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martes, 20 de abril de 2010

El Arroyo Orgulloso

Siempre tengo la sensación de que el riachuelo me quiere decir algo - murmuró Juan, Cuando construyo con piedrecillas diques para mis barcos, me salpica la cara, como si quisiera comunicarse conmigo.
- Con mi arroyo me sucede a mí lo mismo - dijo Isabel. Me arrodillo a su lado a lavar las ropas de mis muñecas y siento como si alguien me mirase y quisiese hablarme.
- Seguramente los dos arroyos, el tuyo y el mío, -añadió Juan- brotan de un mismo manantial. El mío es más tumultuoso que el tuyo y le voy a llamar "Saltarín".
- El mío es más suave, más dulce. ¿Qué te parece si le llamo "Agua Serena"?
- ¡Estupendo! -exclamó él. Ya tenemos tú una hermana y yo un hermano. ¿Te gustaría que fuésemos a averiguar a dónde van a parar nuestros dos riachuelos? Tú caminarás junto a "Agua Serena" y yo a lo largo de "Saltarín".
- De acuerdo. Traeré dos bocadillos - dijo Isabel, alejándose y regresando poco después con dos paquetitos, uno de los cuales entregó a su amigo.

Juan e Isabel se miraron por última vez, se dijeron adiós y cada uno tomó su camino.Veamos lo que descubrió la niña.

Después de atravesar hermosos parajes tapizados de alfombras de flores, el arroyo desembocaba en un maravilloso lago de tranquilas aguas, sombreadas de abedules. Blanquísimos cisnes se deslizban plácidamente por su superficie. Isabel estaba abrumada ante tanta belleza.

- ¡Oh, mi querido arroyo "Agua Serena", tú sí que has alcanzado la felicidad! - exclamó la chiquilla.

Después emprendió el regreso a su casa, pero no encontró a Juan. Le esperó aquel día, y el siguiente, y el otro, y el otro, pero su querido amigo no volvió.

- Y sólo se llevó un bocadillo - suspiró Isabel.

Pasó mucho tiempo y nadie, ni ella misma, confió ya en su vuelta. Sólo los dos arroyos susurraban: "Volverá, volverá".

Isabel ya había dejado de lavar en el arroyo los vestidos de sus muñecas, y el recuerdo de Juan vivía perdido en las nieblas de su mente. Un día llegó un desconocido, de larga barba oscura, y preguntó a la propia Isabel por una chiquilla llamada Isabel.

Como ésta no acertara a responder, el forastero declaró que acudiría a "Saltarín" y "Agua Serena" a que le dieran razón. Entonces ella comprendió que era Juan. Sin embargo, no le dijo nada y le siguió.

- ¡Al fin te vuelvo a ver, "Saltarín"! - exclamó Juan cuando llegaron al arroyo. ¿Te gustaría conocer su historia?

Isabel asintió y Juan empezó así:
- Siendo yo niño me despedí de mi querida Isabel y seguí el curso de este arroyo. Cuanto más avanzaba más grande y poderoso se hacía. Caminé durante semanas, meses y años, alimentándome de lo que me daban en las casas de mi recorrido.
Todos los hombres estaban orgullosos de aquel río, de mi pequeño "Saltarín", aunque también le temían. Levantaban diques para que su masa rugiente no se precipitara sobre ciudades y sembrados. Ciero día, sin embargo, el gran río deseó demostrar a los hombres su poder y derribó los diques, desbordándose con incontenible furia. Venció todos los obstáculos, excepto el de una alta montaña, en cuya base se detuvo. Pero sólo momentáneamente. Se formó un lago que fue creciendo, creciendo, hasta rebasar esa montaña y caer por el otro lado en forma de rugiente cascada. Fue la culminación del poder de "Saltarín". Después, como cansado de su propio poder, se abandonó y desembocó en el mar después de formar un enorme y tranquilo pantano.

- Ahora "Saltarín" ya es viejo y los hombres han logrado dominarle de nuevo. Y yo he pensado: "Saltarín" es la pura imagen de la vida de un hombre. Ha saboreado la grandeza, la belleza, la soberbia, la utilidad y, finalmente, la debilidad. Todos nuestros orgullos han de acabar en el gran océano. ¡Oh, Dios mío, cuando llegue ese momento recógenos en Tu seno!
- Tal es la historia de "Saltarín". Salí niño y volví más sabio, pero no encuentro a mi Isabel y viviré solo...
- ¡No estás solo, Juan! - exclamó entonces Isabel, sin poderse contener por más tiempo. No nos separaremos jamás. Construiremos una casita junto a "Saltarín" y "Agua Serena" para poder verlos constantemente. Ese será nuestro hogar.

Por toda respuesta, Juan tomó las manos de Isabel y las besó fervorosamente.
Aunque ellos fueron envejeciendo, los arroyos se conservaron siempre jóvenes. "Saltarín" y "Agua Serena" no conocían sus propios destinos, pero Isabel y Juan sí, y de su conociemiento extrajeron valiosas enseñanzas para su vida.

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