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sábado, 2 de octubre de 2010

La Plaga de Mendigos

Pocos problemas habrá tan graves para un rey como una plaga de mendigos. Deambulan por todo el reino pidiendo limosna, entorpeciendo la actividad de los ciudadanos trabajadores y componen un numeroso ejército de desocupados, cuya carga para la economía del país llega a ser insostenible. El rey de nuestra historia se enfrentaba a un problema de esa naturaleza.

Para librarse de la plaga de mendigos, dictó una ley por la que se cortarían las manos a quien entregara una limosna. Y como ningún ciudadano se atrevió a contravenirla, los mendigos tuvieron que emigrar a otras regiones.

Sin embargo, tiempo después apareció un mendigo en la capital, y pidió de comer en la puerta de una mujer joven.

- Yo... no me atrevo -vaciló la mujer.
- No hagas tú como las demás gentes de esta ciudad -insistió el mendigo. Dame de comer en nombre de Dios.

En cuanto el mendigo mencionó a Dios, la buena mujer se compadeció y le entregó dos panes.

Lenguas maliciosas refirieron al rey lo sucedido, y éste ordenó que apresaran a la mujer y le fueran cortadas las manos.

Semanas después, el rey expuso a su primer ministro su deseo de casarse, indicándole que le buscase una novia joven y bella.

- Conozco una joven que reúne esas condiciones -le dijo el primer ministro-, pero tiene un defecto.
- ¿Cuál es? -quiso saber el rey.
- No tiene manos, señor.
- Puedo olvidarme de ese defecto si, verdaderamente, es joven y bella -contestó el monarca. Deseo verla enseguida.

El primer ministro condujo a la muchacha a pesencia del rey y éste quedó al punto prendado de ella, tal era la hermosura de la joven. Esta no era otra que a la que le fueron cortadas las manos por haber entregado dos panes a un mendigo hambriento.

Se desposó con el rey y fue feliz durante algún tiempo, dando a su regio esposo u hermoso niño.

Pero las doncellas de la corte, que habían sido despreciadas por el rey, envidiosas de la felicidad de la actual reina, llevadas por su odio, concibieron un plan para destriur a la rival.

Tan hábilmente lo llevaron a cabo y con tanto tesón, que el rey acabó por dar crédito a sus lenguas de víbora y repudió a su esposa y a su hijo.

- Que sean llevados al desierto y en él abandonados para que mueran de hambre y sed -ordenó cruelmente.

Cuando la pobre madre se vio con su hijito en medio de los ardientes arenales, rompió a llorar desconsoladamente, tendida sobre el desierto.

- ¡Ah, Señor, ten misericordia de nosotros! -gimió.

De pronto oyó a su lado el murmullo de un torrente. Levantó la cabeza y, efectivamente, junto a ella se deslizaba un fresco río. Aproximó a él sus labios para calmar su ardiente sed, mas en el momento de inclinarse se le cayó al agua el niño que llevaba a su espalda. Iba la madre a arrojarse a la corriente, cuando aparecieron dos hombres a su lado.

- ¿Qué quieres hacer, pobre mujer? -le preguntó uno de ellos. - ¿Cuál es el motivo de tu desesperación?
- ¡Mi hijo se ha caído al río! -gritó la desgraciada madre. ¡Se ahogará sin remedio... y yo no puedo vivir sin él!
- ¿Quieres que lo salve? -preguntó el hombre.
- ¡Sí, sí, por Dios!

Entonces aquel hombre se puso a rezar, y poco después el niño salía sano y salvo del río.

- ¿Te gustaría tener de nuevo tus manos? -preguntó a la sonriente madre el otro hombre.
- Os lo agradecería toda mi vida -exclamó ella.

Los dos hombres se pusieron a rezar juntos, y no tardó en descubrir la mujer que volvía tener dos manos, mucho más bellas que las anteriores. Repuesta de su asombro, preguntó a sus dos bienhechores:

- ¿Quiénes sois?
- Somos los dos panes que tú entregaste al mendigo, desobedeciendo la cruel orden del rey.

Así diciendo, los dos hombres dieron a la mujer dos panes y, extendiendo los brazos, le mostraron una ciudad rodeada de verdes prados y bosques. Y aquella ciudad estaba situada en un lugar donde poco antes sólo había terribles arenales.

Después, los dos hombres desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado, pero la madre y el hijo ya estaban a salvo, y todo debido al bello gesto de la bella mujer de dar de limosna dos panes al pobre mendigo hambriento.

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4 comentarios en "La Plaga de Mendigos"

Rosa Centurion Castillo dijo...

de la lectura cuales son las palabras graves sin tilde?




Rosa Centurion Castillo dijo...

porfa me pueden ayudar

Rosa Centurion Castillo dijo...

porfa me pueden ayudar cual de las palabras son graves sin tilde en la lectura

Rosa Centurion Castillo dijo...

porfa me pueden ayudar cual de las palabras son graves sin tilde en la lectura

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