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lunes, 17 de mayo de 2010

Cinco Enanitos

Existen -o existían, según dicen las historias- enanitos de muchas clases, buenos y malos, aunque la mayoría son buenos. Pues bien: cuando uno de estos enanitos buenos favorece a alguna persona, ayudándola a salir de un apuro, por ejemplo, esta persona está obligada a obedecer a este hombrecillo en todo cuanto le ordene. Eso es lo que dice el código de los enanitos buenos, y por él nos debemos guiar.

Sucedió que en cierta lejana aldea se celebraba la Gran Fiesta anual y todos los habitantes saltaban de gozo. Sólo los criados y criadas de un acaudalado dueño de fincas tuvieron que salir al campo, como un día cualquiera, a segar.

- Nuestro amo es un tirano -decían los pobres siervos- y hemos de obedecerle, pues si no seríamos despedidos.
- ¡Y que es pequeño el campo que tenemos que segar! -se lamentaban otros. ¡Si al menos pudiéramos acabar el trabajo para la noche! ¡Pero imposible! Necesitaremos, por lo menos, tres días para segarlo todo.

Ya en el campo, empuñaron de mala gana las guadañas y comenzaron a cortar el trigo. Poco les duró aquel escaso ánimo; minutos después, los instrumentos yacían abandonados en el suelo y los trabajadores protestaban a voz en cuello por aquella injusticia que les privaba de asistir a la Gran Fiesta.

De pronto, sonó cerca de ellos una carcajada y, cuando los criados y las criadas miraron hacia el suelo vieron que cinco enanitos de abultado vientre les observaban con cara risueña. Mas como les diera por volver a reír sonoramente, uno de los segadores tomó su guadaña y la alzó sobre los hombrecillos.

- ¡Cesad de reíros de nosotros, u os divido! -exclamó el campesino, muy furioso.
- ¿Crees que lo conseguirías -le preguntó un enanito, riendo aún más. Yo te digo que no. Más te vale no intentarlo. Lo que me extraña es que seáis tan tontos como para preferir pasar el día segando en vez de bailar en la Gran Fiesta.
Los hombrecillos rieron ahora tan fuerte que tuvieron que sujetarse el vientre con ambas manos.

-¿Supones que lo hacemos por gusto? -exclamó el campesino que esgrimiera la guadaña. Nuestro amo nos ha ordenado que tengamos segado este campo antes de acabar el día, y aquí estamos si no queremos comer mañana piedras.
- ¡Oh! En ese caso... ¡Trabajad deprisa! -les dijo el enanito, riendo sin cesar.
- ¡Cómo se conoce que jamás has empuñado una guadaña! Anda, deja de burlarte de nosotros y vete de una vez.
- Yo os puedo demostrar que entendemos de segar más que todos vosotros juntos -agregó el hombrecillo. Si me obedecéis, tendréis el trabajo concluido antes de una hora.
- ¿De veras? -exclamaron los criados y las criadas, llenos de esperanza. ¿Qué tenemos que hacer?
- Sólo ésto: echaos a tierra, boca abajo, sin mirar a vuestro alrededor. Si levantáis la cabeza, os arrepentiréis.

Los campesinos le obedecieron al punto, apretando la cara contra el suelo y cerrando los ojos. Pero una de las criadas, incapaz de resistir la curiosidad, levantó disimuladamente la cabeza y vio algo increíble: el enanito dio unas palmadas y aparecieron varios miles de hombrecillos, armados de pequeñas guadañas, que se pusieron inmediatamente a segar el campo. Trabajaron tan activamente que media hora después no quedaba una sola espiga en pie.

Sólo quedó sin segar la parte correspondiente a la criada curiosa.

El enanito dio otras palmadas y los miles de hombrecillos desaparecieron. Luego ordenó a los campesinos:

- ¡Arriba, que ya está hecho vuestro trabajo!

El grupo de campesinos quedó asombrado de lo que veían sus ojos. Sin embargo, ¿qué significaba aquel pequeño trozo sin segar?

- ¿No es cierto que entiendo de segar más que todos vosotros juntos? -les preguntó sonriendo el enanito.
- ¡Nadie lo puede poner en duda! -exclamaron a coro los campesinos.
- ¡Es un mentiroso! ¡Os está engañando! -gritó de pronto la criada curiosa. ¡Les han ayudado miles de enanitos como ellos!
- ¡Ajú! -exclamó el hombrecillo. ¡Aquí tenemos a la curiosa desobediente! te lo advertí; ahora deberás segar la parte tuya, que nadie ha tocado. ¡A trabajar, mocita!

En medio de grandes carcajadas, los criados y las criadas dieron las gracias a los cinco buenos enanitos y se dirigieron a bailar en la Gran Fiesta del pueblo, mientras la desobediente se quedó allí trabajando, en justo castigo por no haber cumplido la recomendación del hombrecillo.

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