Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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viernes, 18 de marzo de 2011

El gallo y la zorra

Una zorra, que buscaba comida, encontró un gallo bien cebado; éste se puso a salvo rápidamente en un árbol. La zorra se mostró dolida por tanta deconfianza.

- ¿Por qué huyes? Sólo quería darte un abrazo fraternal -dijo muy ofendida.
- No soy tan tonto como para creerte! -replicó el gallo.
- Pero entonces, ¿no lo sabes?
- ¿Qué es lo que tengo que saber?
- Se ha proclamado la paz universal! -afirmó la zorra. Ahora todos somos hermanos. Anda, baja para que también nosotros podamos darnos el abrazo de la paz, porque tengo todavía que ir a abrazar a muchos otros hermanos con los que antes estaba enemistada.
- Qué bien! -fingió alegría el gallo. Entonces será mejor esperar a que lleguen aquellos perros de caza: seguramente también quieren darte un abrazo de paz.

La zorra huyó a toda prisa, pero antes se volvió al gallo:

- No es que te haya mentido, pero no estoy segura de que ellos se hayan enterado.

Así alejó el peligro el astuto gallo y y regresó sano y salvo al gallinero.

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lunes, 14 de marzo de 2011

Las flores de la Luna

En los Montes Dolomitas vivía un príncipe que ansiaba ir a la Luna, fascinado por su suave luminosidad.

Consiguió realizar su sueño, y una vez allí, descubrió que quien despedía aquella luz era la bellísima hija del rey.

Los jóvenes se enamoraron, pero sus mundos eran muy diferentes y pronto debieron separarse. Ella le dio en prenda de amor una de las flores aterciopeladas que cubrían la Luna como si fuera nieve: ésa fue la primera flor de las nieves, la reina de la montaña.

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jueves, 10 de marzo de 2011

El Pescador y el Genio

De Las Mil y Una Noches

Había una vez un pescador de edad y tan pobre que apenas ganaba lo necesario para alimentarse con su esposa y sus tres hijos. Todas las mañanas, muy temprano, se iba a pescar y tenía por costumbre echar sus redes no más de cuatro veces al día.

Un día, antes de que la luna desapareciera totalmente, se dirigió a la playa y, por tres veces, arrojó sus redes al agua. Cada vez sacó un bulto pesado. Su desagrado y desesperación fueron grandes: la primera vez sacó un asno; la segunda, un canasto lleno de piedras; y la tercera, una masa de barro y conchas.

En cuanto la luz del día empezó a clarear dijo sus oraciones, como buen musulmán, y se encomendó a sí mismo y sus necesidades al creador. Hecho ésto, lanzó sus redes al agua por cuarta vez y, como antes, las sacó con gran dificultad. Pero, en vez de peces, no encontró otra cosa que un jarrón de cobre dorado, con un sello de plomo por cubierta. Este golpe de fortuna recogijó al pescador.

- ¡Lo venderé al fundidor! -dijo-, y con el dinero compraré un almud de trigo.

Examinó el jarrón por todos lados y lo sacudió, para ver si su contenido hacía algún ruido, pero nada oyó. Esto y el sello grabado sobre la cubierta le hicieron pensar que encerraba algo precioso.

Para satisfacer su curiosidad, tomó su cuchillo y abrió la tapa. Puso el jarrón boca abajo pero, con gran sorpresa suya, nada salió de su interior. Lo colocó junto a sí y mientras se sentaba a mirarlo atentamente, empezó a surgir un humo muy espeso, que lo obligó a retirarse dos o tres pasos.

El humo ascendió hacia las nubes y, extendiéndose sobre el mar y la playa, formó una gran niebla, para el asombro del pescador. Cuando el humo salió por completo del jarrón, se reconcentró y se transformó en una masa sólida: ésta se convirtió en un Genio, dos veces más alto que el mayor de los gigantes.

