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martes, 31 de agosto de 2010

El Caballo de Ebano

De Las Mil y Una Noches

Durante la fiesta del Año Nuevo, que es el primer día del año, el Sultán de Shiraz estaba terminando su audiencia pública cuando apareció un hindú al pie de su trono. Traía un caballo artificial tan hábilmente fabricado que, a primera vista, podía ser tomado por un animal vivo. El hindú se prosternó ante el trono y, señalando al caballo, dijo al Sultán:

- Este caballo es una gran maravilla. Si deseo ser transportado a los más distantes puntos de la tierra sólo tengo que montarlo. Ofrezco demostrárselo a Su Majestad si me lo manda.

El Sultán, que era muy aficionado a todo objeto que fuese curioso y que nunca había visto ni oído de nada tan absolutamente extraño como ésto, dijo al hindú que le gustaría verlo hacer lo que prometía. De inmediato el hindú puso el pie en el estribo, se acomodó en la silla y preguntó al Sultán hacia dónde deseaba que fuera.

- ¿Ves allá esa montaña? -preguntó el Sultán señalándola. Cabalga hasta allá y tráeme un rama de la palmera que hay al pie del cerro.

Apenas había hablado el Sultán, el hindú giró una clavija que estaba en un hueco del cuello del caballo, justamente al lado de la silla de montar. Al instante, el caballo se alzó del suelo y comenzó su carrera en el aire, con la velocidad de una relámpago, ante el asombro del Sultán y de todos los espectadores.

En menos de un cuarto de hora vieron retornar al hindú con la rama de palmera en su mano. Al tocar tierra, en medio de las aclamaciones de la gente, desmontó y se dirigió al trono, depositando la rama de palmera a los pies del Sultán.

Este, aún maravillado por el inaudito espectáculo, experimentó un gran deseo de poseer el caballo y dijo al hindú:
- Quisiera comprártelo, si es que lo vendes.
- Majestad -respondió el hindú- hay una sola condición para que yo pueda separarme de mi caballo: que me otorgues la mano de la princesa, vuestra hija, pues quiero casarme con ella.

Los cortesanos que rodeaban el trono del Sultán no podían contener su risa ante la extravagante proposición del hindú. Pero el Príncipe Feruz Shah, hijo mayor del Sultán, estaba muy indignado.

- Majestad -dijo-, espero que rechazarás de inmediato esta insolente petición y que no permitirás, ni siquiera por un momento, que este miserable truhán pueda jactarse con la esperanza de un matrimononio con la hija de una de las más poderosas familias del mundo. ¡Piensa en la consideración que te debes a tí mismo y a tu noble sangre!
- Hijo mío -replicó el Sultán-, no le concederé lo que pide. Mas, poniendo a mi hija al margen del asunto, puedo hacer un negocio diferente con él. Sin embargo, deseo que primero examines tú el caballo. Pruébalo y dime qué piensas de él.

Al oír ésto, el hindú se apresuró a ayudar a montar al Príncipe y a enseñarle cómo guiarlo y manejarlo. Pero, sin esperar las instrucciones del hindú, el Príncipe montó y dio vuelta la clavija como había visto hacer al otro.

Instantáneamente, el caballo partió rápido por el aire, igual que una flecha disparada por un arco. En pocos momentos ni el caballo ni el Príncipe pudieron ser vistos. El hindú, alarmado por lo sucedido, corrió ante el trono y rogó al Sultán que no se enojara.

- Su Majestad -dijo- vio tan bien como yo con qué velocidad el caballo voló. La sorpresa me privó del habla. Pero aunque hubiera podido hablar para advertir al Príncipe, éste ya estaba demasiado lejos para oírme. Sin embargo, aún podemos esperar que el Príncipe descubra que existe otra clavija. Tan pronto como la gire, el caballo cesará de correr y descenderá suavemente a tierra.

No obstante estos argumentos, el Sultán estaba muy alarmado por el evidente peligro que corría su hijo y dijo al hindú:
- Tu cabeza responderá por la vida de mi hijo, a menos que regrese a salvo en tres meses o yo oiga que está vivo.

Entonces ordenó a sus guardias que tomaran prisionero al hindú y lo encerraran en una estrecha prisión. Después se retiró a su palacio, apenado de que la fiesta del Año Nuevo hubiera terminado tan desafortunadamente.

Mientrs tanto, el Príncipe iba corriendo por el aire con una aterradora velocidad. En menos de una hora había subido tan alto que las montañas y las llanuras bajo él se fundían entre sí.

Entonces, por primera vez, empezó a pensar en volver y con este fin comenzó a girar la clavija hacia uno y otro lado, a la vez que tiraba de la rienda. Pero cuando advirtió que el caballo continuaba ascendiendo, se alarmó muchísimo y se arrepintió profundamente de la locura cometida al no haber aprendido a guiar el caballo antes de montarlo.

Entonces empezó a examinar la cabeza y cuello del caballo muy cuidadosamente y descubrió, detrás de la oreja derecha, una segunda clavija más pequeña que la primera. Le dio vueltas y de inmediato sintió que estaba descendiendo de la misma manera que había ascendido, pero no tan rápidamente.

Ya había entrado la noche cuando el Príncipe descubrió y giró esa pequeña clavija. A medida que el caballo bajaba, el Príncipe iba perdiendo de vista los últimos rayos del sol poniente, hasta que se oscureció por completo. Se vio obligado a aflojar la rienda y a esperar pacientement que el caballo eligiese su propio lugar de aterrizaje, ya fuera en el desierto, en la costa o en el mar.

Por último, a eso de la medianoche, el caballo tocó tierra firme. El Príncipe desmontó desfallecido de hambre pues no había comido nada desde la mañana. Se encontró sobre la azotea de un magnífico palacio y, al tantear a su alrededor, tocó una escalera que lo condujo a un aposento cuya puerta estaba medio abierta.

El Príncipe llamó suavemente y, como nadie le respondió, avanzó cautelosamente al interior de la sala. Gracias a la luz de una lámpra, vio a algunos esclavos negros que dormían con sus espadas desnudas a sus costados.

Estos eran, evidentemente, los guardianes de la cámara de un Sultán o de una Princesa. Avanzando en la punta de los pies, hizo a un lado la cortina y se encontró en una espléndida cámara. Tenía muchas camas, una de las cuales estaba dispuesta más alta que las otras sobre un dosel. Evidentemente, eran las camas de la Princesa y de las damas que la atendían.

Se deslizó calladamente hacia el dosel y contempló a una joven de belleza tan extraordinaria que quedó fascinado al primer golpe de vista. Se puso de rodillas y tiró suavemente una manga de la Princesa. Ella abrió los ojos y se sorprendió muchísimo de ver a un hermoso joven junto a su cama, pero no dio signos de temor. El Príncipe se puso de pie e inclinándose hacia el suelo dijo:

— Hermosa Princesa, a causa de la más extraordinaria de las aventuras, ves a tus pies a un Príncipe suplicante, hijo del Sultán de Persia, quien te solicita asistencia y protección.

En respuesta a esta petición del príncipe Feruz Shah, la bella Princesa dijo:
— Príncipe, no estás en un país bárbaro, sino en el reino del Rajá de Bengala. Este es su estado y yo soy la mayor de sus hijos. Te garantizo la protección que solicitas y puedes confiar en mi palabra.

El príncipe de Persia hubiera querido agradecer a la Princesa, pero ella no quiso dejarlo hablar.
— Aunque estoy impaciente —dijo— por conocer el milagro que te ha traído hasta aquí desde la capital de Persia y cuál ha sido el encantamiento que te ha permitido escapar a la vigilancia de mis guardianes, deseo postergar la satisfacción de mi curiosidad para más tarde, hasta después que hayas descansado de tu fatiga del viaje.

