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sábado, 29 de mayo de 2010

El Gato con Botas

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.

El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito.
- Mis hermanos -dijo él- pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.

El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio:
- No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.

El amo del gato no le dio mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación.

Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso.

Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo.

Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo:
- Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).
- Dile a tu amo -dijo el rey- que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.

En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dió una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo.

Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo:
- Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí.

El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar:
- ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!

Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás.

Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo:
-¡Ladrones! ¡Ladrones!

En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra.
El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortésmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él.

El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido.

El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo:
- Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán picadillo de carne.

Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando.
- Son de mi señor, el Marqués de Carabás -contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado.
- Puede ver señor -dijo el Marqués- éstos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año.

El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo:
- Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán picadillo de carne.
El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando.

- Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás -replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás.

Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo.

El gato, que con anterioridad se había preparado en saber quién era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos.
El ogro lo recibió tan cortésmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse.

- Yo he oído -dijo el gato- que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier criatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar.
- Es cierto -contestó el ogro muy contento- y para que te convenzas, me haré un león.

El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado.

- También he oído -dijo el gato- que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible.
- ¿Imposible? -gritó el ogro- ¡Ya lo verás!

Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó.
Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey:
- Su majestad es bienvenido a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.
- ¿Qué? ¡Mi señor Marqués! -exclamó el rey- ¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.

El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí.

Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades de mi señor el Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo:
- Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno.

El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa.
El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.

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miércoles, 26 de mayo de 2010

El Rey Midas

Érase una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas. Tenía más oro que nadie en todo el mundo, pero a pesar de eso no le parecía suficiente. Nunca se alegraba tanto como cuando obtenía más oro para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las grandes bóvedas subterráneas de su palacio, y pasaba muchas horas del día contándolo una y otra vez.

Midas tenía una hija llamada Caléndula. La amaba con devoción, y decía: "Será la princesa más rica del mundo". Pero la pequeña Caléndula no daba importancia a su fortuna. Amaba su jardín, sus flores y el brillo del sol más que todas las riquezas de su padre. Era una niña muy solitaria, pues su padre siempre estaba buscando nuevas maneras de conseguir oro, y contando el que tenía, así que rara vez le contaba cuentos o salía a pasear con ella, como deberían hacer todos los padres.

Un día el rey Midas estaba en su sala del tesoro. Había echado la llave a las gruesas puertas y había abierto sus grandes cofres de oro. Lo apilaba sobre mesa y lo tocaba con adoración. Lo dejaba escurrir entre los dedos y sonreía al oír el tintineo, como si fuera una dulce música. De pronto una sombre cayó sobre la pila del oro. Al volverse, el rey vio a un sonriente desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó. ¡Estaba seguro de haber atrancado la puerta! ¡Su tesoro no estaba seguro! Pero el desconocido se limitaba a sonreír.

- Tienes mucho oro, rey Midas -dijo.
- Sí -respondió el rey-, pero es muy poco comparado con todo el oro que hay en el mundo.
- ¿Qué? ¿No estás satisfecho? -preguntó el desconocido.
- ¿Satisfecho? -exclamó el rey. Claro que no. Paso muchas noches en vela planeando nuevos modos de obtener más oro. Ojalá todo lo que tocara se transformara en oro.
- ¿De veras deseas eso, rey Midas?
- Claro que sí. Nada me haría más feliz.
- Entonces se cumplirá tu deseo. Mañana por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entren por tu ventana, tendrás el toque de oro.

Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido desapareció. El rey Midas se frotó los ojos.
- Debo haber soñado -se dijo- pero qué feliz sería si eso fuera cierto.

A la mañana siguiente el rey Midas despertó cuando las primeras luces aclararon el cielo. Extendió la mano y tocó las mantas. Nada sucedió.

- Sabía que no podía ser cierto, suspiró. En ese momento los primeros rayos del sol entraron por la ventana. Las mantas donde el rey Midas apoyaba la mano se convirtieron en oro puro. - ¡Es verdad! -exclamó con regocijo. ¡Es verdad!

