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sábado, 2 de octubre de 2010

La Plaga de Mendigos

Pocos problemas habrá tan graves para un rey como una plaga de mendigos. Deambulan por todo el reino pidiendo limosna, entorpeciendo la actividad de los ciudadanos trabajadores y componen un numeroso ejército de desocupados, cuya carga para la economía del país llega a ser insostenible. El rey de nuestra historia se enfrentaba a un problema de esa naturaleza.

Para librarse de la plaga de mendigos, dictó una ley por la que se cortarían las manos a quien entregara una limosna. Y como ningún ciudadano se atrevió a contravenirla, los mendigos tuvieron que emigrar a otras regiones.

Sin embargo, tiempo después apareció un mendigo en la capital, y pidió de comer en la puerta de una mujer joven.

- Yo... no me atrevo -vaciló la mujer.
- No hagas tú como las demás gentes de esta ciudad -insistió el mendigo. Dame de comer en nombre de Dios.

En cuanto el mendigo mencionó a Dios, la buena mujer se compadeció y le entregó dos panes.

Lenguas maliciosas refirieron al rey lo sucedido, y éste ordenó que apresaran a la mujer y le fueran cortadas las manos.

Semanas después, el rey expuso a su primer ministro su deseo de casarse, indicándole que le buscase una novia joven y bella.

- Conozco una joven que reúne esas condiciones -le dijo el primer ministro-, pero tiene un defecto.
- ¿Cuál es? -quiso saber el rey.
- No tiene manos, señor.
- Puedo olvidarme de ese defecto si, verdaderamente, es joven y bella -contestó el monarca. Deseo verla enseguida.

El primer ministro condujo a la muchacha a pesencia del rey y éste quedó al punto prendado de ella, tal era la hermosura de la joven. Esta no era otra que a la que le fueron cortadas las manos por haber entregado dos panes a un mendigo hambriento.

Se desposó con el rey y fue feliz durante algún tiempo, dando a su regio esposo u hermoso niño.

Pero las doncellas de la corte, que habían sido despreciadas por el rey, envidiosas de la felicidad de la actual reina, llevadas por su odio, concibieron un plan para destriur a la rival.

Tan hábilmente lo llevaron a cabo y con tanto tesón, que el rey acabó por dar crédito a sus lenguas de víbora y repudió a su esposa y a su hijo.

- Que sean llevados al desierto y en él abandonados para que mueran de hambre y sed -ordenó cruelmente.

Cuando la pobre madre se vio con su hijito en medio de los ardientes arenales, rompió a llorar desconsoladamente, tendida sobre el desierto.

- ¡Ah, Señor, ten misericordia de nosotros! -gimió.

De pronto oyó a su lado el murmullo de un torrente. Levantó la cabeza y, efectivamente, junto a ella se deslizaba un fresco río. Aproximó a él sus labios para calmar su ardiente sed, mas en el momento de inclinarse se le cayó al agua el niño que llevaba a su espalda. Iba la madre a arrojarse a la corriente, cuando aparecieron dos hombres a su lado.

- ¿Qué quieres hacer, pobre mujer? -le preguntó uno de ellos. - ¿Cuál es el motivo de tu desesperación?
- ¡Mi hijo se ha caído al río! -gritó la desgraciada madre. ¡Se ahogará sin remedio... y yo no puedo vivir sin él!
- ¿Quieres que lo salve? -preguntó el hombre.
- ¡Sí, sí, por Dios!

Entonces aquel hombre se puso a rezar, y poco después el niño salía sano y salvo del río.

- ¿Te gustaría tener de nuevo tus manos? -preguntó a la sonriente madre el otro hombre.
- Os lo agradecería toda mi vida -exclamó ella.

Los dos hombres se pusieron a rezar juntos, y no tardó en descubrir la mujer que volvía tener dos manos, mucho más bellas que las anteriores. Repuesta de su asombro, preguntó a sus dos bienhechores:

- ¿Quiénes sois?
- Somos los dos panes que tú entregaste al mendigo, desobedeciendo la cruel orden del rey.

Así diciendo, los dos hombres dieron a la mujer dos panes y, extendiendo los brazos, le mostraron una ciudad rodeada de verdes prados y bosques. Y aquella ciudad estaba situada en un lugar donde poco antes sólo había terribles arenales.