Las servidoras de la Princesa estaban muy sorprendidas de ver a un Príncipe en el dormitorio. Pero de inmediato se prepararon a obedecer las órdenes y condujeron al joven a un elegante aposento. Allí, mientras algunas preparaban la cama, otras traían y servían una oportuna y abundante comida.

Al día siguiente, la Princesa se preparó para recibir al Príncipe, teniendo cuidado de vestirse y adornarse como nunca lo había hecho antes. Engalanó su cuello, cabeza y brazos con los diamantes más finos que poseía; se vistió con las más ricas telas de la India, todas de bellísimos colores y hechas solamente para reyes, príncipes y princesas. Después de mirarse por última vez al espejo, mandó a decir al príncipe de Persia que podría recibirlo.

El Príncipe, que acababa de vestirse al momento de recibir el mensaje de la Princesa, se apresuró a sacar partido del honor que ella le concedía. Le habló de las maravillas del caballo encantado, de su estupendo viaje por el aire y de los medios por los cuales había conseguido entrar a su cámara. Tras agradecerle la amabilidad de su recepción, le expresó su deseo de regresar a casa y remediar la ansiedad de su padre el Sultán.

La Princesa replicó:
— No puedo aceptar, Príncipe, que me dejes tan pronto. Concédeme el favor de una visita más larga, de modo que puedas volver a la corte de Persia con un relato más completo de lo que has visto en el reino de Bengala.

El Príncipe no podía, así como así, rehusar la invitación de la Princesa, después de la amabilidad que le había demostrado. Además, ella se había ocupado de preparar partidas de caza, conciertos musicales y magníficas fiestas para hacer agradable la permanencia de él.

Por dos meses el príncipe de Persia se abandonó por completo a la voluntad de la Princesa. Ella no parecía pensar más que en él y en que el Príncipe se quedara toda la vida con ella. Pero, al final, éste declaró que no podía permanecer más tiempo ahí y le rogó que le permitiera volver junto a su padre. Y agregó:

— Si no temiera ofenderte, te pediría el favor de irte conmigo.
La Princesa no contestó a estas palabras del príncipe de Persia. Pero su silencio y sus ojos dijeron suficientemente que ella no rechazaba la idea de acompañarlo. Solamente temía, confesó, que el Príncipe no supiera gobernar bastante bien al caballo de ébano.

El alejó sus temores prontamente, asegurándole que, después de su experiencia pasada, desafiaría al hindú mismo a manejar mejor el caballo. Puestos de acuerdo, dedicaron todos sus pensamientos a prepararse para escapar de manera secreta del palacio, sin que nadie tuviera sospecha de sus propósitos.

A la mañana siguiente, poco después del amanecer, cuando todos los sirvientes aún estaban dormidos, marcharon hasta la azotea del palacio. El Príncipe volvió el caballo hacia Persia y tan pronto como la Princesa hubo montado a sus espaldas y asegurado con sus brazos alrededor de su talle, él giró la clavija.

Entonces, el caballo ascendió en el aire con su acostumbrada rapidez y al cabo de dos horas ellos tuvieron a la vista la capital de Persia.

En vez de apearse en el palacio, el Príncipe dirigió su cabalgadura hasta otro palacio, un poco distante de la ciudad. Luego condujo a la Princesa a una hermosa habitación, y ordenó a los sirvientes que le dieran todo cuanto necesitara.

Después de asegurar que regresaría inmediatamente luego de informar a su padre de su regreso, ordenó preparar un caballo y partió hacia el palacio.

El Sultán recibió a su hijo con lágrimas de alegría y escuchó atentamente mientras el Príncipe relataba sus aventuras durante su cabalgata por el aire, su amable recepción en el palacio de la princesa de Bengala y su larga permanencia ahí, a causa de su afecto mutuo. Agregó que, habiéndole prometido matrimonio, la había persuadido de que lo acompañara hasta Persia.

— La traje conmigo en el caballo de ébano —concluyó— y la dejé en tu palacio de verano, hasta que yo pueda regresar llevándole tu consentimiento.

Al oír estas palabras, el Sultán abrazó a su hijo y le dijo:
— Hijo mío, no sólo consiento en tu matrimonio con la princesa de Bengala, sino que quiero ir yo mismo a traerla a palacio y tu boda se celebrará hoy mismo.

El Sultán ordenó que el hindú fuese sacado de su prisión y llevado ante él. Cuando ésto fue hecho, el Sultán dijo:

— Te mantuve preso para que tu vida respondiera por el Príncipe, mi hijo. Gracias a Dios porque ha regresado a salvo. Ve, toma tu caballo, y que jamás yo vuelva a ver tu cara.

El hindú supo, por los que lo custodiaban en su encierro, todo lo referente a la Princesa que el príncipe Feruz Shah había traído consigo y que había dejado en el palacio de verano. De inmediato empezó a pensar en su venganza. Montó en su caballo de ébano y se fue por el aire directamente a ese palacio.

Una vez allí, dijo al capitán de la guardia que venía con órdenes de conducir en vuelo a la princesa de Bengala ante el Sultán, quien la esperaba en el palacio de la ciudad.

El capitán de la guardia, viendo que el hindú había sido liberado de la prisión, creyó su historia. Y la Princesa de inmediato aceptó lo que el Príncipe, según pensó, deseaba de ella.

El hindú, muy contento de lo fácil que iba saliendo su malvado plan, subió a caballo, colocó la Princesa a sus espaldas, giró la clavija, e instantáneamente el caballo ascendió por el aire.

Mientras tanto, el Sultán de Persia, acompañado de su corte, iba camino del palacio donde había quedado la princesa de Bengala. A su vez, el Príncipe se había apresurado a tomar la delantera para recibir a su padre. Repentinamente, el hindú, para desafiarlos, y vengar por sí mismo el maltrato que había recibido en la prisión, apareció con su prisionera sobre sus cabezas.

Cuando el Sultán vio al hindú, su sorpresa y su enojo no tuvieron límites. Además, estaba fuera de su poder castigar esa acción ultrajante. Únicamente podía ponerse de pie y proferir un millar de maldiciones en contra del hindú, lo que también hicieron los cortesanos que presenciaban tamaña muestra de insolencia. Pero la furia del Príncipe Feruz Shah fue indescriptible cuando vio que se llevaban a la Princesa que él amaba tan apasionadamente.

Melancólico y descorazonado, caminó hasta encontrarse con el capitán de la guardia, a quien había encomendado cuidar a la Princesa. Este, que ya había sabido de la traición del hindú, se arrojó a los pies del Príncipe y le pidió que le diera muerte por su propia mano, por su fatal credulidad.

— Levántate —dijo el Príncipe— tú no tienes la culpa de la pérdida de la Princesa, sino mi falta de precaución. Pero no hay tiempo que perder: tráeme una túnica de derviche y cuídate de no decir que es para mí.

Cuando el capitán de la guardia trajo la túnica de derviche, el Príncipe se vistió de inmediato con ella y, tomando consigo una caja de joyas, abandonó el palacio. Estaba resuelto a no regresar hasta haber encontrado a la Princesa o, si no, perecer en el intento.

Mientras tanto, montado en su caballo encantado y llevando a la Princesa tras de sí, el hindú llegó a la capital del reino de Cachemira. No entró a la ciudad, pues descabalgó en el bosque y dejó a la Princesa en un lugar donde crecía abundante hierba, rodeado por un arroyuelo de agua fresca, mientras iba a buscar alimento.

A su regreso, después de que ambos hubieron comido, empezó a maltratar a la Princesa, porque ésta rehusó ser su esposa. Entonces ocurrió que el Sultán de Cachemira y su corte, que pasaban por el bosque de retorno a una partida de caza, escucharon una voz de mujer que pedía socorro. La buscaron para ayudarla, y se encontraron con el hindú, quien les dijo que la dama era su esposa y que ellos no tenían por qué meterse en sus asuntos.