Se levantó y corrió por la habitación tocando todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles, todo se convirtió en oro. Miró por la ventana, hacia el jardín de Caléndula. "Le daré una grata sorpresa", pensó. Bajó al jardín, tocando todas las flores de Caléndula y transformándolas en oro. "Ella estará muy complacida", se dijo.

Regresó a su habitación para esperar el desayuno, y recogió el libro que leía la noche anterior, pero en cuanto lo tocó se convirtió en oro macizo. "Ahora no puedo leer -dijo-, pero desde luego es mucho mejor que sea de oro". Un criado entró con el desayuno del rey. "Qué bien luce -dijo-. Ante todo quiero ese melocotón rojo y maduro." Tomó el melocotón con la mano, pero antes que pudiera saborearlo se había convertido en una pepita de oro. El rey Midas lo dejó en la bandeja. "Es precioso, pero no puedo comerlo", se lamentó. Levantó un panecillo, pero también se convirtió en oro.

En ese momento se abrió la puerta y entró la pequeña Caléndula. Sollozaba amargamente, y traía en la mano una de sus rosas.

- ¿Qué sucede, hijita? -preguntó el rey.
- ¡Oh, padre! ¡Mira lo que ha pasado con mis rosas! ¡Están feas y rígidas!
- Pues son rosas de oro, niña. ¿No te parecen más bellas que antes?
- No -gimió la niña-, no tienen ese dulce olor. No crecerán más. Me gustan las rosas vivas.
- No importa -dijo el rey-, ahora toma tu desayuno.

Pero Caléndula notó que su padre no comía y que estaba muy triste.

- ¿Qué sucede, querido padre?, preguntó, acercándose. Le echó los brazos al cuello y él la besó, pero de pronto el rey gritó de espanto y angustia. En cuanto la tocó, el adorable rostro de Caléndula se convirtió en oro reluciente. Sus ojos no veían, sus labios no podían besarlo, sus bracitos no podían estrecharlo. Ya no era una hija risueña y cariñosa, sino una pequeña estatua de oro. El rey Midas agachó la cabeza, rompiendo a llorar.

- ¿Eres feliz, rey Midas?, dijo una voz.

Al volverse, Midas vio al desconocido.
- ¡Feliz! ¿Cómo puedes preguntármelo? ¡Soy el hombre más desdichado de este mundo!-dijo el rey.
- Tienes el toque de oro -replicó el desconocido. ¿No es suficiente?.

El rey Midas no alzó la cabeza ni respondió.
- ¿Qué prefieres, comida y un vaso de agua fría o estas pepitas de oro? El rey Midas no pudo responder.
- ¿Qué prefieres, oh rey, esa pequeña estatua de oro, o una niña vivaracha y cariñosa?
- Oh, devuélveme a mi pequeña Caléndula y te daré todo el oro que tengo -dijo el rey. He perdido todo lo que tenía de valioso.
- Eres más sabio que ayer, rey Midas -dijo el desconocido. Zambúllete en el río que corre al pie de tu jardín, luego recoge un poco de agua y arrójala sobre aquello que quieras volver a su antigua forma.

El rey Midas se levantó y corrió al río. Se zambulló, llenó una jarra de agua y regresó deprisa al palacio. Roció con agua a Caléndula y devolvió el color a sus mejillas. La niña abrió los ojos azules. Con un grito de alegría, el rey Midas la tomó en sus brazos. Nunca más el rey Midas se interesó en otro oro que no fuera el oro de la luz del sol, o el oro del cabello de la pequeña Caléndula.

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domingo, 23 de mayo de 2010

Conejito Blanco

Hay repartidos muchos bosques por toda la superficie de la tierra, pero quizás ninguno tan frondoso, alegre y tan densamente habitado como éste de nuestra historia. Sin embargo, a pesar de estar tan lleno de toda clase de seres, éstos jamás se peleaban entre sí, tratándose como hermanos.

