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viernes, 16 de abril de 2010

El Tesoro de un Ladrón

Sucedió que cierto acaudalado comerciante de Damasco, acordándose de que aún no había llevado a cabo su peregrinación a La Meca, como es deber de todo musulmán, resolvió no demorar más la empresa y emprender el viaje.

Pero, ¿dónde guardar su capital? Llevárselo consigo constituía una locura: las caravanas de peregrinos eran asaltadas frecuentemente por los beduinos del desierto, pasando a cuchillo a los viajeros y apropiándose de sus bienes.

- Lo mejor será buscar una persona de confianza a quien confiar mi caudal -se dijo el comerciante.

Varios amigos le hablaron de un anciano muy honrado, que era el ideal para constituirle en depositario. El comerciante reservó dinero suficiente para los gastos del viaje y llevó al anciano dos mil piezas de oro, rogándole que se las guardase hasta su regreso.

Dejando el asunto arreglado, el comerciante salió hacia La Meca.

Seis meses después, cumplido su acto piadoso, regresó la peregrinación y con ella nuestro comerciante.

- Ya puedes devolverme las dos mil piezas de oro -le dijo al anciano. Y muy agradecido por tu buena disposición.

- ¿De qué me hablas? - exclamó el anciano. Tú no me has entregado nada. Es más: no te he visto en mi vida.

El comerciante, desesperado, corrió a contar el caso a sus amigos, y éstos, que tenían al anciano por honradísimo, dudaron de él y llegaron a pensar que estaba loco.

Pero el buen hombre no se dio por vencido. ¿Cómo perder, impunemente, dos mil piezas de oro? Diariamente acudía a la casa del anciano a reclamar su capital, hasta que el mentiroso se cansó de aquel juego que nada tenía de agradable para él y aconsejó en mal tono al desgraciado:

- ¡No vuelvas más por mi casa reclamando unas piezas de oro que jamás me has entregado! ¡Si te veo de nuevo por aquí, haré que te apaleen! ¡Fuera, fuera, insolente!

El infortunado comerciante no se atrevió a reclamar lo que era bien suyo y vagó por las calles sin saber qué hacer, cabizbajo y con lágrimas en los ojos.

Días después le encontró en ese estado una anciana, y le preguntó:
- ¿Por qué estás llorando?

El comerciante le refirió sus cuitas y ella le dijo:
- Si no me mientes, te diré lo que debes hacer. Escucha: busca a un hombre de tu país, en quien confíes plenamente, y llámale.

El comerciante hizo memoria y recordó a un árabe, con el que regresó junto a la anciana, quien le aconsejó:
- Tráeme ahora diez cofres bien pintados y forrados con placas plateadas, y llénalos con trapos y piedrecillas. Contrata a diez hombres, para que cada uno cargue con un cofre y nos sigan a tí, a tu amigo y a mí hasta la casa del mentiroso. Cuando entre en la casa el primer hombre, entra tú también y reclama de nuevo tu dinero. Después, confía en Alá.

Pero cuando la comitiva estuvo delante de la casa del anciano, los primeros que entraron fueron la viejecita y el amigo del comerciante, y la primera dijo al estafador:
- Conmigo viene un hombre que desea ir a La Meca y ha pensado dejar su dinero en tus arcas. Trae su capital distribuido en diez cofres, y confía plenamente en tí.

Entró el primer portador con un cofre y, antes de que llegase el segundo, apareció el comerciante.

"Si este infeliz viene a reclamarme otra vez su dinero -pensó el mentiroso anciano- echará por tierra el gran negocio que tengo a la vista, mucho más apetitoso que el que con él he realizado".

De modo que abrazó efusivamente al sorprendido comerciante y le dijo con calor:
- ¿Cómo has tardado tanto en venir a recoger tu dinero? Me había empezado a alarmar por tu salud.
Y así diciendo, le entregó las dos mil piezas de oro, que el comerciante recogió alegremente y salió de la casa.

Entonces la anciana dijo al estafador:
- Enseguida dejarán estos hombres en tu casa los diez cofres llenos de monedas de mi amigo. Guárdalos bien, como sabemos que lo harás, y volverá por ellos cuando regrese de su viaje.

Quedaron descargados los diez cofres, la anciana y el amigo del comerciante se fueron con los diez porteadores y el infiel depositario se frotó las manos, esperando realizar el mejor negocio de su vida. Pero, cuando levantó las tapas y vio el pobre contenido, comprendió el engaño del que había sido víctima y se arrancó los escasos pelos que le quedaban en la cabeza.

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