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martes, 31 de agosto de 2010

El Caballo de Ebano

De Las Mil y Una Noches

Durante la fiesta del Año Nuevo, que es el primer día del año, el Sultán de Shiraz estaba terminando su audiencia pública cuando apareció un hindú al pie de su trono. Traía un caballo artificial tan hábilmente fabricado que, a primera vista, podía ser tomado por un animal vivo. El hindú se prosternó ante el trono y, señalando al caballo, dijo al Sultán:

- Este caballo es una gran maravilla. Si deseo ser transportado a los más distantes puntos de la tierra sólo tengo que montarlo. Ofrezco demostrárselo a Su Majestad si me lo manda.

El Sultán, que era muy aficionado a todo objeto que fuese curioso y que nunca había visto ni oído de nada tan absolutamente extraño como ésto, dijo al hindú que le gustaría verlo hacer lo que prometía. De inmediato el hindú puso el pie en el estribo, se acomodó en la silla y preguntó al Sultán hacia dónde deseaba que fuera.

- ¿Ves allá esa montaña? -preguntó el Sultán señalándola. Cabalga hasta allá y tráeme un rama de la palmera que hay al pie del cerro.

Apenas había hablado el Sultán, el hindú giró una clavija que estaba en un hueco del cuello del caballo, justamente al lado de la silla de montar. Al instante, el caballo se alzó del suelo y comenzó su carrera en el aire, con la velocidad de una relámpago, ante el asombro del Sultán y de todos los espectadores.

En menos de un cuarto de hora vieron retornar al hindú con la rama de palmera en su mano. Al tocar tierra, en medio de las aclamaciones de la gente, desmontó y se dirigió al trono, depositando la rama de palmera a los pies del Sultán.

Este, aún maravillado por el inaudito espectáculo, experimentó un gran deseo de poseer el caballo y dijo al hindú:
- Quisiera comprártelo, si es que lo vendes.
- Majestad -respondió el hindú- hay una sola condición para que yo pueda separarme de mi caballo: que me otorgues la mano de la princesa, vuestra hija, pues quiero casarme con ella.

Los cortesanos que rodeaban el trono del Sultán no podían contener su risa ante la extravagante proposición del hindú. Pero el Príncipe Feruz Shah, hijo mayor del Sultán, estaba muy indignado.

- Majestad -dijo-, espero que rechazarás de inmediato esta insolente petición y que no permitirás, ni siquiera por un momento, que este miserable truhán pueda jactarse con la esperanza de un matrimononio con la hija de una de las más poderosas familias del mundo. ¡Piensa en la consideración que te debes a tí mismo y a tu noble sangre!
- Hijo mío -replicó el Sultán-, no le concederé lo que pide. Mas, poniendo a mi hija al margen del asunto, puedo hacer un negocio diferente con él. Sin embargo, deseo que primero examines tú el caballo. Pruébalo y dime qué piensas de él.

Al oír ésto, el hindú se apresuró a ayudar a montar al Príncipe y a enseñarle cómo guiarlo y manejarlo. Pero, sin esperar las instrucciones del hindú, el Príncipe montó y dio vuelta la clavija como había visto hacer al otro.

Instantáneamente, el caballo partió rápido por el aire, igual que una flecha disparada por un arco. En pocos momentos ni el caballo ni el Príncipe pudieron ser vistos. El hindú, alarmado por lo sucedido, corrió ante el trono y rogó al Sultán que no se enojara.

- Su Majestad -dijo- vio tan bien como yo con qué velocidad el caballo voló. La sorpresa me privó del habla. Pero aunque hubiera podido hablar para advertir al Príncipe, éste ya estaba demasiado lejos para oírme. Sin embargo, aún podemos esperar que el Príncipe descubra que existe otra clavija. Tan pronto como la gire, el caballo cesará de correr y descenderá suavemente a tierra.

No obstante estos argumentos, el Sultán estaba muy alarmado por el evidente peligro que corría su hijo y dijo al hindú:
- Tu cabeza responderá por la vida de mi hijo, a menos que regrese a salvo en tres meses o yo oiga que está vivo.