Allí estaban la ardillita Rapidina; la urraca, siempre desconfiada y ladrona; don Severo, el búho con levita achocolatada; además, lagartijas, caracoles, escarabajos, gusanos, hormigas y mil animales más.

Pero, posiblemente, el más simpático de todos ellos era el gracioso conejito Blanco.

El conejito Blanco no tenía padre, el cual había muerto de frío cierta mañana en que se alejó demasiado de su abrigada guaridad. Entonces el conejito Blanco contaba solamente un mes.

Su madre, la conejita Chirlita, se creyó en la obligación de sustituir al padre y enseñar al pequeñín los secretos del bosque, enseñándole cuanto le era preciso saber para sobrevivir.

El conejito Blanco aprendió con rapidez los mil trucos de la vida salvaje. Aprendió a correr en zig-zag para esquivar mejor a sus perseguidores, a evitar las piedras que se interponían en su camino, a precipitarse en el interior de la madriguera cuando el enemigo estaba demasiado cerca, y a mover adecuadamente sus grandes orejitas para captar mejor los ruidos sospechosos.

En realidad, el conejito Blanco no había tenido ocasión de exhibir todas estas habilidades, pues en aquel bosque no había fieras. El único ser aparentemente temible era el Gran Oso, pero era tan viejo que ya no perseguía a ningún animal, con los que había hecho un pacto de amistad y mutuo respeto.

Vivía retirado en un castillete de piedra, en lo alto de la montaña.

En consecuencia, en el bosque reinaba la paz más envidiable. Los hombres, los sanguinarios cazadores, jamás habían penetrado en él. Sin embargo, cierto día...

Una mañana aquellas paradisíacas soledades fueron profanadas por el eco de estruendosos disparos. Los animalitos, aterrorizados, emprendieron veloz carrera y se ocultaron rápidamente en sus madrigueras. En un instante, el bosque cambió de fisonomía, desapareciendo de él la alegría.

Por desgracia, no todos los animales tuvieron la suerte de encontrarse en las proximidades de sus guaridas. Dos de ellos siguieron corriendo y corriendo, en busca de un cobijo, por sencillo que fuese.

- ¡Corre! ¡Corre! -le gritaba la conejita Chirlita a su pequeñuelo conejito Blanco, mientras ambos cruzaban vertiginosamente la floresta.

Y el conejito Blanco corría con todas sus fuerzas, poniendo en práctica todas las útiles enseñanzas que recibiera durante los meses precedentes. Hasta que finalmente, cansado y medio aturdido, cayó rodando por una pendiente y no paró de dar vueltas hasta llegar a unos arbustos, que detuvieron su caída.

Lo primero que hizo el conejito Blanco fue mirar a su alrededor, buscando a su madre. Pero estaba solo. La conejita Chirlita no había caído con él. ¿Qué había sido de ella?

El pequeñuelo se levantó de un salto, resuelto a buscarla por todo el bosque. Pero en ese momento se le apareció el Hada de las Flores y le dijo:
- No regreses, conejito Blanco. Ya no verás más a tu madre.

Los despiertos ojos del animalito se movieron sin comprender. Parpadeó, miró después fijamente al Hada y repitió con inocencia:
- ¿No la veré más?
- Así es - le respondió el Hada de la Flores. - Un cazador la hirió en una pata y se la llevó.
- ¿A ella? ¿A mi madre? -exclamó el conejito Blanco, lleno de asombro, pues siempre creyó que la conejita jamás se separaría de él.

Quedó tan entristecido y cabizbajo, que el Hada se compadeció de él y le dijo dulcemente:
- Esto no es el fin de todo para tí, conejito. Tu madre vive y es preciso salvarla.Tú has de hacer lo posible para que regrese de nuevo al bosque. Te prometo mi ayuda y, además, te proporcionaré un nuevo compañero.
- ¿Un compañero? -repitió en conejito. - ¿Qué es eso?
- Algo así como un amigo, una especie de hermano.
- ¿Y quién es él?
- El Gran Oso -le reveló el Hada. - Preséntate en su castillo y explícale tu problema. Confiésale que lo que más deseas en este mundo es salvar a tu madre. Para llegar a su morada te dirigirás hacia el Norte, por el sendero de las colmenas.