La Princesa gritó:
— ¡Mi señor, quienquiera sea el enviado por los cielos en mi socorro, ten compasión de mí! Soy una Princesa. Este hindú es un malvado mago que me ha traído a la fuerza, alejándome del príncipe de Persia, con quien me iba a casar. Me ha traído hasta aquí en el caballo de ébano que veis ahí.

La hermosura de la Princesa, su aire majestuoso y sus lágrimas demostraban que ella decía la verdad. Justamente enfurecido por la insolencia del hindú, el Sultán de Cachemira ordenó a sus guardias que lo apresaran y le cortaran la cabeza. La sentencia fue ejecutada de inmediato.

La alegría de la Princesa fue inconmensurable al verse libre del malvado hindú. Supuso que el Sultán de Cachemira podría devolverla enseguida al príncipe de Persia, pero fue decepcionada en sus esperanzas. Su libertador había decidido casarse con ella al día siguiente y despachó una proclama ordenando el regocijo general de sus súbditos.

La princesa de Bengala fue despertada al romper el día por tambores y trompetas, y por grandes demostraciones de alegría de todos los que se encontraban en el palacio. Sin embargo, ella estaba lejos de sospechar la verdadera causa de tantas manifestaciones.

Cuando el Sultán fue a buscarla y le explicó que esta alegría era en honor de su matrimonio, a la vez que le rogó consentir en esa unión, la Princesa se desmayó.
Las mujeres de su servicio, que estaban presentes, corrieron a asistirla. Pero pasó largo tiempo antes de que volviera a su estado consciente.

Al fin, recobrada, decidió que en cuanto se quisiera forzarla a casarse con el Sultán de Cachemira, ella fingiría que se había vuelto loca. Consecuentemente, empezó a hablar en forma disparatada, dio varias otras señales de desorden mental y aún saltó de su asiento como si quisiera atacar al Sultán. Todo ello pareció tan real, que éste se alarmó muchísimo y envió a buscar a los médicos de la corte, para que la examinaran y dijeran si podrían curarla de su enfermedad.

Al encontrarse con que los médicos de su corte no la podían sanar, mandó en busca de los más famosos doctores de su reino, quienes tampoco tuvieron éxito.
Enseguida, envió mensajes a las cortes de los sultanes vecinos, con promesas de generosa recompensa a quienquiera curase a la Princesa de su locura.

Entretanto, el príncipe Feruz Shah, disfrazado como derviche, viajaba a través de muchas provincias y ciudades, preguntando en todas partes acerca de su perdida Princesa. Por último, en cierta ciudad de Hindustán, le hablaron de una princesa de Bengala que se había vuelto loca el mismo día en que iba a contraer matrimonio con el Sultán de Cachemira.

Convencido de que ella no podía ser otra que su prometida, se apresuró a ir a la capital de Cachemira.
Apenas llegó, le contaron la historia de la Princesa y la suerte del mago hindú. El Príncipe quedó persuadido de que, por fin, había encontrado a su prometida.

Cambiando su traje por uno de médico, fue de inmediato al palacio y anunció su deseo de intentar la curación de la Princesa. Desde hacía un tiempo, nadie se había ofrecido para hacerlo y el Sultán había empezado a perder la esperanza de verla sana, y de poder casarse con ella.

Así ordenó que, sin tardanza, el nuevo médico fuera conducido ante él. En cuanto el Príncipe fue admitido en su presencia, el Sultán le dijo que la Princesa no podía soportar la vista de un médico sin caer en el más violento de los paroxismos. En consecuencia, condujo al Príncipe a un cuarto desde el cual, mirando a través de un enrejado, podía ver sin ser visto.

Desde ahí Feruz Shah contempló a su amada princesa. Se veía triste y sin esperanzas. De sus ojos caían gruesas lágrimas, mientras cantaba una dolorida canción deplorando su infeliz destino. Apenas abandonaron el cuarto, el Príncipe dijo al Sultán que tenía la certidumbre de que el mal de la Princesa no era incurable. Pero, para poder ir en su ayuda, debería hablarle en privado y a solas.

El Sultán ordenó que la puerta de la cámara de la Princesa fuese abierta y Feruz Shah entró. Inmediatamente, la joven recurrió a su práctica de recibir a los médicos con amenazas y ademanes de atacarlos. Pero Feruz Shah se acercó y le dijo, en voz tan baja que sólo ella pudo oír:

— Princesa, no soy médico, sino Feruz Shah y vengo a obtener tu libertad.
La Princesa distinguió el timbre de su voz y lo reconoció, a pesar de que él había dejado crecer mucho su barba. Se calmó de inmediato y se llenó de una secreta alegría a la vista inesperada del Príncipe que ella amaba.

Después de que se informaron brevemente de todo lo ocurrido a uno y a otro durante su separación, el Príncipe le preguntó si sabía qué había ocurrido con el caballo de ébano tras la muerte del mago hindú. Ella respondió que no lo sabía, pero suponía que estaría cuidadosamente guardado como una curiosidad. Feruz Shah dijo, entonces, a la Princesa que él intentaría recuperar el caballo para que los transportara de regreso a Persia.

Juntos planearon, como primer paso de este propósito, que la Princesa recibiera al Sultán al día siguiente. Este, alborozado por la curación de la Princesa que, al parecer estaba muy avanzada, miró al Príncipe como si fuera el más grande de los médicos del mundo.

Feruz Shah acompañó al Sultán en su visita a la Princesa, y le preguntó cómo ella había podido venir al reino de Cachemira desde un país tan distante.
Entonces, el Sultán repitió la historia del mago hindú, agregando que el caballo de ébano se guardaba muy seguro, como una gran curiosidad, entre sus tesoros, pero que ignoraba el modo de usarlo.

— Majestad —replicó el pretendido médico— esta información me permite un medio de curación de la Princesa. Cuando ella fue traída hasta aquí en el caballo de ébano, contrajo parte del encantamiento. Este sólo se puede disipar mediante cierto incienso que yo conozco. Mandad traer el caballo a la gran plaza frente al palacio, mañana, y deja el resto de mi cuenta. Prometo mostrarte, a ti y a tu pueblo reunido, a la princesa de Bengala completamente restablecida en cuerpo y alma. Pero, para asegurar el éxito de esta curación, la Princesa debe ser vestida tan magníficamente como sea posible y adornada con las más bellas joyas de tu tesoro.

El Sultán prometió cumplir todo lo que pedía el médico. Habría emprendido cualquier aventura o realizado las cosas más difíciles, si con ello aseguraba su matrimonio con la Princesa.

Al día siguiente, el caballo de ébano fue sacado de entre los tesoros y llevado a la gran plaza frente al palacio. La noticia de que algo extraordinario iba a suceder se extendió por la ciudad y una multitud de gente de los alrededores se encontró ahí.

El Sultán de Cachemira, rodeado de su corte y de sus ministros de estado, ocupó una galería levantada a propósito para la ocasión. La princesa de Bengala, atendida por las damas de su servicio, fue conducida hasta el caballo de ébano y ayudada a montar. Entonces, el pretendido médico colocó varias vasijas llenas de carbones encendidos y arrojó sobre éstos puñados de incienso.

Después, dio tres rápidas vueltas alrededor del caballo, fingiendo murmurar ciertas palabras mágicas. Las vasijas desprendían una oscura nube de humo alrededor de la Princesa, de modo que ni ella ni el caballo podían verse. En un momento, el Príncipe montó ágilmente tras ella y giró la clavija. En cuanto el caballo subió en el aire, el Sultán oyó claramente estas palabras:

— Sultán de Cachemira, cuando desees casarte con una Princesa que implora tu protección, aprende a obtener primero su consentimiento.

Así el Príncipe liberó a la princesa de Bengala y ese mismo día la llevó a la capital de Persia. Aquí, el Sultán su padre dispuso la inmediata preparación de las solemnidades de su matrimonio, con adecuada pompa y magnificencia.

