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lunes, 12 de abril de 2010

Los Dos Hermanos Buenos

Cuando la ciudad de Constantinopla no había sido fundada, es decir, hace muchísimos años, en las tierras donde se colocarían los cimientos de sus primeras casas, vivían dos hermanos que se querían entrañablemente.

Ambos eran casados pero, mientras que el mayor no tenía ningún hijo, el menor tenía cuatro.

La tierra que cultivaban y de la que vivían había pertenecido a su padre, de quien la heredaron a su fallecimiento. Pero, en vez de repartírsela, decidieron trabajarla en buena armonía, los dos hermanos juntos, repartiendo a partes iguales lo que de ella obtuviesen.

Plantaron trigo, cuidaron escrupulosamente las jóvenes plantitas que nacieron, quitaron las malas hierbas y, cuando estuvo en sazón, efectuaron la recolección.

Cuando tuvieron todo el trigo guardado en el granero, lo repartieron en dos montones iguales.

- Si pudiera ver todo este trigo, nuestro padre estaría orgulloso de nosotros - dijo el hermano mayor.
- Así es, hermano. Estaría muy orgulloso - respondióle el hermano pequeño.
Y los dos se fueron a acostar.

Pero ni el hermano mayor ni el hermano pequeño podían conciliar el sueño. Uno y otro pasaron las primeras horas de la noche atormentados por parecidos pensamientos.

- ¿Hemos realizado el reparto de una forma justa? - se decía el hermano mayor. Los dos montones que hemos formado en el granero son iguales; sin embargo, mi hermano tiene cuatro hijos, y yo, ninguno. Su familia se compone de seis bocas, y la mía, solamente de dos. Y seis bocas comen más trigo que dos. Cuando a mí todavía me quede más de la mitad del montón, a él ya se le habrá acabado. No, no es justo lo que hemos hecho. Sólo a un egoísta se le ocurriría realizar un reparto semejante. Tengo el deber de reparar la equivocación. Iré ahora mismo al granero, quitaré parte del trigo a mi montón y lo añadiré al de mi pobre hermano.

Así lo hizo el hermano mayor: echó a un lado las mantas, saltó al suelo y se dirigió silenciosamente al granero, donde, con la ayuda de una pala, comenzó a pasar trigo de su montón al de su hermano, hasta que comprendió que la desigualdad de las dos pilas se hallaba de acuerdo con la diferencia en el número de bocas. Hecho lo cual, regresó muy satisfecho a su cama.

Pero, ¿Qué pensaba el hermano pequeño en la suya? Efectivamente, tampoco podía pegar ojo.
-¡Cualquiera pensaría que he engañado a mi hermano¡ - suspiraba. Mi mujer y yo somos fuertes, estamos sanos y contamos con unos hijos, igualmente vigorosos, que pronto nos podrán ayudar. Por el contrario, mi hermano y su mujer tienen más años que nosotros, y no han tenido descendencia. ¿Qué será de ellos cuando sus actuales facultades desaparezcan, si no tienen la suerte de contar con unos hijos, como nosotros? Mi deber es aumentar su parte de trigo, con objeto de que les sea posible crear una reserva para esos años futuros en que se encontrarán desvalidos.

Abandonó pues su lecho y se dirigió al granero, tomó una pala y comenzó a pasar trigo de su montón al de su hermano.

A la mañana siguiente, los dos hermanos fueron al granero, con el deseo de dar la correspondiente explicación del por qué un montón era mayor que el otro. Sin embargo, su asombro no tuvo límites al descubrir que los dos montones eran iguales.

Sin hacer ningún comentario, salieron del lugar, sin apenas mirarse.

Llegada la noche, el hermano mayor y el hermano pequeño repitieron lo mismo que en la anterior, siempre a diferentes horas, de modo que tampoco se encontraron en sus andanzas nocturnas.

Y, en cuanto amaneció, ambos hermanos se apresuraron a presentarse en el granero, dispuestos a comprobar si los montones seguían iguales. ¡Y así era, en efecto! ¿Cómo era posible?

Tampoco comentaron nada entre sí, y se retiraron. Esto se repitió durante varias noches... hasta que finalmente, los hermanos coincidieron en el granero a la misma hora, y todo se aclaró.

- Eres muy bueno, hermano - dijo el mayor.
- Tú sí que tienes un corazón de oro - aseguró el menor.
- Digamos que ambos sois unos verdaderos hermanos - comentaron las mujeres, y aquellos gestos de generosidad sirvieron para afirmar aún más el amor que se profesaban entre sí.

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