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martes, 4 de mayo de 2010

El Hada de las Aguas

Había vez una madre que tenía dos hijas. Anastasia, la mayor, era orgullosa, poco trabajadora y pensaba casarse, sea como fuere, con el Príncipe del Reino. La otra, Mónica, era la más joven, siempre obedecía a su madre y la ayudaba en las faenas de la casa.

Anastasia no se contentaba con estar todo el día delante del espejo, embelleciéndose para conquistar al Príncipe, sino que incluso maltrataba a su hermana y se reía de su trabajo.

Pero un día de primavera, radiante de sol, la madre le dijo a Mónica:
— Ve tú, hija, y tráeme un cántaro de agua de la fuente que hay en el bosque, porque es buena para mi salud. Se lo he dicho a tu hermana Anastasia y se ha reído de mí. Me ha contestado que no quería y que esas faenas las hacías tú.

Cuando Mónica regresaba con el agua, se encontró, sentada junto al camino, a una vieja que le pidió agua. Mónica le ofreció el cántaro y la ayudó a beber. Entonces la viejecita le dijo:

— Soy un hada de las aguas, y para recompensarte de tus bondades, te voy a conceder un don. Cada vez que hables, por tu boca saldrán perlas y diamantes.

Al llegar a su casa, la madre de Mónica estaba preocupada por la tardanza y le preguntó el motivo.

Entonces Mónica le contó lo que le había ocurrido y cuando habló, de su boca salieron perlas y diamantes, dejando sorprendidas a su madre y a su hermana.

A la mañana siguiente Anastasia dijo a su madre:
— Hoy iré yo a buscar el cántaro de agua. Cuando salga la vieja al camino le daré agua y también gozaré del mismo favor.

A su madre le pareció muy bien la idea. Le dijo que se portara bien con todo el mundo y que tuviera mucho cuidado. Anastasia recogió el agua de la fuente y regresó malhumorada, porque de todas formas le molestaba fatigarse con el peso.

En el mismo sitio del día anterior estaba una hermosa mujer sentada, llevaba un elegante vestido y muchas joyas. Se dirigió a Anastasia y le dijo:

— ¿Me das un poco de tu agua? He andado mucho y estoy sedienta.
— Yo no doy agua a personas como tú -le dijo Anastasia- y si quieres beber agua, ve hasta la fuente y cánsate como yo he hecho.

Entonces la hermosa mujer le dijo:
— Soy el hada de las aguas y voy a castigarte por tu mala acción. Cada vez que hables, por tu boca arrojarás sapos y culebras. Después de lo cual desapareció.

Anastasia llegó a su casa y cuando le contó a su madre lo ocurrido, de su boca empezaron a salir serpientes y sapos. Entonces Anastasia dijo que la culpa era de su hermana Mónica y fue tras ella para pegarle.

La pobre Mónica tuvo que ir a refugiarse en el bosque, bajo un árbol, y se puso a llorar.

Al escuchar su llanto, pasaba por allí el Príncipe del Reino, que se acercó a ella y le preguntó:

— ¿Por qué lloras, bella muchacha?

Mónica le explicó todo y dejó confuso al Príncipe, no sólo porque de su boca salían perlas y diamantes sino porque se dio cuenta de que era la mejor joven que había conocido en su vida. Le dijo que la amaba, que era la mujer que había estado buscando durante toda su vida y que, si ella lo aceptaba, se casarían.

Mientras tanto, Anastasia, como nadie quería hablar con ella, se desesperó y un día se perdió en el bosque. Nunca se volvió a saber nada de ella.

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