar una inclinación hacia él. Al notarlo, su padre le dijo que ella sería dueña de elegir a su esposo y no tenía más que declararse. Pero como mientras más inteligencia se tiene más cuesta tomar una resolución definitiva en esta materia, ella luego de agradecer a su padre, le pidió un tiempo para reflexionar.

Fue casualmente a pasear por el mismo bosque donde había encontrado a Riquete-el-del-Copete, a fin de meditar con tranquilidad sobre lo que haría. Mientras se paseaba, hundida en sus pensamientos, oyó un ruido sordo bajo sus pies, como de gente que va y viene y está en actividad. Escuchando con atención, oyó que alguien decía: "Tráeme esa marmita"; otro: "Dame esa caldera"; y el otro: "Echa leña a ese fuego". En ese momento la tierra se abrió, y pudo ver, bajo sus pies, una especie de enorme cocina llena de cocineros, pinches y toda clase de servidores como para preparar un magnífico festín. Salió de allí un grupo de unos veinte encargados de las carnes que fueron a instalarse en un camino del bosque alrededor de un largo mesón quienes, tocino en mano y cola de zorro en la oreja, se pusieron a trabajar rítmicamente al son de una armoniosa canción.

La princesa, asombrada ante tal espectáculo, les preguntó para quién estaban trabajando.

—Es, contestó el que parecía el jefe, para el príncipe Riquete-el-del-Copete, cuyas bodas se celebrarán mañana.

La princesa, más asombrada aún, y recordando de pronto que ese día se cumplía un año en que había prometido casarse con el príncipe Riquete-el-del-Copete, casi se cayó de espaldas. No lo recordaba porque, cuando hizo tal promesa, era estúpida, y al recibir la inteligencia que el príncipe le diera, había olvidado todas sus tonterías.

No había alcanzado a caminar treinta pasos continuando su paseo, cuando Riquete-el-del-Copete se presentó ante ella, elegante, magnífico, como un príncipe que se va a casar.

— Aquí me veis, señora, dijo él, puntual para cumplir con mi palabra, y no dudo que vos estéis aquí para cumplir con la vuestra y, al concederme vuestra mano, hacerme el más feliz de los hombres,
— Os confieso francamente, respondió la princesa, que aún no he tomado una resolución al respecto, y no creo que jamás pueda tomarla en, el sentido que vos deseáis.
— Me sorprendéis, señora, le dijo Riquete-el-del-Copete.
— Pues eso creo -replicó la princesa- y seguramente si tuviera que habérmelas con un patán, un hombre sin finura, estaría harto confundida. Una princesa no tiene más que una palabra, me diría él, y os casaréis conmigo puesto que así lo prometisteis. Pero como el que está hablando conmigo es el hombre más inteligente del mundo, estoy segura que atenderá razones. Vos sabéis que cuando yo era sólo una tonta, no pude resolverme a aceptaros como esposo; ¿cómo queréis que teniendo la lucidez que vos me habéis otorgado, que me ha hecho aún más exigente respecto a las personas, tome hoy una resolución que no pude tomar en aquella época? Si pensábais casaros conmigo de todos modos, habéis hecho mal en quitarme mi simpleza y permitirme ver más claro que antes.

— Puesto que un hombre sin genio, respondió Riquete-el-del-Copete, estaría en su derecho, según acabáis de decir, al reprocharos vuestra falta de palabra, ¿por qué queréis, señora que no haga uno de él yo también, en algo que significa toda la dicha de mi vida? ¿Es acaso razonable que las personas dotadas de inteligencia estén en peor condición que los que no la tienen? ¿Podéis pretenderlo, vos que tenéis tanta y que tanto deseásteis tenerla? Pero vamos a los hechos, por favor. ¿Aparte de mi fealdad, hay alguna cosa en mí que os desagrade? ¿Os disgusta mi origen, mi carácter, mis modales?

— De ningún modo, -contestó la princesa- me agrada en vos todo lo que acabáis de decir.
— Si es así, -replicó Riquete-el-del-Copete- seré feliz, ya que vos podéis hacer de mí el más atrayente de los hombres.
— ¿Cómo puedo hacerlo? -le dijo la princesa.
— Ello es posible, -contestó Riquete-el-del-Copete- si me amáis lo suficiente como para desear que así sea; y para que no dudéis, señora, habéis de saber que la misma hada que al nacer yo, me otorgó el don de hacer inteligente a la persona que yo quisiera, os hizo a vos el don de darle belleza al hombre que habréis de amar si quisiérais concederle tal favor.
— Si es así, -dijo la princesa- deseo con toda mi alma que os convirtáis en el príncipe más hermoso y más atractivo del mundo; y os hago este don en la medida en que soy capaz.

