Bienvenido a nuestro "Libro de Cuentos", esperamos que puedas encontrar aquí tus historias favoritas.
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jueves, 28 de julio de 2011

El viejo "Sultán"

Un campesino tenía un perro muy fiel, llamado "Sultán", que se había hecho viejo en su servicio y ya no le quedaban dientes para sujetar su presa.

Un día, estando el labrador con su mujer en la puerta de la casa, dijo: - Mañana mataré al viejo Sultán; ya no sirve para nada.

La mujer, compadecida del fiel animal, respondió: - Nos ha servido durante tantos años, siempre con tanta lealtad, que bien podríamos darle ahora el pan de limosna.

- ¡Qué dices, mujer! -replicó el campesino-. ¡Tú no estás en tus cabales! No le queda un colmillo en la boca, ningún ladrón le teme; ya ha terminado su misión. Si nos ha servido, tampoco le ha faltado su buena comida.

El pobre perro, que estaba tendido a poca distancia tomando el sol, oyó la conversación y entróle una gran tristeza al pensar que el día siguiente sería el último de su vida. Tenía en el bosque un buen amigo, el lobo, y, al caer la tarde, se fue a verlo para contarle la suerte que le esperaba.

- Ánimo, compadre -le dijo el lobo-, yo te sacaré del apuro. Se me ha ocurrido una idea. Mañana, de madrugada, tu amo y su mujer saldrán a buscar hierba y tendrán que llevarse a su hijito, pues no quedará nadie en casa. Mientras trabajan, acostumbran dejar al niño a la sombra del vallado. Tú te pondrás a su lado, como para vigilarlo. Yo saldré del bosque y robaré la criatura, y tú simularás que sales en mí persecución. Entonces, yo soltaré al pequeño, y los padres, pensando que lo has salvado, no querrán causarte ya ningún daño, pues son gente agradecida; antes, al contrario, en adelante te tratarán a cuerpo de rey y no te faltará nada.

Parecióle bien al perro la combinación, y las cosas discurrieron tal como habían sido planeadas. El padre prorrumpió en grandes gritos al ver que el lobo escapaba con su hijo; pero cuando el viejo Sultán le trajo al pequeñuelo sano y salvo, acariciando contentísimo al animal, le dijo: - Nadie tocará un pelo de tu piel, y no te faltará el sustento mientras vivas. Luego se dirigió a su esposa: - Ve a casa enseguida y le cueces a Sultán unas sopas de pan, que ésas no necesita mascarlas, y le pones en su yacija la almohada de mi cama; se la regalo.

Y, desde aquel día, Sultán se dio una vida de príncipe.

Al poco tiempo acudió el lobo a visitarlo, felicitándolo por lo bien que había salido el ardid.

- Pero, compadre -añadió-, ahora será cosa de que hagas la vista gorda cuando se me presente oportunidad de llevarme una oveja de tu amo. Hoy en día resulta muy difícil ganarse la vida.

- Con eso no cuentes -respondióle el perro-; yo soy fiel a mi dueño, y en esto no puedo transigir.

El lobo pensó que no hablaba en serio, y, al llegar la noche, presentóse callandito, con ánimo de robar una oveja; pero el campesino, a quien el leal Sultán había revelado los propósitos de la fiera, estaba al acecho, armado del mayal, y le dio una paliza que no le dejó hueso sano. El lobo escapó con el rabo entre piernas; pero le gritó al perro: - ¡Espera, mal amigo, me la vas a pagar!

A la mañana siguiente, el lobo envió al jabalí en busca del perro, con el encargo de citarlo en el bosque, para arreglar sus diferencias. El pobre Sultán no encontró más auxiliar que un gato que sólo tenía tres patas, y, mientras se dirigían a la cita, el pobre minino tenía que andar a saltos, enderezando el rabo cada vez, del dolor que aquel ejercicio le causaba.

El lobo y el jabalí estaban ya en el lugar convenido, aguardando al can; pero, al verlo de lejos, creyeron que blandía un sable, pues tal les pareció la cola enhiesta del gato. En cuanto a éste, que avanzaba a saltos sobre sus tres patas, pensaron que cada vez cogía una piedra para arrojársela después. A los dos compinches les entró miedo; el jabalí se escurrió entre la maleza, y el lobo se encaramó a un árbol. Al llegar el perro y el gato, extrañáronse de no ver a nadie.

El jabalí, empero, no había podido ocultarse del todo entre las matas y le salían las orejas. El gato, al dirigir en torno una cautelosa mirada, vio algo que se movía y, pensando que era un ratón, pegó un brinco y mordió con toda su fuerza. El jabalí echó a correr chillando desaforadamente y gritando: - ¡El culpable está en el árbol!

Gato y perro levantaron la mirada y descubrieron al lobo, que, avergonzado de haberse comportado tan cobardemente, hizo las paces con Sultán.

