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martes, 9 de julio de 2013

La soberbia de Icaro

Dédalo, uno de los mayores inventores de la antigüedad, recibió el encargo del rey de Creta de construir un laberinto para encerrar al Minotauro, un monstruo mitad hombre mitad toro, de manera que no pudiera salir nunca de allí.

El ingenioso arquitecto realizó el encargo, pero tiempo después, ayudó a Teseo, un héroe famoso, a matar al Minotauro. El rey, como castigo, encerró en el laberinto a Dédalo junto con su hijo Ícaro. Después de mucho pensar dijo:

- No te preocupes -animó el padre al joven. Ya sé cómo salir de esta prisión.

Construyó un enorme par de alas y las pegó con cera a la espalda del joven de forma que pudieran moverse con el movimiento de los brazos. Después construyó otro par para él.

Las alas funcionaron de maravilla. Con unos cuantos movimientos de los brazos, los dos subieron lo suficiente para sobrevolar las paredes del laberinto, pero el joven, orgulloso, quiso volar todavía más alto, hasta que el calor del sol derritió la cera y sus alas se soltaron.

Ícaro cayó y murió. Dédalo continuó su vuelo hasta llegar a las costas de Italia.

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