Después, los dos hombres desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado, pero la madre y el hijo ya estaban a salvo, y todo debido al bello gesto de la bella mujer de dar de limosna dos panes al pobre mendigo hambriento.

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martes, 28 de septiembre de 2010

El Paso del Yabebirí

En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque "Yabebirí" quiere decir precisamente, "Río de las rayas". Hay tantas, que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar rengueando media legua para llegar a su casa: el hombre iba llorando y cayéndose de dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se puede sentir.

Como en el Yabebirí hay también muchos otros peces, algunos hombres van a cazarlos con bombas de dinamita. Tiran una bomba al río, matando millones de pescados. Todos los pescados que están cerca mueren, aunque sean grandes como una casa. Y mueren también todos los chiquitos, que no sirven para nada.

Ahora bien; una vez un hombre fue a vivir allá, y no quiso que tiraran bombas de dinamita, porque tenía lástima de los pescaditos. El no se oponía a que pescaran en el río para comer; pero no quería que mataran inútilmente a millones de pescaditos.

Los hombres que tiraban bombas se enojaron al principio, pero como el hombre tenía un carácter serio, aunque era muy bueno, los otros se fueron a cazar a otra parte, y todos los pescados quedaron muy contentos. Tan contentos y agradecidos estaban a su amigo que había salvado a los pescaditos, que lo conocían apenas se acercaba a la orilla. Y cuando él andaba por la costa fumando, las rayas lo seguían arrastrándose por el barro, muy contentas de acompañar a su amigo. El no sabía nada, y vivía feliz en aquel lugar.

Y sucedió que una vez, una tarde, un zorro llegó corriendo hasta el Yabebirí, y metió las patas en el agua, gritando:
-¡Eh, rayas! ¡Ligero! Ahí viene el amigo de ustedes, herido.

Las rayas, que lo oyeron, corrieron ansiosas a la orilla. Y le preguntaron al zorro:
-¿Qué pasa? ¿Dónde está el hombre?
-¡Ahí viene!-gritó el zorro de nuevo. ¡Ha peleado con un tigre! ¡El tigre viene corriendo! ¡Seguramente va a cruzar a la isla! ¡Denle paso, porque es un hombre bueno!
-¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo que le vamos a dar paso! -contestaron las rayas. ¡Pero lo que es el tigre, ése no va a pasar! -¡Cuidado en él!-gritó aún el zorro. ¡No se olviden de que es el tigre!

Y pegando un brinco, el zorro entró de nuevo en el monte.
Apenas acababa de hacer esto, cuando el hombre apartó las ramas y pareció todo ensangrentado y con la camisa rota.

La sangre le caía por la cara y el pecho hasta el pantalón, y desde las arrugas del pantalón, la sangre caía a la arena. Avanzó tambaleando hacia la orilla, porque estaba muy herido, y entró en el río. Pero apenas puso un pie en el agua, las rayas que estaban amontonadas se apartaron de su paso, y el hombre llegó con el agua al pecho hasta la isla, sin que una raya lo picara. Y conforme llegó, cayó desmayado en la misma arena, por la gran cantidad de sangre que había perdido.

Las rayas no habían aún tenido tiempo de compadecer del todo a su amigo moribundo, cuando un terrible rugido les hizo dar un brinco en el agua.

-¡El tigre! ¡El tigre! -gritaron todas, lanzándose como una flecha a la orilla.
En efecto, el tigre que había peleado con el hombre y que lo venía persiguiendo había llegado a la costa del Yabebirí. El animal estaba también muy herido, y la sangre le corría por todo el cuerpo. Vio al hombre caído como muerto en la isla, y lanzando un rugido de rabia, se echó al agua, para acabar de matarlo.

Pero apenas hubo metido una pata en el agua, sintió como si le hubieran clavado ocho o diez terribles clavos en las patas, y dio un salto atrás: eran las rayas, que defendían el paso del río, y le habían clavado con toda su fuerza el aguijón de la cola.

