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miércoles, 11 de agosto de 2010

El Angelito

En un lejano país vivía una señora viuda, madre de dos niñas gemelas, tan iguales que la mujer, para distinguirlas, tenía que peinarlas de diferente modo.

Cierta mañana, al abrir la puerta de su casa, la viuda casi tropezó con un cestito lleno de rosas, y al separar las flores apareció en el fondo una preciosa niña de meses.

- Venid aquí, hijas mías -llamó la madre a las gemelas, que se llamaban Nuria y Nancy. El cielo os ha enviado una hermanita. Queredla como si lo fuera, pues desde este momento formará parte de la familia. Ahora dadle un beso.
- Parece un angelito -dijo Nancy, obedeciendo a su madre y depositando un beso en la frente de la criatura. Aunque los ángeles tienen alas y nuestra hermanita no las tiene.

Sin embargo, Nuria volvió el rostro y exclamó:

- Yo no quiero besarla.

Y no lo hizo. Y su hermana se arrepintió de haberla besado pues, en el fondo, tampoco la quería.

La llamaron Rosa, por haber aparecido en la casa envuelta en esas flores. Rosa creció muy hermosa, tanto, que las dos gemelas no sabían cómo ocultar su envidia. Se vengaban de ella haciéndola sufrir y golpeándola, sin que la madre las viese.

La pobre niña recogida jamás se quejaba, pues si lo hubiera hecho la mujer que tan bien la trataba habría sufrido mucho.

Los únicos períodos de tranquilidad para Rosa llegaban cuando Nuria y Nancy, las primaveras de todos los años, iban a casa de una hermana de su padre, a la que llamaban "la tía rica", por los muchos bienes que poseía.

Cuando la madre murió, la pobre Rosa vio que sus padecimientos aumentaban, pues las gemelas la golpearon más.

Así estaban las cosas el día en que se detuvo ante la casa la carroza enviada por la tía Rica, pues había llegado la primavera y deseaba que sus sobrinas, como siempre, la visitaran.

- Esta vez iremos las tres -decidió Nuria, mirando despectivamente a Rosa. Pero tú viajarás detrás del coche, pues, ¿quién sabe quiénes son tus padres? Seguramente unos gitanos de la peor condición.

Al partir la carroza, Roza echó a andar detrás de ella, procurando no quedarse muy rezagada. Pero al cabo de una hora, los pies se le empezaron a hinchar y se sintió tan rendida que tuvo que detenerse a descansar a la orilla de un río. Sin poderse contener, estalló en suaves sollozos.

De pronto, las aguas del río se abrieron y apareció un hada de deslumbrante belleza, quien le preguntó dulcemente:

- ¿Por qué lloras, hija mía?
Rosa, entre lágrimas, le explicó su desgracia.
- Yo te ayudaré -dijo el hada. Llegarás al castillo antes que ellas. Come estas tres avellanas y verás cómo sientes que te nacen unas alitas y te llevan por los aires.

Rosa comió las tres avellanas y todo se desarrolló según le dijera el hada. De modo que cuando la carroza de Nuria y Nancy llegó a la puerta del castillo de la tía Rica, las gemelas vieron allí a la que pensaban que aún seguía respirando el polvo del camino.

- ¿Cómo has podido llegar antes que nosotras? -le preguntó agriamente Nuria.
- Me ha prestado sus alas el hada -le respondió Rosa.

Entraron en el castillo y la tía Rica besó cariñosamente a sus sobrinas, asegurando que se alegraba mucho de verlas. Luego, al descubrir allí a Rosa, les preguntó:

- ¿Quién es esta joven tan bella?
- Nuestra criada -mintió Nancy. Hay que tener mucho cuidado con ella, porque es una verdadera fiera.
- ¡Por favor, señora, déjeme estar con ustedes! -suplicó la infortunada Rosa. ¡No tengo a nadie en el mundo!
- No te inquietes. Permanecerás a nuestro lado. Si eres buena, te premiaré. Si eres mala, te castigaré.
- ¡Oh, gracias, gracias! -exclamó Rosa, y tan contenta se puso que besó las manos de la tía Rica.