Después de darle estos consejos, el Hada de las Flores desapareció.

El conejito Blanco siguió sus instrucciones y recorrió velozmente el sendero de las colmenas, alcanzando enseguida el castillo del Gran Oso, al que encontró tendido apaciblemente.

- ¿Quién eres? -le preguntó el Gran Oso.
- Soy el conejito Blanco y deseo ser tu amigo.
- Me satisface mucho oírte hablar así. No hay nada mejor que la armonía, y los dos podemos ser grandes amigos. ¿Qué puedo hacer por tí?
- Si no te resulta demasiado molesto, me gustaría que me ayudases a salvar a mi madre, la conejita Chirlita -le confesó el pequeño conejito. - Unos cazadores la hirieron y se la llevaron.
- ¡Qué crueldad! -rugió el Gran Oso. Siempre que aparecen esos hombres...
- ¿Quieres decir que estuvieron alguna vez por aquí? -preguntó el conejito Blanco.
- No éstos mismos, sino otros, a quienes éstos denominaban salvajes -explicóle el oso, rebuscando en sus recuerdos. - Fueron los viejos y primitivos habitantes de estas regiones. Sus armas eran los arcos y las flechas. Los hombres que se han llevado a tu madre usan fusiles, pero para el caso es igual.
Después hubo una larga época de paz en el bosque, cuando los viejos hombres fueron arrojados de la región por los nuevos, y éstos durante muchos años no se atrevieron a penetrar en nuestro bosque, por miedo a los osos, por miedo a mí. Sin embargo, se habrán enterado de que ya estoy muy viejo.

Después de pronunicar esta larga parrafada, y como para demostrar a alguien que todavía le quedaban fuerzas para el combate, el Gran Oso se puso en pie y se dirigió con el conejito Blanco a la ciudad de los hombres, adonde llegaron ya muy entrada la noche. Sus calles se hallaban desiertas.

- ¡Mira ésto! -exclamó de pronto el conejito.

Lo que había llamado su atención era el gran cañón de la plaza de la ciudad, el único que allí había.

- Lo primero que haremos será liberar a todos los conejos, gallos, gallinas y demás animales de corral que guarden los hombre -dijo el Gran Oso, con sentido práctico. - A todos ellos les preguntaremos por tu madre.

Así lo hicieron y poco después, las calles se llenaron de cacareos, kikirikís y otros muchos ruidos, que despertaron a los habitantes de la ciudad.

- ¡Nos han robado los ladrones! -gritaron, y salieron de sus casas armados de garrotes.
- Esto se pone feo -suspiró el Gran Oso. - Soy tan grande y tan inconfundible que no tardaré en ser descubierto... y en tal caso, mi piel no valdrá un maravedí.
- Te convendría disfrazarte -le aconsejó el conejito Blanco. - Ponerte un sombrero, una peluca rubia, una casaca, unas botas altas y una capa. ¡Busquemos estas prendas!

Como los habitantes de la ciudad, al salir tras los ladrones, dejaron abiertas las puertas de sus casas, el conejito Blanco encontró enseguida lo que buscaba. El Gran Oso se disfrazó en un abrir y cerrar de ojos, adquiriendo la apariencia de un gigantesco caballero.

El Gran Oso, con su nuevo atavío, y el conejito Blanco preguntaban a todos los animales que encontraban si habían visto a la conejita Chirlita, pero nadie les sabía dar razón.

Perdieron tanto tiempo preguntando aquí y allá que dieron lugar a que los habitantes de la ciudad regresaran. Gracias a su disfraz, el Gran Oso pudo pasar entre ellos sin que le reconocieran, llevando al conejito en uno de sus bolsillos. Al pasar por la plaza, el oso se apoderó del cañón y con él bajo el brazo se dirigió al bosque.

