Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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martes, 17 de mayo de 2011

Los tres holgazanes

Un anciano rey, a punto de morir, se dio cuenta de que todavía no había decidido a cuál de sus hijos dejaría el reino. Pensó que sólo había una cosa que supieran hacer bien, es decir, no hacer nada; y decidió dejar el trono al que demostrara que sabía hacerlo mejor que los otros.

Llamó a los tres príncipes y los interrogó:

- Yo soy tan perezoso -dijo el primero- que, si cuando me estoy durmiendo me cae una pajita en los ojos, por no quitarla, renuncio a dormir y me quedo toda la noche con los ojos abiertos como un búho.

El segundo afirmó:
- Yo, si me siento junto al fuego para calentarme, antes de apartar los pies, dejo que me lo abrasen poco a poco las llamas.

El tercero dijo:
- Yo soy tan vago que, si me fueran a ahorcar y me dieran un cuchillo para cortar la cuerda, dejaría que me ahorcaran antes que cansarme levantando el brazo.

- ¡Esto es demasiado! -consideró el viejo rey. - No se puede ser más holgazán! Ni siquiera la vida te mueve, por lo tanto, el trono será para tí -dijo volviéndose a su tercer hijo.

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viernes, 13 de mayo de 2011

La raspa mágica

Un hombre tenía doce hijos y no tenía para alimentarlos. Alicia, la hija mayor, obediente y trabajadora, estaba delgadísima. Por ello, el Hada Marina se compadeció de ella y le regaló una sardina, advirtiéndola que después de comerla guardase la raspa.

- Es una raspa mágica y te concederá un deseo, pero sólo uno. Por tanto, úsala sólo cuando la necesites mucho.

Muchas veces estuvo tentada Alicia de recurrir a la raspa, como cuando uno de sus hermanos enfermó o cuando su hermanita pequeña se perdió; pero siempre halló remedio, sin tener que recurrir a la raspa mágica.

Un día, Alicia vio a su padre tan abatido que daba pena; ¡no tenía ni una sola moneda!

- ¿Y no hay forma de conseguirla? -preguntó Alicia, pensativa.
- No, ya he hecho todo lo posible.
- Entonces, si realmente no queda otro remedio... Metió la mano en el bolsillo y frotó la raspa.

Apareció entonces el Hada Marina y se encargó de resolverlo todo, inclusó encontró un joven apuesto que se casó con su protegida.


Raspa: espina del pescado, en especial la central.

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lunes, 9 de mayo de 2011

Dos hermanos

En una de las islas danesas, cubierta de sembrados entre los que se elevan antiguos anfiteatros, y de hayedos con corpulentos árboles, hay una pequeña ciudad de bajas casas techadas de tejas rojas. En el hogar de una de aquellas casas se elaboran cosas maravillosas; hierbas diversas y raras eran hervidas en vasos, mezcladas y destiladas, y trituradas en morteros. Un hombre de avanzada edad cuidaba de todo ello.

-Hay que atender siempre a lo justo -decía-; sí, a lo justo, lo debido; atenerse a la verdad en todas las partes, y no salirse de ella.

En el cuarto de estar, junto al ama de casa, estaban dos de los hijos, pequeños todavía, pero con grandes pensamientos. La madre les había hablado siempre del derecho y la justicia y de la necesidad de no apartarse nunca de la verdad, que era el rostro de Dios en este mundo.

El mayor de los muchachos tenía una expresión resuelta y alegre. Su lectura referida eran libros sobre fenómenos de la Naturaleza, del sol y las estrellas; eran para él los cuentos más bellos. ¡Qué dicha poder salir en viajes de descubrimiento, o inventar el modo de imitar a las aves y lanzarse a volar! Sí, resolver este problema, ahí estaba la cosa. Tenían razón los padres: la verdad es lo que sostiene el mundo.