A la vista del monstruo, el pescador hubiera querido escapar volando, pero se asustó tanto que no pudo moverse. El Genio lo observó con mirada fiera y, con voz terrible, exclamó:
- ¡Prepárate a morir, pues con seguridad te mataré!
- ¡Ay! -respondió el pescador- ¿Por qué razón me matarías? Acabo de ponerte en libertad, ¿tan pronto has olvidado mi bondad?
- Sí, lo recuerdo -dijo el Genio- pero eso no salvará tu vida. Sólo un favor puedo concederte.
- ¿Y cuál es? -preguntó el pescador.
- Es -contestó el Genio- darte a elegir la manera como te gustaría que te matase.
- Mas, ¿en qué te he ofendido? -preguntó el pescador. ¿Esa es tu recompensa por el servicio que te he hecho?
- No puedo tratarte de otro modo -dijo el Genio. Y si quieres saber la razón de ello, escucha mi historia.

"Soy uno de esos espíritus rebeldes que se opusieron a la voluntad de los cielos. Salomón, hijo de David, me ordenó reconocer su poder y someterme a sus órdenes. Rehusé hacerlo y le dije que más bien me expondría a su enojo que jurar la lealtad por él exigida. Para castigarme, me encerró en este jarrón de cobre. Y a fin de que yo no rompiera mi prisión, el mismo estampó sobre esta tapa de plomo su sello, con el gran nombre de Dios sobre él. Luego dio el jarrón a otro Genio, con instrucciones de arrojarme al mar".

"Durante los primeros cien años de mi prisión, prometí que si alguien me liberaba antes de ese período, lo haría rico. Durante el segundo, hice el juramento de que otorgaría todos los tesoros de la tierra a quien pudiera liberarme. Durante el tercero, prometí hacer de mi libertador un poderoso monarca, estar siempre espiritualmente a su lado y concederle cada día tres peticiones, cualquiera que fuese su naturaleza. Por último, irritado por encontrarme bajo tan largo cautiverio, juré que, si alguien me liberaba, lo mataría sin misericordia, sin concederle otro favor que darle a elegir la manera de morir".

- Por lo tanto -concluyó el Genio- dado que tú me has liberado hoy, te ofrezco esa elección.

El pescador estaba extremadamente afligido, no tanto por sí mismo, como a causa de sus tres hijos y dijo al Genio:
—He de elegir la forma de mi muerte, pero antes te conjuro, por el gran nombre que estaba grabado sobre el sello del profeta Salomón, hijo de David, a contestarme verazmente la pregunta que voy a hacerte.

El Genio, encontrándose obligado a dar una respuesta afirmativa a este conjuro, tembló. Luego, respondió al pescador:

—Pregunta lo que quieras, pero hazlo pronto.
—Deseo saber —consultó el pescador—, si efectivamente estabas en este jarrón. ¿Te atreves a jurarlo por el gran nombre de Dios?
—Sí —replicó el Genio—, me atrevo a jurar, por ese gran nombre, que así era.
—De buena fe —contestó el pescador— no te puedo creer. El jarrón no es capaz de contener ninguno de tus miembros. ¿Cómo es posible que todo tu cuerpo pudiera yacer en él?
—¿Es posible —replicó el Genio— que tú no me creas después del solemne juramento que acabo de hacer?
—En verdad, no puedo creerte —dijo el pescador—. Ni podré creerte, a menos que tú entres en el jarrón otra vez.

De inmediato, el cuerpo del Genio se disolvió y se cambió a sí mismo en humo, extendiéndose como antes sobre la playa. Y, por último, recogiéndose, empezó a entrar de nuevo en el jarrón, en lo cual continuó hasta que ninguna porción quedó afuera. Apresuradamente, el pescador cogió la cubierta de plomo y con gran rapidez la volvió a colocar sobre el jarrón.

—Genio —gritó—, ahora es tu turno de rogar mi favor y ayuda. Pero yo te arrojaré al mar, donde te encontrabas. Después, construiré una casa en la playa, donde residiré y advertiré a todos los pescadores
que vengan a arrojar sus redes, para que sepan de un Genio tan malvado como tú, que has hecho juramento de matar a la persona que te ponga en libertad.

El Genio empezó a implorar al pescador:
—Abre el jarrón —decía—; dame la libertad, prometo satisfacerte a tu entero agrado.
—Eres un traidor —respondió el pescador. Volvería a estar en peligro de perder mi vida, estaría loco como para confiar en ti.

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domingo, 6 de marzo de 2011

El monstruo

Existe en el nordeste de la república un animal curiosísimo con larguísimas púas, y de fama más sombría aún.

Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y ésto desde ocho o diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no pueden ser más arrancadas de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.