Cuando los hombres de la ciudad descubrieron el robo, empezaron a sospechar de la verdadera identidad del voluminoso caballero que pasó a su lado.

- ¡Era el Gran Oso! -exclamó un sujeto pequeño y de pelo rojizo, que tenía muy mal genio. - No correremos ningún peligro si intentamos cazarlo. Está ya muy viejo, apenas podrá correr y carecerá de dientes y de garras.

Animados por aquellas palabras, todos los hombres se lanzaron en tromba hacia el bosque, dispuestos no solamente a cazar al Gran Oso sino también a acabar con todos los animales.

Pero recibieron una desagradable sorpresa: nada más alcanzar los primeros árboles del bosque fueron atacados por un enjambre de hormigas, que se les subieron por las piernas y con sus diminutas pero poderosas mandíbulas les desgarraron las carnes.

- ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! -gritaban los hombres de la ciudad, dando saltos y descargando manotazos en sus piernas.

Derrotados en toda línea, huyeron vergonzosamente. Pero, ya en la ciudad, deseando sobreponerse a la humillación de haber sido vencidos por unas humildes hormigas, se juntaron de nuevo para atacar el bosque. Cuando se presentaron con sus garrotes levantados les salieron al paso nubes de irritadas avispas, que les clavaron sus dolorosos aguijones y les hicieron huir con los rostros hinchados.

Aquello ya fue el final. El sujeto de pelo rojizo, que parecía ser el jefe de los hombres, decidió parlamentar con el Gran Oso para salvar, al menos, el cañón. Se dirigió pues al frente de una comisión hasta la frontera del bosque y formuló su deseo.
Pero el oso le contestó:
- Sólo os lo devolveré si dejáis en libertad a la conejita Chirlita. Si os negáis, no sólo me quedaré con el cañón sino que con él arrasaré vuestra ciudad.

Convencidos de que el Gran Oso cumpliría su amenaza, los hombres claudicaron y llevaron al bosque a la conejita. En cuanto al cañón, sucedió algo asombroso: la maleza se había enredado en él de tal forma que nunca nadie pudo arrancarlo de su sitio, no obstante llevar pocos días en él. En consecuencia, el cañón quedó para siempre en el bosque y los hombres jamás pudieron hacer mal uso de él.

En el reino de los animales volvió a brillar la felicidad. Llegó la primavera y, una espléndida mañana, el conejito Blanco salió en busca de tallos verdes y tiernos que comer. Y, de pronto, descubrió en un prado a una linda conejita de su misma edad, que peinaba sus orejitas al sol.

Nuestro conejito quedó vivamente impresionado de su belleza, y al regresar a su madriguera refirió a su mamá lo que acababa de ver.

- Si tanto te ha agradado, debes hablarle. -le dijo la conejita Chirlita. - Aunque quizás no la vuelvas a ver más.

Así fue. Por más que la buscó, el conejito no dio con ella. Habló de ello al Gran Oso y éste le dijo:
- Pregunta al Hada de las Flores y ella te ayudará.

El conejito lo hizo así, y el Hada le informó que la encontraría junto al último roble del río. Corrió el animalito, la vio y le preguntó si quería ser su esposa. La conejita, que se llamaba Motita, le contestó que sí y su boda se celebró enseguida.

Si alguien ve por ahí unos gazapitos blancos y moteados, piense que acaso sean hijitos de Motita y del conejito Blanco...

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jueves, 20 de mayo de 2010

Blancanieves y los Siete Enanitos

Había una vez una niña muy bonita, una pequeña princesa que tenía un cutis blanco como la nieve, labios y mejillas rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache. Su nombre era Blancanieves.

A medida que crecía la princesa, su belleza aumentaba día tras día hasta que su madrastra, la reina, se puso muy celosa. Llegó un día en que la malvada madrastra no pudo tolerar más su presencia y ordenó a un cazador que la llevara al bosque y la matara. Como ella era tan joven y bella, el cazador se apiadó de la niña y le aconsejó que buscara un escondite en el bosque.