Entonces ordenó a sus guardias que tomaran prisionero al hindú y lo encerraran en una estrecha prisión. Después se retiró a su palacio, apenado de que la fiesta del Año Nuevo hubiera terminado tan desafortunadamente.

Mientrs tanto, el Príncipe iba corriendo por el aire con una aterradora velocidad. En menos de una hora había subido tan alto que las montañas y las llanuras bajo él se fundían entre sí.

Entonces, por primera vez, empezó a pensar en volver y con este fin comenzó a girar la clavija hacia uno y otro lado, a la vez que tiraba de la rienda. Pero cuando advirtió que el caballo continuaba ascendiendo, se alarmó muchísimo y se arrepintió profundamente de la locura cometida al no haber aprendido a guiar el caballo antes de montarlo.

Entonces empezó a examinar la cabeza y cuello del caballo muy cuidadosamente y descubrió, detrás de la oreja derecha, una segunda clavija más pequeña que la primera. Le dio vueltas y de inmediato sintió que estaba descendiendo de la misma manera que había ascendido, pero no tan rápidamente.

Ya había entrado la noche cuando el Príncipe descubrió y giró esa pequeña clavija. A medida que el caballo bajaba, el Príncipe iba perdiendo de vista los últimos rayos del sol poniente, hasta que se oscureció por completo. Se vio obligado a aflojar la rienda y a esperar pacientement que el caballo eligiese su propio lugar de aterrizaje, ya fuera en el desierto, en la costa o en el mar.

Por último, a eso de la medianoche, el caballo tocó tierra firme. El Príncipe desmontó desfallecido de hambre pues no había comido nada desde la mañana. Se encontró sobre la azotea de un magnífico palacio y, al tantear a su alrededor, tocó una escalera que lo condujo a un aposento cuya puerta estaba medio abierta.

El Príncipe llamó suavemente y, como nadie le respondió, avanzó cautelosamente al interior de la sala. Gracias a la luz de una lámpra, vio a algunos esclavos negros que dormían con sus espadas desnudas a sus costados.

Estos eran, evidentemente, los guardianes de la cámara de un Sultán o de una Princesa. Avanzando en la punta de los pies, hizo a un lado la cortina y se encontró en una espléndida cámara. Tenía muchas camas, una de las cuales estaba dispuesta más alta que las otras sobre un dosel. Evidentemente, eran las camas de la Princesa y de las damas que la atendían.

Se deslizó calladamente hacia el dosel y contempló a una joven de belleza tan extraordinaria que quedó fascinado al primer golpe de vista. Se puso de rodillas y tiró suavemente una manga de la Princesa. Ella abrió los ojos y se sorprendió muchísimo de ver a un hermoso joven junto a su cama, pero no dio signos de temor. El Príncipe se puso de pie e inclinándose hacia el suelo dijo:

— Hermosa Princesa, a causa de la más extraordinaria de las aventuras, ves a tus pies a un Príncipe suplicante, hijo del Sultán de Persia, quien te solicita asistencia y protección.

En respuesta a esta petición del príncipe Feruz Shah, la bella Princesa dijo:
— Príncipe, no estás en un país bárbaro, sino en el reino del Rajá de Bengala. Este es su estado y yo soy la mayor de sus hijos. Te garantizo la protección que solicitas y puedes confiar en mi palabra.

El príncipe de Persia hubiera querido agradecer a la Princesa, pero ella no quiso dejarlo hablar.
— Aunque estoy impaciente —dijo— por conocer el milagro que te ha traído hasta aquí desde la capital de Persia y cuál ha sido el encantamiento que te ha permitido escapar a la vigilancia de mis guardianes, deseo postergar la satisfacción de mi curiosidad para más tarde, hasta después que hayas descansado de tu fatiga del viaje.

Las servidoras de la Princesa estaban muy sorprendidas de ver a un Príncipe en el dormitorio. Pero de inmediato se prepararon a obedecer las órdenes y condujeron al joven a un elegante aposento. Allí, mientras algunas preparaban la cama, otras traían y servían una oportuna y abundante comida.