Antes de que concluyeran los días destinados a la fiesta, el Sultán nombró un embajador, a quien encomendó ir a la corte de Bengala. Su misión consistía en pedir al rajah de este reino su aprobación para la alianza contraída a través de este matrimonio, lo que el rajah de Bengala estimó un honor y asintió con gran placer y satisfacción.

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jueves, 26 de agosto de 2010

Los deseos ridículos

Érase una vez un pobre leñador que estaba harto de la vida tan penosa que llevaba y solía decir que tenía ganas de ir a reposar a los bordes del Aqueronte; porque veía que, en su profundo dolor, jamás el Cielo cruel había querido concederle ni uno de sus deseos.

Un día que se quejaba en el bosque, Júpiter, con el rayo en la mano, se le apareció; difícilmente podría pintar el miedo que sobrecogió al buen hombre.

-No quiero nada -exclamó, arrojándose al suelo-; no deseo nada, ni truenos ni nada. Vamos a hablar, Señor, de igual a igual.

-Deja de temblar -le dijo Júpiter-; vengo compadecido de tus quejas, para demostrarte que eres injusto acerca de ellas. Escucha, yo te prometo, yo que soy el dueño soberano del mundo entero, atender plenamente tus tres primeros deseos, los primeros que quieras formular sobre cualquier cosa. Mira bien lo que pueda satisfacerte, y como tu felicidad depende de tus votos, piénsalo bien antes de formular tus deseos.

En diciendo estas palabras, Júpiter ascendió a los Cielos, y el leñador, muy contento, echándose el haz de leña a la espalda, emprendió el camino de regreso. Nunca le pareció la carga menos pesada.

-No hay que obrar a la ligera -decía trotando-. El caso es importante; tengo que pedir consejo a mi mujer.

Cuando entró bajo el techo de la cabaña la carga de helechos, le dijo:

-Fanchon, hagamos un buen fuego y una buena comida; somos muy ricos. Y sólo necesitamos formular nuestros deseos.

Y allí, punto por punto, le cuenta todo lo sucedido. Al oír su relato, la esposa, viva y presurosa, concibe mil proyectos en su mente; pero considerando la importancia de conducirse con prudencia, le dice a su esposo:

-Blas, esposo mío, para no cometer una tontería debido a nuestra impaciencia, examinemos juntos lo que nos conviene hacer en una situación así. Dejemos para mañana nuestro primer deseo y consultemos con la almohada.

-Estoy de acuerdo -dice el buen Blas. Anda, vete y trae vino añejo.

Cuando volvió con él, bebió y, saboreando cómodamente, cerca del fuego, aquel dulce reposo, dijo apoyándose en el respaldo de su silla:

-¡Con estas brasas tan buenas, qué bien vendría una vara de morcilla!

Apenas acabó de pronunciar estas palabras, que su mujer, muy asombrada, vio una larga morcilla que, saliendo de una esquina de la chimenea, se aproximaba a ella serpenteando. Al instante lanzó un grito; pero juzgando que esta aventura tenía por causa el deseo que, por pura torpeza, había formulado el imprudente de su marido, no hubo injuria, ni pulla, ni improperio que, hecha una furia, no dijera a su pobre marido.

-¡Cuando se podría obtener un imperio, oro, perlas, rubíes, diamantes, vestidos! ¿Y no se te ocurre desear más que una morcilla?

-Bueno, me he equivocado -dijo-. Mi elección ha sido desacertada. He cometido una gran falta; lo haré mejor la próxima vez.

-Bueno, bueno -repuso ella-. Espérame sentado. ¡Se necesita ser muy imbécil para formular ese deseo!

El esposo, más de una vez, llevado de la cólera, se sintió tentado de formular un deseo mudo. Y, dicho entre nosotros, habría sido lo mejor que hubiera podido hacer.

-Los hombres -se decía- hemos venido al mundo a padecer. ¡Maldita sea la morcilla, maldita pécora que se te quede colgada de la nariz!

Esta súplica, al instante, fue escuchada por el Cielo y, apenas el marido profirió sus palabras, la vara de morcilla se quedó pegada a su nariz. Este prodigio imprevisto irritó muchísimo a Fanchon.

Fanchon era bonita, muy graciosa, y a decir verdad este adorno en su nariz no hacía buen efecto, salvo que al colgarla sobre la boca le impedía hablar tranquilamente, lo cual era una ventaja para su esposo, tan grande que en aquel feliz momento pensó no desear más.

-Ya podría, -pensaba para su adentros-, después de una desgracia tan terrible, con el deseo que me queda, convertirme de una vez en Rey. Desde luego, nada iguala la grandeza soberana, pero hay que pensar qué tristeza tendría la Reina cuando, al sentarse en su trono, se viera con la nariz más larga que una vara. Voy a ver qué dice y que decida ella si prefiere convertirse en una gran Princesa y conservar esa horrible nariz o quedarse de simple leñadora con la nariz corriente, como las demás personas, tal como la tenía antes de la desgracia.

Al fin, la cosa bien examinada, aún sabiendo que el poder que proporciona el cetro y la corona y que cuando se está coronada siempre se tiene la nariz bien hecha, como no existe nada que posea la fuerza de agradar, ella prefirió conservar su cofia antes que hacerse reina y ser fea.

Así, pues, el leñador no cambió de estado, no se convirtió en un potentado, no llenó su bolsa de escudos, y fue feliz de emplear el deseo que le quedaba para volver a su mujer a su primitivo estado, débil felicidad, pobre recurso.

Qué cierto es que los hombres miserables, ciegos, imprudentes y variables no deben formular deseo alguno, y qué pocos hay entre ellos que sean capaces de hacer buen uso de los dones que Dios les ha concedido.

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sábado, 21 de agosto de 2010

El Elfo del Rosal

En el centro de un jardín crecía un rosal cuajado de rosas y en una de ellas, la más hermosa de todas, habitaba un elfo tan pequeñín que ningún ojo humano podía distinguirlo.

Detrás de cada pétalo, la rosa tenía un dormitorio. El elfo era tan bien educado y tan guapo como pueda serlo un niño, y tenía alas que le llegaban desde los hombros hasta los pies. ¡Oh, y qué aroma exhalaban sus habitaciones, y qué claras y hermosas eran las paredes! No eran otra cosa sino los pétalos de la flor, de color rosa pálido.

Se pasaba el día gozando de la luz del sol, volando de flor en flor, bailando sobre las alas de la inquieta mariposa y midiendo los pasos que necesitaba dar para recorrer todos los caminos y senderos que hay en una sola hoja de tilo.

Son lo que nosotros llamamos las nervaduras; para él eran caminos y sendas, ¡y no poco largos! Antes de haberlos recorrido todos, se había puesto el sol; claro que había empezado algo tarde.

Se enfrió el ambiente, cayó el rocío, mientras soplaba el viento; lo mejor era retirarse a casa. El elfo echó a correr cuando pudo, pero la rosa se había cerrado y no pudo entrar, y ninguna otra quedaba abierta.

El pobre elfo se asustó no poco. Nunca había salido de noche, siempre había permanecido en casita, dormitando tras los tibios pétalos. ¡Ay, su imprudencia le iba a costar la vida!

Sabiendo que en el extremo opuesto del jardín había una glorieta recubierta de bella madreselva cuyas flores parecían trompetillas pintadas, decidió refugiarse en una de ellas y aguardar la mañana.

Se trasladó volando a la glorieta. ¡Cuidado! Dentro había dos personas, un hombre joven y guapo y una hermosísima muchacha; sentados uno junto al otro, deseaban no tener que separarse en toda la eternidad; se querían con toda el alma, mucho más de lo que el mejor de los hijos pueda querer a su madre y a su padre.

-Y, no obstante, tenemos que separarnos -decía el joven­. Tu hermano nos odia; por eso me envía con una misión más allá de las montañas y los mares. ¡Adiós, mi dulce prometida, pues lo eres a pesar de todo!

Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una rosa después de haber estampado en ella un beso tan intenso y sentido que la flor se abrió. El elfo aprovechó la ocasión para introducirse en ella, reclinando la cabeza en los suaves pétalos fragantes; desde allí pudo oír perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio cuenta de que la rosa era prendida en el pecho del doncel. ¡Ah, cómo palpitaba el corazón debajo! Eran tan violentos sus latidos, que el elfo no pudo pegar el ojo.

Pero la rosa no permaneció mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre la tomó en su mano y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la besaba con tanta frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo.

Éste podía percibir a través de la hoja el ardor de los labios del joven; y la rosa, por su parte, se había abierto como al calor del sol más cálido de mediodía.

Se acercó entonces otro hombre, sombrío y colérico; era el perverso hermano de la doncella. Sacando un afilado cuchillo de grandes dimensiones, lo clavó en el pecho del enamorado mientras éste besaba la rosa. Luego le cortó la cabeza y la enterró, junto con el cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo.

-Helo aquí olvidado y ausente -pensó aquel malvado-; no volverá jamás. Debía emprender un largo viaje a través de montes y océanos. Es fácil perder la vida en estas expediciones, y ha muerto. No volverá, y mi hermana no se atreverá a preguntarme por él.

Luego, con los pies, acumuló hojas secas sobre la tierra mullida, y se marchó a su casa a través de la noche oscura. Pero no iba solo, como creía; lo acompañaba el minúsculo elfo, montado en una enrollada hoja seca de tilo que se había adherido al pelo del criminal mientras enterraba a su víctima.

Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignación por aquel abominable crimen.

El malvado llegó a casa al amanecer. Se quitó el sombrero y entró en el dormitorio de su hermana. La hermosa y lozana doncella yacía en su lecho soñando con aquél que tanto la amaba y que, según ella creía, se encontraba en aquellos momentos caminando por bosques y montañas.

El perverso hermano se inclinó sobre ella con una risa diabólica, como sólo el demonio sabe reírse. Entonces la hoja seca se le cayó del pelo, quedando sobre el cubrecamas sin que él se diera cuenta.

Luego salió de la habitación para acostarse unas horas. El elfo saltó de la hoja y, entrando en el oído de la dormida muchacha, le contó, como en sueños, el horrible asesinato, describiéndole el lugar donde el hermano lo había perpetrado y aquel en que yacía el cadáver. Le habló también del tilo florido que crecía allí, y dijo:

-Para que no pienses que lo que acabo de contarte es sólo un sueño, encontrarás sobre tu cama una hoja seca.

Y, efectivamente, al despertar ella la hoja estaba allí. ¡Oh, qué amargas lágrimas vertió! ¡Y sin tener a nadie a quien poder confiar su dolor!

La ventana permaneció abierta todo el día; al elfo le hubiera sido fácil irse a las rosas y a todas las flores del jardín; pero no tuvo valor para abandonar a la afligida joven.

En la ventana había un rosal de Bengala; se instaló en una de sus flores y se estuvo contemplando a la pobre doncella. Su hermano se presentó repetidamente en la habitación, alegre a pesar de su crimen; pero ella no osó decirle una palabra de su cuita.

No bien hubo oscurecido, la joven salió disimuladamente de la casa, se dirigió al bosque, al lugar donde crecía el tilo, y apartando las hojas y la tierra no tardó en encontrar el cuerpo del asesinado. ¡Ah, cómo lloró, y cómo rogó a Dios Nuestro Señor que le concediese la gracia de una pronta muerte!

Hubiera querido llevarse el cadáver a casa, pero al serle imposible cogió la cabeza lívida, con los cerrados ojos, y besando la fría boca sacudió la tierra adherida al hermoso cabello.

-¡La guardaré! -dijo, y después de haber cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvió a su casa con la cabeza y una ramita de jazmín que florecía en el sitio de la sepultura.

Llegada a su habitación, tomó la maceta más grande que pudo encontrar, depositó en ella la cabeza del muerto, la cubrió de tierra y plantó en ella la rama de jazmín.

-¡Adiós, adiós! -susurró el geniecillo, que, no pudiendo soportar por más tiempo aquel gran dolor, voló a su rosa del jardín. Pero estaba marchita; sólo unas pocas hojas amarillas colgaban aún del cáliz verde.

-¡Ah, qué pronto pasa lo bello y lo bueno! -suspiró el elfo. Por fin encontró otra rosa y estableció en ella su morada, detrás de sus delicados y fragantes pétalos.

Cada mañana llegaba volando a la ventana de la desdichada muchacha, y siempre encontraba a ésta llorando junto a su maceta. Sus amargas lágrimas caían sobre la ramita de jazmín, la cual crecía y se ponía verde y lozana, mientras la palidez iba invadiendo las mejillas de la doncella.

Brotaban nuevas ramillas y florecían blancos capullitos que ella besaba. El perverso hermano no cesaba de reñirle, preguntándole si se había vuelto loca. No podía soportarlo, ni comprender por qué lloraba continuamente sobre aquella maceta.

Ignoraba qué ojos cerrados y qué rojos labios se estaban convirtiendo allí en tierra. La muchacha reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de la rosa solía encontrarla allí dormida; entonces se deslizaba en su oído y le contaba de aquel anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y del amor de los elfos; ella soñaba dulcemente.

Un día, mientras se hallaba sumida en uno de estos sueños, se apagó su vida, y la muerte la acogió, misericordiosa. Se encontró en el cielo, junto al ser amado.

Y los jazmines abrieron sus blancas flores y esparcieron su maravilloso aroma característico; era su modo de llorar a la muerta.

El mal hermano se apropió de la hermosa planta florida y la puso en su habitación, junto a la cama, pues era preciosa y su perfume una verdadera delicia.

La siguió el pequeño elfo de la rosa, volando de florecilla en florecilla, en cada una de las cuales habitaba un almita, y les habló del joven inmolado cuya cabeza era ahora tierra entre la tierra, y les habló también del malvado hermano y de la desdichada hermana.

-¡Lo sabemos -decía cada alma de las flores-, lo sabemos! ¿No brotamos acaso de los ojos y de los labios del asesinado? ¡Lo sabemos, lo sabemos! -y hacían con la cabeza unos gestos significativos.

El elfo no lograba comprender cómo podían estarse tan quietas, y se fue volando en busca de las abejas, que recogían miel, y les contó la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la mañana siguiente, dieran muerte al asesino.

Pero la noche anterior, la primera que siguió al fallecimiento de la hermana, al quedarse dormido el malvado en su cama junto al oloroso jazmín, se abrieron todos los cálices; invisibles, pero armados de ponzoñosos dardos, salieron todas las almas de las flores y, penetrando primero en sus oídos, le contaron sueños de pesadilla; luego, volando a sus labios, le hirieron en la lengua con sus venenosas flechas.

-¡Ya hemos vengado al muerto! -dijeron, y se retiraron de nuevo a las flores blancas del jazmín.

Al amanecer y abrirse súbitamente la ventana del dormitorio, entraron el elfo de la rosa con la reina de las abejas y todo el enjambre, que veníam a ejecutar su venganza.

Pero ya estaba muerto; varias personas que rodeaban la cama dijeron:

-El perfume del jazmín lo ha matado.

El elfo comprendió la venganza de las flores y lo explicó a la reina de las abejas, y ella, con todo el enjambre, revoloteó zumbando en torno a la maceta. No había modo de ahuyentar a los insectos, y entonces un hombre se llevó el tiesto afuera; mas al picarle en la mano una de las abejas, soltó él la maceta, que se rompió al tocar el suelo.

Entonces descubrieron el lívido cráneo, y supieron que el muerto que yacía en el lecho era un homicida.