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domingo, 24 de julio de 2011

La hucha

El cuarto de los niños estaba lleno de juguetes. En lo más alto del armario estaba la hucha; era de arcilla y tenía figura de cerdo, con una rendija en la espalda, naturalmente, rendija que habían agrandado con un cuchillo para que pudiesen introducirse escudos de plata; y contenía ya dos de ellos, amén de muchos chelines. El cerdito-hucha estaba tan lleno, que al agitarlo ya no sonaba, lo cual es lo máximo que a una hucha puede pedirse. Allí se estaba, en lo alto del armario, elevado y digno, mirando altanero todo lo que quedaba por debajo de él; bien sabía que con lo que llevaba en la barriga habría podido comprar todo el resto, y a eso se le llama estar seguro de sí mismo.

Lo mismo pensaban los restantes objetos, aunque se lo callaban; pues no faltaban temas de conversación. El cajón de la cómoda, medio abierto, permitía ver una gran muñeca, más bien vieja y con el cuello remachado. Mirando al exterior, dijo:

-Ahora jugaremos a personas, que siempre es divertido.

¡El alboroto que se armó! Hasta los cuadros se volvieron de cara a la pared -pues bien sabían que tenían un reverso-, pero no es que tuvieran nada que objetar.

Era medianoche, la luz de la luna entraba por la ventana, iluminando gratis la habitación. Era el momento de empezar el juego; todos fueron invitados, incluso el cochecito de los niños, a pesar de que contaba entre los juguetes más bastos.

-Cada uno tiene su mérito propio -dijo el cochecito-. No todos podemos ser nobles. Alguien tiene que hacer el trabajo, como suele decirse.

El cerdo-hucha fue el único que recibió una invitación escrita; estaba demasiado alto para suponer que oiría la invitación oral. No contestó si pensaba o no acudir, y de hecho no acudió. Si tenía que tomar parte en la fiesta, lo haría desde su propio lugar. Que los demás obraran en consecuencia; y así lo hicieron.

El pequeño teatro de títeres fue colocado de forma que el cerdo lo viera de frente; empezarían con una representación teatral, luego habría un té y debate general; pero comenzaron con el debate; el caballo-columpio habló de ejercicios y de pura sangre, el cochecito lo hizo de trenes y vapores, cosas todas que estaban dentro de sus respectivas especialidades, y de las que podían disertar con conocimiento de causa. El reloj de pared habló de los tiquismiquis de la política. Sabía la hora que había dado la campana, aun cuando alguien afirmaba que nunca andaba bien. El bastón de bambú se hallaba también presente, orgulloso de su virola de latón y de su pomo de plata, pues iba acorazado por los dos extremos. Sobre el sofá yacían dos almohadones bordados, muy monos y con muchos pajarillos en la cabeza. La comedia podía empezar, pues.

Se sentaron todos los espectadores, y se les dijo que podían chasquear, crujir y repiquetear, según les viniera en gana, para mostrar su regocijo. Pero el látigo dijo que él no chasqueaba por los viejos, sino únicamente por los jóvenes y sin compromiso.

-Pues yo lo hago por todos -replicó el petardo.

-Bueno, en un sitio u otro hay que estar -opinó la escupidera.

Tales eran, pues, los pensamientos de cada cual, mientras presenciaba la función. No es que ésta valiera gran cosa, pero los actores actuaban bien, todos volvían el lado pintado hacia los espectadores, pues estaban construidos para mirarlos sólo por aquel lado, y no por el opuesto. Trabajaron estupendamente, siempre en primer plano de la escena; tal vez el hilo resultaba demasiado largo, pero así se veían mejor. La muñeca remachada se emocionó tanto, que se le soltó el remache, y en cuanto al cerdo-hucha, se impresionó también a su manera, por lo que pensó hacer algo en favor de uno de los artistas; decidió acordarse de él en su testamento y disponer que, cuando llegase su hora, fuese enterrado con él en el panteón de la familia.

Se divertían tanto con la comedia, que se renunció al té, contentándose con el debate. Esto es lo que ellos llamaban jugar a «hombres y mujeres», y no había en ello ninguna malicia, pues era sólo un juego. Cada cual pensaba en sí mismo y en lo que debía pensar el cerdo; éste fue el que estuvo cavilando por más tiempo, pues reflexionaba sobre su testamento y su entierro, que, por muy lejano que estuviesen, siempre llegarían demasiado pronto.

Y, de repente, ¡cataplum!, se cayó del armario y se hizo mil pedazos en el suelo, mientras los chelines saltaban y bailaban, las piezas menores gruñían, las grandes rodaban por el piso, y un escudo de plata se empeñaba en salir a correr mundo. Y salió, lo mismo que los demás, en tanto que los cascos de la hucha iban a parar a la basura; pero ya al día siguiente había en el armario una nueva hucha, también en figura de cerdo. No tenía aún ni un chelín en la barriga, por lo que no podía matraquear, en lo cual se parecía a su antecesora; todo es comenzar, y con este comienzo pondremos punto final al cuento.

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miércoles, 20 de julio de 2011

La planta de los enamorados

De pequeña, la hija del rey había perdido la palabra, a consecuencia de un gran susto, y desde entonces siempre estaba sola y triste. Su única alegría era cuidar las flores del jardín.

