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viernes, 4 de junio de 2010

La Rana Encantada


Erase que se era una princesa tan hermosa que causaba admiración. Debido precisamente a su belleza y a lo mucho que el rey la mimaba, tan preciosa criatura se había vuelto insolente y caprichosa.

Si se le antojaba un rayo de luna, como si se trataba de un rayo de sol, los caballeros de la corte veíanse obligados a ir en su busca.

A la princesa le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bola de oro macizo con el sello real. En los días calurosos, le gustaba sentarse a la orilla del estanque para jugar con ella. Cierto día, su linda bola de oro fue a parar al agua. Tan profundo era éste que la princesa no alcanzaba a ver el fondo.

- ¡Ay, mi bolita! La he perdido -se lamentó la princesa. ¡Que alguien me la traiga! -ordenó.

De repente, la princesa escuchó una voz.

- ¿Qué te pasa, hermosa niña? ¿Por qué te lamentas?

La princesa miró por todas partes, pero no vio a nadie.

- Aquí abajo -dijo la voz.

La princesa mirando hacia abajo y vio que, sobre un nenúfar, se hallaba aposentada una rana que la observaba con sus redondos ojuelos.

- ¡Ay, ay, qué bicho más feo! -chilló la princesa.
- Vamos, vamos, princesita, que no os voy a devorar -se burló la rana. Además, yo puedo devolverte tu bola.
- ¡Devuélvemela! -exigió.
- Ha de ser con ciertas condiciones...
- ¡Aceptadas! -exclamó imprudentemente la princesa.
- Pues bien; durante una semana tendrás que llevarme contigo a tu mesa y dejarme dormir bajo tu almohada.
- ¡Qué rana más ridícula! ¡Bien, tráeme la bolita de oro y así se hará!

Mientras la rana descendía al fondo del estanque, la princesa pensó: "Si cree que voy a hacerle caso, está fresca".

Poco después la rana y salía con la bola de oro en la boca. Dejó la bola de oro a los pies de la princesa.
- He cumplido mi parte -dijo.
- Gracias, ranita. -replicó burlona la princesa. Recogió rápidamente la bola y echó a correr hacia el castillo sin aguardar a la rana que no cesaba de llamarla.

- ¡Espera, princesa! -dijo la rana- ¡No puedo correr tan rápido!

Pero la princesa no hizo caso. Al día siguiente, al llegar la hora del almuerzo, la princesa había olvidado el pacto, la rana y hasta la bola. Tenía un nuevo capricho:

- Quiero tener un collar de luciérnagas. Encargadlo, padre mío.
- Desde luego, querida hija. ¡A ver, mis caballeros! ¡Que vayan en busca de ese collar!
Cuando más satisfecha estaba la princesa, la rana se presentó en el comedor.

- ¡Ay, ay! -chillaron las damas, a punto de desmayarse.
- ¿Qué es ésto? -quiso saber el rey.
- Es sólo una rana - contestó ella.
- ¿Y qué quiere esa rana? - preguntó el rey.
- Vuestra hija me prometió que me sentaría a su mesa -dijo la rana.

El rey interpeló a la princesa:
- ¿Es cierto lo que oigo?
- Lo es, pero no pensaba cumplir la promesa.
- ¡Cómo que no! -se enfureció el rey, que no admitía en nadie, ni aún en su hija, que se fuera informal.
- Hija, si hiciste una promesa, debes cumplirla – dijo el rey.
- La ranita es muy fea -se quejó la princesa.
- ¡Pues como si fuera guapa! -exclamó el rey.

Y aunque su hija vertió unas lagrimitas, cosa que siempre le daba buenos resultados, esta vez no le valió.

- Rana, sube a la mesa -ordenó muy severo el rey.

¡Qué ascos hizo la princesita cuando la vio acomodada entre el frutero y su plato!
Enfadada con su padre, le amenazó con objeto de asustarle:
- No te querré nunca más.

A la princesa se le quitó por completo el apetito. Al rato, cuando la la rana cayó en el plato de natillas de la princesa, ésta exageró lo enferma que se sentía.

Sin embargo, lo peor llegó cuando, al dejar la mesa, la ranita dijo muy dispuesta:
- Ya sabes que me tienes que llevar a dormir a tu cama.

La idea de compartir su habitación con aquella rana le resultaba tan desagradable a la princesa que se echó a llorar. Contra lo que esperaba, el rey ni se conmovió y dijo:

- Llévala a tu habitación. No está bien darle la espalda a alguien que te prestó su ayuda en un momento de necesidad.

La princesa obedeció, recogiendo a la rana lentamente, sólo con dos dedos. Cuando llegó a su habitación, la puso en un rincón. Al poco tiempo, la rana saltó hasta el lado de la cama.

- Estoy cansada - dijo la rana- Súbeme a la cama por favor.

De mala gana, no tuvo más remedio que subir la rana a la cama apenas tocándola y acomodarla en las mullidas almohadas.

- Fea, horrorosa, verdinegra -la insultó mientras se acostaba, hipando de continuo por el sofocón.
- Aguántate, princesita -replicó la rana, poco respetuosa con la real personita de la mimada joven.
- Deja de llorar y seremos muy amigas - ofreció al rato la ranita.
- No quiero ser amiga tuya ni dormir contigo.

Y diciendo ésto exclamó:
- ¡Fuera, ranucha! mientras la arrojaba con fuerza contra la pared.

Entonces, ¡oh, sorpresa! La verde piel cayó y un apuesto príncipe se irguió en su lugar. La princesa estaba tan sorprendida como complacida.

- Hermosa niña, soy el príncipe Florisel, al que un mago envidioso encantó cuando niño.
- ¡Oh, oh...! -apenas pudo decir ella, sin atinar con otra cosa, de puro avergonzada.
Florisel añadió:
- Sólo si una princesa real me tomaba entre sus manos podría desencantarme. Cierto que a poco me rompes todos los huesos.
- ¡Oh, Florisel, perdóname!

Era la primera vez que la princesita se humillaba.
- Todo está olvidado. Además, desde que día a día te veía en el estanque, estoy enamorado de tí. ¿Quieres casarte conmigo?
La princesa, deslumbrada, aceptó, se casaron y fueron muy felices.

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