La reina de las abejas seguía zumbando en el aire y cantando la venganza de las flores, y cantando al elfo de la rosa, y pregonando que detrás de la hoja más mínima hay alguien que puede descubrir la maldad y vengarla.

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lunes, 16 de agosto de 2010

La Guardadora de Gansos

Existió una vez una bella princesa llamada Rosabel, cuyo padre concertó su boda con el príncipe de un lejano país.

- Soy anciano y estoy enfermo. Tendrás que hacer el viaje sola, hija mía -dijo el Rey.
- No sufras, querido padre.

Partió la princesa, amazona en caballo veloz, llevando por toda compañía a Sharanaz, la doncella.

Resultó que Rosabel, cuyo bondadoso corazón ignoraba el mal, no tenía noción del mucho que albergaba el de su doncella, a la que como a todos en general, trataba con gran cariño.

Muy atrás había quedado el reino de su padre, cuando la princesa sintió fatiga.

- Creo que vamos a descansar -dijo. Además, tengo sed.

Sharanaz, con vistas a su plan, propuso:

- Será mejor más adelante, mi señora; veo a lo lejos la cinta plateada de un río.

Al llegar a la orilla, Rosabel descendió del caballo para saciar su sed. Sharanaz se apeó también y, con toda rapidez, golpeó la cabeza de la princesa.

Al verla aturdida, le exigió:

- ¡Rápido, dadme vuestras ropas, vuestras joyas y el manto real!

La aturdida Rosabel ni siquiera pensó en defenderse, y pronto cada una de ellas llevó el vestido de la otra.

- Ahora soy la princesa y me llamarás alteza.

Y volvieron a montar a caballo, sólo que ahora Rosabel iba detrás.

No contenta con aquello, la falaz doncella exigió:

- Júrame que no contarás a nadie que eres la princesa. Si lo cuentas, me vengaré con el príncipe, con el que pienso unirme en matrimonio.

Por miedo a sus amenazas, Rosabel lo prometió.

En cuanto llegaron al reino del joven príncipe Fabián, éste salió a recibirlas acompañado de su padre. Sharanaz les dijo:

- Esta joven que viene conmigo es una holgazana, así que bueno será que la pongáis a trabajar.

Fabián, prendado de la belleza y dulzura de la doncella, ni siquiera se fijó en la que suponían princesa. En cambio el rey, para complacer a ésta, ordenó que Rosabel fuera trasladada a una de sus granjas.

Sorprendiendo las miradas de Fabián, fijas en la linda Rosabel, Sharanaz siguió a la princesita a la granja.

- Los vestidos que fueron míos aún son demasiado buenos para tí, así que devuélvemelos.
- Lo haré, pero a cambio de que seáis buena con el príncipe.
- No me déis consejos.

Y aún tuvo la audacia de confesar que pensaba invertir en joyas y boato todo el oro del reino. Mucho se angustió la princesita, creyéndola capaz.

Sin embargo, mientras cuidaba de los gansos, poco podía sospechar que el apuesto príncipe Fabián, escondido cerca, la contemplaba con placer, y que se decía:

- No es tan haragana como la fea princesa pretende hacernos creer...

Desde su escondite observó que hablaba con el caballo que la trajera, lo que no dejó de sorprenderle, aunque lo que decían no llegaba hasta él.

- ¡Mi pobre caballito! -se compadecía Rosabel.
- ¡Mi pobre princesita! -decía él.
- He jurado callar, y si hablo, mi querido príncipe se perjudicará.

Un día Fabián, deseando conversar con la niña, dejó su escondite.

- Pareces triste -le dijo. ¿Es que echas de menos tu país?
- Quizás, pero no os preocupéis por mí. ¿Es verdad que os vais a casar?
- ¡Ay de mí! -suspiró Fabián. Me dijeron que mi princesita era muy linda y muy buena y no ha sido verdad.
- ¡Mi pobre señor! -se apiadó ella.
- ¿Sabéis? Me hubiera gustado que la princesa fuese como vos.

Rosabel se emocionó mucho. Sucedió que el mozo de cuadra, intrigado por las conversaciones de la granjerita y su caballo, se puso a escuchar.

Lo que oyó lo dejó con la boca de a palmo, y a todo correr fue a contárselo al rey.

Cuando le hubo dicho todo, añadió:

- Y si no me creéis, podéis ir vos a escuchar, Majestad.

El rey fue a la granja y se ocultó bajo la paja del establo. Así oyó al caballo decir:

- ¡Ay mi princesita Rosabel, qué triste se pondría vuestro padre, el rey, si os pudiese ver!
- Pero como no me ve, se evita ese pesar. ¡Si no le hubiera jurado a mi doncella Sharanaz callar...!

El rey se dio buena prisa en alzarse de la paja. Convencido de la realidad, envió a por hermosos vestidos para Rosabel y la llevó ante su hijo, diciendo:

- ¡He aquí a tu princesa, la verdadera!

Con lo que ambos príncipes fueron tan dichosos, que ni se puede contar.

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miércoles, 11 de agosto de 2010

El Angelito

En un lejano país vivía una señora viuda, madre de dos niñas gemelas, tan iguales que la mujer, para distinguirlas, tenía que peinarlas de diferente modo.

Cierta mañana, al abrir la puerta de su casa, la viuda casi tropezó con un cestito lleno de rosas, y al separar las flores apareció en el fondo una preciosa niña de meses.

- Venid aquí, hijas mías -llamó la madre a las gemelas, que se llamaban Nuria y Nancy. El cielo os ha enviado una hermanita. Queredla como si lo fuera, pues desde este momento formará parte de la familia. Ahora dadle un beso.
- Parece un angelito -dijo Nancy, obedeciendo a su madre y depositando un beso en la frente de la criatura. Aunque los ángeles tienen alas y nuestra hermanita no las tiene.

Sin embargo, Nuria volvió el rostro y exclamó:

- Yo no quiero besarla.

Y no lo hizo. Y su hermana se arrepintió de haberla besado pues, en el fondo, tampoco la quería.

La llamaron Rosa, por haber aparecido en la casa envuelta en esas flores. Rosa creció muy hermosa, tanto, que las dos gemelas no sabían cómo ocultar su envidia. Se vengaban de ella haciéndola sufrir y golpeándola, sin que la madre las viese.

La pobre niña recogida jamás se quejaba, pues si lo hubiera hecho la mujer que tan bien la trataba habría sufrido mucho.

Los únicos períodos de tranquilidad para Rosa llegaban cuando Nuria y Nancy, las primaveras de todos los años, iban a casa de una hermana de su padre, a la que llamaban "la tía rica", por los muchos bienes que poseía.

Cuando la madre murió, la pobre Rosa vio que sus padecimientos aumentaban, pues las gemelas la golpearon más.

Así estaban las cosas el día en que se detuvo ante la casa la carroza enviada por la tía Rica, pues había llegado la primavera y deseaba que sus sobrinas, como siempre, la visitaran.

- Esta vez iremos las tres -decidió Nuria, mirando despectivamente a Rosa. Pero tú viajarás detrás del coche, pues, ¿quién sabe quiénes son tus padres? Seguramente unos gitanos de la peor condición.

Al partir la carroza, Roza echó a andar detrás de ella, procurando no quedarse muy rezagada. Pero al cabo de una hora, los pies se le empezaron a hinchar y se sintió tan rendida que tuvo que detenerse a descansar a la orilla de un río. Sin poderse contener, estalló en suaves sollozos.

De pronto, las aguas del río se abrieron y apareció un hada de deslumbrante belleza, quien le preguntó dulcemente:

- ¿Por qué lloras, hija mía?
Rosa, entre lágrimas, le explicó su desgracia.
- Yo te ayudaré -dijo el hada. Llegarás al castillo antes que ellas. Come estas tres avellanas y verás cómo sientes que te nacen unas alitas y te llevan por los aires.