Blancanieves corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas, tropezando con rocas y troncos de árboles que la lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una casita y entró para descansar.

Todo en aquella casa era pequeño, pero más lindo y limpio de lo que se pueda imaginar. Cerca de la chimenea estaba puesta una mesita con siete platos muy pequeñitos, siete tacitas de barro y al otro lado de la habitación se alineaban siete camitas muy ordenadas. La princesa, cansada, se echó sobre tres de las camitas, y se quedó profundamente dormida.

Cuando llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran siete enanitos, que todos los días salían para trabajar en las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las montañas.

-¡Caramba, qué bella niña! -exclamaron sorprendidos-. ¿Y cómo llegó hasta aquí?

Se acercaron para admirarla cuidando de no despertarla. Por la mañana, Blancanieves sintió miedo al despertarse y ver a los siete enanitos que la rodeaban. Ellos la interrogaron tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su triste historia.

-Si quieres cocinar, coser y lavar para nosotros -dijeron los enanitos-, puedes quedarte aquí y te cuidaremos siempre.

Blancanieves aceptó contenta. Vivía muy alegre con los enanitos, preparándoles la comida y cuidando de la casita. Todas las mañanas se paraba en la puerta y los despedía con la mano cuando los enanitos salían para su trabajo.

Pero ellos le advirtieron:

-Cuídate. Tu madrastra puede saber que vives aquí y tratará de hacerte daño.

La madrastra, que de veras era una bruja, y consultaba a su espejo mágico para ver si existía alguien más bella que ella, descubrió que Blancanieves vivía en casa de los siete enanitos. Se puso furiosa y decidió matarla ella misma. Disfrazada de vieja, la malvada reina preparó una manzana con veneno, cruzó las siete montañas y llegó a casa de los enanitos.

Blancanieves, que sentía una gran soledad durante el día, pensó que aquella viejita no podía ser peligrosa. La invitó a entrar y aceptó agradecida la manzana, al parecer deliciosa, que la bruja le ofreció. Pero, con el primer mordisco que dio a la fruta, Blancanieves cayó como muerta.

Aquella noche, cuando los siete enanitos llegaron a la casita, encontraron a Blancanieves en el suelo. No respiraba ni se movía. Los enanitos lloraron amargamente porque la querían con delirio. Por tres días velaron su cuerpo, que seguía conservando su belleza -cutis blanco como la nieve, mejillas y labios rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache.

-No podemos poner su cuerpo bajo tierra -dijeron los enanitos. Hicieron un ataúd de cristal, y colocándola allí, la llevaron a la cima de una montaña. Todos los días los enanitos iban a velarla.

Un día el príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco, vio a la bella niña en su caja de cristal y pudo escuchar la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de Blancanieves y logró que los enanitos le permitieran llevar el cuerpo al palacio donde prometió adorarla siempre.

Al abrir la caja de cristal, el príncipe tropezó con algunos arbustos y el movimiento hizo que el trozo de manzana envenenada atorada en la garganta de Blancanieves se cayera, haciéndola despertar de su largo sueño. El príncipe le declaró su amor y hubo gran regocijo, y los enanitos bailaron alegres mientras Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe.

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lunes, 17 de mayo de 2010

Cinco Enanitos

Existen -o existían, según dicen las historias- enanitos de muchas clases, buenos y malos, aunque la mayoría son buenos. Pues bien: cuando uno de estos enanitos buenos favorece a alguna persona, ayudándola a salir de un apuro, por ejemplo, esta persona está obligada a obedecer a este hombrecillo en todo cuanto le ordene. Eso es lo que dice el código de los enanitos buenos, y por él nos debemos guiar.

Sucedió que en cierta lejana aldea se celebraba la Gran Fiesta anual y todos los habitantes saltaban de gozo. Sólo los criados y criadas de un acaudalado dueño de fincas tuvieron que salir al campo, como un día cualquiera, a segar.