Al día siguiente, la Princesa se preparó para recibir al Príncipe, teniendo cuidado de vestirse y adornarse como nunca lo había hecho antes. Engalanó su cuello, cabeza y brazos con los diamantes más finos que poseía; se vistió con las más ricas telas de la India, todas de bellísimos colores y hechas solamente para reyes, príncipes y princesas. Después de mirarse por última vez al espejo, mandó a decir al príncipe de Persia que podría recibirlo.

El Príncipe, que acababa de vestirse al momento de recibir el mensaje de la Princesa, se apresuró a sacar partido del honor que ella le concedía. Le habló de las maravillas del caballo encantado, de su estupendo viaje por el aire y de los medios por los cuales había conseguido entrar a su cámara. Tras agradecerle la amabilidad de su recepción, le expresó su deseo de regresar a casa y remediar la ansiedad de su padre el Sultán.

La Princesa replicó:
— No puedo aceptar, Príncipe, que me dejes tan pronto. Concédeme el favor de una visita más larga, de modo que puedas volver a la corte de Persia con un relato más completo de lo que has visto en el reino de Bengala.

El Príncipe no podía, así como así, rehusar la invitación de la Princesa, después de la amabilidad que le había demostrado. Además, ella se había ocupado de preparar partidas de caza, conciertos musicales y magníficas fiestas para hacer agradable la permanencia de él.

Por dos meses el príncipe de Persia se abandonó por completo a la voluntad de la Princesa. Ella no parecía pensar más que en él y en que el Príncipe se quedara toda la vida con ella. Pero, al final, éste declaró que no podía permanecer más tiempo ahí y le rogó que le permitiera volver junto a su padre. Y agregó:

— Si no temiera ofenderte, te pediría el favor de irte conmigo.
La Princesa no contestó a estas palabras del príncipe de Persia. Pero su silencio y sus ojos dijeron suficientemente que ella no rechazaba la idea de acompañarlo. Solamente temía, confesó, que el Príncipe no supiera gobernar bastante bien al caballo de ébano.

El alejó sus temores prontamente, asegurándole que, después de su experiencia pasada, desafiaría al hindú mismo a manejar mejor el caballo. Puestos de acuerdo, dedicaron todos sus pensamientos a prepararse para escapar de manera secreta del palacio, sin que nadie tuviera sospecha de sus propósitos.

A la mañana siguiente, poco después del amanecer, cuando todos los sirvientes aún estaban dormidos, marcharon hasta la azotea del palacio. El Príncipe volvió el caballo hacia Persia y tan pronto como la Princesa hubo montado a sus espaldas y asegurado con sus brazos alrededor de su talle, él giró la clavija.

Entonces, el caballo ascendió en el aire con su acostumbrada rapidez y al cabo de dos horas ellos tuvieron a la vista la capital de Persia.

En vez de apearse en el palacio, el Príncipe dirigió su cabalgadura hasta otro palacio, un poco distante de la ciudad. Luego condujo a la Princesa a una hermosa habitación, y ordenó a los sirvientes que le dieran todo cuanto necesitara.

Después de asegurar que regresaría inmediatamente luego de informar a su padre de su regreso, ordenó preparar un caballo y partió hacia el palacio.

El Sultán recibió a su hijo con lágrimas de alegría y escuchó atentamente mientras el Príncipe relataba sus aventuras durante su cabalgata por el aire, su amable recepción en el palacio de la princesa de Bengala y su larga permanencia ahí, a causa de su afecto mutuo. Agregó que, habiéndole prometido matrimonio, la había persuadido de que lo acompañara hasta Persia.

— La traje conmigo en el caballo de ébano —concluyó— y la dejé en tu palacio de verano, hasta que yo pueda regresar llevándole tu consentimiento.

Al oír estas palabras, el Sultán abrazó a su hijo y le dijo:
— Hijo mío, no sólo consiento en tu matrimonio con la princesa de Bengala, sino que quiero ir yo mismo a traerla a palacio y tu boda se celebrará hoy mismo.