Rosa comió las tres avellanas y todo se desarrolló según le dijera el hada. De modo que cuando la carroza de Nuria y Nancy llegó a la puerta del castillo de la tía Rica, las gemelas vieron allí a la que pensaban que aún seguía respirando el polvo del camino.

- ¿Cómo has podido llegar antes que nosotras? -le preguntó agriamente Nuria.
- Me ha prestado sus alas el hada -le respondió Rosa.

Entraron en el castillo y la tía Rica besó cariñosamente a sus sobrinas, asegurando que se alegraba mucho de verlas. Luego, al descubrir allí a Rosa, les preguntó:

- ¿Quién es esta joven tan bella?
- Nuestra criada -mintió Nancy. Hay que tener mucho cuidado con ella, porque es una verdadera fiera.
- ¡Por favor, señora, déjeme estar con ustedes! -suplicó la infortunada Rosa. ¡No tengo a nadie en el mundo!
- No te inquietes. Permanecerás a nuestro lado. Si eres buena, te premiaré. Si eres mala, te castigaré.
- ¡Oh, gracias, gracias! -exclamó Rosa, y tan contenta se puso que besó las manos de la tía Rica.

Durante tres semanas la vida se deslizó plácidamente en el castillo, y la tía Rica se sintió muy satisfecha del comportamiento de Rosa, de la que solía decir:

- Tiene todo el aire de una princesa.

Al oírle, Nuria y Nancy palidecían de rabia.

Cierto día, Rosa solicitó permiso de la buena señora para pasear por el bosque, y la tía Rica se lo concedió. Y allá se fue la sonriente huerfanita, dispuesta a recorrer las sombrías florestas.

Cuando se hallaba más entretenida en su paseo e incluso se había puesto a cantar, sintió que alguien se aproximaba por el bosque. Volvió la cabeza y descubrió a un gallardo joven que la contemplaba fijamente.

- No os alarméis -le dijo amablemente. Me he sentido atraído por vuestra voz. ¿Quién sois?

Las mejillas de la pobre Rosa enrojecieron vivamente. ¿Cómo decirle que era una humilde huérfana recogida por caridad? Sin embargo, era lo único que sabía sobre su persona. Por fortuna para ella, en ese momento sonaron unas campanadas y salió corriendo hacia el castillo.

Al quedar solo, el apuesto cazador descubrió que en la corteza del árbol donde había estado apoyada la muchacha, se hallaban prendidos algunos cabellos rubios. Los recogió cuidadosamente, guardándolos en el interior del medallón que colgaba de su cuello.

- ¿Quién será esta hermosa muchacha? -se preguntó el conde Arnaldo, pues así se llamaba el cazador.

Y desde entonces volvió diariamente al mismo lugar del bosque, con la esperanza de ver otra vez a la bella desconocida. Pero, como no la encontró, comenzó a languidecer.

¿Qué había sido de Rosa? Para vengarse de ella, Nuria y Nancy le introdujeron en uno de sus bolsillos un valioso collar y la acusaron de ladrona ante la tía Rica. Y la inocente señora les dio crédito y encerró a la desgraciada en una mazmorra.

Entre tanto, el padre de Arnaldo, advirtiendo la extraña enfermedad de su hijo, le dijo:

- Si en mi mano está concederte lo que ansías, considérate ya dueño de ello.
- Lo que quiero no se consigue con dinero -respondió el joven. Deseo volver a ver a la dueña de estos cabellos de oro.

Y mostró a su padre los que guardaba de Rosa. El alarmado caballero ordenó inmediatamente que fuera buscada por toda la región la joven a la que pertenecían aquellos cabellos.

Cuando las gemelas se enteraron de que el conde Arnaldo se casaría con la dueña de los cabellos de oro, y como ellas eran morenas, consultaron rápidamente a la bruja Veneno.

- Buscad en el bosque la hierba Rayo de Sol y ella dejará rubios vuestros cabellos negros -les dijo la bruja.

El padre de Arnaldo no quiso perder más tiempo y al siguiente día empezó a visitar las casas, acompañado por su hijo y al frente de una vistosa comitiva. Cuando llegaron al castillo de la tía Rica, ésta les rogó que regresaran algunos días más tarde, pues entonces podrían conocer a sus sobrinas.

¿Y qué era de la pobre Rosa, presa en la mazmorra? Rogaba incesantemente que fuera probada su inocencia. Cierto día llegó hasta su ventana una golondrina y aseguró a la prisionera que había ido para ayudarla.

Efectivamente, desde entonces Rosa estimó muy sabrosas las comidas que le entregaban las gemelas, las mismas que antes apenas podía probar de desagradables que eran. Lo mismo sucedió con el agua y con el jergón, antes duro y después convertido en un colchón de plumas.

- ¡Ah, si pudiera conocer a mis padres! -suspiraba Rosa.
- Dentro de tres días y tres noches verás a tu madre -le aseguró su amiga la golondrina.
- También me gustaría salir de esta mazmorra, aunque sólo fuera por una hora -añadió Rosa. ¡Es tan terrible no poder ver el sol sino a través de esta estrecha ventana!

Y la golondrina, que tenía grandes poderes, convirtió a Rosa en paloma, y le aconsejó se dirigiera volando al jardín Todocolor, donde vivían plantas y flores encantadas.

Rosa salió muy gozosa de su prisión y llegó hasta el jardín señalado, donde se posó sobre las ramas de un limonero y comenzó a picotear uno de sus frutos.

- ¡Ay! -gritó una vocecilla. No claves tu pico en mi corteza, que me duele mucho.
- ¿Pueden hablar los frutos en el jardín Todocolor? -se asombró la palomita.
- Sí, para los pájaros, pero no para las personas.
- No deja de ser maravilloso -exclamó Rosa. ¿Te puedo servir en algo?
- Eres la indicada para hacerme un gran favor -prosiguió el limonero. Con tus alas puedes llegar hasta el palacio del rey y comunicarle dónde se encuentra su hijita que hace quince años me llevé.
- ¿Tú hiciste una cosa así? -exclamó Rosa, poniéndose muy seria. ¿Cuáles fueron tus motivos?
- Porque la reina había rechazado el gran amor que yo sentía por ella, prefiriendo al rey Nicanor. Cuando el matrimonio tuvo su primera hija, la rapté y la deposité en la puerta de una casa de campesinos, donde fue criada. Esa niña llevaba tatuada en su bracito una pequeña flor de lis.

Cuando Rosa regresó a su mazmorra y dejó de ser paloma para convertirse en la muchacha bella que era, se miró el brazo y vio en él algo que hasta entonces no había advertido: una diminuta flor de lis. El descubrimiento la consoló de cuantos sufrimientos llevaba padecidos.

Por fin llegó el día señalado por la tía Rica para la fiesta en que serían presentadas sus sobrinas al conde Arnaldo y a su padre. Como ya habían sido examinados los cabellos de todas las jóvenes del reino, la última esperanza del joven conde se cifraba en aquellas gemelas, Nuria y Nancy.

Para dar más solemnidad al acto, la tía Rica también invitó a los reyes, pero cuando los comensales ocuparon sus lugares en la larga mesa, el rey Nicanor descubrió con horror que formaban un grupo de trece. Y, como era muy supersticioso, dijo a la tía Rica:

- Señora, haced que se siente alguien más a la mesa.
- Podemos llamar a Rosa -se atrevió a insinuar el ama de llaves del castillo.

Y, como la tía Rica diera su parabién, bajó a la mazmorra y dijo a la prisionera que saliese.

La golondrina convirtió los harapos de Rosa en ricos vestidos y la huérfana se presentó en el salón deslumbrante de hermosura. Una mortal palidez cubrió los rostros de las gemelas y la envidia hizo saltar chispas de sus ojos.

Con movimientos principescos, Rosa se dirigió hacia el rey Nicanor y le mostró su brazo.

