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jueves, 6 de mayo de 2010

El Pequeño Barbero

A Ricitos le agradaba dejarse crecer los cabellos, que formaban abundantes rizos sobre sus orejas. Sólo al llegar los calores del verano se decidía a ponerse bajo las tijeras del barbero Melkiades, un tipo de no tan buen carácter como Ricitos, a quien gastaba muchas bromas.

El tío de Ricitos se llamaba Polilla y se comentaba que era un hombre acaudalado, a pesar de la miseria en que vivía.

Cuando Polilla se hallaba en su lecho de muerte, llamó a su sobrino y le dijo:
- Dentro del cofrecillo que está debajo de la cama encontrarás la herencia que te lego: el "Ojo Milagroso" y la "Moneda Rodante". Empléalos bien y saldrás adelante. Dicho lo cual, el tío expiró.

Ricitos tomó el cofrecillo y lo abrió, quedando ante su asombrada mirada un ojo de cristal con una pupila azul y un doblón de plata que, al caer al suelo, comenzó a rodar y Ricitos hubo de seguirlo por toda la casa hasta darle alcance.

Al mirar a través de la pupila del "Ojo Milagroso" vio un paisaje de belleza extraordinaria: cuatro lagos brillaban bajo los rayos del sol y en el centro de los cuatro se alzaba un mont en forma de escalera de caracol.

Ricitos guardó el "Ojo Milagroso" y la "Moneda Rodante" en una bolsita y salió a la calle. Al pasar frente a la barbería de Melkiades, éste quiso enterarse del contenido de la bolsa y se la arrebató, cayendo al suelo lo que iba dentro.

La moneda echó a rodar calle abajo y Melkiades fue tras ella, diciendo a Ricitos:
- La moneda será de quien se apodere de ella.

Ricitos recogió el "Ojo Milagroso" y en ese momento oyó la vos de su tío: "Querido sobrino, demuéstrale a ese zoquete de Melkiades que los buenos como tú también pueden ser listos". Las palabras del viejo Polilla le infundieron nuevos ánimos y Ricitos salió en pos de su moneda y del barbero.

La "Moneda Rodante" salió del pueblo, recorrió varios kilómetros de la carretera y finalmente tomó un sendero sin salida, cuyo fin era una pared con una carátula con la boca abierta a ras del suelo. Llegó allí la moneda, fue tragada por aquella bocaza, y tanto Ricitos como Melkiades creyeron advertir que la expresión de la carátula era de glotonería.

- ¡Esto es consecuencia de tus bromas pesadas y de tu envidia! -exclamó Ricitos. ¿Qué vamos a hacer ahora?

Melkiades soltó una ofensiva risotada y, de pronto, los labios de la carátula se movieron y dijeron:
- ¡Prepárate a recibir tu merecido, malvado barbero! Ofendes a los demás y luego te burlas de ellos. Y tú, Ricitos, sólo tienes que mirar a través de tu "Ojo Milagroso" y volverás a ver la moneda.

Cuando se hizo el silencio, Melkiades dijo a Ricitos:
- ¡Ea!, olvidemos lo pasado, busquemos juntos la moneda y repartámonos su valor. Recuerda que somos del mismo pueblo.

Y Ricitos, que era muy inocente, aceptó aquella proposición y ambos miraron por el "Ojo Milagroso" y vieron a la moneda rodar por otro camino, que llevaba a un castillo enclavado en una alta montaña.

Ricitos y Melkiades corrieron para llegar al castillo antes que la moneda, pero ésta chocó contra la pesada puerta cuando ellos aún se hallaban detrás. El choque produjo infinitos destellos y en medio de ellos apareción un hada, que les dijo:

- Quien venza al tigre dueño de este castillo se casará con la princesa que lo habita. Pasad, si sois valientes.

Ricitos avanzó con decisión, pero Melkiades llegó al gran patio del castillo muerto de miedo.

- ¿Quién será mi primer contrincante? -rugió el tigre, apareciendo y lanzando fuego por los ojos.

Al verle, el barbero salió huyendo; mas Ricitos, que acababa de descubrir a la princesa sentada en su trono, empuñó un hacha afilada que le ofreció el hada y se volvió a la fiera, la cual se arrojó sobre él, pero el muchacho se apartó oportunamente y la cabezota del tigre chocó contra una columna de piedra, quedando inconsciente.

Ricitos aprovechó la ocasión para trepar a lo alto de la columna y cuando la fiera quiso seguirle, de un certero tajo le cortó las garras y de un segundo le dejó sin un solo diente. Entonces el tigre lanzó un rugido espantoso y con una llamarada impresionante se elevó hacia lo alto. Cuando se apagó, el monstruo había desaparecido para siempre.

- ¡Ven a mis brazos, valiente Ricitos! -exclamó el rey, padre de la princesa salvada. ¡Tuya es la mano de mi hija!

El matrimonio se celebró enseguida y la pareja real gobernó el país a gusto de todos. Hasta el propio Melkiades reconoció que Ricitos merecía tamaña suerte, por su bondad, paciencia e ingenuidad, virtudes siempre bendecidas por el Cielo.

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