El Sultán ordenó que el hindú fuese sacado de su prisión y llevado ante él. Cuando ésto fue hecho, el Sultán dijo:

— Te mantuve preso para que tu vida respondiera por el Príncipe, mi hijo. Gracias a Dios porque ha regresado a salvo. Ve, toma tu caballo, y que jamás yo vuelva a ver tu cara.

El hindú supo, por los que lo custodiaban en su encierro, todo lo referente a la Princesa que el príncipe Feruz Shah había traído consigo y que había dejado en el palacio de verano. De inmediato empezó a pensar en su venganza. Montó en su caballo de ébano y se fue por el aire directamente a ese palacio.

Una vez allí, dijo al capitán de la guardia que venía con órdenes de conducir en vuelo a la princesa de Bengala ante el Sultán, quien la esperaba en el palacio de la ciudad.

El capitán de la guardia, viendo que el hindú había sido liberado de la prisión, creyó su historia. Y la Princesa de inmediato aceptó lo que el Príncipe, según pensó, deseaba de ella.

El hindú, muy contento de lo fácil que iba saliendo su malvado plan, subió a caballo, colocó la Princesa a sus espaldas, giró la clavija, e instantáneamente el caballo ascendió por el aire.

Mientras tanto, el Sultán de Persia, acompañado de su corte, iba camino del palacio donde había quedado la princesa de Bengala. A su vez, el Príncipe se había apresurado a tomar la delantera para recibir a su padre. Repentinamente, el hindú, para desafiarlos, y vengar por sí mismo el maltrato que había recibido en la prisión, apareció con su prisionera sobre sus cabezas.

Cuando el Sultán vio al hindú, su sorpresa y su enojo no tuvieron límites. Además, estaba fuera de su poder castigar esa acción ultrajante. Únicamente podía ponerse de pie y proferir un millar de maldiciones en contra del hindú, lo que también hicieron los cortesanos que presenciaban tamaña muestra de insolencia. Pero la furia del Príncipe Feruz Shah fue indescriptible cuando vio que se llevaban a la Princesa que él amaba tan apasionadamente.

Melancólico y descorazonado, caminó hasta encontrarse con el capitán de la guardia, a quien había encomendado cuidar a la Princesa. Este, que ya había sabido de la traición del hindú, se arrojó a los pies del Príncipe y le pidió que le diera muerte por su propia mano, por su fatal credulidad.

— Levántate —dijo el Príncipe— tú no tienes la culpa de la pérdida de la Princesa, sino mi falta de precaución. Pero no hay tiempo que perder: tráeme una túnica de derviche y cuídate de no decir que es para mí.

Cuando el capitán de la guardia trajo la túnica de derviche, el Príncipe se vistió de inmediato con ella y, tomando consigo una caja de joyas, abandonó el palacio. Estaba resuelto a no regresar hasta haber encontrado a la Princesa o, si no, perecer en el intento.

Mientras tanto, montado en su caballo encantado y llevando a la Princesa tras de sí, el hindú llegó a la capital del reino de Cachemira. No entró a la ciudad, pues descabalgó en el bosque y dejó a la Princesa en un lugar donde crecía abundante hierba, rodeado por un arroyuelo de agua fresca, mientras iba a buscar alimento.

A su regreso, después de que ambos hubieron comido, empezó a maltratar a la Princesa, porque ésta rehusó ser su esposa. Entonces ocurrió que el Sultán de Cachemira y su corte, que pasaban por el bosque de retorno a una partida de caza, escucharon una voz de mujer que pedía socorro. La buscaron para ayudarla, y se encontraron con el hindú, quien les dijo que la dama era su esposa y que ellos no tenían por qué meterse en sus asuntos.

La Princesa gritó:
— ¡Mi señor, quienquiera sea el enviado por los cielos en mi socorro, ten compasión de mí! Soy una Princesa. Este hindú es un malvado mago que me ha traído a la fuerza, alejándome del príncipe de Persia, con quien me iba a casar. Me ha traído hasta aquí en el caballo de ébano que veis ahí.

