El califa de Bagdad había tomado como bufón a un hombre inteligente e ingenioso, que le divertía con sus ocurrencias originales e imprevisibles. Lo quería mucho y en la corte todos respetaban mucho al bufón.
Por eso el califa se sorprendió mucho un día en que le llegaron los gritos de dolor de su protegido desde la sala del trono: los guardias estaban apaleándolo. Fue corriendo y les ordenó:
- ¡Dejadlo! ¿Por qué pegáis a este hombre?
- ¡Lo hemos encontrado sentado en su trono, majestad! - acusó el jefe de la guardia.
- ¡Soltadlo inmediatamente! No lo ha hecho con intención de ofenderme.
Pero el bufón continuó llorando y lamentándose exageradamente. Hasta que el califa se enfadó:
- ¡Cállate ya! Estás vivo todavía, ¿no?
- No lloro por mí, sino por tí, señor.
- ¿Por mí?
- ¡Por supuesto!Si me han dado tantos palos por haber estado sentado en el trono unos minutos, ¿cuántos te darán a tí que estás en él desde hace tantos años?
Por eso el califa se sorprendió mucho un día en que le llegaron los gritos de dolor de su protegido desde la sala del trono: los guardias estaban apaleándolo. Fue corriendo y les ordenó:
- ¡Dejadlo! ¿Por qué pegáis a este hombre?
- ¡Lo hemos encontrado sentado en su trono, majestad! - acusó el jefe de la guardia.
- ¡Soltadlo inmediatamente! No lo ha hecho con intención de ofenderme.
Pero el bufón continuó llorando y lamentándose exageradamente. Hasta que el califa se enfadó:
- ¡Cállate ya! Estás vivo todavía, ¿no?
- No lloro por mí, sino por tí, señor.
- ¿Por mí?
- ¡Por supuesto!Si me han dado tantos palos por haber estado sentado en el trono unos minutos, ¿cuántos te darán a tí que estás en él desde hace tantos años?
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