El tigre quedó roncando de dolor, con la pata en el aire; y al ver toda el agua de la orilla turbia como si removieran el barro del fondo, comprendió que eran las rayas que no lo querían dejar pasar. Y entonces gritó enfurecido:

-¡Ah, ya sé lo que es! ¡Son ustedes, malditas rayas! ¡Salgan del camino!
-¡No salimos!-respondieron las rayas.
-¡Salgan!
-¡No salimos! ¡El es un hombre bueno! ¡No hay derecho para matarlo!
-¡El me ha herido a mí!
-¡Los dos se han herido! ¡Esos son asuntos de ustedes en el monte! ¡Aquí está bajo nuestra protección!... ¡No se pasa!
-¡Paso! -rugió por última vez el tigre.
-¡NI NUNCA!-respondieron las rayas.
(Ellas dijeron "ni nunca" porque así dicen los que hablan guaraní, como en Misiones).
-¡Vamos a ver!-bramó aún el tigre. Y retrocedió para tomar impulso y dar un enorme salto.

El tigre sabía que las rayas están casi siempre en la orilla; y pensaba que si lograba dar un salto muy grande acaso no hallara más rayas en el medio del río, y podría así comer al hombre moribundo.

Pero las rayas lo habían adivinado y corrieron todas al medio del río, pasándose la voz:
-¡Fuera de la orilla! -gritaban bajo el agua. Adentro! ¡A la canal! ¡A la canal ¡A la canal!

Y al segundo el ejército de rayas se precipitó río adentro, a defender el paso, a tiempo que el tigre daba su enorme salto y caía en medio del agua. Cayó loco de alegría, porque en el primer momento no sintió ninguna picadura, y creyó que las rayas habían quedado todas en la orilla, engañadas...

Pero apenas dio un paso, una verdadera lluvia de aguijonazos, como puñaladas de dolor, lo detuvieron en seco: eran otra vez las rayas, que le acribillaban las patas a picaduras.

El tigre quiso continuar, sin embargo, pero el dolor eran tan atroz, que lanzó un alarido y retrocedió corriendo como loco a la orilla. Y se echó en la arena de costado, porque no podía más de sufrimiento; y la barriga subía y bajaba como si estuviera cansadísimo.

Lo que pasaba es que el tigre estaba envenenado con el veneno de las rayas.
Pero aunque habían vencido al tigre las rayas no estaban tranquilas porque tenían miedo de que viniera la tigra y otros tigres, y otros muchos más... Y ellas no podrían defender más el paso.

En efecto, el monte bramó de nuevo, y apareció la tigra, que se puso loca de furor al ver al tigre tirado de costado en la arena. Ella vio también el agua turbia por el movimiento de las rayas, y se acercó al río. Y tocando casi el agua con la boca, gritó:

-¡Rayas! ¡Quiero paso!
-¡No hay paso! -respondieron las rayas.
-¡No va a quedar una sola raya con cola, si no dan paso!-rugió la tigra.
-¡Aunque quedemos sin cola, no se pasa!-respondieron ellas.
-¡Por última vez, paso!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas.

La tigra, enfurecida, había metido sin querer una pata en el agua, y una raya, acercándose despacio, acababa de clavarle todo el aguijón entre los dedos. Al bramido de dolor del animal, las rayas respondieron, sonriéndose: -¡Parece que todavía tenemos cola!

Pero la tigra había tenido una idea, y con esa idea entre las cejas, se alejaba de allí, costeando el río aguas arriba, y sin decir una palabra.

Mas las rayas comprendieron también esta vez cuál era el plan de su enemigo. El plan de su enemigo era éste: pasar el río por otra parte, donde las rayas no sabían que había que defender el paso. Y una inmensa ansiedad se apoderó entonces de las rayas.

-¡Va a pasar el río aguas más arriba!-gritaron. ¡No queremos que mate al hombre! ¡Tenemos que defender a nuestro amigo!

Y se revolvían desesperadas entre el barro, hasta enturbiar el río.
-¡Pero qué hacemos!-decían. Nosotras no sabemos nadar ligero... ¡La tigra va a pasar antes que las rayas de allá sepan que hay que defender el paso a toda costa!

Y no sabían qué hacer. Hasta que una rayita muy inteligente, dijo de pronto:
-¡Ya está! ¡Que vayan los dorados! ¡Los dorados son amigos nuestros! ¡Ellos nadan más ligero que nadie!
-¡Eso es! -gritaron todas. ¡Que vayan los dorados!

Y en un instante la voz pasó y en otro instante se vieron ocho o diez filas de dorados, un verdadero ejército de dorados que nadaban a toda velocidad aguas arriba, y que iban dejando surcos en el agua, como los torpedos.