La hermosura de la Princesa, su aire majestuoso y sus lágrimas demostraban que ella decía la verdad. Justamente enfurecido por la insolencia del hindú, el Sultán de Cachemira ordenó a sus guardias que lo apresaran y le cortaran la cabeza. La sentencia fue ejecutada de inmediato.

La alegría de la Princesa fue inconmensurable al verse libre del malvado hindú. Supuso que el Sultán de Cachemira podría devolverla enseguida al príncipe de Persia, pero fue decepcionada en sus esperanzas. Su libertador había decidido casarse con ella al día siguiente y despachó una proclama ordenando el regocijo general de sus súbditos.

La princesa de Bengala fue despertada al romper el día por tambores y trompetas, y por grandes demostraciones de alegría de todos los que se encontraban en el palacio. Sin embargo, ella estaba lejos de sospechar la verdadera causa de tantas manifestaciones.

Cuando el Sultán fue a buscarla y le explicó que esta alegría era en honor de su matrimonio, a la vez que le rogó consentir en esa unión, la Princesa se desmayó.
Las mujeres de su servicio, que estaban presentes, corrieron a asistirla. Pero pasó largo tiempo antes de que volviera a su estado consciente.

Al fin, recobrada, decidió que en cuanto se quisiera forzarla a casarse con el Sultán de Cachemira, ella fingiría que se había vuelto loca. Consecuentemente, empezó a hablar en forma disparatada, dio varias otras señales de desorden mental y aún saltó de su asiento como si quisiera atacar al Sultán. Todo ello pareció tan real, que éste se alarmó muchísimo y envió a buscar a los médicos de la corte, para que la examinaran y dijeran si podrían curarla de su enfermedad.

Al encontrarse con que los médicos de su corte no la podían sanar, mandó en busca de los más famosos doctores de su reino, quienes tampoco tuvieron éxito.
Enseguida, envió mensajes a las cortes de los sultanes vecinos, con promesas de generosa recompensa a quienquiera curase a la Princesa de su locura.

Entretanto, el príncipe Feruz Shah, disfrazado como derviche, viajaba a través de muchas provincias y ciudades, preguntando en todas partes acerca de su perdida Princesa. Por último, en cierta ciudad de Hindustán, le hablaron de una princesa de Bengala que se había vuelto loca el mismo día en que iba a contraer matrimonio con el Sultán de Cachemira.

Convencido de que ella no podía ser otra que su prometida, se apresuró a ir a la capital de Cachemira.
Apenas llegó, le contaron la historia de la Princesa y la suerte del mago hindú. El Príncipe quedó persuadido de que, por fin, había encontrado a su prometida.

Cambiando su traje por uno de médico, fue de inmediato al palacio y anunció su deseo de intentar la curación de la Princesa. Desde hacía un tiempo, nadie se había ofrecido para hacerlo y el Sultán había empezado a perder la esperanza de verla sana, y de poder casarse con ella.

Así ordenó que, sin tardanza, el nuevo médico fuera conducido ante él. En cuanto el Príncipe fue admitido en su presencia, el Sultán le dijo que la Princesa no podía soportar la vista de un médico sin caer en el más violento de los paroxismos. En consecuencia, condujo al Príncipe a un cuarto desde el cual, mirando a través de un enrejado, podía ver sin ser visto.

Desde ahí Feruz Shah contempló a su amada princesa. Se veía triste y sin esperanzas. De sus ojos caían gruesas lágrimas, mientras cantaba una dolorida canción deplorando su infeliz destino. Apenas abandonaron el cuarto, el Príncipe dijo al Sultán que tenía la certidumbre de que el mal de la Princesa no era incurable. Pero, para poder ir en su ayuda, debería hablarle en privado y a solas.