Un día, en medio de las flores, apareció una extraña planta que nadie había visto nunca. Desde el primer momento la joven le dedicó cuidados especiales. Pasaba horas y horas ante la planta y, aunque no fuera posible, parecía que le hablara, o hacía gestos como maravillada por lo que oía.

Al fin, el rey, creyendo que su hija estaba embrujada, fue y arrancó la planta.

- ¿Qué has hecho, padre? -exclamó la princesa; la impresión le había hecho recuperar el habla.

En el mismo instante, la planta se convirtió en un príncipe. La princesa contó a su padre que el príncipe había pedido a un hada que lo convirtiera en planta para estar cerca de ella. Era el 14 de febrero y parece ser que por ésto el día de San Valentín es la fiesta de los enamorados; como aquellos dos príncipes, que se casaron y fueron siempre felices.

Y todo gracias al amor de la princesa por las plantas.

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sábado, 16 de julio de 2011

El jugador

Un fulano estaba siempre jugando a las cartas y, como era hábil, afortunado y hacía algunas trampas, ganaba a todos.

Los hombres a quienes había reducido a la miseria reclamaron en el cielo y San Pedro mandó a la Muerte a buscarlo. Pero esperaron y esperaron, y el jugador no llegaba, ni tampoco llegaban más almas.

San Pedro mandó entonces a la tierra a un ángel y vio que la Muerte se había dejado tentar: había perdido y con la esperanza de desquitarse no se había levantado de la mesa, y por eso no había muerto nadie.

El jugador lo intentó también con el ángel pero no pudo tentarlo. El tahúr murió y fue al infierno. Nada más llegar, se puso a jugar con Lucifer y le ganó todos sus diablos; les ordenó que se pusieran uno encima de otro, y por aquella especie de escalera trepó y trepó hasta el paraíso.

San Pedro lo dejó pasar un rato; pero cuando ya llevaba ganadas las aureolas a un par de santos, lo precipitó al vacío. Al caer, su alma se hizo pedazos, y cada trocito cayó en el alma de otro jugador, apoderándose de ella para siempre.

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martes, 12 de julio de 2011

Los guisantes viajeros

Los guisantes creían que el mundo se reducía a la vaina que los contenía. Quedaron muy extrañados cuando se abrió la vaina y vieron tantas cosas nuevas.

"¿Qué nos sucederá ahora?", se preguntaron atemorizados.

La suerte que les estaba reservada era convertirse en proyectiles para la cerbatana de un niño, que los disparó lejos, y no volvieron a verse nunca más.

Uno se metió en la ranura del marco de una ventana y el musgo lo cubrió. Tras la ventana había una niña enferma, que parecía no tener fuerzas ni para vivir. Decían que ya era un milagro que hubiera sobrevivido al invierno... porque ya estaban en primavera.

Un buen día, mirando desde la cama, vio que en el alféizar de la ventana había nacido una planta. Dio un grito de alegría. La madre llevó la cama hasta la ventana para que la niña enferma pudiera ver mejor la planta. Al cabo de unos días, el guisante floreció y la enfermita tuvo fuerzas para levantarse y acariciar las flores.

Estaba mejor, y todo gracias a uno de aquellos guisantes viajeros.

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viernes, 8 de julio de 2011

El león, el lobo y la zorra

El león se estaba muriendo y todos los animales intentaban ganárselo para que los nombrara herederos. El lobo quiso poner en evidencia a la zorra por no haber venido a ver al soberano antes, pero ella llegó justo a tiempo para oírlo y quiso vengarse del lobo.

- ¿Quién te ama más que yo, que he dado la vuelta al mundo para buscar un remedio milagroso?

- ¿Y qué es? -dijo el león.

- Despellejar un lobo vivo y envolverte en su piel antes de que se enfríe -respondió la zorra.

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lunes, 4 de julio de 2011

El dragón y el cíngaro

Un cíngaro llegó a un pueblo desierto. Sólo quedaba un campesino y por él supo que el pueblo estaba asolado por un dragón, que cada día venía a comerse a alguien y que, al día siguiente, se los comería a ellos dos puesto que no había nadie más.

El cíngaro no se asustó y se quedó en el pueblo. A la mañana siguiente se oyó un gran estruendo y la tierra tembló: era el dragón que llegaba. Era gigantesco, pero el cíngaro salió a su encuentro y lo desafió.

- Cómeme si quieres, pero no conseguirás masticarme. Tendrás que tragarme entero y cuando esté en tu estómago te lo agujerearé y morirás.

- ¿Tan fuerte te crees? -se echó a reír el dragón. - ¡Hagamos una prueba!

Agarró una piedra y la apretó en sus garras hasta pulverizarla.

- ¡Bah! -se encogió de hombros el cíngaro. - De las piedras yo soy capaz de sacar agua.

En vez de una piedra, tomó astutamente un requesón y exprimió todo el suero. El dragón quedó tan impresionado que se fue y nunca más volvió.

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