A pesar de todo, apenas tuvieron tiempo de dar la orden de cerrar el paso a los tigres; la tigra ya había nadado, y estaba ya por llegar a la isla.

Pero las rayas habían corrido ya a la otra orilla, y en cuanto la tigra hizo pie, las rayas se abalanzaron contra sus patas, deshaciéndolas a aguijonazos. El animal, enfurecido y loco de dolor, bramaba, saltaba en el agua, hacía volar nubes de agua a manotones.

Pero las rayas continuaban precipitándose contra sus patas, cerrándole el paso de tal modo, que la tigra dio vuelta, nadó de nuevo y fue a echarse a su vez a la orilla, con las cuatro patas monstruosamente hinchadas; por allí tampoco se podía ir a comer al hombre.

Mas las rayas estaban también muy cansadas. Y lo que es peor, el tigre y la tigra habían acabado por levantarse y entraban en el monte.

¿Qué iban a hacer? Esto tenía muy inquietas a las rayas, y tuvieron una larga conferencia. Al fin dijeron:
-¡Ya sabemos lo que es. Van a ir a buscar a los otros tigres y van a venir todos. Van a venir todos los tigres y van a pasar!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas más jóvenes y que no tenían tanta experiencia.
-¡Sí, pasarán, compañeritas!-respondieron tristemente las más viejas. Si son muchos acabarán por pasar... Vamos a consultar a nuestro amigo.

Y fueron todos a ver al hombre, pues no habían tenido tiempo aún de hacerlo, por defender el paso del río.

El hombre estaba siempre tendido, porque había perdido mucha sangre, pero podía hablar y moverse un poquito. En un instante las rayas le contaron lo que había pasado, y cómo habían defendido el paso a los tigres que lo querían comer. El hombre herido se enterneció mucho con la amistad de las rayas que le habían salvado la vida, y dio la mano con verdadero cariño a las rayas que estaban más cerca de él. Y dijo entonces:

-¡No hay remedio! Si los tigres son muchos, y quieren pasar, pasarán...
-¡No pasarán!-dijeron las rayas chicas. ¡Usted es nuestro amigo y no van a pasar!
-¡Sí, pasarán, compañeritas!-dijo el hombre. Y añadió hablando en voz baja:
-El único modo sería mandar a alguien a casa a buscar el Winchester con muchas balas... pero yo no tengo ningún amigo en el río, fuera de los pescados... y ninguno de ustedes sabe andar por la tierra.
-¿Qué hacemos entonces? -dijeron las rayas ansiosas.
-A ver, a ver...-dijo entonces el hombre, pasándose la mano por la frente, como si recordara algo. Yo tuve un amigo... un carpinchito que se crió en casa y que jugaba con mis hijos... Un día volvió otra vez al monte y creo que vivía aquí, en el Yabebirí... pero no sé dónde estará...

Las rayas dieron entonces un grito de alegría:
-¡Ya sabemos! ¡Nosotros lo conocemos! ¡Tiene su guarida en la punta de la isla! ¡El nos habló una vez de usted! ¡Lo vamos a mandar buscar enseguida!

Y dicho y hecho: un dorado muy grande voló río abajo a buscar al carpinchito; mientras el hombre disolvía una gota de sangre seca en la palma de la mano, para hacer tinta, y con una espina de pescado, que era la pluma, escribió en una hoja seca, que era el papel. Y escribió esta carta: Mándenme con el carpinchito el Winchester y una caja entera de veinticinco balas...

Apenas acabó el hombre de escribir, el monte entero tembló con un sordo rugido: eran todos los tigres que se acercaban a entablar la lucha. Las rayas llevaban la carta con la cabeza afuera del agua para que no se mojara, y se la dieron al carpinchito, el cual salió corriendo por entre el pajonal a llevarla a la casa del hombre.

No quedó raya en todo el Yabebirí que no recibiera orden de concentrarse en las orillas del río, alrededor de la isla. De todas partes, de entre las piedras, de entre el barro, de la boca de los arroyitos, de todo el Yabebirí entero, las rayas acudían a defender el paso contra los tigres. Y por delante de la isla, los dorados cruzaban y recruzaban a toda velocidad.