El Sultán ordenó que la puerta de la cámara de la Princesa fuese abierta y Feruz Shah entró. Inmediatamente, la joven recurrió a su práctica de recibir a los médicos con amenazas y ademanes de atacarlos. Pero Feruz Shah se acercó y le dijo, en voz tan baja que sólo ella pudo oír:

— Princesa, no soy médico, sino Feruz Shah y vengo a obtener tu libertad.
La Princesa distinguió el timbre de su voz y lo reconoció, a pesar de que él había dejado crecer mucho su barba. Se calmó de inmediato y se llenó de una secreta alegría a la vista inesperada del Príncipe que ella amaba.

Después de que se informaron brevemente de todo lo ocurrido a uno y a otro durante su separación, el Príncipe le preguntó si sabía qué había ocurrido con el caballo de ébano tras la muerte del mago hindú. Ella respondió que no lo sabía, pero suponía que estaría cuidadosamente guardado como una curiosidad. Feruz Shah dijo, entonces, a la Princesa que él intentaría recuperar el caballo para que los transportara de regreso a Persia.

Juntos planearon, como primer paso de este propósito, que la Princesa recibiera al Sultán al día siguiente. Este, alborozado por la curación de la Princesa que, al parecer estaba muy avanzada, miró al Príncipe como si fuera el más grande de los médicos del mundo.

Feruz Shah acompañó al Sultán en su visita a la Princesa, y le preguntó cómo ella había podido venir al reino de Cachemira desde un país tan distante.
Entonces, el Sultán repitió la historia del mago hindú, agregando que el caballo de ébano se guardaba muy seguro, como una gran curiosidad, entre sus tesoros, pero que ignoraba el modo de usarlo.

— Majestad —replicó el pretendido médico— esta información me permite un medio de curación de la Princesa. Cuando ella fue traída hasta aquí en el caballo de ébano, contrajo parte del encantamiento. Este sólo se puede disipar mediante cierto incienso que yo conozco. Mandad traer el caballo a la gran plaza frente al palacio, mañana, y deja el resto de mi cuenta. Prometo mostrarte, a ti y a tu pueblo reunido, a la princesa de Bengala completamente restablecida en cuerpo y alma. Pero, para asegurar el éxito de esta curación, la Princesa debe ser vestida tan magníficamente como sea posible y adornada con las más bellas joyas de tu tesoro.

El Sultán prometió cumplir todo lo que pedía el médico. Habría emprendido cualquier aventura o realizado las cosas más difíciles, si con ello aseguraba su matrimonio con la Princesa.

Al día siguiente, el caballo de ébano fue sacado de entre los tesoros y llevado a la gran plaza frente al palacio. La noticia de que algo extraordinario iba a suceder se extendió por la ciudad y una multitud de gente de los alrededores se encontró ahí.

El Sultán de Cachemira, rodeado de su corte y de sus ministros de estado, ocupó una galería levantada a propósito para la ocasión. La princesa de Bengala, atendida por las damas de su servicio, fue conducida hasta el caballo de ébano y ayudada a montar. Entonces, el pretendido médico colocó varias vasijas llenas de carbones encendidos y arrojó sobre éstos puñados de incienso.

Después, dio tres rápidas vueltas alrededor del caballo, fingiendo murmurar ciertas palabras mágicas. Las vasijas desprendían una oscura nube de humo alrededor de la Princesa, de modo que ni ella ni el caballo podían verse. En un momento, el Príncipe montó ágilmente tras ella y giró la clavija. En cuanto el caballo subió en el aire, el Sultán oyó claramente estas palabras:

— Sultán de Cachemira, cuando desees casarte con una Princesa que implora tu protección, aprende a obtener primero su consentimiento.

Así el Príncipe liberó a la princesa de Bengala y ese mismo día la llevó a la capital de Persia. Aquí, el Sultán su padre dispuso la inmediata preparación de las solemnidades de su matrimonio, con adecuada pompa y magnificencia.

Antes de que concluyeran los días destinados a la fiesta, el Sultán nombró un embajador, a quien encomendó ir a la corte de Bengala. Su misión consistía en pedir al rajah de este reino su aprobación para la alianza contraída a través de este matrimonio, lo que el rajah de Bengala estimó un honor y asintió con gran placer y satisfacción.

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