Es animal bastante raro, que apenas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.

Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él. El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene.

Con gran dificultad sacamos al monstruo de su embalaje, pues erizado como estaba a más no poder, resistíase con sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.

Logramos al fin arrancarlo por su cola prensil y colocarlo en una jaula, donde pude por fin observarlo a mi sabor.

Lo más admirable de aquel monstruo era la dulzura de sus grandes ojos saltones; dulzura de pobre ser inofensivo y tímido, como lo es en efecto el cuendú.

Cuando no se le asusta, mantiene adheridas al cuerpo sus larguísimas púas, y parece entonces que llevara a la rastra una gran capa verdosa de hilos longitudinales. Pero a la menor alarma levanta sobre el cuello sus cerdas convulsas, dejando al descubierto sobre el lomo una fina pelusa blanca. Pasada la inquietud, la capa cae lentamente, y el cuendú reanuda su pasito un tanto cojo.

Yo no estaba seguro de mantener vivo a mi cuendú, pues estos seres huraños resístense a veces a alimentarse en domesticidad. No pasó así, por suerte; y al día siguiente de cazado le vi comer cáscaras de naranja y roer maíz sentado sobre las patas traseras, sosteniendo delicadamente con sus dos manos el grano de maíz como a un objeto precioso.

Llegó a conocerme en poco tiempo, y se apoderaba de mi mano, dedo tras dedo, con temerosa lentitud; para concluir siempre por llevarse un dedo a la boca, por ver a qué sabía.

Como es un animal nocturno y la luz le ofende mucho, mi cuendú pasaba las horas de gran luz de espaldas contra la pared del fondo de la jaula, con la cara entre las manos.

Permanecía en esta actitud de penitencia horas enteras sin moverse. Si nos acercábamos al tejido de alambre, él se aproximaba a su vez, a ver qué le llevábamos; pero por poco que no tuviera apetito, tornaba silenciosamente a su rincón, a hacer penitencia.

Muchas veces lo vi asimismo de madrugada dormir sentado sobre las patas traseras en igual actitud, con las manos sobre los ojos. Para hacerle más llevadera su cautividad, lo instalé en una gran glorieta cubierta, con dos halcones y una urraca por compañía. Pero no pudo acostumbrarse ni a los saltos de la urraca ni a los gritos del casal de halcones, que anunciaban de este modo la primavera.

Cuando tuve que venirme, pensé que mi cuendú no deajaría de ser interesante en el Jardín Zoológico, por su doble carácter de animal indígena y de monstruo legendario. Trájelo conmigo, y lo puse en manos de Onelli.

Hace de ésto dos meses. Respecto de sus púas -que en efecto parecen desprenderse con facilidad de la piel cuando el cuendú se asusta-, puedo decir que una vez vi una de ellas clavada perpendicularmente en un tablón de lapacho bruñido. Lo cual, como bien se comprende, no es promesa de bienestar para el puma o tigre que reciba una púa de cuendú en el cerebro, a través de un ojo.

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miércoles, 2 de marzo de 2011

El huso, la lanzadera y la aguja

Una joven huérfana vivía sola en una casita perdida en el bosque. Era muy pobre, pero había aprendido a hilar y, como era muy hábil y trabajadora, con las labores que hacía con el huso, la lanzadera y la aguja, conseguía ganarse la vida.

Un día llegó al pueblo un joven príncipe que buscaba esposa y preguntaba a todos por la muchacha más bella y bondadosa. Le hablaron de muchas, las más ricas y elegantes, pero nadie pensó en la joven tejedora.

Pero sí pensaron en ella los objetos que utilizaba para su trabajo diario. El huso saltó de sus manos y empezó a correr por el bosque, arrastrando un largo hilo de oro. La lanzadera hizo lo mismo, pero se detuvo a la puerta y bordó un maravilloso tapete. La aguja empezó a bailar como loca entre los dedos de la joven estupefacta y cosió toallas, cortinas y cojines: con todo ello, la pobre casita se volvió alegre y acogedora.

Poco después llegó el príncipe, guiado por el hilo de oro del huso. La bondadosa tejedora y su agradable casita le gustaron tanto que no le hizo falta seguir buscando: la tejedora sería su esposa.

Se casaron y fueron muy felices.

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