Durante tres semanas la vida se deslizó plácidamente en el castillo, y la tía Rica se sintió muy satisfecha del comportamiento de Rosa, de la que solía decir:

- Tiene todo el aire de una princesa.

Al oírle, Nuria y Nancy palidecían de rabia.

Cierto día, Rosa solicitó permiso de la buena señora para pasear por el bosque, y la tía Rica se lo concedió. Y allá se fue la sonriente huerfanita, dispuesta a recorrer las sombrías florestas.

Cuando se hallaba más entretenida en su paseo e incluso se había puesto a cantar, sintió que alguien se aproximaba por el bosque. Volvió la cabeza y descubrió a un gallardo joven que la contemplaba fijamente.

- No os alarméis -le dijo amablemente. Me he sentido atraído por vuestra voz. ¿Quién sois?

Las mejillas de la pobre Rosa enrojecieron vivamente. ¿Cómo decirle que era una humilde huérfana recogida por caridad? Sin embargo, era lo único que sabía sobre su persona. Por fortuna para ella, en ese momento sonaron unas campanadas y salió corriendo hacia el castillo.

Al quedar solo, el apuesto cazador descubrió que en la corteza del árbol donde había estado apoyada la muchacha, se hallaban prendidos algunos cabellos rubios. Los recogió cuidadosamente, guardándolos en el interior del medallón que colgaba de su cuello.

- ¿Quién será esta hermosa muchacha? -se preguntó el conde Arnaldo, pues así se llamaba el cazador.

Y desde entonces volvió diariamente al mismo lugar del bosque, con la esperanza de ver otra vez a la bella desconocida. Pero, como no la encontró, comenzó a languidecer.

¿Qué había sido de Rosa? Para vengarse de ella, Nuria y Nancy le introdujeron en uno de sus bolsillos un valioso collar y la acusaron de ladrona ante la tía Rica. Y la inocente señora les dio crédito y encerró a la desgraciada en una mazmorra.

Entre tanto, el padre de Arnaldo, advirtiendo la extraña enfermedad de su hijo, le dijo:

- Si en mi mano está concederte lo que ansías, considérate ya dueño de ello.
- Lo que quiero no se consigue con dinero -respondió el joven. Deseo volver a ver a la dueña de estos cabellos de oro.

Y mostró a su padre los que guardaba de Rosa. El alarmado caballero ordenó inmediatamente que fuera buscada por toda la región la joven a la que pertenecían aquellos cabellos.

Cuando las gemelas se enteraron de que el conde Arnaldo se casaría con la dueña de los cabellos de oro, y como ellas eran morenas, consultaron rápidamente a la bruja Veneno.

- Buscad en el bosque la hierba Rayo de Sol y ella dejará rubios vuestros cabellos negros -les dijo la bruja.

El padre de Arnaldo no quiso perder más tiempo y al siguiente día empezó a visitar las casas, acompañado por su hijo y al frente de una vistosa comitiva. Cuando llegaron al castillo de la tía Rica, ésta les rogó que regresaran algunos días más tarde, pues entonces podrían conocer a sus sobrinas.

¿Y qué era de la pobre Rosa, presa en la mazmorra? Rogaba incesantemente que fuera probada su inocencia. Cierto día llegó hasta su ventana una golondrina y aseguró a la prisionera que había ido para ayudarla.

Efectivamente, desde entonces Rosa estimó muy sabrosas las comidas que le entregaban las gemelas, las mismas que antes apenas podía probar de desagradables que eran. Lo mismo sucedió con el agua y con el jergón, antes duro y después convertido en un colchón de plumas.

- ¡Ah, si pudiera conocer a mis padres! -suspiraba Rosa.
- Dentro de tres días y tres noches verás a tu madre -le aseguró su amiga la golondrina.
- También me gustaría salir de esta mazmorra, aunque sólo fuera por una hora -añadió Rosa. ¡Es tan terrible no poder ver el sol sino a través de esta estrecha ventana!

