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miércoles, 8 de septiembre de 2010

El Gran Karambé

Erase una vez un joven llamado Karambé, hábil cazador de pájaros. Había cazado toda clase de pájaros que hay en el mundo, excepto una tórtola de garganta negra.

El caso llegó a representar para él un problema de amor propio y decidió apoderarse de ella empleando un nuevo procedimiento.

Preparó una cola especial con la corteza hervida de cierto árbol y embadurnó con ella todos los árboles del país. Y cuando la tórtola se posó en una rama, quedó aprisionada y Karambé se apoderó de ella.

- Si me perdonas la vida -le suplicó la tórtola- te daré algo que te maravillará.
- ¿Qué será? -preguntó el joven cazador.
- Muchas cabezas de ganado.
- No me interesa. Yo no pruebo la leche.
- Entonces -prosiguió la tórtola- te daré muchísimas conchas de infinitos colores.
- Las conchas no se comen -dijo Karambé, y sujetó fuertemente el cuello de la infortunada tórtola, dispuesto a colocarla enseguida sobre el fuego.
- Te daré.. te daré... -suspiró la tórtola, casi ahogada. Te daré... ¡Todo el oro que ambiciones!

Sólo entonces Karambé aflojó la presión de sus dedos. La tórtola puso un huevo y dijo al joven:

- Dentro de este huevo encontrarás una sortija, que deberás mojar con agua. Después te la colocas en un dedo y te bastará golpear el suelo con la mano y solicitar un deseo para ver éste cumplido.

Antes de dejar a la tórtola en libertad, Karambé quiso averiguar si le había engañado. Hizo todo lo que le había indicado y después golpeó la mano contra el suelo, exclamando:

- ¡Cuscuz!

Al punto aparecieron cien calabazas grandes; Karambé se hartó de ellas, y luego, volviendo a golpear la sortija contra el suelo, pronunció: "¡Padre, madre! ¡Venid a comer aquí conmigo!", y sus padres aparecieron al momento.

- Me has convencido -dijo Karambé a la tórtola. Te has ganado tu libertad. Vete en buena hora y prometo no volver a cazar ningún pájaro más.

Y la soltó, mientras él con sus padres regresaba a su aldea.

Lo primero que hizo Karambé al llegar fue pedir a la sortija un palacio maravilloso, que sustituyera a la pobre cabaña en que habitaban. Y la sortija se lo proporcionó.

Luego la madre deseó cientos de cabezas de ganado, y la sortija se las entregó. Su pobreza había acabado para siempre.

La noticia de aquella sortija maravillosa llegó a oídos del gobernador de aquella provincia, y deseó poseerla. Puso en pie de guerra a su ejército y marchó sobre la aldea de Karambé, el cual, advertido, golpeó su sortija contra una roca.

- Que aparezcan muchísimos guerreros para vencer a los invasores -pidió, y al punto surgieron como de la tierra miles de soldados perfectamente armados, que se enfrentaron y derrotaron a los del gobernador.

Este, entonces, decidió recurrir a la astucia. Tenía una hija bellísima y muy fiel, a la que envió al palacio de Karambé, y éste, efectivamente, se enamoró de ella y la pidió por esposa.

- Sólo me casaré contigo si me haces un regalo nunca visto -exigió la joven siguiendo las instrucciones de su padre.
- Te daré cien esclavos - ofrecióle Karambé.
- Tenía doscientos en el palacio de mi padre -respondió ella.
- Te regalaré cien collares y cien brazaletes, de latón.
- En el palacio de mi padre los tenía a millares, y de oro.
- Entonces, ¿qué deseas?
- Esa sortija que llevas.

Karambé estaba tan enamorado de la joven, que le entregó la sortija maravillosa y le explicó cómo servirse de ella.
En cuanto la tuvo en su poder, la joven ordenó:

- Sortija, condúceme al palacio de mi padre.

Y en un momento se encontró en el lugar deseado, juntamente con el palacio de Karambé y todos sus bienes, que ahora seguían al nuevo dueño de la sortija.

- Henos de nuevo en la pobreza -suspiró la madre de Karambé.

Este decidió capturar de nuevo a la tórtola, pero recordó la promesa que se lo impedía. Su perro entonces le habló y le dijo que dejase el asunto en sus manos.

El perro se dirigió al gato, pidiéndole ayuda ya que eran buenos amigos. El gato se dirigió a unas ratitas, hábiles en sustracciones, y les contó la situación.

Las ratitas se introdujeron en el palacio del gobernador, al que despojaron de la sortija maravillosa mientras dormía. Después se la entregaron al gato, y el gato se la llevó al perro, quien la depositó en manos de Karambé.

Este, queriendo evitar nuevos robos, pidió a la sortija que le condujera con sus padres a un lugar lejos de los hombres, y la sortija les llevó a una altísima montaña, donde vivieron en adelante tranquilos y felices.

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