- Nuestro amo es un tirano -decían los pobres siervos- y hemos de obedecerle, pues si no seríamos despedidos.
- ¡Y que es pequeño el campo que tenemos que segar! -se lamentaban otros. ¡Si al menos pudiéramos acabar el trabajo para la noche! ¡Pero imposible! Necesitaremos, por lo menos, tres días para segarlo todo.

Ya en el campo, empuñaron de mala gana las guadañas y comenzaron a cortar el trigo. Poco les duró aquel escaso ánimo; minutos después, los instrumentos yacían abandonados en el suelo y los trabajadores protestaban a voz en cuello por aquella injusticia que les privaba de asistir a la Gran Fiesta.

De pronto, sonó cerca de ellos una carcajada y, cuando los criados y las criadas miraron hacia el suelo vieron que cinco enanitos de abultado vientre les observaban con cara risueña. Mas como les diera por volver a reír sonoramente, uno de los segadores tomó su guadaña y la alzó sobre los hombrecillos.

- ¡Cesad de reíros de nosotros, u os divido! -exclamó el campesino, muy furioso.
- ¿Crees que lo conseguirías -le preguntó un enanito, riendo aún más. Yo te digo que no. Más te vale no intentarlo. Lo que me extraña es que seáis tan tontos como para preferir pasar el día segando en vez de bailar en la Gran Fiesta.
Los hombrecillos rieron ahora tan fuerte que tuvieron que sujetarse el vientre con ambas manos.

-¿Supones que lo hacemos por gusto? -exclamó el campesino que esgrimiera la guadaña. Nuestro amo nos ha ordenado que tengamos segado este campo antes de acabar el día, y aquí estamos si no queremos comer mañana piedras.
- ¡Oh! En ese caso... ¡Trabajad deprisa! -les dijo el enanito, riendo sin cesar.
- ¡Cómo se conoce que jamás has empuñado una guadaña! Anda, deja de burlarte de nosotros y vete de una vez.
- Yo os puedo demostrar que entendemos de segar más que todos vosotros juntos -agregó el hombrecillo. Si me obedecéis, tendréis el trabajo concluido antes de una hora.
- ¿De veras? -exclamaron los criados y las criadas, llenos de esperanza. ¿Qué tenemos que hacer?
- Sólo ésto: echaos a tierra, boca abajo, sin mirar a vuestro alrededor. Si levantáis la cabeza, os arrepentiréis.

Los campesinos le obedecieron al punto, apretando la cara contra el suelo y cerrando los ojos. Pero una de las criadas, incapaz de resistir la curiosidad, levantó disimuladamente la cabeza y vio algo increíble: el enanito dio unas palmadas y aparecieron varios miles de hombrecillos, armados de pequeñas guadañas, que se pusieron inmediatamente a segar el campo. Trabajaron tan activamente que media hora después no quedaba una sola espiga en pie.

Sólo quedó sin segar la parte correspondiente a la criada curiosa.

El enanito dio otras palmadas y los miles de hombrecillos desaparecieron. Luego ordenó a los campesinos:

- ¡Arriba, que ya está hecho vuestro trabajo!

El grupo de campesinos quedó asombrado de lo que veían sus ojos. Sin embargo, ¿qué significaba aquel pequeño trozo sin segar?

- ¿No es cierto que entiendo de segar más que todos vosotros juntos? -les preguntó sonriendo el enanito.
- ¡Nadie lo puede poner en duda! -exclamaron a coro los campesinos.
- ¡Es un mentiroso! ¡Os está engañando! -gritó de pronto la criada curiosa. ¡Les han ayudado miles de enanitos como ellos!
- ¡Ajú! -exclamó el hombrecillo. ¡Aquí tenemos a la curiosa desobediente! te lo advertí; ahora deberás segar la parte tuya, que nadie ha tocado. ¡A trabajar, mocita!

En medio de grandes carcajadas, los criados y las criadas dieron las gracias a los cinco buenos enanitos y se dirigieron a bailar en la Gran Fiesta del pueblo, mientras la desobediente se quedó allí trabajando, en justo castigo por no haber cumplido la recomendación del hombrecillo.

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