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domingo, 10 de octubre de 2010

Los cachorros del Aguará-Guazú

Voy a contarles ahora, chiquitos, la historia muy corta de tres cachorritos salvajes que asesiné –bien puede decirse–, llevado por las circunstancias.

Hace ya algún tiempo, poco después del asunto con la serpiente de cascabel, que les conté con detalles, tres indios de Salta enfermos del chu­cho y castañeteando los dientes, los tres, llegaron a venderme tres cachorritos de aguará–guazú casi recién nacidos.

Yo no tenía vacas, ustedes bien saben; ni una mala cabra para ali­mentar con su leche a los recién nacidos. Iba, pues, a desistir de adqui­rirlos, por mucho que me interesaran los zorritos, cuando uno de los in­dios, el más flaco y más tiritante de chucho, me ofreció en venta también, dos tarros de leche condensada, que extrajo con gran pena del bolsillo del pantalón.

¿Habrán visto indio más pillo? ¿De dónde podía haber sacado sus ta­rros de leche? De un ingenio, seguramente. Estos indios de Salta van todos los otoños a trabajar en los ingenios de azúcar de Tucumán. Allí aprenden muchas cosas. Y entre las cosas que aprenden, aprenden a apreciar la bon­dad de la leche cuando sus chicos están enfermos del vientre.

El indio poseedor de los tarros de leche condensada era seguramente padre de familia. Y pensó con mucha razón que yo le compraría sus tarros para criar a los aguaracitos. Y el demonio de indio acertó, pues yo, entu­siasmado con los cachorritos, que compré por un peso los tres, pagué diez por los dos tarros de leche. Y a más pagué un paquete de tabaco, y un re­trato de mi tío, que vio colgado en la carpa. Hasta hoy no sé qué utilidad puede haberle reportado ese retrato de mi tío.

Crié, pues, a los cachorros de aguará–guazú, o gran zorro del Chaco, como también se le llama.

El aguará–guazú es, en efecto, un zorro altísimo y flaco que tiene to­da la apariencia del lobo. No hay en toda la selva sudamericana un animal más arisco, huraño y ligero para correr. Tiene la particularidad de caminar moviendo al mismo tiempo las patas del mismo lado, como lo hace tam­bién la jirafa. Es decir, todo lo contrario del perro, el caballo y la gran ma­yoría de los animales, que caminan avanzando al mismo tiempo las patas alternadas y cruzadas.

En el campo, sin embargo, se suele enseñar a los caballos un paso muy distinto del que tienen, y que se llama "paso andador". Este paso, que no fatiga al jinete y es muy veloz, se efectúa precisamente, avanzando al mis­mo tiempo las patas del mismo lado, como la jirafa y el aguará–guazú.

En nuestro zoo, detrás del pabellón de las grandes fieras, había hace tiempo un aguará–guazú que iba constantemente de un lado a otro, con su gran paso fantástico. Creo que murió al poco tiempo de estar encerrado, co­mo mueren todos los aguarás a quienes se priva de su libertad.

Yo también perdí a mis aguaracitos: pero no de tristeza –¡pobreci­tos!– sino por la mala alimentación. Yo les di leche tibia cada tres horas, los abrigaba de noche, les frotaba el cuerpecito con un cepillo para reem­plazar a la lengua de las madres que lamen horas enteras a sus cachorros. Hice cuanto puede hacer un hombre solo y desprovisto de recursos para criar tres fieras recién nacidas.

Durante dos semanas, y mientras duró la leche condensada, no hubo novedad alguna. A los siete días los cachorritos caminaban ya gravemente, aunque todavía un poco de costado. Tenían los ojos de un azul ceniciento y desvanecido. Miraban con gran atención las cosas, aunque apenas veían. Y cuando una mosca se plantaba delante de ellos, bufaban de susto, echán­dose atrás.

Como yo venía a ser su madre para ellos, me seguían por todas partes, pegados a mis botas, debiendo yo tener gran cuidado para no pisarlos. To­maban de mi mano la mamadera que construí con un recipiente de tomar mate y un trapito arrollado.

Nunca se hallaban más a gusto conmigo que a la hora de mamar. Pe­ro el día que, previendo la falta de leche, les di un pedacito de pava del monte para irlos acostumbrando al cambio de alimentación, ese día no re­conocí a mis hijos.

Apenas olfatearon la carne en mi mano, se agitaron como locos, bus­cándola desesperadamente entre mis dedos, y cuando les hube dado a cada uno su presa de ave, se alejaron cada cual por su lado y con el pescuezo ba­jo, a esconderse entre el pasto para devorar su presa.

Yo los seguí uno por uno para ver cómo procedían. Pero apenas me sintieron, se erizaron en una bolita colérica, enseñándome los dientes. Ya comenzaban a ser fieras.

A nadie en el mundo sino a mí conocían y querían. Tomaban de mi mano su mamadera, gruñendo imperceptiblemente de satisfacción. Y ha­bía bastado un trozo de carne para despertar en ellos bruscamente su con­dición de fieras salvajes y cazadoras, que defienden ferozmente su presa. Y ante mí mismo, que los había criado y era su madre para ellos.

Al concluirse el segundo tarro de leche, yo supuse que mis tres aguaracitos debían hallarse ya acostumbrados a la alimentación carnívora, úni­co alimento que yo podía proporcionarles en adelante. Pero no fue así. Al suprimirles la leche, decayeron de golpe. Los tres comenzaron a sufrir des­composturas de vientre que no los dejaban ni descansar. Tenían el cuerpo muy caliente, y salían del cajón con el pelo erizado y tambaleándose.

Cuando yo les silbaba, volvían lentamente la cabeza a todos lados, sin lograr verme. Tenían ya en los ojos un velo lechoso, como los animales y las mismas personas en agonía. Las descomposturas de vientres se hicieron cada vez más continuas hasta que una mañana los tres aguaracitos amane­cieron muertos, en su cajón, y ya cubiertos de hormigas.

Esta es, chiquitos, la corta historia de tres zorritos salvajes privados de su madre desde el nacer, y a quienes un hombre desprovisto de todos los recursos hizo lo posible para prolongar la vida. Muchas veces, allí, en Buenos Aires, al pasar delante de las lecherías tan baratas, me he acorda­do de aquellos pobres cachorritos de teta, envenenados por la alimentación carnívora.

Recuérdenlo también ustedes, hijitos míos. No críen animales si no pueden proporcionarles la misma alimentación que tendrían junto a su ma­dre. Muchísimo más que por debilidad, mueren los pichones y cachorros por exceso de comida. Los empachos de harina de maíz han matado más tórtolas que la más atroz hambre.

Robar un animalito a su nido para criarlo por diversión, por jugue­te, sabiendo que fatalmente va a morir, es un asesinato que los mismos pa­dres enseñan a veces a sus criaturas. Y no lo hagan ustedes, nunca chiqui­tos míos.

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