Ya era tiempo, otra vez; un inmenso rugido hizo temblar el agua misma de la orilla, y los tigres desembocaron en la costa.
Eran muchos; parecía que todos los tigres de Misiones estuvieran allí. Pero el Yabebirí entero hervía también de rayas, que se lanzaron a la orilla, dispuestas a defender a todo trance el paso.

-¡Paso a los tigres!
-¡No hay paso!-respondieron las rayas.

Y ya era tiempo, porque los rugidos, aunque lejanos aún, se acercaban velozmente. Las rayas reunieron entonces a los dorados que estaban esperando órdenes, y les gritaron:

-¡Ligero, compañeros! ¡Recorran todo el río y den la voz de alarma! ¡Que todas las rayas estén prontas en todo el río! ¡Que se encuentren todas alrededor de la isla! ¡Veremos si van a pasar!

Y el ejército de dorados voló enseguida, río arriba y río abajo, haciendo rayas en el agua con la velocidad que llevaban.
-¡Paso, de nuevo!
-¡No se pasa!
-¡No va a quedar raya, ni hijo de raya, ni nieto de raya, si no dan paso!
-¡Es posible!-respondieron las rayas. ¡Pero ni los tigres, ni los hijos de tigres, ni los nietos de tigres, ni todos los tigres del mundo van a pasar por aquí!

Así respondieron las rayas. Entonces los tigres rugieron por última vez:
-¡Paso pedimos!
-¡NI NUNCA!

Y la batalla comenzó entonces. Con un enorme salto los tigres se lanzaron al agua. Y cayeron todos sobre un verdadero piso de rayas. Las rayas les acribillaron las patas a aguijonazos, y a cada herida los tigres lanzaban un rugido de dolor. Pero ellos se defendían a zarpazos, manoteando como locos en el agua. Y las rayas volaban por el aire con el vientre abierto por las uñas de los tigres.

El Yabebirí parecía un río de sangre. Las rayas morían a centenares... pero los tigres recibían también terribles heridas, y se retiraban a tenderse y bramar en la playa, horriblemente hinchados.

Las rayas, pisoteadas, deshechas por las patas de los tigres, no desistían; acudían sin cesar a defender el paso. Algunas volaban por el aire, volvían a caer al río, y se precipitaban de nuevo contra los tigres.

Media hora duró esta lucha terrible. Al cabo de esa media hora, todos los tigres estaban otra vez en la playa, sentados de fatiga y rugiendo de dolor; ni uno solo había pasado.

Pero las rayas estaban también deshechas de cansancio. Muchas, muchísimas habían muerto. Y las que quedaban vivas dijeron:
-No podremos resistir dos ataques como éste. ¡Que los dorados vayan a buscar refuerzos! ¡Que vengan enseguida todas las rayas que haya en el Yabebirí!

Y los dorados volaron otra vez río arriba y río abajo, e iban tan ligero que dejaban surcos en el agua, como los torpedos.
Las rayas fueron entonces a ver al hombre.

-¡No podremos resistir más! -le dijeron tristemente las rayas. Y aún algunas rayas lloraban, porque veían que no podrían salvar a su amigo.
-¡Váyanse, rayas!-respondió el hombre herido. ¡Déjenme solo! ¡Ustedes han hecho ya demasiado por mí! ¡Dejen que los tigres pasen!
-¡NI NUNCA!-gritaron las rayas en un solo clamor. ¡Mientras haya una sola raya viva en el Yabebirí, que es nuestro río, defenderemos al hombre bueno que nos defendió antes a nosotras!

El hombre herido exclamó entonces, contento:
-¡Rayas! ¡Yo estoy casi por morir, y apenas puedo hablar; pero yo les aseguro que en cuanto llegue el Winchester, vamos a tener farra para largo rato; ésto yo se lo aseguro a ustedes!
-¡Sí, ya lo sabemos!-contestaron las rayas entusiasmadas.

Pero no pudieron concluir de hablar, porque la batalla recomenzaba. En efecto: los tigres, que ya habían descansado, se pusieron bruscamente en pie, y agachándose como quien va a saltar, rugieron:

-¡Por última vez, y de una vez por todas: paso!
-¡NI NUNCA! -respondieron las rayas lanzándose a la orilla.