- ¡Hija mía! -exclamó el monarca, al descubrir la inconfundible flor de lis.

Rosa se arrodilló ante él, pero el conmovido padre la obligó a levantarse y la estrechó entre sus brazos.

- ¡Es ella! -murmuró el conde Arnaldo, reconociendo en la hija del rey a la bella desconocida del bosque.

Se volvió a su padre y le dijo:
- ¡Esta es la joven de los cabellos de oro! Deseo pedir su mano.
- Será para mí un honor concedértela... si ella da su conformidad -exclamó el rey Nicanor, que había oído lo que dijera el joven conde.

Rosa no tuvo necesidad de dar su respuesta en forma de palabras, pues su mirada lo dijo todo. Y mientras el rey y la reina abrazaban a la hija que creían perdida para siempre, en el gran salón del castillo resonaron fuertes vítores a los jóvenes novios.

Cuando el rey conoció la maldad de las gemelas quiso encerrarlas en la misma mazmorra que ocupara su hija, pero Rosa intervino para pedirle que las perdonara, como ella ya lo había hecho.

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viernes, 6 de agosto de 2010

Los Toros y el León

Había una vez tres toros que pastaban juntos.

Se conocían desde hacía tiempo y entre ellos todo era paz y amistad.

No imaginaban que, desde lejos, los observaba el león esperando la oportunidad de atacarlos.

Como era un experto cazador, sabía que llevaría las de perder mientras los toros se mantuvieran juntos. Por lo tanto él tenía que proceder con astucia.

Se acercó al lugar donde pastaban y simuló ser un león pacífico que sólo quería tomar sol y dormitar. Poco a poco, fue ganando la confianza de los tres animales.

Los toros llegaron a acostumbrarse a su presencia. Todos los días lo saludaban amablemente y le preguntaban por su salud.

El león, considerando que su plan estaba dando resultado, se acercó a uno de los toros y le dijo al oído:
-¿Qué haces en compañía de esos dos? De lejos se nota que tu raza es superior...

Luego, solapadamente, convenció al segundo de que sus amigos aprovechaban lo mejor del campo y lo condenaban a comer un pasto muy pobre.

-¿Qué les decías a mis amigos? -le preguntó el tercero.
-¿Decirles? ¡Nada! Los escuchaba con disgusto porque no hacen más que hablar mal de ti.

Así, con engaños, consiguió sembrar entre ellos la desconfianza y el recelo. Los toros empezaron a apartarse...

Dejaron de hablarse y pronto comenzaron a pastar a gran distancia uno de otro. El león no esperó más: había llegado el momento de atacar.

Separados, sin compañeros que los protegiesen, los toros fueron fáciles presas para el león.Y, uno a uno, terminaron en sus garras.

Porque la desunión y el enojo, sólo favorecen al enemigo.

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lunes, 2 de agosto de 2010

Las tres cabritas

Un pastorcito tenía tres cabras; todas ellas muy listas, lindas y alegres. Las cabritas, entre ellas, solían hablar cosas muy chistosas.

- ¡Ay, me gustaría que nos sucediera una aventura interesantísima!

La más comodona replicaba:
- ¿Para qué? Es tan tranquilo vivir sin aventuras.
- Pero no se pasa emoción -decía la tercera.

Y, mientras tanto, el pastorcito en las nubes, tocando la flauta sin cesar. Si la dejaba a un lado era para decir:
- ¡Qué feliz soy! A mí me que me den cabras y pájaros y florecillas, pero especialmente ¡música!

Y volvía a sus melodías, seguro de hacer feliz a cuanto animalito vivía en el florido monte.

Ni las cabras ni el pastor se daban cuenta de que eran observados por un enanito oculto bajo un puente. La más aventurera de las cabritas proponía en aquel momento a sus compañeras:

- ¿Qué tal si damos comienzo a la primera de nuestras aventuras? Yo iré lejos, al otro lado del puete, y así nuestro pastorcito se dará un buen susto. Además, allí podremos comer hierba fresca.
- ¿Al otro lado del puente? - se asombró la tranquilona.
- ¡Ay, hija, qué timorata me estás resultando! -dijo la audaz, presumiendo de valiente. Y se marchó, para que vieran de lo que era capaz.

Lo que desconocía la cabrita era que el puente era custodiado por el aterrador enano, que se comía a todo el que pasaba por allí.

- ¡Qué banquete me voy a dar! -se propuso el enano, al verla llegar. Sin más, se presentó ante la cabrita, dándole el alto:

- Hola, amiga mía... ¿Sabes que eres preciosa?
- Eso dice Juanín, mi pastor -replicó la cabra.
- ¿Quieres venir a mi casa, para que pueda obsequiarte con una hierba especial, que en vez de verde es azul, y que sabe a gloria?

La cabrita, que además de valiente era lista, como ya se ha dicho, receló:
- ¡Me gustaría tanto probar tu hierba azul! Pero hoy Juanín va a darnos un pienso que engorda mucho. Volveré mañana con mis compañeras.

El enano la dejó ir, ya que al día siguiente tendría tres. Pero sólo apareció la segunda de las cabritas. El enano, muy terrible, se adelantó escondiendo un cuchillo en su mano. Entonces la cabrita, que no había creído del todo el cuento de su amiga suponiéndola medrosa, comprobó que era verdad.

- ¡Ay, enanito, si vieras qué gordas se han puesto mis compañeras! Mañana vendremos las tres.

El enano pensó que era mejor esperar de nuevo, y así se apoderaría de las tres.

Reunidas ellas, pensaron que podían haberse equivocado al suponer en el enano tan funestas intenciones.

- Iré yo al puente y ya veré -dijo la tercera cabrita, todo porque no la tildasen de cobarde.

El enano se asombró mucho de verla sola, pero salió a capturarla con la intención de no esperar más y comérsela.
Del susto, la cabrita arremetió contra su menudo enemigo que, del topetazo, fue a parar al río.

- ¡Ay de mí! -se quejó, frotándose la parte malparada y tragando agua.

Corriendo como si tuviese alas, la cabrita regresó junto a sus amigas y cerca de Juanín, que tenía bastante con tocar su flauta.

- ¡Amigas mías! ¡Todo era verdad! El enano es malo.

La cabrita aficionada a las aventuras discurrió un terrible plan. Lo comunicó a las demás y pronto empezaron a afilarse los cuernos en una roca.

Juanín, toca que te tocarás, seguía en la luna. Ni siquiera se dio cuenta de que se habían marchado.

Cuando el enano divisó a las tres cabritas, se le hizo agua la boca y empezó a relamerse. ¡Ya eran suyas! Y, para colmo de su alegría, ellas parecían muy cariñosas.

- Antes que nada, queremos darte un beso, enanito, por haber guardado para nosotras esas hierbas azules tan sabrosas.
- ¡Je...je...! Todos los besitos que queráis, ricas.

Y se acercó a ellas tan confiado, pensando en lo bien que sabrían, y entonces la primera cabrita lanzó un grito de guerra:
- ¡Allá va...! -y le pinchó con su afilado cuernito.
- ¡Allá va...! -dijo también la segunda, y luego la tercera.
- ¡Ay de mí! - ¡Ay de mí! -gritó el malvado enano, sintiéndose tan pinchado por las seis puntitas de los cuernos. - ¡Ay, si me hubiera conformado con la primera cabrita, no me pasaría ésto!

Y corrió y corrió todo cuanto le dieron las piernas.

- ¡Este ya no vuelve! -dijo la primera cabrita.
- Le hemos dado una buena lección -añadió la segunda.

La más miedosa dijo:
- La verdad, ésto de correr aventuras me está gustando...

Pero, por si acaso, regresaron junto a Juanín, sintiéndose más seguras y, especialmente, amenizadas, ya que seguía dándole a la flauta. Desde entonces el puente fue seguro y las cabritas podían ir a comer la hierba fresca del otro lado.

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