Apenas la princesa hubo pronunciado estas palabras, Riquete-el-del-Copete pareció antes sus ojos el hombre más hermoso, más apuesto y más agradable que jamás hubiera visto. Algunos aseguran que no fue el hechizo del hada, sino el amor lo que operó esta metamorfosis.

Dicen que la princesa, habiendo reflexionado sobre la perseverancia de su enamorado, sobre su discreción y todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, ya no vio la deformidad de su cuerpo, ni la fealdad de su rostro, que su joroba ya no le pareció sino la postura de un hombre que se da importancia, y su cojera -tan notoria hasta entonces a los ojos de ella- la veía ahora como un ademán, que sus ojos bizcos le parecían aún más penetrantes, en cuya alteración veía ella el signo de un violento exceso de amor y, por último, que su gruesa nariz enrojecida tenía algo de heroico y marcial.

Como quiera que fuese, la princesa le prometió en el acto que se casaría con él, siempre que obtuviera el consentimiento del rey su padre.

El rey, sabiendo que su hija sentía gran estimación por Riquete-el-del-Copete, a quien, por lo demás, él consideraba un príncipe muy inteligente y muy sabio, lo recibió complacido como yerno.

Al día siguiente mismo se celebraron las bodas, tal como Riquete-el-del-Copete lo tenía previsto y de acuerdo a las órdenes que había impartido con mucha anticipación.

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sábado, 29 de mayo de 2010

El Gato con Botas

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.

El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito.
- Mis hermanos -dijo él- pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.

El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:
- No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.

El amo del gato no le dio mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.

Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso.

Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo.

Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:
- Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).
- Dile a tu amo -dijo el rey- que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.

En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dió una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.

Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo:
- Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí.

El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar:
- ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!

Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás.

Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo:
-¡Ladrones! ¡Ladrones!

En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra.
El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortésmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él.

El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido.

El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo:
- Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán picadillo de carne.

Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando.
- Son de mi señor, el Marqués de Carabás -contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado.
- Puede ver señor -dijo el Marqués- éstos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año.

El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo:
- Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán picadillo de carne.
El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando.

- Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás -replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás.

Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo.

El gato, que con anterioridad se había preparado en saber quién era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos.
El ogro lo recibió tan cortésmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse.

- Yo he oído -dijo el gato- que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier criatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar.
- Es cierto -contestó el ogro muy contento- y para que te convenzas, me haré un león.

El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado.

- También he oído -dijo el gato- que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible.
- ¿Imposible? -gritó el ogro- ¡Ya lo verás!

Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.
Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:
- Su majestad es bienvenido a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.
- ¿Qué? ¡Mi señor Marqués! -exclamó el rey- ¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.

El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.

Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades de mi señor el Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo:
- Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno.

El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa.
El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.

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miércoles, 12 de mayo de 2010

Barba Azul

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le evitaban.

Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.

Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.

Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.

—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohíbo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohíbo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.

Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.

Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.

De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.

Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.

Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).

Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.

Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la refregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.

Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.

Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.

—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?

—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.

—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.

Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.

Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:

—¿Por qué hay sangre en esta llave?

—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida como una muerta.

—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.

Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.

—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.

—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.

—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.

Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:

—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.

La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;

—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

Y la hermana respondía:

—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.

Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:

—Baja pronto o subiré hasta allá.

—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

Y la hermana Ana respondía:

—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.

—¡Baja ya!, gritaba Barba Azul, o yo subiré.

—Voy enseguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.

—¿Son mis hermanos?

—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.

—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.

—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

—Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.

Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.

—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.

Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.

—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...

En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.

Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.

Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.

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martes, 4 de mayo de 2010

El Hada de las Aguas

Había vez una madre que tenía dos hijas. Anastasia, la mayor, era orgullosa, poco trabajadora y pensaba casarse, sea como fuere, con el Príncipe del Reino. La otra, Mónica, era la más joven, siempre obedecía a su madre y la ayudaba en las faenas de la casa.

Anastasia no se contentaba con estar todo el día delante del espejo, embelleciéndose para conquistar al Príncipe, sino que incluso maltrataba a su hermana y se reía de su trabajo.

Pero un día de primavera, radiante de sol, la madre le dijo a Mónica:
— Ve tú, hija, y tráeme un cántaro de agua de la fuente que hay en el bosque, porque es buena para mi salud. Se lo he dicho a tu hermana Anastasia y se ha reído de mí. Me ha contestado que no quería y que esas faenas las hacías tú.

Cuando Mónica regresaba con el agua, se encontró, sentada junto al camino, a una vieja que le pidió agua. Mónica le ofreció el cántaro y la ayudó a beber. Entonces la viejecita le dijo:

— Soy un hada de las aguas, y para recompensarte de tus bondades, te voy a conceder un don. Cada vez que hables, por tu boca saldrán perlas y diamantes.