Pero los tigres habían saltado a su vez al agua y recomenzó la terrible lucha. Todo el Yabebirí, ahora de orilla a orilla estaba rojo de sangre, y la sangre hacía espuma en la arena de la playa. Las rayas volaban deshechas por el aire y los tigres bramaban de dolor; pero nadie retrocedía un paso.

Y los tigres no sólo no retrocedían, sino que avanzaban. En balde el ejército de dorados pasaba a toda velocidad río arriba y río abajo, llamando a las rayas: las rayas se habían concluido; todas estaban luchando frente a la isla y la mitad había muerto ya y las que quedaban estaban todas heridas y sin fuerzas.

Comprendieron entonces que no podrían sostenerse un minuto más, y que los tigres pasarían; y las pobres rayas, que preferían morir antes que entregar a su amigo, se lanzaron por última vez contra los tigres. Pero ya todo era inútil. Cinco tigres nadaban ya hacia la costa de la isla. Las rayas, desesperadas, gritaron:

-¡A la isla! ¡Vamos todas a la otra orilla!

Pero también ésto era tarde: dos tigres más se habían echado a nado, y en un instante todos los tigres estuvieron en medio del río, y no se veía más que sus cabezas.

Pero también en ese momento un animalito, un pobre animalito colorado y peludo cruzaba nadando a toda fuerza el Yabebirí: era el carpinchito, que llegaba a la isla llevando el Winchester y las balas en la cabeza para que no se mojaran.

El hombre dio un gran grito de alegría, porque le quedaba tiempo para entrar en defensa de la rayas. Le pidió al carpinchito que lo empujara con la cabeza para colocarse de costado, porque él solo no podía; y ya en esta posición cargó el Winchester con la rapidez de un rayo.

Y en el preciso momento en que las rayas, desgarradas, aplastadas, ensangrentadas, veían con desesperación que habían perdido la batalla y que los tigres iban a devorar a su pobre amigo herido, en ese momento oyeron un estampido, y vieron que el tigre que iba delante y pisaba ya la arena, daba un gran salto y caía muerto, con la frente agujereada de un tiro.

-¡Bravo, bravo! -clamaron las rayas, locas de contentas. ¡El hombre tiene el Winchester! ¡Ya estamos salvadas!
Y enturbiaban toda el agua verdaderamente locas de alegría. Pero el hombre proseguía tranquilo tirando, y cada tiro era un nuevo tigre muerto. Y a cada tigre que caía muerto lanzando un rugido, las rayas respondían con grandes sacudidas de la cola.

Uno tras otro, como si el rayo cayera entre sus cabezas, los tigres fueron muriendo a tiros. Aquello duró solamente dos minutos. Uno tras otro se fueron al fondo del río, y allí las palometas los comieron. Algunos boyaron después, y entonces los dorados los acompañaron hasta el Paraná, comiéndolos, y haciendo saltar el agua de contentos.

En poco tiempo las rayas, que tienen muchos hijos, volvieron a ser tan numerosas como antes. El hombre se curó, y quedó tan agradecido a las rayas que le habían salvado la vida, que se fue a vivir a la isla.

Y allí, en las noches de verano le gustaba tenderse en la playa y fumar a la luz de la luna, mientras las rayas, hablando despacito, se lo mostraban a los pescados que no le conocían, contándoles la gran batalla que, aliadas a ese hombre, habían tenido una vez contra los tigres.

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viernes, 24 de septiembre de 2010

Peter Pan

Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan, un amigo que de vez en cuando la visitaba. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.

Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación.

Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos...

- Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.

Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:

- Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!

Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.

Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John.

Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.

Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.

Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:

- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!

Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.

El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás niños.

Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.

- ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños.

- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos.

- ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós.

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lunes, 20 de septiembre de 2010

Caperucita Roja

Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...

De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita.

- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.

Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo recogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

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jueves, 16 de septiembre de 2010

La Mariposa de alas de Oro

En el hermoso jardín de una casa de veraneo tenía su morada una maravillosa mariposita. Como todos los que se saben admirados, era muy vanidosa, y se pasaba buena parte del día contemplándose en las cristalinas aguas de la piscina.

Cierto día, la flores del jardín observaron que la Mariposa estaba muy triste.

- ¿Qué le sucederá? -se preguntaban las flores. No es fecuente que la Mariposa pierda su alegría de volar.