Y la golondrina, que tenía grandes poderes, convirtió a Rosa en paloma, y le aconsejó se dirigiera volando al jardín Todocolor, donde vivían plantas y flores encantadas.

Rosa salió muy gozosa de su prisión y llegó hasta el jardín señalado, donde se posó sobre las ramas de un limonero y comenzó a picotear uno de sus frutos.

- ¡Ay! -gritó una vocecilla. No claves tu pico en mi corteza, que me duele mucho.
- ¿Pueden hablar los frutos en el jardín Todocolor? -se asombró la palomita.
- Sí, para los pájaros, pero no para las personas.
- No deja de ser maravilloso -exclamó Rosa. ¿Te puedo servir en algo?
- Eres la indicada para hacerme un gran favor -prosiguió el limonero. Con tus alas puedes llegar hasta el palacio del rey y comunicarle dónde se encuentra su hijita que hace quince años me llevé.
- ¿Tú hiciste una cosa así? -exclamó Rosa, poniéndose muy seria. ¿Cuáles fueron tus motivos?
- Porque la reina había rechazado el gran amor que yo sentía por ella, prefiriendo al rey Nicanor. Cuando el matrimonio tuvo su primera hija, la rapté y la deposité en la puerta de una casa de campesinos, donde fue criada. Esa niña llevaba tatuada en su bracito una pequeña flor de lis.

Cuando Rosa regresó a su mazmorra y dejó de ser paloma para convertirse en la muchacha bella que era, se miró el brazo y vio en él algo que hasta entonces no había advertido: una diminuta flor de lis. El descubrimiento la consoló de cuantos sufrimientos llevaba padecidos.

Por fin llegó el día señalado por la tía Rica para la fiesta en que serían presentadas sus sobrinas al conde Arnaldo y a su padre. Como ya habían sido examinados los cabellos de todas las jóvenes del reino, la última esperanza del joven conde se cifraba en aquellas gemelas, Nuria y Nancy.

Para dar más solemnidad al acto, la tía Rica también invitó a los reyes, pero cuando los comensales ocuparon sus lugares en la larga mesa, el rey Nicanor descubrió con horror que formaban un grupo de trece. Y, como era muy supersticioso, dijo a la tía Rica:

- Señora, haced que se siente alguien más a la mesa.
- Podemos llamar a Rosa -se atrevió a insinuar el ama de llaves del castillo.

Y, como la tía Rica diera su parabién, bajó a la mazmorra y dijo a la prisionera que saliese.

La golondrina convirtió los harapos de Rosa en ricos vestidos y la huérfana se presentó en el salón deslumbrante de hermosura. Una mortal palidez cubrió los rostros de las gemelas y la envidia hizo saltar chispas de sus ojos.

Con movimientos principescos, Rosa se dirigió hacia el rey Nicanor y le mostró su brazo.

- ¡Hija mía! -exclamó el monarca, al descubrir la inconfundible flor de lis.

Rosa se arrodilló ante él, pero el conmovido padre la obligó a levantarse y la estrechó entre sus brazos.

- ¡Es ella! -murmuró el conde Arnaldo, reconociendo en la hija del rey a la bella desconocida del bosque.

Se volvió a su padre y le dijo:
- ¡Esta es la joven de los cabellos de oro! Deseo pedir su mano.
- Será para mí un honor concedértela... si ella da su conformidad -exclamó el rey Nicanor, que había oído lo que dijera el joven conde.

Rosa no tuvo necesidad de dar su respuesta en forma de palabras, pues su mirada lo dijo todo. Y mientras el rey y la reina abrazaban a la hija que creían perdida para siempre, en el gran salón del castillo resonaron fuertes vítores a los jóvenes novios.

Cuando el rey conoció la maldad de las gemelas quiso encerrarlas en la misma mazmorra que ocupara su hija, pero Rosa intervino para pedirle que las perdonara, como ella ya lo había hecho.

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