Al llegar a su casa, la madre de Mónica estaba preocupada por la tardanza y le preguntó el motivo.

Entonces Mónica le contó lo que le había ocurrido y cuando habló, de su boca salieron perlas y diamantes, dejando sorprendidas a su madre y a su hermana.

A la mañana siguiente Anastasia dijo a su madre:
— Hoy iré yo a buscar el cántaro de agua. Cuando salga la vieja al camino le daré agua y también gozaré del mismo favor.

A su madre le pareció muy bien la idea. Le dijo que se portara bien con todo el mundo y que tuviera mucho cuidado. Anastasia recogió el agua de la fuente y regresó malhumorada, porque de todas formas le molestaba fatigarse con el peso.

En el mismo sitio del día anterior estaba una hermosa mujer sentada, llevaba un elegante vestido y muchas joyas. Se dirigió a Anastasia y le dijo:

— ¿Me das un poco de tu agua? He andado mucho y estoy sedienta.
— Yo no doy agua a personas como tú -le dijo Anastasia- y si quieres beber agua, ve hasta la fuente y cánsate como yo he hecho.

Entonces la hermosa mujer le dijo:
— Soy el hada de las aguas y voy a castigarte por tu mala acción. Cada vez que hables, por tu boca arrojarás sapos y culebras. Después de lo cual desapareció.

Anastasia llegó a su casa y cuando le contó a su madre lo ocurrido, de su boca empezaron a salir serpientes y sapos. Entonces Anastasia dijo que la culpa era de su hermana Mónica y fue tras ella para pegarle.

La pobre Mónica tuvo que ir a refugiarse en el bosque, bajo un árbol, y se puso a llorar.

Al escuchar su llanto, pasaba por allí el Príncipe del Reino, que se acercó a ella y le preguntó:

— ¿Por qué lloras, bella muchacha?

Mónica le explicó todo y dejó confuso al Príncipe, no sólo porque de su boca salían perlas y diamantes sino porque se dio cuenta de que era la mejor joven que había conocido en su vida. Le dijo que la amaba, que era la mujer que había estado buscando durante toda su vida y que, si ella lo aceptaba, se casarían.

Mientras tanto, Anastasia, como nadie quería hablar con ella, se desesperó y un día se perdió en el bosque. Nunca se volvió a saber nada de ella.

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viernes, 9 de abril de 2010

La Bella Durmiente

Hace muchos años, en un reino lejano, una reina dio a luz una hermosa niña. Para la fiesta del bautizo, los reyes invitaron a todas las hadas del reino pero, desgraciadamente, se olvidaron de invitar a la más malvada.

Aunque no había sido invitada, el hada maligna se presentó al castillo y, al pasar delante de la cuna de la pequeña, le puso un maleficio diciendo: " Al cumplir los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás".

Al oír eso, un hada buena que estaba cerca, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: "Al pincharse en vez de morir, la muchacha permanerá dormida durante cien años y sólo el beso de un buen príncipe la despertará."
Pasaron los años y la princesita se convirtió en una muchacha muy hermosa. El rey había ordenado que fuesen destruidos todos los husos del castillo con el fin de evitar que la princesa pudiera pincharse. Pero eso de nada sirvió.

Al cumplir los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar desconocido del castillo y allí se encontró con una vieja sorda que estaba hilando. La princesa le pidió que le dejara probar. Y ocurrió lo que el hada mala había previsto: la princesa se pinchó con el huso y cayó fulminada al suelo.
Después de variadas tentativas nadie consiguió vencer el malefício y la princesa fue tendida en una cama llena de flores. Pero el hada buena no se daba por vencida. Tuvo una brillante idea. Si la princesa iba a dormir durante cien años, todos del reino dormirían con ella.

Así, cuando la princesa despertase tendría todos a su alrededor. Y así lo hizo. La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron.

En el castillo todo había enmudecido. Nada se movía, ni el fuego ni el aire. Todos dormidos.
Alrededor del castillo, empezó a crecer un extraño y frondoso bosque que fue ocultando totalmente el castillo en el transcurso del tiempo.

Pero al término del siglo, un príncipe, que estaba de caza por allí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo.
El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa. Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio un castillo. Siguió avanzando hasta llegar a él. El puente levadizo estaba bajado.
Llevando al caballo sujeto por las riendas entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que sólo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", gritó una y otra vez, pero fue en vano.
Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó.
Con aquel beso, de pronto la muchacha se desesperezó y abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño. Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento se había roto.

La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y preguntándose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca.
Al cabo de unos días el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de música y de alegres risas con motivo de la boda.

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