El hermano menor era más sosegado, siempre absorto en sus libros. Leía la historia de Jacob, que se vestía con una piel de oveja para confundirse con Esaú y quitarle de este modo el derecho de primogenitura; y al leerlo cerraba, airado, el diminuto puño, amenazando al impostor. Cuando se hablaba de tiranos, de la injusticia y la maldad que imperaban en el mundo, le asomaban las lágrimas a los ojos. La idea del derecho, de la verdad que debía vencer y que forzosamente vencería, lo dominaba por entero. Un anochecer, el pequeño estaba ya acostado, pero las cortinas no habían sido aún corridas, y la luz penetraba en la alcoba. Se había llevado el libro con el propósito de terminar la historia de Solón.

Los pensamientos lo transportaron a una distancia inmensa; le pareció como si la cama fuese un barco con las velas desplegadas. ¿Soñaba o qué era aquello? Surcaba las aguas impetuosas, los grandes mares del tiempo, oía la voz de Solón. Inteligible, aunque dicho en lengua extraña, resonaba la divisa danesa: «Con la ley se edifica un país».

El genio de la Humanidad estaba en el humilde cuarto, e, inclinándose sobre el lecho, estampaba un beso en la frente del muchacho: «Hazte fuerte en la fama y fuerte en las luchas de la vida. Con la verdad en el pecho, vuela en busca del país de la verdad».

El hermano mayor no se había acostado aún; asomado a la ventana, contemplaba cómo la niebla se levantaba de los prados. No eran los elfos los que allí bailaban, como le dijera una vieja criada, bien lo sabía él. Eran vapores más cálidos que el aire, y por eso subían. Brilló una estrella fugaz, y en el mismo instante los pensamientos del niño se trasladaron desde los vapores del suelo a las alturas, junto al brillante meteoro. Centelleaban las estrellas en el cielo; habríase dicho que de ellas pendían largos hilos de oro que llegaban hasta la Tierra.

«Levanta el vuelo conmigo», pareció cantar y resonar una voz en el corazón del muchacho. El poderoso genio de las generaciones, más veloz que el ave, que la flecha, que todo lo terreno capaz de volar, lo llevó a los espacios, donde rayos, de estrella a estrella, unían entre sí los cuerpos celestes; nuestra Tierra giraba en el aire tenue, y aparecía una ciudad tras otra. En las esferas se oía: «¿Qué significa cerca y lejos, cuando te eleva el genio poderoso del espíritu?».

Y el niño seguía en la ventana, mirando al exterior, y su hermanito leía en la cama, y su madre, los llamaba por sus nombres:

-¡Anders y Hans Christian!
Dinamarca los conoce.
El mundo conoce a los dos hermanos Örsted.

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jueves, 5 de mayo de 2011

El lobo y el pastor

El lobo tenía la costumbre de seguir un rebaño sin atacarlo nunca, y el pastor acabó por considerarlo más un guardián que un posible enemigo.

Un día, el pastor tuvo que ir a la ciudad y le pareció normal confiar sus ovejas al, en su entender, inofensivo lobo. Al volver, encontró muerto todo su rebaño.

Después de mucho pensar, se dio cuenta de que la culpa era sólo suya, al haber confiado en un lobo. Quien se fía de los malos amigos, no puede esperar nada bueno.

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domingo, 1 de mayo de 2011

La campanilla que nació con suerte

Un rayo de sol traspasó, quien sabe cómo, la nieve y la flor que estaba escondida debajo creyó que ya era abril. Se estiró, creció sobre su tallo, abrió su agujero en el suelo helado y asomó la cabeza.

¡Ahí va!, se había equivocado: todavía era invierno. Todos se burlaban de la inocente campanilla, que habría muerto de frío si un niño no se la hubiese llevado a casa. La puso en agua, en una habitación calentita y allí se sintió como una reina.

Un día la hermana del niño la sacó del jardín y la metió en un sobre, junto a una carta. La campanilla no sabía leer, pero aquellas palabras debían ser muy bellas porque, al final de un incómodo viaje, apretada entre otros sobres y paquetes dentro de la saca del correo, la flor fue sacada del sobre y un joven la tomó amorosamente, se la acercó a los labios y la besó con amor.

Aquel joven se convirtió en un gran poeta y es sus versos no se olvidó de la amada campanilla de las nieves y la hizo famosa; quizás había nacido un poco tonta pero con muchísima suerte, ahorá vivirá eternamente gracias a los versos del poeta.

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