Sucedía lo siguiente: las bellas flores del jardín ponían mala cara cuando se acercaba a ellas la Mariposa, y ésta lo que más deseó entonces fue casarse con alguna, junto a la cual podría permanecer feliz. Y se dio en volar por el jardín, en busca de su pareja.

Después de dar muchas vueltas, eligió a la rosa.

- Buenos días, querida Rosa -la saludó cariñosamente.
- Ahora ya no están tan buenos -replicó la flor, de mal talante.
- ¡Qué orgullosa eres! ¿Te crees la reina del jardín?
- Lo que sucede es que no quiero que te poses, porque me das sombra y los rayos del sol no hacen resaltar mi belleza.

La pobre Mariposa se separó de ella pensando que aquella flor no le convenía, pues no le haría feliz. Y volando, volando, se detuvo ante la Margarita, de la que le llamó la atención el botón dorado que tenía en su centro.

- Es magnífico, ¿verdad? -le preguntó la Margarita, observando la dirección de su mirada.
- Ciertamente que lo es -convino la Mariposa. Y dime: ¿tardan mucho en desprenderse tus hojas blancas?
- En cuanto se me cae una, se me caen las demás.
- Adiós, adiós, otro día te veré -exclamó la Mariposa, remontando el vuelo.

Le había desagradado saber que pronto la Magarita se quedaría sin pétalos... ¡y como era una flor sin perfume!

De allí la Mariposa se dirigió hacia unas Campanillas que crecían sobre el verde de una pared. ¿Por cuál se decidiría? ¡Había tantas! Finalmente eligió a una, pero cuando iba a posarse sobre ella, todas las Campanillas empezaron a moverse, haciendo un gran alboroto.

Era un ruido tan insoportable que la Mariposa se vio obligada a marchar de allí, provocando las mofas de las Campanillas.

La Mariposa estaba preocupada. ¿No encontraría una flor de su completo agrado? Enseguida descubrió a las Madreselvas y se aproximó a ellas, pero todas le parecieron graves damitas de cara alargada y piel amarilla, y voló en otra dirección.

De allí pasó a los Claveles, y después a los Tulipanes, no encontrando en ninguna de ellas la compañera ideal.

- Ya me he cansado de revolotear de un lado para otro -murmuró la Mariposa. Voy a refrescarme al estanque.

Al llegar a la orilla del agua se vio reflejada en la tersa superficie, sintiéndose satisfecha de los hermosos colores de sus alas. Y de pronto, se oyó un gran bullicio y aparecieron corriendo varios niños.

- ¡Vamos a bañarnos y a jugar a la pelota! -gritaban.

La Mariposa apenas si tuvo tiempo de apartarse para que no la pisaran. Luego permaneció allí, mirando cómo se bañaban los chiquillos, hasta que uno de ellos se fijó en ella y gritó:

- ¡Oh, mirad qué mariposa tan linda! ¿Por qué no la capturamos para nuestra colección?
- No, déjala que siga en libertad -rogó una vocecita más dulce.

Los niños continuaron bañándose en la piscina, pero el chiquillo que tuvo la idea de atrapar a la mariposa seguía en sus trece.

La volvió a ver y el deseo de apoderarse de ella se hizo irresistible. Salió del agua y comenzó a perseguirla por todo el jardín, pero la mariposa, muy asustada, volaba con todas sus fuerzas.

El niño, viendo que de ese modo no la atraparía, fue en busca de una red y con ella la capturó fácilmente. Después, entre todos la llevaron a la casa y en una habitación se dispusieron a a clavarla en la gran caja donde guardaban todas las demás de la colección.

El niño levantó la aguja en el aire, la pobre Mariposa cerró los ojitos, espantada... y en ese momento se oyó, procedente del jardín, una gran algarabía causada por los cientos de Campanillas que colgaban de las paredes de la finca.

Habían visto cómo era apresada la Mariposa y, animadas por las demás flores, quisieron salvarla, recurriendo a aquel ruido para distraer a los niños.

Y así sucedió. Cuando el grupo de mocitos volvió la cabeza, la Mariposa alzó el vuelo y salió por la ventana. Ya sólo le quedó regresar junto a sus amigas las flores y agradecer a la Rosa, a la Margarita, a los Claveles, a los Tulipanes y, sobre todo, a las Campanillas por haberle salvado la vida.

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