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sábado, 8 de mayo de 2010

En el fondo del Mar

Había a la orilla de un gran mar una humilde cabaña habitada por un pobre pescador y sus dos hijos, Azucena y Pedrín.

Como el pescador casi nunca conseguía ningún pez, los muchachos pasaban hambre y eso entristecía al buen hombre.

Un día, sin poderlo remediar, estalló en sollozos a la orilla del mar. De pronto, las aguas se separaron y surgió un gigante envuelto en un deslumbrante manto de escamas doradas.

- ¿Por qué lloras así? -preguntó el gigante al pescador.
- Yo no pesco nada y mis hijos se mueren de hambre -le confesó el pescador, al salir de su asombro.
- Desde hoy pescarás en abundancia con la condición de que me entregues lo que halles detrás de la puerta al regresar a tu casa -le dijo el gigante. Si no, morirá tu hija.

El pescador aceptó la proposición, convencido de que detrás de la puerta estarían las escobas y los trapos viejos. Sin embargo, lo que encontró allí fue a su hijo Pedrín, a quien reveló, muy apesadumbrado, el pacto que acababa de cerrar.

- Llevadme con el gigante, padre -rogó el valiente Pedrín- y así a mi hermanita no le pasará nada.
- ¡Eso nunca, nunca! -gritó Azucena con desesperación.

Mas Pedrín insistió y el pescador le condujo a la orilla del mar. Salió el gigante de las aguas, se apoderó del muchacho, lo envolvió en su brillante manto de escamas y lo arrojó a las profundidades, diciendo al afligido padre:

- No temas, no se ahogará, pues mi manto es mágico. Ahora ya puedes empezar a pescar.

¡Con qué escasa ilusión lanzó el pescador el anzuelo al agua! Además, ¿cómo iba a saber, a través de sus abundantes lágrimas, si lo que sacaba era un pescado o una bota vieja? Por eso, cuando advirtió un peso en su anzuelo, lo levantó y dejó algo a su lado. Se secó los ojos y lo miró: era un soberbio pez cuyas escamas parecían de cristal.

- Déjame regresar a mi mar - le suplicó aquel pez.
Era su tono tan doliente, que el pescador se conmovió.
- Sea -le dijo. Pero desearía que velases por mi hijo, que se lo llevó el gigante de las aguas.

El pez se lo prometió y quedó libre, hundiéndose en las profundidades. Se dirigió a la enorme caracola donde moraba la Reina de las Sirenas y le preguntó por el paradero del hijo del pescador.

La Reina tomó un espejo mágico y en él vio a Pedrín.
- El gigante lo ha esclavizado para que le proporcine perlas -comentó la Reina de las Sirenas. Si quieres ayudarle, sigue hasta el final el camino de las ostras perleras y llegarás al palacio del gigante.

El pez cumplió sus instrucciones y, después de mucho nadar, se halló ante el soberbio palacio del gigante de los mares. Como sus paredes eran transparentes, vio como Pedrín era conducido por una escolta de seis peces espada a presencia del tirano, quien le preguntó:

-¿Llenaste ya de perlas los cien sacos?
- He trabajado día y noche, pero la tarea es excesiva -suspiró el pobre Pedrín. No puedo más.
- Siempre se puede si se quiere -exclamó el gigante, sentado cómodamente en su trono. Trabaja más, o de lo contrario serás arrojado a los tiburones.

Cuando los seis peces espada se lo llevaron al calabozo, el pez nadó hasta la orilla del mar y llamó:
- Acércate, hermanita de Pedrín, que el pez de escamas como el cristal desea hablarte.

Su voz llegó hasta Azucena, quien corrió hacia la orilla del mar y, al verla, le dijo el pez:
- Ayúdame a salvar a tu hermano.
- ¿Qué he de hacer? -le preguntó la muchacha.
- Toma esta capa y sígueme.

Y le entregó un manto maravilloso, hecho de escamas, en el que se envolvió Azucena y siguió al pez por las profundidades marinas sin ahogarse. Al llegar a la caracola de la Reina de las Sirenas, el pez rogó a ésta que entregara a Azucena un poder para vencer al gigante, y la Reina le dio una varita mágica.

Con ella se dirigieron al palacio de cristal. Y cuando la varita rozó el trono del gigante, éste quedó atado con cadenas y se abrió la puerta del calabozo de Pedrín.

- Ahora, tócame a mí con la varita -le dijo el pez a Azucena. Y al hacerlo, el pez se convirtió en un gallardo príncipe, que en tiempos pasados había sido encantado por una bruja.

El príncipe le pidió la mano a Azucena y se casó con ella, y desde entonces el pescador vivió con sus hijos en un palacio levantado a la orilla del mar.

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