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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Abuelita

Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda.

Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes?

Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.

Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.

Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.

-Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito.

Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.

La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.

En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio.

Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías.

Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

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miércoles, 28 de noviembre de 2012

La gata blanca y los duendes

Un hombre había estado en el Polo Norte y había capturado un oso blanco para regalárselo al Zar. Al regresar, le sorprendió la fría noche en el bosque y pidió cobijo a un leñador.

- De acuerdo, pero tendrás que arreglártelas como puedas, porque no va a haber mucho sitio. El 5 de abril es la fiesta de los trolls, los traviesos espíritus del bosque, que tienen la mala constumbre de venir a celebrar la fiesta en mi casa.

Por la noche llegaron los trolls. Eran muchísimos, inquietos y alborotadores como críos. Uno vio el pelo que salía de debajo de la estufa y creyó que era un gato blanco. Empezó a hacerle travesuras hasta que el oso se levantó, enfurecido, y los trolls escaparon a toda velocidad, aterrorizados.

El leñador le agradeció efusivamente al hombre, que continuó su camino. Al año siguiente, antes de volver, los trolls preguntaron si todavía seguía en la casa aquella "gataza".

- ¡Por supuesto! -afirmó el leñador. Y también los siete hijos que ha tenido, que son grandes y feroces como ella.

No hace falta decir que desde entonces los trolls no volvieron a aparecer por la humilde casa del astuto leñador.

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

El zueco de oro

El grito del vendedor de zapatos y de zuecos, que pasaba por el camino cargado de mercancías, molestaba a los aldeanos. Para que los dejara en paz, decidieron comprarle todo.

Se estableció el precio, pero cuantos más zuecos compraban y amontonaban en medio del camino, más llenas volvían a estar las cestas. No cabía duda; era cosa de brujería. Y empezaron a reñir.

En aquel momento apareció la carroza del rey. Los aldeanos pidieron justicia pero el vendedor regaló al principito, que iba con su padre, un pequeño zueco de oro y el rey le dio la razón. Inmediatamente, el vendedor misterioso despareció.

Muy pronto se descubrió que el zueco de oro estaba embrujado; no sólo no conseguían quitárselo del pie sino que crecía a la vez que el pie del príncipe. Pero, como no hacía ningún daño, no parecía una cosa muy importante.

Años después, el rey pensó que ya era hora de buscar una esposa a su hijo. En cuanto se convenía un matrimonio, el zueco empezaba a hacerle daño y no paraba hasta que no se anulaba. El rey consultó con un mago y supo que su hijo sólo podría casarse con quien pudiera quitarle el zueco.

Primero lo intentaron las princesas, luego las marquesas y las condesas, hasta que le llegó el turno a una criada harapienta y sucia. La joven se arrodilló a los pies del príncipe, besó el zueco y se lo quitó sin hacer esfuerzo.

El rey estaba furioso: ¡no podía permitir que su hijo se casara con una criada! Justo entonces se oyó el grito del zapatero y al instante la muchacha, que había robado de la cuna real de un reino cercano, se transformó en la más encantadora y buena princesa que nunca se hubiera visto.

Las fiestas duraron muchos días y los dos jóvenes fueron muy felices.

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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Las bromas de los gnomos

Una mujer había tenido un hijo pero los gnomos se lo habían quitado y en su lugar habían puesto en la cuna un pequeño gnomo.

La madre les suplicó que le devolvieran su niño, pero ellos no paraban de reír por la broma que le habían gastado.

En medio de su dolor, un día la mujer puso en el fuego un huevo en vez de la olla. Los gnomos, que siempre andaban dando vueltas por la cocina, estallaron en carcajadas, porque ya se sabe que es ésto lo que más les gusta.

Y volvieron a poner al niño en su cuna.

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

El gallito y la garduña

Mientras el gallito lanzaba un sonoro quiquiriquí, la garduña llegó silenciosamente por detrás.

- Sí, cantas bien, pero concozco un gallo que sabe cantar sobre una sola pata.

- ¡Menuda cosa! - y el gallito hizo una exhibición sobre una sola pata.

- El otro cierra los dos ojos a la vez.

- ¡Yo también puedo hacerlo!

Mientras el gallito hacía la prueba, la garduña le saltó encima y se lo llevó al bosque para comerlo tranquilamente. Cuando llegó el momento, lo sujetó fuertemente con las patas y ...

- ¿No te han enseñado a rezar antes de comer? -dijo el gallito.

- ¡Claro que sí! -la garduña lo soltó para santiguarse y el gallo voló hasta una rama. La otra no se dio por vencida. Tomó una hoja seca y fingió leer.

- Es una carta del Rey, pero no entiendo nada. ¿Por qué no me la lees tú que eres tan listo?

- De mil amores, pero en otro momento porque allí vienen los cazadores.

La garduña escapó a toda prisa y el astuto gallito volvió al gallinero.

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